La investidura de Rajoy: 144 horas para tener gobierno

¿Qué va a pasar cuando el Congreso le dé la confianza a Mariano Rajoy mañana por la tarde? ¿Cómo van a ser las 144 horas posteriores a la votación y que culminarán con un gobierno para España? Lo repasamos a continuación, en un guión aproximado atendiendo a la práctica de las últimas tomas de posesión. Que en un país como España poco significa, por lo que puede haber cambios importantes. Te dejo con estas 144 horas para tener gobierno.

Hora 0. Sábado 29 de octubre de 2016, 21h -aprox-

Los 350 diputados y diputadas del Congreso votan por segunda vez. Rajoy consigue la confianza de la cámara con la mayoría simple de los votos. Es decir, más síes que noes. Al finalizar la votación Ana Pastor lee los resultados. Dice que la confianza al candidato Rajoy queda otorgada y que comunicará la decisión al Rey. Desde ese momento, Rajoy es ya presidente electo de España. Aunque en realidad él ya es presidente. En funciones.

El portavoz socialista seguramente sea el primero en cruzar el hemiciclo para felicitar personalmente al presidente electo, que recibe una ovación cerrada de su bancada. Varios diputados irán a saludarle y felicitarle. Previsiblemente, los primeros serán el resto de portavoces.

En cuanto Ana Pastor comunique al Rey la decisión, Zarzuela fijará la hora en la que Rajoy jurará el cargo. Puede jurar o prometer, pero suponemos que repetirá la fórmula usada en 2011. Presumiblemente será mañana.

Hora 110. Domingo 30 de octubre de 2016, 11h -aprox-

En la sala de audiencias del Palacio de la Zarzuela, Felipe VI, la reina Letizia, Rafael Catalá como ministro de Justicia en funciones y notario mayor del Reino, Ana Pastor como presidenta del Congreso, Pío García-Escudero como presidente del Senado, Carlos Lesmes como presidente del Tribunal Supremo y Francisco Pérez de los Cobos como presidente del Tribunal Constitucional son testigos del juramento de Mariano Rajoy.

Estas personalidades estan en fila en un extremo del Salón. Los reyes a la altura de la mesa que se instala para la ceremonia. Más alejados, el resto. Y en el otro extremo perpendicular de la sala, espera Mariano Rajoy.

El jefe de Protocolo de la Casa de Su Majestad el Rey inicia la ceremonia leyendo el Real Decreto por el que se nombra a Rajoy presidente del Gobierno. En cuanto termine su lectura, Mariano Rajoy se aproxima a la mesa. Es la primera vez que Felipe VI ve jurar a un presidente de Gobierno en su reinado.

Y como primera vez, el protocolo de Zarzuela cambia. Aunque en este caso seguramente no lo haga. En el reinado de Felipe VI las personas que acuden al palacio a jurar o prometer su cargo pueden elegir si quieren que en la mesa se dispongan símbolos religiosos como el crucifijo y la Biblia.

Nada parece indicar que Rajoy pida que se quiten, así que cuando el presidente electo se disponga a jurar su cargo, en la mesa se encontrarán esos símbolos. La cruz dorada que ha sido testigo de innumerables ceremonias y una biblia de 1791, editada en Valencia, abierta por el libro de los Números. Empezará jurando sobre ella, con la mano sobre los evangelios. Y cuando jure hacer guardar la Constitución, cambiará y posará su mano sobre la carta magna, abierta por su artículo 99. Que es el artículo sobre el presidente del Gobierno.

La fórmula que utiliza es esta:

Juro [o prometo] por mi conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo de presidente del Gobierno con lealtad al rey, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros.

 

Tras ello, hace una reverencia al Rey y vuelve al fondo del Salón de Audiencias. Tras ello, los reyes se acercan y le saludan. Los medios toman una foto de ese momento.

Hora 112. Jueves 3 de noviembre de 2016, 13h -aprox-

Cuando acaba esta corta ceremonia, Rajoy vuelve a Moncloa ya como presidente. Tras casi un año, dejará de ser presidente en funciones.

Hora 115. Jueves 3 de noviembre de 2016, 16h -aprox-

Rajoy podría acudir a Zarzuela el lunes por la mañana para comunicarle al Rey la formación de su gobierno.

Hora 117. Jueves 3 de noviembre de 2016, 18h -aprox-

Rajoy volverá a Moncloa y convocará a los medios para comunicar la formación de su gobierno.

Hora 134. Viernes 4 de noviembre de 2016, 11h -aprox-

Los nuevos ministros, los nuevos y los que repiten, irán a Zarzuela al día siguiente para jurar sus cargos. La ceremonia es muy parecida. En un extremo, los Reyes, el presidente del Gobierno, la presidenta del Congreso, el presidente del Senado, el presidente del Tribunal Supremo y el presidente del Tribunal Constitucional serán los testigos del acto. En el lado perpendicular, aguardan los ministros.

Se volverán a leer los Decretos Ley de nombramiento de los ministros, que se colocarán por el orden protocolario de juramento, que es el mismo por el que se sientan en el Congreso: por la antigüedad del ministerio. Salvo por una excepción. El primer ministro en jurar o prometer el cargo será el de Justicia, que ejercerá de notario mayor del Reino durante el resto de la ceremonia. Tras jurar o prometer, se situará a la izquierda del Rey, delante de la mesa.

Los ministros serán llamados uno a uno y jurarán o prometerán el cargo. La fórmula es la misma que la que usó Rajoy el día anterior, pero con la mención al cargo que van a ocupar. La Constitución está abierta por el artículo 100, sobre el nombramiento del Gobierno.

