No me gusta que a los toros te pongas el cinturón

La decisión del Parlament de Catalunya de prohibir las corridas de toros en el territorio catalán ha iniciado un debate con múltiples aristas. Algunos razonamientos, fundados en el interés de promover un sosegado debate. Otras –las más- salpicadas por la demagogia más rancia. Y en medio, algunas ingeniosas estampas que no han pasado desapercibidas. Como el último vídeo de Rajoy. ¿Se pueden mezclar toros y la seguridad vial sin salir corneado?

Resulta curioso. Más allá de los gestos del nacionalismo español que encarna el PP, con el anuncio de llevar al Congreso una resolución para proteger la fiesta nacional, el debate a raíz de la decisión del Parlament ha discurrido en el ámbito del binomio libertad-prohibición. La libertad de elegir ir o no ir a los toros contra la prohibición de la muerte y tortura de un animal para regocijo de los asistentes. Rajoy nos recuerda su postura, sin decir nada, en su vídeo prevacacional: los toros de Osborne que decoran centenares de carreteras en España son el símbolo de esa defensa de la fiesta.

Pero también en el mismo vídeo vemos a Rajoy, que fue ministro del Interior, sin el perceptivo cinturón de seguridad. Muchos nos hemos quedado con eso que el líder de la oposición haga caso omiso de las normas y ponga en riesgo su vida y la de sus acompañantes, pero pocos parecen haber recabado en un debate existente en varios países, especialmente en Estados Unidos. ¿Atenta contra la libertad individual el uso obligatorio del cinturón?

Y ahí es donde llega el detalle sublime de ese vídeo que, seguramente, no tenía intención de llegar a las cotas de popularidad y polémica que ha alcanzado, con disculpas públicas del propio Rajoy por infringir de forma manifiesta. La defensa velada de ese derecho a la libertad en el caso de los toros pero el sometimiento en lo que respecta al cinturón. En un caso la libertad está por encima del espectáculo de la muerte pero en el otro no.

El tema del cinturón de seguridad no es un issue en España como sí lo es en Estados Unidos o Argentina. Ahí existen movimientos que afirman que llevar el cinturón de seguridad atenta contra la libertad del individuo, aunque el riesgo más inminente pueda ser la muerte. De hecho, en 2008 se salvaron 13.000 vidas en la UE gracias a este mecanismo. ¿En qué momento, para las personas, prevalece el derecho a la seguridad a la propia libertad para el PP y no para los animales en la fiesta nacional?

Estas pueden ser algunas de las perversiones en el debate cuando dejamos al azar algunos detalles importantes al elaborar una pieza de comunicación, como esa ausencia del cinturón en Rajoy. Pero no nos alarmemos. El aspirante a suceder a Zapatero en la Moncloa no es el único político español que no usa el cinturón. De hecho, estoy convencido que muchos de los que le han saltado a la yugular tampoco lo usan. En estos vídeos podemos ver a Saura en un spot de campaña de 2003 sin él. Y en este otro corte, a Pujol en su coche oficial también haciendo caso omiso de este elemento de seguridad.

Rajoy ni ganará ni perderá las elecciones por esta anécdota. Tampoco las ganará o las perderá Montilla por llevar a sus hijos a un colegio privado y defender políticamente a la escuela pública. Muchas se han rasgado las vestiduras estos días a cuenta de esto sin ver lo que hacen ello o lo que hacen los suyos. Pero quizás en el fondo lo que más se ha echado de menos es una voz como la de Mas que cree que los políticos deben dar ejemplo, tal y como se desprende del libro de Pilar Rahola. Dar ejemplo.

Quizás Rajoy debería empezar usando el cinturón, sin duda. Pero sería más importante que empezará por dar ejemplo de debates sosegados y fundamentados en el sí de su partido. ¿Por qué debe prevalecer la libertad en ir a ver los toros y no en llevar o no el cinturón sin miedo a ser sancionados? Dar ejemplo, sin duda.

Al mal torero, hasta los cuernos le molestan

En comunicación, a veces la palabra es lo de menos. Un gesto de tu pareja puede ser más efectivo que un “hoy no, cariño”. Una mirada de tu jefe puede ser más reveladora que el mayor de los elogios. Y una foto puede decir más que mil declaraciones públicas. Incluso cuando hablamos de temas con tantas aristas como el Tribunal Constitucional y el recurso del Estatut.

Mucho se ha hablado de la sentencia y sus deliberaciones a lo largo de estos tres años largos que van camino de cuatro. Se ha hablado en la prensa, gracias a las interesadas filtraciones, pero poco en boca de sus protagonistas. Incluso en los momentos de mayor tensión –el editorial conjunto de la prensa catalana o la reacción a la no sentencia hace sólo unos días-, los miembros del Tribunal no han interferido con declaraciones que pudieran avivar el fuego.

Hasta esta semana. La presidenta del TC denunció las presiones intolerables a la institución y pidió respeto… aunque el mensaje de un cambio de actitud en el alto tribunal no viene de esas palabras. Viene de una foto.

Mientras en Catalunya se busca el modo de articular una posición unitaria y se hace lo posible e imposible para terminar con la anómala situación de tener a varios de sus miembros ocupando una silla que ya ha caducado, en Madrid el Tribunal endurece sus posiciones. Y para ello, las filtraciones y los avisos; las palabras de los rumores no son tan fuertes como la foto de los tres magistrados clave para esta sentencia y para la más que probable reinterpretación del sistema autonómico.

Una foto dice más que todo lo que se ha dicho hasta el momento. El nuevo ponente de la sentencia, el magistrado conservador Guillermo Jiménez, el progresista que votó en contra de la ponencia de Pérez Vera, Manuel Aragón y el magistrado Ramón Rodríguez Arribas; juntos en los toros. Puro en mano, viendo la corrida desde el callejón de la Real Maestranza de Sevilla. Juntos y revueltos en la Fiesta Nacional. Un mensaje más efectivo que las alertas de la presidenta.

Desde Sevilla –Juliana decía que será desde Andalucía desde dónde se frene otra vez el desarrollo del autogobierno-, presenciando lo que el Parlamento catalán quiere prohibir. Una foto que comunica más que mil discursos.

Cuando hay toros no hay toreros, y cuando hay toreros casi nunca hay toro. Y parece que el Tribunal quiere coger, al fin, el toro por los cuernos. Y parece que habrá estocada. Y de las buenas. Otra cosa será que el Estatut se comporte como un Miura e intente no dejarse doblegar fácilmente… aunque a los catalanes, ya nos han toreado bastante.