No les pagamos para esto

Podemos diseñar estrategias de comunicación eficientes. Dar con mensajes. Explicar bien las cosas. O podemos hacer justo lo contrario y convertir el hemiciclo en un ruedo y dejar que los ciudadanos sigan creyendo que la política no sirve para nada.

No. No les pagamos para esto.

En español, ¡coño!

Ha llovido mucho desde la primera visita oficial del ya coronado Juan Carlos I a Barcelona en 1976. A propósito de la muerte de Juan Antonio Samaranch pudimos recordar al joven monarca dirigiendo unas palabras en catalán desde el Palau de la Generalitat, por aquel entonces, sede de la Diputación de Barcelona que presidía el traspasado presidente del CIO. Fue una sorpresa y un gesto cargado de significado político en los meses posteriores a la muerte del dictador.

Un gesto. Como tantos otros hemos visto a lo largo de los últimos treinta años en todo lo relacionado con las lenguas que se hablan en España. Un gesto que al cabo de pocos meses se plasmó en el reconocimiento constitucional de la diversidad lingüística, la oficialidad del catalán, el euskera y el gallego. Que supuso el desarrollo de una convivencia lingüística que se ha vivido y se vive en las calles. Pero que no siempre ha sido reflejada del mismo modo en la política española.

Este ha sido y es, sin duda, un tema espinoso. Países como Canadá –con versiones de su himno en francés e inglés- o Suiza –con presencia de todas sus lenguas en sellos, monedas y billetes- han sabido reconocer su pluralidad lingüística a nivel oficial, legal, constitucional… pero también en el haber de la simbología. En los gestos cotidianos que han ayudado a no temer a lo que hablan los otros. En 2001, tras 150 años de historia postal española, sólo 46 de los 3.731 sellos emitidos lo fueron en alguna de las lenguas hoy oficiales. Hasta que el primer gobierno de Zapatero promovió el uso de las lenguas oficiales en espacios como los sellos o el registro civil.

Zapatero empezó también con un gesto su relación con Catalunya tras ser investido presidente. Un gesto menos frívolo que el de Aznar al afirmar que hablaba catalán en la intimidad. Al igual que Juan Carlos I, se dirigió en catalán durante la inauguración del Fòrum de les Cultures, en la primavera de 2004. Aunque el gesto que, como hemos visto, se tradujo en ciertos avances hacia el reconocimiento de la pluralidad lingüística, no fue todo lo profundo que se hubiese podido esperar: las lenguas oficiales no fueron reconocidas en el Congreso de los Diputados, en una crispada legislatura que dio lugar a una batalla incesante del presidente de la cámara, Manuel Marín, contra su uso.

El gesto tampoco se plasmó en avances significativos en Europa: pedir la oficialidad de las lenguas es responsabilidad de cada Estado. Así, países como Irlanda han llevado a la oficialidad de lenguas como el gaélico a la Unión. Y ahí el gesto del ejecutivo español se quedó a medias.

Los gestos, gestos son. Pero tras ello y su carga en lo simbólico, en lo emocional, se debe trabajar en algún modo. Por eso, el revuelo mediático causado por la intervención de Leire Pajín en el Senado nos devuelve a una realidad que no podemos obviar. Con un hemiciclo enfurecido por el uso de las lenguas oficiales por parte de la senadora, Pajín relató su vinculación personal y familiar con el euskera, su conocimiento del valenciano, que le permite entenderse con catalanes y baleares, y el respeto y admiración por el gallego. Un gesto que se inscribe en el reconocimiento de las lenguas, con treinta años de retraso, en la eterna candidata a ser la cámara de representación territorial.

Pajín sorprendió, y ese fue su triunfo comunicativo. Pero sobretodo, según relatan las crónicas parlamentarias, nos puso frente a una realidad que no por ignorarla, va a desaparecer: a muchos aún les sigue molestando el reconocimiento a la pluralidad. Comportamientos que subyacen en el imaginario colectivo de muchos, que impregna las actitudes hacia lo nuevo, lo plural y lo distinto. Tintes herederos de una España vieja y aislada durante siglos en lo social, en lo político y en lo cultural. Quizás la misma sustancia que impregna la incapacidad de varios presidentes a expresarse en inglés o en francés.

El escaño de Pajín

Ya sea por experiencia propia o por la de algún allegado, todos sabemos lo que es ser el marginado o marginada de la clase. Alguna vez no nos escogieron para el equipo de futbol del recreo o esa compañera tan molona de clase se deshizo en esfuerzos para evitar hacer el proyecto de ciencias contigo. Todos sabemos lo que es, todos sabemos lo que se siente.

Hago esta pequeña introducción para comprender el modo en que muchos ciudadanos podrán interpretar la amenaza del PSOE de vetar al PP en algunos cargos si no se resuelve de forma rápida y favorable el nombramiento de Leire Pajín como senadora por la Comunitat Valenciana.

Desde mayo el PP, que tiene mayoría en las Corts Valencianes y que de esos votos depende que Pajín pueda ser senadora autonómica, está vetando este nombramiento con retrasos por cuestión de forma. Hasta el momento, incluso los seguidores más fervorosos del partido de Rajoy podrían entender que se está cometiendo una injusticia, que se está usando el juego sucio en política.

¿Qué ocurrirá ahora? Si el PP hace caso omiso de este aviso y el PSOE pone en marcha su órdago, el discurso podría mutar de gran forma y el ciudadano de a pie pasaría de considerar a Pajín la niña que no sabe chutar un balón a calificarla como la abusona que deja a los otros en el banquillo.

Es muy cierto que el PP está tensando la cuerda al máximo en un asunto, el reparto de los cargos institucionales, que en 30 años no ha producido grandes problemas. Pero también es cierto que emocionalmente nos sentimos más próximos de los débiles que de los abusones. Hasta ahora el débil era el PSOE, pero con este cambio de estrategia pasa a ser el fuerte.

El fuerte, que además, está en el Gobierno del país, que acaba de pedir a la fiscalía que siga con lo de Camps… el fuerte que será percibido más amenazador por los valencianos que el hecho que pidan a Pajín que demuestre su compromiso con la Comunitat en una comparecencia en las Corts. Como si no hubiera diputados y senadores por la Comunitat que pasen olímpicamente de ella…

En política no prevalece la razón. Porque la razón muestra claramente la obstrucción que está realizando el PP. En política la emoción manda, y el mensaje emocional que acaba de enviar el PSOE no es el más adecuado. Tienen la oportunidad de oro de hacer de su discurso el más emocional de todos, tienen los regalos a Camps, a Barberà y a miembros del Consell, tienen la manipulación de Canal 9, tienen lo de Pajín, lo de la America’s Cup, Fabra… ¿con estos elementos el PSPV y el PSOE no podrían construir un auténtico mensaje emocional que desmorone el monopolio de lo que es valenciano que tiene el PP?

Y ya como apunte final: me encantaría ver hoy a algunos medios valorando eso de demostrar el “compromiso con Valencia” que pide el PP si en vez de la Comunitat lo pidiese el Parlament de Catalunya…