Tras el juramento o promesa, los periodistas pueden hacer la primera fotografía del nuevo gobierno.

Hora 136. Viernes 4 de noviembre de 2016, 13h -aprox-

Los ministros acuden a Moncloa para celebrar el primer Consejo de Ministros. Foto de grupo

Hora 139. Viernes 4 de noviembre de 2016, 16h -aprox-

Tras el Consejo de Ministros, los ministros van directos a su ministerio para la ceremonia del cambio de carteras. Los ministros salientes entregan la cartera al nuevo ministro o ministra en una ceremonia que suele ser bastante emotiva, especialmente para los ministros salientes. Suelen darse discursos de los dos ministros.

Muchos ministros tienen en ese momento a otros ministros apadrinando el acto, por lo que las ceremonia se van celebrando a lo largo de la tarde.

Hora 144. Divendres 4 de noviembre de 2016, 21h -aprox-

A esa hora las ceremonias habrán acabado ya y el ejecutivo estará plenamente en funciones. España ya tendrá presidente y Gobierno. La pregunta es hasta cuando.

Las cuatro veces de Obama

Cuando George Washington renunció a un tercer mandato, sentó precedente. Algunas fuentes afirman que lo hizo por el empeño de los padres fundadores de evitar a toda costa que el nuevo país se convirtiera en una monarquía. Otras, que estaba ya mayor para el cargo. El hecho fue que sus inmediatos predecesores siguieron la práctica.

Así, todos los presidentes, menos Franklin D. Roosevelt, han servido un máximo de dos mandatos. O lo que es lo mismo, un máximo de dos tomas de posesión. Tres si alguna de las dos del mandato caía en domingo. Pero Obama, habiendo servido solo dos mandatos, igualará este lunes las cuatro tomas de posesión de Roosevelt.

¿Por qué? ¿Sus dos tomas de posesión han caído en domingo? No, para nada. Obama juró el cargo como manda la vigésima enmienda el 20 de enero de 2009. Pero el juramento no fue del todo bien. John Roberts, el presidente del Tribunal Supremo inició el acto. Pero se equivocó. Cambio de orden la palabra “faithfully” del juramento. Obama hizo ademán, con la cara, para que se diera cuenta… pero no pasó. El error siguió y cambió una preposición, donde debería haber dicho “president of”, el juez dijo “president to”. Y Obama repitió lo que le dijo el magistrado. Aunque estaba mal.

El artículo segundo de la Constitución establece el juramento. Así que el presidente Obama no había jurado como es debido. Aunque no era el primer error en la historia, la Casa Blanca decidió repetir el juramento. El consejo legal de la Casa Blanca pidió al juez que volviera a administrar el juramento. Así, en la tarde del 21 de enero de 2009, Roberts fue a la Casa Blanca y tomó juramento a Obama en la Sala de Mapas (Map Room). Fue una ceremonia con pocos asistentes, el fotógrafo oficial de la Casa Blanca tomó unas instantáneas y se grabó el audio del juramento. El error del primero suscitó cierto debate entre expertos de derecho constitucional.


Aunque en un primer momento la Casa Blanca negó que ese segundo juramento iba a tomar lugar, los asesores del presidente decidieron ser muy cautos ante la gran cantidad de rumores que siempre han rodeado al presidente.

Hoy Obama jurará el cargo en una ceremonia privada en el Salón Azul de la Casa Blanca. Será un acto con su familia y pocos asistentes más durante el servicio religioso del domingo. El mismo juez que se equivocó en 2009 le tomará juramento para cumplir con lo que dice la Constitución en su vigésima enmienda.

El lunes 21 se volverán a ver las caras. Desde que en 1947 entró en vigor la vigesimosegunda enmienda -la que prohíbe que los presidentes estén más de dos mandatos en el cargo- Obama es el único presidente en jurar el cargo en cuatro ocasiones. Esta vez Roberts tiene dos oportunidades más para no equivocarse. Y con esta nota termino: cuando Obama era senador y el presidente Bush propuso a Roberts para presidir el Supremo, el hoy presidente votó en contra del nombramiento. Pero no haremos sangre: un mal día lo puede tener cualquiera.

Los mejores discursos inaugurales de la historia

En 2005, con motivo de la segunda toma de posesión de George W. Bush, el Washington Post publicó un artículo sobre los mejores y los peores discursos inaugurales de la historia. Hoy mostramos los 10 mejores discursos de la historia.

1. Discurso inaugural de Abraham Lincoln, 4 de marzo de 1865

“With malice toward none, with charity for all, with firmness in the right as God gives us to see the right, let us strive on to finish the work we are in, to bind up the nation’s wounds”

2. Discurso inaugural de Franklin D. Roosevelt, 4 de marzo de 1933

“Let me assert my firm belief that the only thing we have to fear is fear itself—nameless, unreasoning, unjustified terror which paralyzes needed efforts to convert retreat into advance.”

3. Discurso inaugural de Theodore Roosevelt, 4 de marzo de 1905

“We wish peace, but we wish the peace of justice, the peace of righteousness.”


4. Discurso inaugural de Ronald Reagan, 20 de enero de 1981

“In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem.”


5. Discurso inaugural de Harry S. Truman, 20 de enero de 1949

“The supreme need of our time is for men to learn to live together in peace and harmony.”

6. Discurso inaugural de Abraham Lincoln, 4 de marzo de 1861

“The mystic chords of memory, stretching from every battlefield and patriot grave to every living heart and hearthstone all over this broad land, will yet swell the chorus of the Union, when again touched, as surely they will be, by the better angels of our nature.

