Las interferencias del hijo de Aznar

¿Qué le pasaba a Alonso Aznar cuando viajó a Melilla con su padre hace unas semanas? El hijo menor del presidente parecía enfadado. Ensimismado en sus pensamientos. Como quién está a disgusto en un lugar… parecía que ese era un castigo del presidencial progenitor al benjamín de la familia. ¿Lo era? Y lo más importante: ¿por qué estoy reflexionando sobre ello en este blog? Algo ha fallado en el proceso de comunicación. Este post es la prueba.

Lo de Aznar en Melilla fue ampliamente comentado y este artículo no va sobre si el Carter particular de la democracia española –por lo de ex presidente viajero dispuesto a mediar… aunque con un tono opuesto al del de Georgia- debería haber ido o no a Melilla. Pero sí del detalle que supuso observar al fondo de las imágenes de la visita de Aznar a su hijo de brazos cruzados y con el ceño fruncido. Una interferencia en comunicación de las que a menudo ocurren.

Aznar no ha sido el primero ni será el último. Atender a los detalles del fondo de nuestra photo-op es vital. No sólo por lo estético, sino por lo que comunica. Los humanos somos así: cuando tenemos ante nosotros una imagen, un marco, una situación, lo analizamos todo y nos quedamos con los detalles. Y esperamos coherencia. Si un líder se presenta como la energizante alternativa a otro, una serie de bostezos en las personas que aparecen tras ella nos envían un mensaje poco halagüeño. Como Alonso.

De hecho, George W. Bush no dudaba en recalcar el mensaje clave de sus comparecencias más importantes con paneles traseros que repetían una y otra vez ese mensaje. “Mejor sanidad”, “Misión cumplida”, “Asegurando el futuro”. Si quieres que esa sea la idea que el público retenga, explicítala. Aunque el socio de Aznar también sufrió los efectos de espontáneas reacciones de su retaguardia: durante la campaña de reelección un niño que asistía a un mitin del presidente no escatimaba en bostezos… y los medios no dudaron en sacar punta al lápiz.

Obama tampoco se escapa. Había perdido las primarias de New Hampshire pero su discurso fue electrizante. El público en pie, exultante, como si estuviera celebrando una victoria y no la derrota ante Hillary Clinton en el segundo asalto de la carrera por la nominación demócrata. “Yes, we can” dijo Obama. Y Will.i.am, cantante de The Black Eyed Peas, le dio forma en un vídeo que unía música y el que es, quizás, el discurso más famoso del presidente americano. Ya saben que fue un éxito. Pero, ¿repararon que no todas las personas del recinto parecían igual de energizadas?

El joven que está tras Obama, a nuestra izquierda, parece ausente durante todo el discurso. Como si eso no fuera con él. Y dirán ¿Y qué tiene que ver eso con el éxito del discurso? En este caso poco, los medios apenas recabaron en ello, pero cualquier espectador, al verlo, acaba escrutando con la mirada toda la escena y se da cuenta de ello. En ese momento aparece la interferencia en el mensaje. Los humanos somos así, así canalizamos los impactos y así procesamos toda la información. ¿En qué estaría pensando ese chico? No es casual que no aparezca en el video de la canción…

Frank Luntz comenta esta cuestión de todo aquel espectador que tiene ante sí cualquier imagen. Esa necesidad de ocupar un espacio y controlarlo cuando sea posible. Y la verdad, los partidos y los políticos lo hacen. Los asistentes de las filas situadas tras el atril suelen estar bien escogidas: personas que representen el mensaje del candidato. Aunque un bostezo se convierta en noticia.

¿Y qué pasa con las fotos? Pues más de lo mismo. Es habitual observar en la política angolsajona a políticos rodeados de carteles pidiendo el voto. Parece que la candidata Trini se ha aplicado el cuento… Evitar interferencias como ese ceño fruncido de Alonso Aznar.

Los políticos tienen mucho cuento

Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia son los cuentos que mi madre nos contaba cada noche. La mayoría de las veces no era la lectura de alguno de los cuentos más famosos de nuestra cultura, sino que se los inventaba ella misma para darnos alguna moralina sobre, seguramente, la enésima pelea del día con mi hermana.

