Un tweet que no cambia la Unión

Vamos a hacer la prueba. Vamos a ver cuantas visita genera esta entrada que va a hablar sobre Europa. ¿Sigue alguien ahí? Si eres de los que siguen leyendo, te cuento: el presidente del Consejo anunció ayer vía Twitter, antes que a los medios, la reforma del Tratado de Lisboa. En si mismo, es una novedad. ¿Nos quedamos con la anécdota o vamos más allá?

Sin tener las respuestas ni las soluciones, me gustaría dar un paso más. Sí, es una novedad lo que ha hecho Van Rompuy. Especialmente en el contexto de jefes de Estado y de gobierno que viven a espaldas a la Red. O lo más importante, de gobiernos que la criminalizan, la atacan o legislan para acabar con ella. Por ello, la anécdota tiene el valor que tiene, pero lo gordo está escondido: ¿hasta qué punto la Unión Europea es un entorno 2.0?

Seguramente, si lo analizáramos en profundidad, descubriríamos que es de las instituciones más 2.0 que existen. No porque tengan más o menos presencia, sino porque muchas de sus rutinas, formas de funcionar y relaciones entre instituciones tienen ese carácter de conversación y de transparencia –mucho más, por cierto, que gobiernos y parlamentos nacionales.

Ya tenemos la anécdota. Y es relevante. No deja de tener su morbo el hecho de ver que ante una decisión de calado, el presidente del Consejo recurre a comunicarlo directamente a los usuarios –periodistas o no, pero en el fondo ciudadanos- sin pasar por el filtro tradicional de los medios. Sin embargo, y aunque la Unión sea, seguramente, mejor que muchos gobiernos, sigue chirriando eso del ejercicio del poder. El 2.0 es algo más.

Porque sí, la Unión puede ser mejor que otros, pero es un experimento de una complejidad tal que, seguramente, en lo último que recabe sea en la necesidad de abrir las instituciones a la ciudadanía. Sobre este tema reflexionaron el fin de semana pasada en Córdoba en un foro organizado por el Parlamento Europeo (podéis leer las crónicas de Dídac Gutiérrez-Peris, Francisco Polo, Álvaro Millán o David Martos). Y hay avances, pruebas y experiencias más que exitosas… pero el poder sigue siendo de otro calibre. Distinto, pero de otro tipo.

Un experimento, el europeo, que no ha tenido, por cierto, miedo a inventar nuevas formas de poder. En pensar en grande y crear no sólo una unión económica sino también una unión política y monetaria. Con creatividad se han abordado nuevos retos y con la misma creatividad se enfrenta el futuro. Y la eterna sombra de unos estados anclados en la Historia.

Estamos ante el proyecto político más complejo de nuestro tiempo. Me refiero a la Unión. Pero podría hacerlo también de lo online. Nadie cuestiona ya la presencia, pero entender que el cambio es de la propia organización, de la propia institución es más difícil de entender. Y sobre todo, de ejecutar. ¿Sigue alguien ahí?

Nombre propio #10: Van Rompuy y Ashton

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Son los nuevos líderes de Europa. Con permiso de los Estados miembros, claro. El pasado mes de noviembre conocíamos los nombres del nuevo presidente de la Unión Europea y la nueva ministra de Asuntos Exteriores y vicepresidenta de la Comisión: Herman Van Rompuy y Catherine Ashton.

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 ponían en las manos de un belga y una inglesa el futuro de la Unión. Bueno, no vamos a ser tan optimistas, ponían en su mano el futuro inmediato de la Unión y la posibilidad de darle más estabilidad institucional y más peso político al difícil entramado comunitario.

La elección fue, si más no, significativa. A diferencia de otras cuestiones –como el presupuesto comunitario o la PAC- la decisión se tomó relativamente rápido, los grandes nombres cayeron de la quiniela y la unanimidad se hizo patente. Algunos opinan que eso es una mala señal: si le juntamos a ello el bajo perfil comunicativo de ambos tenemos un resultado previsible. Los Estados han elegido a alguien que no les haga sombra.

Pero por lo importante del nombramiento y, porque estamos en Navidad y es momento de esperanza, quién sabe si consiguen salirse del guión y poner a Europa en una senda mejor.