7. Discurso inaugural de James A. Garfield, 4 de marzo de 1881

“The supremacy of the nation and its laws should be no longer a subject of debate.”

8. Discurso inaugural de Thomas Jefferson, 4 de març de 1801

“Sometimes it is said that man can not be trusted with the government of himself. Can he, then, be trusted with the government of others?

9. Discurso inaugural de William Howard Taft, 4 de marzo de 1909

“We cannot permit the possible failure of justice, due to local prejudice in any State or municipal government.”

10. Discurso inaugural de John F. Kennedy, 20 de enero de 1961

“And so, my fellow Americans: ask not what your country can do for you—ask what you can do for your country.”

El juramento presidencial

Son 35 palabras. Quizás, una de las fórmulas más conocidas. La tradición, el cine y la televisión han hecho de esas 35 palabras todo un símbolo de la presidencia. A mediodía del 20 de enero, el presidente electo de los Estados Unidos debe jurar o prometer el cargo para poder acceder a él. Eso es así por dos artículos de la constitución de Estados Unidos. La fecha, por la vigésima enmienda. El juramento, por el artículo dos.

Antes del discurso inaugural, el presidente electo jura o promete el cargo. Lo hace con esta fórmula recogida en la constitución: “I do solemnly swear that I will faithfully execute the Office of President of the United States, and will to the best of my Ability, preserve, protect and defend the Constitution of the United States.”

Generalmente lo hace cuando el presidente del Tribunal Supremo le pregunta si está preparado para hacerlo. Tras ello, el presidente electo pone la mano izquierda encima de la Biblia que sostiene su esposa y levanta la mano derecha. El presidente del Tribunal Supremo empezará a recitar el juramento, que será repetido por el candidato electo. Tras ello, lo rematará con un “So help me God”. El presidente electo ya es presidente en ese momento.

Veamos algunas curiosidades del momento que acabamos de describir:

La presencia del presidente del Tribunal Supremo
La constitución no habla de quién debe administrar el juramento. Así, a lo largo de la historia varios cargos han tenido ese honor. Washington fue investido en presencia del canciller de Nueva York en 1789. Collidge, por ejemplo, fue investido por su padre, notario del estado de Vermont. Desde John Adams ningún presidente del Tribunal Supremo se ha perdido una toma de posesión.

Hay más juramentos que tomas de posesión
Se considera que la toma de posesión solo es aquella que se produce según marca la constitución y el ininterrumpido calendario electoral estadounidense. Mientras que con la del próximo día 21 se habrán celebrado 57 tomas de posesión, en total se contarán ese día 73 juramentos. ¿La razón? Las ocasiones en que el vicepresidente ha jurado el cargo tras la muerte del presidente o las veces en las que un presidente ha jurado el cargo en domingo antes de la toma de posesión, donde repite el juramento. Hayes (1877), Arthur (1881), Wilson (1917), Coolidge (1923), Eisenhower (1957), Reagan (1985), Obama (2009 y 2013) han tenido que repetir sus juramentos.

Un juramento en el Air Force One
Tras el asesinato del presidente Kennedy en Dallas en 1963, el vicepresidente Lyndon B. Johnson juró el cargo de presidente a bordo del Air Force One. Una mujer, Sarah T. Hughes, administró el juramento a Johnson. Hasta la fecha, ha sido la única mujer en hacerlo. El juramento tuvo lugar en el aeropuerto Love Field de Dallas, dos horas y ocho minutos después del asesinato de Kennedy. Johnson no usó una Biblia -no había en el Air Force One- y lo hizo sobre un libro de oraciones que el presidente tenía en su despacho.

Jurar o prometer
Solo un presidente, Franklin Pierce, prometió el cargo. El resto, lo ha jurado.

“So help me God”
Esta frase no está escrita en la Constitución. George Washington añadió esta frase al terminar su juramento en 1789 y desde entonces se ha repetido en el resto de ocasiones.

…and repeat after me
Desde 1929, el juramento se plantea de forma afirmativa, no se pregunta. Es decir, el presidente electo repite lo que le dice el presidente del Tribunal Supremo. O sea, Obama dirá lo siguiente los próximos días 20 y 21: “I Barack Obama do solemny swear…”. No siempre se añade el nombre del presidente electo -Franklin D. Roosevelt fue el primero-.

Pero no ha sido siempre así. Desde el primer juramento, se preguntaba al presidente electo: “Do you George Washington solemnly swear…” y al terminar, el presidente electo se limitaba a decir “I do” o “I swear”.

El juramento de los presidentes reelectos
Técnicamente no sería necesario que el presidente electo volviera a jurar el cargo, sin embargo, todos los presidentes lo han hecho.

Discurso inaugural de Bill Clinton, 1993

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before.

“My fellow citizens, today we celebrate the mystery of American renewal. This ceremony is held in the depth of winter, but by the words we speak and the faces we show the world, we force the spring, a spring reborn in the world’s oldest democracy that brings forth the vision and courage to reinvent America. When our Founders boldly declared America’s independence to the world and our purposes to the Almighty, they knew that America, to endure, would have to change; not change for change’s sake but change to preserve America’s ideals: life, liberty, the pursuit of happiness. Though we marched to the music of our time, our mission is timeless. Each generation of Americans must define what it means to be an American.

On behalf of our Nation, I salute my predecessor, President Bush, for his half-century of service to America. And I thank the millions of men and women whose steadfastness and sacrifice triumphed over depression, fascism, and communism.