Cuando me tocaba dormir en casa de mis abuelos, un tío de mi madre solía contarme cuentos también, casi siempre los grandes clásicos: los tres cerditos, caperucita… Clásicos que hemos compartido generación tras generación y que son unos grandes trasmisores de valores.

Lo que en ellos se cuenta,  ha ayudado a forjar nuestro sistema de valores. Sabemos que debemos decir siempre la verdad y ser creíbles, para que no nos dejen solos con el lobo cuando finalmente aparezca. Tenemos consciencia de la necesidad de trabajar duro durante el verano, como la hormiga o ser incansables trabajadores como el cerdito de la casa robusta. Los cuentos han hecho mucho por nosotros, aunque no seamos conscientes.

Según el psicólogo Drew Westen, apelar a los mismos valores que hemos heredado de nuestros padres a través de los cuentos, debe ser una prioridad en el discurso político. En primer lugar, porque al tenerlos interiorizados nos es más fácil apelar al centro de esos valores. En segundo lugar, porque facilita la comprensión, al ser algo ya aprendido y familiar y, en tercer lugar, por las virtudes narrativas que tienen este tipo de historias.

No es que los políticos deban contar cuentos como si fuéramos niños a punto de acostarnos, sino que debemos adaptarlos siempre que sea posible.

No sé si conocéis la narrativa americana, pero uno de los grandes cuentos infantiles es una bonita historia llamada “The little engine that could”. Este verano pude echarle un vistazo en una librería americana en Amsterdam que me quitó el sentido, y estuve a punto de comprarlo. El cuento, con muchos dibujos y poca letra, viene a contar la historia de un pequeño tren de mercancías que transporta juguetes, muñecos, caramelos, etc. para hacer felices a los niños y niñas de un valle próximo. El tren, cargado de sueños e ilusión se dispone a llegar a allí, pero mientras sube la montaña, la máquina se rompe.

Esa carga tan especial ve pasar a un gran tren de pasajeros (el equivalente a un AVE, para entendernos) y le piden que les lleven, que los niños están esperando recibir todas esas cosas. El tren les dice que no, que es demasiado importante para llevarles. Tras él, pasa un enorme y fuerte tren de mercancías, que al ser requerido a hacer lo mismo, les rechaza apelando a que es una máquina demasiado buena para ello, y que además, está ya cansada. Finalmente, aparece una maquinucha azul, pequeña, insignificante… La carga es demasiado grande para ella, pero acepta llevarles al valle.

La pequeña locomotora azul se repite todo el camino “I think I can” –creo que puedo- y lo va diciendo todo el tiempo, haciendo gala de confianza y fe en lo que está haciendo. “I think I can, I think I can, I think I can, I think I can, I think I can…” repite sin cesar, hasta que cruza el monte y llega al valle donde los niños esperan la recompensa.

En pocas páginas, toda una historia de superación de dificultades, de creer en uno mismo, de hacer el bien, de ayudar al prójimo, de orgullo, de superar las divisiones, de combatir a los que miran por encima del hombro… Un gran conjunto de mensajes a transmitir.

Y esta historia del pequeño tren azul que podía, ¿no os recuerda mucho a una campaña que decía “Yes, we can” todo el tiempo? ¿No os recuerda a un candidato que era el peor posicionado para ganar unas elecciones presidenciales? ¿No os recuerda a un mensaje político que decía que era preciso arrimar el hombro por un bien común? ¿La pequeña locomotora no es Barack Obama?

¿Y nuestros políticos, representan a alguno de nuestros personajes de los cuentos?

Yes, we can… copiar

¿Que pueden tener en común Mas, Laporta, los groenlandeses y el Nobel Al Gore? Hoy publico este artículo en La Vanguardia.

Yes, we can… copiar

Si alguien hubiera afirmado en enero de 2007, cuando Barack Obama anunció su candidatura a la Casa Blanca desde el capitolio de su estado, Illinois -el mismo estado cuyo gobernador está siendo investigado por corrupción al intentar vender al mejor postor el escaño del presidente-electo-, que su nombre estaría ligado de un modo u otro a los autonomistas groenlandeses, a los convergentes catalanes, al Barça de Joan Laporta o a acciones de marketing de guerrilla, lo hubiéramos tomado por loco.

