Agua para todos, ¿votos para todos?

El agua en la política española es como el Guadiana: aparece y desaparece. Podríamos tomar esta afirmación como cierta, si no fuera porque incurro en dos errores de bulto. Ni el Guadiana aparece y desaparece –según algunos expertos la parte en que se producen las filtraciones aún no es el Guadiana propiamente dicho-, ni el agua deja de ser un tema con una fuerte implicación política.

Eso es así porque una de los principales cometidos de la política es gestionar los recursos de un territorio. ¿Qué recurso puede haber más importante que el agua? Si en puntos calientes del planeta la gente llega a las armas por este oro líquido, ¿no tendrá sus efectos en la política… en un país que también sufre los efectos de un bien escaso?

Y en esa guerra, política en el caso de España, la comunicación ha jugado un papel importantísimo. Os propongo repasar tres ejemplos recientes que muestran hasta qué punto el agua ha marcado la batuta de la política y la comunicación en España.

El trasvase del Ebro

Cuando en 2001 el Partido Popular promovió el Plan Hidrológico Nacional, que tenía como proyecto principal el trasvase del agua de la desembocadura del Ebro a otras zonas del este peninsular como Castellón, Valencia, Alicante o Murcia; se desató la guerra del agua. El apoyo de CiU en el Congreso a la medida supuso que la zona agredida, el Delta del Ebro, viviera los efectos de un auténtico movimiento Nimby que tuvo mucho que decir.

La oposición al PHN se organizó e hizo ruido. Supo tejer las complicidades con el territorio, las fuerzas de la oposición y con los medios. Tanto, que dieron con la fuerza de un símbolo que aún hoy es referente en las Terres de l’Ebre: la tubería anudada.

El activismo y la comunicación llevada a cabo tuvieron sus efectos en las elecciones catalanas de 2003 y en las generales de 2004, con un ascenso de las fuerzas de izquierda en el territorio. Tanto, que el gobierno socialista de Zapatero dio marcha atrás en el trasvase del Ebro en 2005.

El azul característico del movimiento, el candado y el famoso “no al transvasament”, quedarán como los ejemplos más visibles de los efectos de un Nimby bien organizado.

La guerra del agua

Paralelamente, en Murcia y Valencia, los barones del PP en estos territorios iniciaron una guerra sin cuartel para generar en la opinión pública el apoyo al trasvase que promovía el PHN. Usaron uno de los eslóganes que mejor han funcionado en los últimos años y que es la muestra de cómo el poder del lenguaje es una parte esencial de toda batalla política. ¿Quién puede oponerse a alguien que pide “agua para todos”?

La guerra del agua tuvo su segundo episodio tras la derogación del trasvase del Ebro: Camps y Valcárcel se convirtieron en arietes de la oposición al PSOE y usaron en sus comunidades la cuestión hídrica para aumentar sus bases electorales y hacer oposición a los socialistas en el terreno nacional. A juzgar por los resultados –salpicados a su vez por numerosos casos de corrupción-, funcionó.

La sequía y la gestión política

Ahora que encaramos las semanas finales de la legislatura en Catalunya, a las puertas de unas trascendentales elecciones, el agua no deja de colarse en la campaña. El president Montilla tiene en su discurso una referencia clara a la puesta en marcha de desaladoras, como la de El Prat, que inauguró durante su mandato. El president afirma que el suministro está asegurado en Catalunya gracias a este tipo de políticas.

Sin embargo, pasa de puntillas por uno de los episodios que merecen un estudio profundo a nivel comunicativo. Cuando los catalanes vivían una tremenda sequía, la Generalitat empezó a dar los pasos para comunicar la gravedad de la situación y pedir la colaboración ciudadana. No lo hicieron mal.

Con esa crisis, llegaron las opciones: los trasvases. Ese fue el primer reto, ya que los partidos que se opusieron al trasvase del Ebro, ahora optaban por trasvasar agua del mismo río a Barcelona. Y ahí entró de nuevo el poder de las palabras, pasando de un trasvase a una “captación temporal de agua”.

Con el concepto se desataron los acontecimientos y la descoordinación entre lo que dijo el Gobierno y lo que sentía la gente puso de manifiesto las limitaciones de la situación. Sin ir más lejos, el día que llegaba el primer barco con agua de Tarragona, el consejero de medio ambiente insinuaba que se podrían volver a llenar piscinas. El mismo que llegó a encomendarse a la moreneta para solucionar la sequía.

Quién diga que el agua es irrelevante, miente. Es un issue político de primer orden. No sólo porque a río revuelto ganancias de pescadores -¿votos para todos?-, sino por la importancia estratégica del liquido elemento para la economía y la calidad de vida. No está de más que con estos tres ejemplos reflexionemos sobre ello, especialmente en un día como hoy en que la blogosfera está llamada a pensar en esto. Por ello, este blog se suma a la iniciativa del Blog Action Day que este año Actuable organiza en España.

Foto de Manel Zaera.

¿En qué momento se jodió nuestro Perú?

Mi amigo Pau Canaleta suele usar una de las frases más famosas de la política peruana para referirse a ese momento en que una situación parece haber perdido el norte. “¿En qué momento se jodió el Perú?” es la frase que Mario Vargas Llosa puso en boca de los personajes de Conversación en la Catedral y que podría aplicar perfectamente para la situación política en España.

¿En qué momento se jodió nuestro Perú? ¿Cuándo se hizo de la insubordinación la manera de hacer y comunicar la política en este país? Esa parece ser la pregunta que deberíamos hacernos a estas alturas a cuenta de la oposición que ejerce el Partido Popular, instalada en la inaplicación constante de varias leyes. Pero quizás antes deberíamos cuestionarnos en qué momento dejamos de creer que cumplir las reglas del juego era importante.

Desconozco cuál fue ese momento. Sólo sé que salió rentable. Al menos políticamente. Quizás la bronca en la que estamos instalados, la polarización de la política y la dificultad de tender puentes, pero sobretodo de entender que en democracia la mayoría gana; nos han llevado a caer en la tentación de creer que conductas antidemocráticas se pueden aceptar si se hace daño al adversario.

Los estrategas del Partido Popular podrán creer que instalarse en el torpedeo casi automático a todo lo que aprueban las Cortes –donde no tienen mayoría-, es la mejor manera de llevar a Rajoy a Moncloa. Las encuestas, más por otras cosas que por esta, les dan la razón. Pero llegarán habiendo jodido el Perú. Nuestro Perú.

Y este Perú nuestro particular lo jodimos cuando ante la insubordinación, no apareció una desaprobación mayoritaria. Cuando la gente decidió no censurar algo que no puede permitirse en democracia: pasar de las reglas del juego.

Los presidentes autonómicos insumisos, ya sea con la interrupción voluntaria del embarazo, los ordenadores en las aulas u otros ejemplos, hacen un flaco favor a la democracia mientras apuntalan sus liderazgos. Como estrategia de comunicación no tiene parangón: nuestro Perú está tan jodido que sólo vemos fortaleza donde en realidad está la cobardía de no aceptar la regla de la mayoría.