Today, a generation raised in the shadows of the cold war assumes new responsibilities in a world warmed by the sunshine of freedom but threatened still by ancient hatreds and new plagues. Raised in unrivaled prosperity, we inherit an economy that is still the world’s strongest but is weakened by business failures, stagnant wages, increasing inequality, and deep divisions among our own people.

When George Washington first took the oath I have just sworn to uphold, news traveled slowly across the land by horseback and across the ocean by boat. Now, the sights and sounds of this ceremony are broadcast instantaneously to billions around the world. Communications and commerce are global. Investment is mobile. Technology is almost magical. And ambition for a better life is now universal.

Raised in unrivaled prosperity, we inherit an economy that is still the world’s strongest but is weakened by business failures, stagnant wages, increasing inequality, and deep divisions among our own people

We earn our livelihood in America today in peaceful competition with people all across the Earth. Profound and powerful forces are shaking and remaking our world. And the urgent question of our time is whether we can make change our friend and not our enemy. This new world has already enriched the lives of millions of Americans who are able to compete and win in it. But when most people are working harder for less; when others cannot work at all; when the cost of health care devastates families and threatens to bankrupt our enterprises, great and small; when the fear of crime robs law-abiding citizens of their freedom; and when millions of poor children cannot even imagine the lives we are calling them to lead, we have not made change our friend.

We know we have to face hard truths and take strong steps, but we have not done so; instead, we have drifted. And that drifting has eroded our resources, fractured our economy, and shaken our confidence. Though our challenges are fearsome, so are our strengths. Americans have ever been a restless, questing, hopeful people. And we must bring to our task today the vision and will of those who came before us. From our Revolution to the Civil War, to the Great Depression, to the civil rights movement, our people have always mustered the determination to construct from these crises the pillars of our history. Thomas Jefferson believed that to preserve the very foundations of our Nation, we would need dramatic change from time to time. Well, my fellow Americans, this is our time. Let us embrace it.

Our democracy must be not only the envy of the world but the engine of our own renewal. There is nothing wrong with America that cannot be cured by what is right with America. And so today we pledge an end to the era of deadlock and drift, and a new season of American renewal has begun.

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before. We must invest more in our own people, in their jobs, and in their future, and at the same time cut our massive debt. And we must do so in a world in which we must compete for every opportunity. It will not be easy. It will require sacrifice, but it can be done and done fairly, not choosing sacrifice for its own sake but for our own sake. We must provide for our Nation the way a family provides for its children.

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before.

Our Founders saw themselves in the light of posterity. We can do no less. Anyone who has ever watched a child’s eyes wander into sleep knows what posterity is. Posterity is the world to come: the world for whom we hold our ideals, from whom we have borrowed our planet, and to whom we bear sacred responsibility. We must do what America does best: offer more opportunity to all and demand more responsibility from all. It is time to break the bad habit of expecting something for nothing from our Government or from each other. Let us all take more responsibility not only for ourselves and our families but for our communities and our country.

To renew America, we must revitalize our democracy. This beautiful Capital, like every capital since the dawn of civilization, is often a place of intrigue and calculation. Powerful people maneuver for position and worry endlessly about who is in and who is out, who is up and who is down, forgetting those people whose toil and sweat sends us here and pays our way. Americans deserve better. And in this city today there are people who want to do better. And so I say to all of you here: Let us resolve to reform our politics so that power and privilege no longer shout down the voice of the people. Let us put aside personal advantage so that we can feel the pain and see the promise of America. Let us resolve to make our Government a place for what Franklin Roosevelt called bold, persistent experimentation, a Government for our tomorrows, not our yesterdays. Let us give this Capital back to the people to whom it belongs.

To renew America, we must meet challenges abroad as well as at home. There is no longer a clear division between what is foreign and what is domestic. The world economy, the world environment, the world AIDS crisis, the world arms race: they affect us all. Today, as an older order passes, the new world is more free but less stable. Communism’s collapse has called forth old animosities and new dangers. Clearly, America must continue to lead the world we did so much to make.

Americans deserve better. And in this city today there are people who want to do better. And so I say to all of you here: Let us resolve to reform our politics so that power and privilege no longer shout down the voice of the people.

While America rebuilds at home, we will not shrink from the challenges nor fail to seize the opportunities of this new world. Together with our friends and allies, we will work to shape change, lest it engulf us. When our vital interests are challenged or the will and conscience of the international community is defied, we will act, with peaceful diplomacy whenever possible, with force when necessary. The brave Americans serving our Nation today in the Persian Gulf, in Somalia, and wherever else they stand are testament to our resolve. But our greatest strength is the power of our ideas, which are still new in many lands. Across the world we see them embraced, and we rejoice. Our hopes, our hearts, our hands are with those on every continent who are building democracy and freedom. Their cause is America’s cause.

The American people have summoned the change we celebrate today. You have raised your voices in an unmistakable chorus. You have cast your votes in historic numbers. And you have changed the face of Congress, the Presidency, and the political process itself. Yes, you, my fellow Americans, have forced the spring. Now we must do the work the season demands. To that work I now turn with all the authority of my office. I ask the Congress to join with me. But no President, no Congress, no Government can undertake this mission alone.

My fellow Americans, you, too, must play your part in our renewal. I challenge a new generation of young Americans to a season of service: to act on your idealism by helping troubled children, keeping company with those in need, reconnecting our torn communities. There is so much to be done; enough, indeed, for millions of others who are still young in spirit to give of themselves in service, too. In serving, we recognize a simple but powerful truth: We need each other, and we must care for one another.