Dice el refrán que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija, así que la lógica nos llevaría a pensar que si a Barack Obama toda la esfera de acciones y mensajes le fue bien, ¿Por qué no hará lo mismo en las campañas particulares que cada político debe afrontar? Si lo de Obama no es flor de mayo y resulta un cambio de paradigma en la comunicación política y electoral, no es de extrañar que los partidos se atrevan con sus técnicas.

La inspiración de la magnífica campaña de Obama ya ha calado en una clase política ávida del mismo reconocimiento y de la misma capacidad de inspiración en la sociedad. En cada lugar de un modo distinto, pero las ruedas hacia un cambio ya están en marcha. La pregunta, no obstante, es saber hacia dónde nos llevará ese cambio. De este modo, a día de hoy, vemos dos campos de influencia de la campaña de Obama (y de la carrera presidencial en general) en los políticos de varias zonas del mundo.

El primero se refiere al uso de Internet. Ha dejado de ser percibido como algo superfluo a algo necesario, pero sin la necesaria transición en los esquemas mentales de muchos dirigentes. No entienden el medio ni el mensaje que hay en él implícito (ya saben, el medio es el mensaje), sólo entienden que deben estar. Que la prensa, los analistas y casi la opinión pública mundial al completo haya indicado que Internet ha sido clave en la victoria del presidente-electo, ha encendido las luces de alarma en los partidos y gobiernos de medio globo.

Pero esas alarmas en muchos casos pondrán de manifiesto la necesidad acuciante de «estar» a cualquier precio. O lo que es lo mismo, estar por estar y sin escuchar. Aunque no todo va a ser culpa de políticos cortoplacistas que vean en la red algo más táctico que estratégico, ni mucho menos. También tendrá mucho que ver la naturaleza de los sistemas sociales y políticos de cada nación. De este modo, que Obama haga de Internet la columna de su campaña se entiende por dos factores clave: en Estados Unidos para una campaña electoral debes movilizar gente y recaudar fondos. En España, por ejemplo, los fondos son públicos y los movilizados suelen tener el carné de un partido o simpatías por él.

El segundo campo tiene mucho que ver con las anécdotas, los eslóganes, el espíritu… Lo podríamos llamar «yeswecanitis», o lo que es lo mismo, la intención de conseguir los mismos resultados que Obama blandiendo sus banderas al viento. A estas alturas ya lo han hecho en Groenlandia, donde los partidarios de mayor autonomía de Dinamarca hicieron campaña con el «Yes, we can!». Laporta terminó así recientemente un discurso en Naciones Unidas en Nueva York. Y Artur Mas hizo lo propio con el eslogan de su formación tras la conferencia del ecuador de esta legislatura, «Si sumem, podem«. Acción que, por cierto, provocó un toque de alerta de su socio Duran i Lleida, que le pidió no copiar a Obama con un «somos diferentes y la ciudadanía también es diferente». Aunque también el exvicepresidente más Nobel, Al Gore, es acuñador de la frase, como se ha visto este fin de semana en Poznan (Polonia) en la conferencia del COP14 de Naciones Unidas sobre el medio ambiente.

¿Asistiremos durante mucho tiempo más a una mimetización tan clara de la campaña del senador del estado de Lincoln? ¿Acentúa Obama la americanización de la política que ya vivimos en nuestro país? ¿Es un globo que se deshinchará o será un revulsivo para cambiar de una vez por todas, el modo en que los políticos se comunican y se relacionan con sus votantes y ciudadanos?

El tiempo lo dirá. Por lo pronto, los asesores que hicieron posible esa campaña están haciendo un auténtico tour por Europa para explicar su acción y buscar nuevos clientes. En nuestro país hemos podido ver a un buen nutrido grupo de representantes de ambos partidos que nos han explicado cómo ganó Obama. Esperemos que ellos sepan ayudar a nuestros políticos a darnos el mismo nivel de inspiración que Obama ha conseguido para con su electorado.