Consejos para pasar desapercibido: una Europa a parches

Estaban ahí por haber sido elegidos. Estaba escrito que debían ser ellos los que decidieran quién tomaría el mando, quien sería la cabeza visible. Resguardados de todos, en una sala cerrada para preservar el trascendente momento, finalmente se llegó a un acuerdo. Todos, provenientes de los países más variopintos, hablando varias lenguas pero compartiendo una visión de la vida, eligieron al que debía ser un nuevo líder. Sólo faltaba anunciarlo, que todo el mundo lo supiera.

Podría estar hablando de un conclave papal. Pero no, me refiero a la elección del nuevo presidente de la UE. Por si no lo saben. Más que nada, porque parece que en el momento de la historia en que tenemos más acceso a información, algunos ámbitos siguen estando alejados de la gente. ¿No es una auténtica paradoja?

Ayer, el Consejo de la Unión Europea decidió el nombre de las dos figuras que deben tomar un mayor protagonismo en esta Europa a parches que ha creado el Tratado de Lisboa. Herman Van Rompuy es el nuevo presidente electo de la Unión Europea. Elegido por los Estados miembros, ostentará un papel que irá creciendo y que pretende dar a Europa una mayor estabilidad institucional para mejorar su papel en el mundo. Catherine Ashton, hasta ahora Comisaria de Comercio, pasa a ser la superministra de Asuntos Exteriores. También elegida por los Estados y será la vicepresidenta de otra institución no elegida por los ciudadanos, la Comisión Europea.

Pero, ¿no es una paradoja que en este gran espacio de democracia y libertad que es Europa, el mayor cargo lo ostente alguien a quién no hemos votado? ¿No es una paradoja que el sistema de elección sea más parecido al del Papa que al de Obama?

Lo peor es que los Estados han elegido a una Europa de bajo perfil. En un momento trascendente, optan por el gris. De la lista han caído nombres como Blair o González –aunque debo reconocer que la idea de tener a Blair como presidente no me resultaba muy cómoda-, a favor de dos personas que deben demostrar ahora qué es lo que pueden aportar al proceso europeo.

Sin duda, esto no ayuda a acercar a Europa a los ciudadanos. No ayuda que el presidente sea un total desconocido, que no ha sido elegido y del que todos nos avisan ya que es un gran gestor pero sin empatía. Tampoco nos sirve que a Ashton la llamen superministra: un gran eufemismo para referirse a quién está con los otros ministros, no por encime de.

Europa tiene un gran problema para acercarse a los ciudadanos. Lo ha tenido siempre y lo sigue teniendo ahora. Quizás la presidencia nos dé estabilidad en el mundo, pero dudo que los estonios, los lituanos, los españoles, los alemanes o los mismos belgas puedan ver en Van Rompuy una figura que encarne lo que es Europa.

En el fondo, tenemos un problema de simbolismo. Ya sé que las comparaciones con Estados Unidos son, además de odiosas, fuera de lugar porque no son comparables. Pero parece que muchos aspiran a ello. Independientemente del modelo, envidio profundamente el simbolismo de los norteamericanos. No surge el mismo efecto en el visitante estar en Bruselas que en Washington. Aunque los valores sean muy parecidos, los iconos americanos son muy fuertes. De hecho, una Unión en que el 9 de mayo no es festivo, ¿cómo puede aspirar a que todos sintamos a Van Rompuy como nuestro presidente?

Ni Van Rompuy es Obama ni Ashton, Clinton. Ni Europa, Estados Unidos. Pero si queremos aspirar a tener un papel más relevante en el mundo, a liderar la conquista de derechos humanos, la lucha contra el cambio climático o poner nuestro granito para la estabilidad económica mundial, necesitamos perfiles más parecidos a ellos que los que nos han elegido. Justo lo contrario de lo que es esta guía de consejos para pasar desapercibido que es el Tratado de Lisboa.

Podemos satisfacernos con ver que, al fin, Europa tiene un presidente. Sí, para mi es ya mi presidente, aunque crea que debería ser mi derecho poder votarle. Aunque crea que una Europa democrática no puede contradecir su mensaje con cargos elegidos al estilo Vaticano. Será el presidente de nuestra Unión Europea. Pero me gustaría ver en un futuro no muy lejano una auténtica campaña electoral, con ideas, con propuestas, con posturas sobre Europa. Con varios candidatos a presidir nuestra Unión.

Hace 76 años, las mujeres votaban por primera vez en España. Entonces, una utopía. Hoy, desear poder elegir a los altos cargos de la UE también lo es… ¿Cuánto deberemos esperar?