Today we do more than celebrate America. We rededicate ourselves to the very idea of America, an idea born in revolution and renewed through two centuries of challenge; an idea tempered by the knowledge that, but for fate, we, the fortunate, and the unfortunate might have been each other; an idea ennobled by the faith that our Nation can summon from its myriad diversity the deepest measure of unity; an idea infused with the conviction that America’s long, heroic journey must go forever upward.

Our hopes, our hearts, our hands are with those on every continent who are building democracy and freedom. Their cause is America’s cause.

And so, my fellow Americans, as we stand at the edge of the 21st century, let us begin anew with energy and hope, with faith and discipline. And let us work until our work is done. The Scripture says, “And let us not be weary in well doing: for in due season we shall reap, if we faint not.” From this joyful mountaintop of celebration we hear a call to service in the valley. We have heard the trumpets. We have changed the guard. And now, each in our own way and with God’s help, we must answer the call.

Thank you, and God bless you all”.

Discurso inaugural de Ronald Reagan, 1981

 

“In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem.”

Senator Hatfield, Mr. Chief Justice, Mr. President, Vice President Bush, Vice President Mondale, Senator Baker, Speaker O’Neill, Reverend Moomaw, and my fellow citizens:

To a few of us here today this is a solemn and most momentous occasion, and yet in the history of our nation it is a commonplace occurrence. The orderly transfer of authority as called for in the Constitution routinely takes place, as it has for almost two centuries, and few of us stop to think how unique we really are. In the eyes of many in the world, this every 4-year ceremony we accept as normal is nothing less than a miracle.

Mr. President, I want our fellow citizens to know how much you did to carry on this tradition. By your gracious cooperation in the transition process, you have shown a watching world that we are a united people pledged to maintaining a political system which guarantees individual liberty to a greater degree than any other, and I thank you and your people for all your help in maintaining the continuity which is the bulwark of our Republic.

The business of our nation goes forward. These United States are confronted with an economic affliction of great proportions. We suffer from the longest and one of the worst sustained inflations in our national history. It distorts our economic decisions, penalizes thrift, and crushes the struggling young and the fixed-income elderly alike. It threatens to shatter the lives of millions of our people.

Idle industries have cast workers into unemployment, human misery, and personal indignity. Those who do work are denied a fair return for their labor by a tax system which penalizes successful achievement and keeps us from maintaining full productivity.

But great as our tax burden is, it has not kept pace with public spending. For decades we have piled deficit upon deficit, mortgaging our future and our children’s future for the temporary convenience of the present. To continue this long trend is to guarantee tremendous social, cultural, political, and economic upheavals.

You and I, as individuals, can, by borrowing, live beyond our means, but for only a limited period of time. Why, then, should we think that collectively, as a nation, we’re not bound by that same limitation? We must act today in order to preserve tomorrow. And let there be no misunderstanding: We are going to begin to act, beginning today.

The economic ills we suffer have come upon us over several decades. They will not go away in days, weeks, or months, but they will go away. They will go away because we as Americans have the capacity now, as we’ve had in the past, to do whatever needs to be done to preserve this last and greatest bastion of freedom.

In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem. From time to time we’ve been tempted to believe that society has become too complex to be managed by self-rule, that government by an elite group is superior to government for, by, and of the people. Well, if no one among us is capable of governing himself, then who among us has the capacity to govern someone else? All of us together, in and out of government, must bear the burden. The solutions we seek must be equitable, with no one group singled out to pay a higher price.

We hear much of special interest groups. Well, our concern must be for a special interest group that has been too long neglected. It knows no sectional boundaries or ethnic and racial divisions, and it crosses political party lines. It is made up of men and women who raise our food, patrol our streets, man our mines and factories, teach our children, keep our homes, and heal us when we’re sick—professionals, industrialists, shopkeepers, clerks, cabbies, and truck drivers. They are, in short, “We the people,” this breed called Americans.

Well, this administration’s objective will be a healthy, vigorous, growing economy that provides equal opportunities for all Americans, with no barriers born of bigotry or discrimination. Putting America back to work means putting all Americans back to work. Ending inflation means freeing all Americans from the terror of runaway living costs. All must share in the productive work of this “new beginning,” and all must share in the bounty of a revived economy. With the idealism and fair play which are the core of our system and our strength, we can have a strong and prosperous America, at peace with itself and the world.

So, as we begin, let us take inventory. We are a nation that has a government—not the other way around. And this makes us special among the nations of the Earth. Our government has no power except that granted it by the people. It is time to check and reverse the growth of government, which shows signs of having grown beyond the consent of the governed.

It is my intention to curb the size and influence of the Federal establishment and to demand recognition of the distinction between the powers granted to the Federal Government and those reserved to the States or to the people. All of us need to be reminded that the Federal Government did not create the States; the States created the Federal Government.

Now, so there will be no misunderstanding, it’s not my intention to do away with government. It is rather to make it work–work with us, not over us; to stand by our side, not ride on our back. Government can and must provide opportunity, not smother it; foster productivity, not stifle it.

If we look to the answer as to why for so many years we achieved so much, prospered as no other people on Earth, it was because here in this land we unleashed the energy and individual genius of man to a greater extent than has ever been done before. Freedom and the dignity of the individual have been more available and assured here than in any other place on Earth. The price for this freedom at times has been high, but we have never been unwilling to pay that price.

It is no coincidence that our present troubles parallel and are proportionate to the intervention and intrusion in our lives that result from unnecessary and excessive growth of government. It is time for us to realize that we’re too great a nation to limit ourselves to small dreams. We’re not, as some would have us believe, doomed to an inevitable decline. I do not believe in a fate that will fall on us no matter what we do. I do believe in a fate that will fall on us if we do nothing. So, with all the creative energy at our command, let us begin an era of national renewal. Let us renew our determination, our courage, and our strength. And let us renew our faith and our hope.

