Los juicios paralelos del cine: Blair y Garzón

La causa contra el juez Baltasar Garzón está generando una tormenta política considerable que, de hecho, pone de manifiesto la importancia del juicio paralelo que se registra en la calle. En los medios. En la Red. Mientras que en la sala del Supremo se le encausa por supuestos casos de prevaricación, el debate en la calle es otro: se le juzga por haber intentado juzgar a los responsables de la represión fascista en España.

La causa real, la que está en los tribunales, podrá terminar con Garzón saliendo de la judicatura por la puerta de atrás y con una condena bajo el brazo. Pero la condena de la calle es más dura: la democracia española revive sus fantasmas y observa cuán coja fue su transición. El juez que puede investigar las dictaduras chilenas o argentinas, no puede hacer lo propio con la de su país.

El caso pone de manifiesto esa debilidad de la democracia española y aviva un debate que nunca ha cesado y nunca cesará: la doble vara en lo referente a lo acaecido tras el golpe de 1936. Así, lo que la justicia no ha podido –o no ha querido- investigar y juzgar, lo ha hecho otro. Ya sea el cine, la música, la literatura, el teatro. O la televisión. Debemos quedarnos con la revisión histórica del cine, con películas como Las 13 rosas o Libertarias ante la ausencia de una condena a atrocidades y crímenes contra la humanidad.

En ese campo la izquierda sí ha sabido ganar su particular batalla. Pero aunque las consciencias de las nuevas generaciones retengan esos crímenes, esa falta de libertad, en España las calles dedicadas a generales golpistas, al dictador o a otras personalidades del régimen, se encuentran por doquier. Al igual que los miles de cuerpos que yacen en fosas, en cunetas o bajo autopistas. ¿De qué sirve ese juicio paralelo si no hay justicia?

Esa misma tendencia la vemos alrededor de la figura del ex primer ministro británico Tony Blair. El laborista, que se fue acosado por la Guerra de Irak y su incondicional apoyo a una guerra ilegal auspiciada por los Estados Unidos, está viendo como su figura es juzgada en el cine. El séptimo arte acusa lo que no pueden hacer los tribunales internacionales.

En el último año, hemos visto como dos títulos han alzado el dedo acusador. In the loop, un film que gusta por su trato diferente de este arte, muestra los entresijos de la comunicación y de la estrategia de los apoyos en una situación que recuerda demasiado a la Guerra de Irak. Recurrir al humor e incluso al absurdo, es la particular manera de Armando Iannucci de denunciar la locura de la guerra.

Más dura es The Ghost Writer de Polanski, traducida como El escritor en España, que relata las vicisitudes del biógrafo de un ex primer ministro que recuerda demasiado a Blair y que protagoniza Pierce Brosnan.

La oposición a Blair parece querer ganar el juicio a la figura del primer ministro laborista más exitoso de todos los tiempos. Un brillante político que consiguió lo inimaginable: ganar tres elecciones seguidas en el Reino Unido. Pero sobretodo, parece como si el cine no quisiera dejar sin contestar la implicación del premier en la invasión iraquí.

¿Debe llegar el cine dónde no llega la justicia? ¿Debe llegar la política dónde no llegan las togas?

Imágenes por el cambio

Si hacemos caso a las encuestas, estamos en las puertas de un escenario de cambio, aunque las elecciones generales se vislumbren a dos años vista. Pese a ello, la oposición ya se friega las manos con una victoria que está a tocar. En Barcelona, una alternativa real –por primera vez en 30 años de democracia- al PSC genera el mismo ímpetu en las filas de CiU. Partido que, a su vez, encara 2010 como el año que puede llevarle de nuevo al Palau de la Generalitat.

Sin embargo, aunque se pueda percibir ese contexto, el modo de configurar la estrategia de comunicación es la clave para alimentar esas ansias de cambio o matarlas de golpe. Y una de esas decisiones, tras adoptar el mensaje y la propia estrategia, nos lleva de forma inexorable a pensar en cómo deben ser los spots electorales.

La decisión no es baladí. La nueva fórmula de spots electorales adoptada tras las generales de 2008, con un formato más publicitario, y el uso cada vez más extendido de la Red, harán de estos vídeos caballos de batalla en los que apostar.

La historia electoral nos ha dejado varios ejemplos que muestran estas maneras distintas de encarnar esa idea de cambio. Eso sí, todos con elementos comunes:

  • Uso de música alegre y optimista
  • Colores cálidos
  • Mensajes positivos
  • Imágenes como metáforas de cambio

El poder de la imagen

El PSOE presentó en 1982 un spot electoral en que una serie de ventanas de varios lugares de España se abrían al cambio. Una metáfora visual acompañada del himno del partido. Sin palabras, el propio spot encarnaba la idea de abrir la ventana para dejar entrar aire fresco que limpiara el cargado ambiente de la España posterior al franquismo y al 23-F.

En la misma línea de usar imágenes como mensajes, el PP presentó un anuncio en 1996 plagado de referencias al empleo y a un país que funciona, justo la antítesis política real del momento. El anuncio, con una narración que lo acompaña y con alocución del candidato Aznar, no apunta a la esperanza sino que reclama un país que funcione.

El medio es el mensaje

Aunque no lo diseñara el equipo de Obama, cuando se puso música al famoso discurso de la primaria de New Hampshire, el éxito fue rotundo. Música pegadiza, el apoyo de artistas y famosos… una contemporánea forma de mostrar que el cambio empieza en el propio anuncio, pero sobretodo en el modo de predicarlo a todos, incluidos los jóvenes: a través de la música.

La figura del líder

El anuncio de los laboristas para las elecciones del cambio de 1997 buscaba, sobretodo, centrar la atención en los atributos positivos del líder. Más joven, jovial y próximo que John Mayor, Blair simbolizaba la aspiración de su nuevo laborismo y la Tercera Vía. Es una opción cuando el líder es alguien fuerte, el propio activo del partido.

Apuntar a las contradicciones

El cambio debe hacerse de dos formas: generando elementos positivos hacia nuestra candidatura, pero alimentando los negativos hacia la otra. Este es un ejemplo claro de la campaña de Clinton en 1992: apuntar a las contradicciones del presidente Bush.