La sombra de Sorkin en la Casa Blanca

Antes de empezar a leer, os recomiendo el visionado de este vídeo:

El Presidente Obama ha interrumpido una sesión de briefing de su secretario de prensa, Robert Gibbs, para informar directamente a los medios de la conversación que ha mantenido con el juez del Tribunal Supremo, Souter, que ha anunciado su intención de retirarse tras dos décadas de servicio. Hace algunas semanas reflexionábamos en este post sobre la posibilidad de Obama de modular un nuevo Tribunal.

Pero lo importante de esta imagen son los detalles que se intuyen. En primer lugar, el ambiente directo entre los medios y el portavoz de la Casa Blanca. Los corresponsales de los medios en el Ala Oeste se rige por unas normas muy distintas a las que tenemos aquí.

Acto seguido, ante la irrupción de Obama, todos los corresponsales se levantan y no toman asiento hasta que el presidente lo ordena. No debemos olvidar que Obama es el Jefe del Estado y ocurre lo mismo que con el Rey en España.

Tras ello, Obama distiende el ambiente generado por la interrupción al Secretario: con humor araña carcajadas y sonrisas y pasa a explicar el contenido de la llamada con Souter.

Un dominio de la escena a retener, sin duda. Ahora bien, lo que me parece más curioso es la coincidencia con el mago de la televisión Aaron Sorkin. Sorkin, creador de la mítica serie The West Wing no sólo intuyó en su producto el cambio político vivido, sino que conoce fielmente el mundo de la comunicación política.

Si recordáis la película de Sorkin que dio origen a The West Wing, “El Presidente y Miss Wade” (The American President en inglés), hay una escena en que el presidente Shepperd (Michael Douglas) aparece en la sala de prensa e interrumpe a su Secretaria de Prensa para explicar los motivos de su caída de popularidad, acción que revierte la situación.

La entrada de Obama en la Sala de Prensa (por cierto, con un estilismo renovado tras la etapa de Bush, con una nueva escenografía en el atril, una pantalla y un fondo distinto), ha sido milimetrada, casi estudiada. Y si quieren un detalle más que muestre la improvisación, fíjense que en el atril no aparece el escudo o sello presidencial, que siempre reina en las tribunas del presidente. Aunque sea en un ensayo.

Obama y el Trubunal Supremo

Hoy en La Vanguardia publico este artículo

Quizás todo esto de la división de poderes, la independencia entre ellos y un largo etcétera les suene a cuento, a milonga o a algo demasiado abstracto como para poder entenderlo. Más cuando en los últimos días hemos presenciado cómo un poder del Estado se declaraba en huelga y la actuación de un juez que caza con un ministro de justicia generaba un alud de críticas y fuego cruzado entre los partidos políticos españoles.

En efecto, la justicia es un poder del Estado que cimenta la democracia a través de su independencia. Esto es algo que las democracias avanzadas no cuestionan jamás y que han hecho de este axioma la base del sistema. También lo hicieron los padres fundadores de los Estados Unidos al crear, en amparo de la Constitución, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

El Tribunal Supremo es algo parecido al Tribunal Constitucional español: es el garante de la adecuación de las leyes al texto fundacional e interpreta aquellos textos que pueden entrar en contradicción con la norma que firmó George Washington. Aunque el sistema judicial americano, que tiene una raíz distinta al nuestro, permite que los jueces –no sólo los magistrados del Supremo- puedan interpretar la Constitución. Además, es la última instancia legislativa a la que acudir.

En definitiva, es una pieza central del sistema. No sólo del judicial, sino del político: sus deliberaciones afectan a la aplicación de la acción política de muchos presidentes. O lo que es lo mismo, de lo que deliberen estos magistrados depende que la legislación más o menos progresista o conservadora arraigue en la sociedad. Y por tanto, que la sociedad camine hacia una orilla u otra.

Pero, ¿cómo se puede influir en el sentido que imprima el Tribunal? La respuesta es clara: a través de las nominaciones de los magistrados que lo forman. A diferencia de España, los 9 miembros del Tribunal Supremo son elegidos por el Presidente por nominación directa y deben ser confirmados por el Senado. La nominación es vitalicia y será la muerte, la indisposición, la resignación o el enjuiciamiento lo que los separaría del Tribunal.

El cambio también puede llegar al Tribunal. En los próximos años Obama deberá hacer frente, presumiblemente, a alguna nominación del Supremo. En las últimas semanas la única mujer magistrada, Ruth Ginsburg, ha anunciado que sufre un cáncer (tras haber superados varios a lo largo de su vida), lo que hace prever que quizás presente su baja voluntaria en las próximas semanas o meses.

A día de hoy, 5 de los 9 miembros superan los 70 años, Ginsburg incluída y el magistrado John Paul Stevens, de 88 años. De los 4 miembros más jóvenes, dos fueron nominados por George W. Bush, entre ellos el presidente del Tribunal que balbuceó incorrectamente el juramento administrado a Obama en la ceremonia del pasado 20 de enero. Los otros dos, también por su padre; o lo que es lo mismo, con un marcado sello conservador.

El cambio puede llegar también al Supremo si Obama elige mejor a estos magistrados que a algunos miembros de su Gabinete. A Ginsburg seguramente le substituiría una mujer de perfil similar a esta magistrada conocida por su progresismo. Pero la incognita será conocer cómo serán las personas que eventualmente Obama deba elegir para el cargo. Será una de las claves para llevar a lo más profundo del sistema una nueva dimensión en algo tan esencial como la interpretación de leyes que tocan la espina dorsal de tantos y tantos temas.