We have every right to dream heroic dreams. Those who say that we’re in a time when there are not heroes, they just don’t know where to look. You can see heroes every day going in and out of factory gates. Others, a handful in number, produce enough food to feed all of us and then the world beyond. You meet heroes across a counter, and they’re on both sides of that counter. There are entrepreneurs with faith in themselves and faith in an idea who create new jobs, new wealth and opportunity. They’re individuals and families whose taxes support the government and whose voluntary gifts support church, charity, culture, art, and education. Their patriotism is quiet, but deep. Their values sustain our national life.

Now, I have used the words “they” and “their” in speaking of these heroes. I could say “you” and “your,” because I’m addressing the heroes of whom I speak—you, the citizens of this blessed land. Your dreams, your hopes, your goals are going to be the dreams, the hopes, and the goals of this administration, so help me God.

We shall reflect the compassion that is so much a part of your makeup. How can we love our country and not love our countrymen; and loving them, reach out a hand when they fall, heal them when they’re sick, and provide opportunity to make them self-sufficient so they will be equal in fact and not just in theory?

Can we solve the problems confronting us? Well, the answer is an unequivocal and emphatic “yes.” To paraphrase Winston Churchill, I did not take the oath I’ve just taken with the intention of presiding over the dissolution of the world’s strongest economy.

In the days ahead I will propose removing the roadblocks that have slowed our economy and reduced productivity. Steps will be taken aimed at restoring the balance between the various levels of government. Progress may be slow, measured in inches and feet, not miles, but we will progress. It is time to reawaken this industrial giant, to get government back within its means, and to lighten our punitive tax burden. And these will be our first priorities, and on these principles there will be no compromise.

On the eve of our struggle for independence a man who might have been one of the greatest among the Founding Fathers, Dr. Joseph Warren, president of the Massachusetts Congress, said to his fellow Americans, “Our country is in danger, but not to be despaired of . . . . On you depend the fortunes of America. You are to decide the important questions upon which rests the happiness and the liberty of millions yet unborn. Act worthy of yourselves.”

Well, I believe we, the Americans of today, are ready to act worthy of ourselves, ready to do what must be done to ensure happiness and liberty for ourselves, our children, and our children’s children. And as we renew ourselves here in our own land, we will be seen as having greater strength throughout the world. We will again be the exemplar of freedom and a beacon of hope for those who do not now have freedom.

To those neighbors and allies who share our freedom, we will strengthen our historic ties and assure them of our support and firm commitment. We will match loyalty with loyalty. We will strive for mutually beneficial relations. We will not use our friendship to impose on their sovereignty, for our own sovereignty is not for sale.

As for the enemies of freedom, those who are potential adversaries, they will be reminded that peace is the highest aspiration of the American people. We will negotiate for it, sacrifice for it; we will not surrender for it, now or ever.

Our forbearance should never be misunderstood. Our reluctance for conflict should not be misjudged as a failure of will. When action is required to preserve our national security, we will act. We will maintain sufficient strength to prevail if need be, knowing that if we do so we have the best chance of never having to use that strength.

Above all, we must realize that no arsenal or no weapon in the arsenals of the world is so formidable as the will and moral courage of free men and women. It is a weapon our adversaries in today’s world do not have. It is a weapon that we as Americans do have. Let that be understood by those who practice terrorism and prey upon their neighbors.

I’m told that tens of thousands of prayer meetings are being held on this day, and for that I’m deeply grateful. We are a nation under God, and I believe God intended for us to be free. It would be fitting and good, I think, if on each Inaugural Day in future years it should be declared a day of prayer.

This is the first time in our history that this ceremony has been held, as you’ve been told, on this West Front of the Capitol. Standing here, one faces a magnificent vista, opening up on this city’s special beauty and history. At the end of this open mall are those shrines to the giants on whose shoulders we stand.

Directly in front of me, the monument to a monumental man, George Washington, father of our country. A man of humility who came to greatness reluctantly. He led America out of revolutionary victory into infant nationhood. Off to one side, the stately memorial to Thomas Jefferson. The Declaration of Independence flames with his eloquence. And then, beyond the Reflecting Pool, the dignified columns of the Lincoln Memorial. Whoever would understand in his heart the meaning of America will find it in the life of Abraham Lincoln.

Beyond those monuments to heroism is the Potomac River, and on the far shore the sloping hills of Arlington National Cemetery, with its row upon row of simple white markers bearing crosses or Stars of David. They add up to only a tiny fraction of the price that has been paid for our freedom.

Each one of those markers is a monument to the kind of hero I spoke of earlier. Their lives ended in places called Belleau Wood, The Argonne, Omaha Beach, Salerno, and halfway around the world on Guadalcanal, Tarawa, Pork Chop Hill, the Chosin Reservoir, and in a hundred rice paddies and jungles of a place called Vietnam.

Under one such marker lies a young man, Martin Treptow, who left his job in a small town barbershop in 1917 to go to France with the famed Rainbow Division. There, on the western front, he was killed trying to carry a message between battalions under heavy artillery fire.

We’re told that on his body was found a diary. On the flyleaf under the heading, “My Pledge,” he had written these words: “America must win this war. Therefore I will work, I will save, I will sacrifice, I will endure, I will fight cheerfully and do my utmost, as if the issue of the whole struggle depended on me alone.”

The crisis we are facing today does not require of us the kind of sacrifice that Martin Treptow and so many thousands of others were called upon to make. It does require, however, our best effort and our willingness to believe in ourselves and to believe in our capacity to perform great deeds, to believe that together with God’s help we can and will resolve the problems which now confront us.

And after all, why shouldn’t we believe that? We are Americans.
God bless you, and thank you.

El discurso inaugural más corto de la historia

El 4 de marzo de 1793, en el Independence Hall de Filadelfia, George Washington tomó posesión de su cargo por segunda vez. Antes de jurar el cargo, se dirigió a los asistentes en el que es el discurso más corto de la historia: tiene solo 135 palabras.

¿Por qué tan corto? Para algunos historiadores, los motivos podrían ser el propio hecho de tener que volver a pasar por una ceremonia así. Washington preguntó a su gabinete si era necesario acudir. La brevedad y, especialmente, el tono del discurso hace pensar que refleja también los sentimientos de Washington por verse forzado a permanecer en el poder cuatro años más.

La segunda toma de posesión fue rápida, directa y nada pomposa. Tras jurar el cargo por segunda vez, volvió a su residencia. Este es el discurso:

Fellow Citizens:
I am again called upon by the voice of my country to execute the functions of its Chief Magistrate. When the occasion proper for it shall arrive, I shall endeavor to express the high sense I entertain of this distinguished honor, and of the confidence which has been reposed in me by the people of united America.
Previous to the execution of any official act of the President the Constitution requires an oath of office. This oath I am now about to take, and in your presence: That if it shall be found during my administration of the Government I have in any instance violated willingly or knowingly the injunctions thereof, I may (besides incurring constitutional punishment) be subject to the upbraidings of all who are now witnesses of the present solemn ceremony.

Las primeras veces de la toma de posesión

Tras más de 200 años celebrando tomas de posesión, muchas cosas han cambiado. Siempre ha habido una primera vez para algo. En esta lista, vemos algunos de los cambios que se han ido produciendo a lo largo de los siglos:

  • George Washington fue el primer presidente en tomar posesión del cargo. Lo hizo en Nueva York.
  • George Washington también fue el primer presidente en tomar posesión del cargo en Filadelfia. Y el primero en hacerlo en dos ciudades.
  • Franklin D. Roosevelt fue el primero en tomar posesión un 20 de enero. Y el último en hacerlo un 4 de marzo.
  • Obama será el primer presidente en jurar el cargo cuatro veces: dos en 2009 por un error y dos en 2013 al caer en domingo el 20 de enero. Ya lo comentamos en este post.
  • Thomas Jefferson fue el primer presidente en tomar posesión del cargo en el Capitolio.
  • Jefferson fue el primer y único presidente en llegar al Capitolio a pie.
  • La US Marine Band tocó por primera vez en una toma de posesión en la de Thomas Jefferson.
  • La primera vez que la Inauguration se celebró en las escalinatas del West Portico fue con Ronald Reagan.
  • El primer presidente en invitar a un poeta a su toma de posesión fue JFK.
  • El primer baile inaugural fue en la toma de posesión de James Madison.
  • La primera vez que participaron personas negras en el desfile de la toma de posesión fue en 1865 en la de Abraham Lincoln.
  • La primera vez que participaron representantes del movimiento LGTB en el desfile inaugural fue en la primera toma de posesión de Obama en 2009.
  • La primera toma de posesión emitida por radio a nivel nacional fue la de Calvin Coolidge.
  • La toma de posesión de Harry S. Truman fue la primera televisada.
  • La primera vez que se emitió en directo por streaming en internet una toma de posesión fue la de Bill Clinton en 1997.
  • La toma de posesión de William Howard Taft en 1909 fue la primera, de las ceremonias concebidas para exterior, en tener que celebrarse en el interior por las condiciones climatológicas adversas
  • Desde la toma de posesión de John Adams, ningún presidente del Tribunal Supremo ha faltado a la cita.
  • Un comité especial del Congreso con miembros de ambas cámaras organiza las tomas de posesión desde 1901.
  • Franklin D. Roosevelt fue el primer y único presidente en dar su discurso inaugural desde la Casa Blanca.
  • El primer presidente en no asistir a la toma de posesión de su sucesor fue John Adams, que no fue a la de Jefferson.
  • En 1937 las tomas de posesión del presidente y vicepresidente tuvieron lugar en la misma ceremonia.
  • George Washington fue el primer presidente en añadir las palabras “So help me God” al juramento.
  • Franklin Pierce fue el primer y único presidente en prometer el cargo y no jurarlo.
  • William McKinley fue el primer presidente en dar su discurso después de tomar juramento.
  • Desde la toma de posesión de Eisenhower en 1953, se ofrece una comida en honor al Presidente en el Congreso.
  • Desde la segunda toma de posesión de Jefferson en 1805, tras la toma de posesión el presidente desfila hacia la Casa Blanca por la avenida de Pensilvania.

Las tres ciudades inaugurales

Otra cosa no, pero si de algo puede presumir Estados Unidos es de estabilidad en sus tradiciones. Aunque su historia sea corta. Desde 1801, la toma de posesión del presidente se viene celebrando en Washington D.C. como capital federal. Pero no siempre ha sido la única ciudad en albergar este evento.

El Distrito de Columbia ha visto pasar ya 53 tomas de posesión. Con la del próximo 21 de enero, serán 54. Y casi siempre han tenido lugar en el mismo edificio: el Capitolio. De hecho, solo la toma de posesión del presidente James Monroe, en 1817, tuvo lugar fuera del edificio del Congreso. Fue en lo que hoy es el edificio del Tribunal Supremo, entre las calles 1 y A.

Desde la primera toma de posesión de Ronald Reagan, el 20 de enero de 1981, la ceremonia tiene lugar en las escalinatas occidentales del edificio del Capitolio, conocido como West Front. Para ello, se erige una enorme plataforma con las gradas para los invitados al evento. Su construcción se inicia meses antes de la fecha señalada en la constitución. Para la segunda toma de posesión de Obama, su construcción se inició a finales de septiembre de 2012. Puedes ver los avances de los trabajos en la web del comité organizador.

Dentro del Capitolio, las tomas de posesión de casi todos los presidentes han tenido lugar en otras estancias, desde ambas cámaras a las escalinatas este y sur del edificio. La segunda toma de posesión de Reagan, el 21 de enero de 1985, coincidió con un temporal en la capital. El frío desaconsejó la celebración de la ceremonia en el exterior, con temperaturas de -17ºC, y se cancelaron todos los eventos en el exterior para pasar la celebración al interior del Capitolio. Por primera y única vez en la historia, la toma de posesión tuvo lugar en la rotonda, el espacio central situado debajo de la famosa cúpula.

¿Y las tres ceremonias restantes? ¿Dónde se han celebrado? Quizás no lo sepas, pero Washington D.C. no ha sido siempre la capital federal de Estados Unidos. Antes de su fundación en 1791 y de la creación en 1790 del Distrito de Columbia, una entidad diferente a los hoy 50 estados que forman la unión, los Estados Unidos tuvieron dos capitales: Nueva York y Filadelfia.

Toma de posesión de Washington en Filadelfia

El 30 de abril de 1789, siendo Nueva York capital del país, se celebró en el corazón de lo que hoy es Wall Street la primera toma de posesión de un presidente americano. George Washington juró cargo desde el balcón del Federal Hall. El edificio, que fue restaurado, hoy es un monumento nacional y puede visitarse de forma gratuita. De hecho, su proximidad a la bolsa de Nueva York ayuda a que muchos visitantes de la ciudad hayan estado en sus escalinatas. Justo ahí, hay una gran estatua dedicada a uno de los padres del país y su primer presidente.

En su interior hay una exposición sobre esa toma de posesión, con datos sobre las ceremonia, reproducciones e historia. En la tienda se pueden comprar todo tipo de productos relacionados con la presidencia americana.

Washington fue la primera persona en usar la fórmula bajo la que se toma juramento al presidente electo. Volveremos a esa fórmula en próximos posts, pero fue la primera vez en que se oyó un “I do”. La serie de televisión “John Adams” reprodujo ese momento… que no fue exactamente así:

La segunda toma de posesión de Washington tuvo lugar en la otra capital de Estados Unidos durante los primeros años del nuevo país: Filadelfia. En la ciudad se declaró la independencia y tras la capitalidad de Nueva York, Thomas Jefferson consiguió que la ciudad volviese a ser capital en 1790 hasta la construcción de la ciudad de Washington. El 4 de marzo de 1793, Washington volvió a dar el sí en el Independence Hall. John Adams fue investido presidente en el mismo lugar el 4 de marzo de 1797. Sería la última ceremonia fuera de Washington D.C.

La toma de posesión de William Henry Harrison

La toma de posesión del presidente de Estados Unidos no es solo pompa y circunstancia: el discurso inaugural es, seguramente, el gran momento de la ceremonia. Sin duda, el que tiene una mayor relevancia política. Tras 56 discursos inaugurales ha habido todo tipo de discursos. Cortos, largos, memorables… Como el de William Henry Harrison.

Harrison fue el noveno presidente de los Estados Unidos. Hasta la elección de Reagan, el más viejo en acceder a la presidencia y, pese a su edad, 68 años, el presidente que dio el discurso de inauguración más largo de la historia. El presidente recién juramentado se dirigió a la audiencia y habló durante algo más de una hora y 45 minutos. Aunque el discurso había sido ya editado para acortar su duración.

La inauguración de Harrison tuvo lugar en las escalinatas orientales del Capitolio, el East Portico, el 4 de marzo de 1841, en Washington D.C. Roger B. Taney, presidente del Tribunal Supremo, administró el juramento. Ese fue un día húmedo y frío en la capital de Estados Unidos. Harrison estuvo uno hora y 45 minutos hablando sin sombrero o abrigo.

“Organized associations of citizens requiring compliance with their wishes too much resemble the recommendations of Athens to her allies” Discurso inaugural de William Henry Harrison

Harrison batió otro récord, no solo el relacionado con la longitud de su discurso. También es el presidente que ha tenido un mandato más corto. Al 30º día de su mandato, falleció en la Casa Blanca por las complicaciones de una neumonía que contrajo días después de la toma de posesión. Fue el primer presidente en morir en el cargo.

Se cree que Harrison enfermó por culpa del mal tiempo en la ceremonia de toma de posesión, el poco desarrollo de la medicina en la época contribuyó a generalizar esa idea. Sin embargo, Harrison contrajo la neumonía que le mató más de tres semanas después de la toma de posesión.

Los tratamientos que le aplicaron al presidente fueron incluso peores que la enfermedad, y murió días más tarde, en la madrugada del 4 de abril. La brevedad de su mandato contrastó con la longitud de su discurso.

PD: para el Washington Post, el discurso de Harrison fue uno de los peores de la historia. Según el rotativo, fue laaaaaaaargo, pomposo, laberíntico y, en el fondo, vacío. Algo así como un discurso de abuelo cebolleta que dice saberlo todo y nunca se calla.