El peligro para la convivencia es el Papa

Miles de años de sociedades teocraticas dejan huella. El papel de la Iglesia, con su gran implicación social, se nota pese a que la razón y la ilustración acabaran imponiéndose en muchas sociedades occidentales. Aunque el nuestro sea, formalmente, un estado sin confesión oficial, la relación con la religión es muy estrecha. Desde los días festivos a la posibilidad de dar parte de nuestros impuestos a ciertas confesiones, como la católica; a otros puntos de contacto más sutiles.

No es de extrañar que algunos de los grandes líderes y oradores políticos de la España contemporánea provengan o bien de la Iglesia o de entornos muy próximos, como el ex líder del PNV Xabier Arzalluz. Algunos, más que hacer política, sermonean. E incluso los partidos más ateos, hacen actos electorales sólo para su parroquia. Y en todos, se sirven extremaunciones políticas, se dan la paz cuando conviene y si es menester, la excomunión. Pero eso sí, siempre para la parroquia. Incluso con ovejas descarriadas.

Lo que ocurre es que a veces, a los partidos, la parroquia se les muere. Cuando los cuadros no se regeneran o los mensajes no evolucionan, al final los votantes menguan por el propio ciclo vital. Por ello, la política suele cambiar. Aunque no lo parezca, pero cambia. El PSOE de Zapatero no es el de González. El PP no es la AP de Fraga. IU no tiene nada que ver con el PCE de Carrillo y, lógicamente, la Esquerra de Puigcercós se aleja de la de Macià. Por no hablar de una CiU que, lejos de Pujol, está a las puertas de la Generalitat.

Gracias a esos cambios, acorde a los tiempos y a la sociedad que les rodea, siguen teniendo una parroquia. Volátil y exigente, pero viva. Tan viva, que no aceptará una sociedad teocrática en Irán, pero tampoco en Nigeria, Índia y, ni mucho menos, en Europa, en España.

Quizás por ello, han decidido abandonar la parroquia de la misa de domingo. Aquella que tiene como Jefe a una persona que si llevara turbante sería considerada un radical. Al sucesor de Pedro, tras intentar esconder casos de abuso sexual a menores y que no duda en cerrar los ojos ante el problema del sida en África o a afirmar, sin rubor alguno, que el matrimonio entre personas del mismo sexo es una insidia y un peligro para la convivencia y el bien común.

La parroquia en Fátima ha respondido con éxtasis a las palabras del sumo Pontífice. Pero con más contundencia hablan las estadísticas que indican que el 60% de los católicos españoles no acuden nunca a misa. Algo así como si el 60% de los afiliados al PSOE decidieran no ir a votar el día de las elecciones. Y en eso están, viendo como la parroquia mengua, la fe decae y los seminarios se vacían. Pero no. Eso no hay consultor de comunicación que lo arregle ni mensaje que se precie. Cuando el odio se antepone al amor que se predica, las Iglesias se vacían. Cuando el pastor parece la oveja descarriada, las ovejas se van a otra parte.

El Montilla más católico

En mayo de 2005, el presidente de la Generalitat Pasqual Maragall visitó de forma oficial Israel junto al, por aquel entonces, líder de ERC Josep-Lluís Carod-Rovira. Ese fue un viaje polémico por varias cuestiones, entre ellas, la famosa fotografía protagonizada por Maragall, Carod y Castells con una corona de espinas que se vendía como recuerdo en la ciudad. Muchos católicos y la jerarquía eclesiástica española y catalana mostraron su indignación por aquella instantánea.

Un año más tarde, el candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat se desplazaba al monasterio de Poblet en su primer acto como candidato. José Montilla dibujó en ese momento una dirección muy distinta a la de su predecesor –aunque más allá de la polémica Maragall tampoco se distinguió por un enfrentamiento extremo a la religiosidad-. Pero esa no era ni la primera ni la última señal que enviaría el hoy president de la Generalitat hacía la Iglesia y sus fieles: tras dejar el ministerio no dudó en visitar Montserrat, uno de los símbolos más potentes del catolicismo y la catalanidad.

Guiño o estrategia, Montilla ha tenido un perfil más cercano a Pujol  que a Maragall, especialmente en lo que a relaciones con los estamentos religiosos se refiere, ya que a diferencia del president Pujol, Montilla se declara no practicante. Pero el president es consciente de la importancia del voto católico y de cómo la actitud mantenida sostiene su propia imagen de seriedad y centralidad. Si Maragall protagonizaba momentos como el de la corona de espinas, Montilla acude a beatificaciones, a la misa de Sant Jordi en el Palau, funerales o evita que su gobierno apruebe cambiar el nombre de las vacaciones escolares para borrar cualquier mención religiosa.

De hecho, según el último barómetro del CEO, el 62% del electorado del PSC en 2006 se declara católico –aunque sólo el 10% se declara practicante-. Mantener la postura que Montilla defiende es coherente con su base, pero especialmente importante si pretende atacar la bolsa de votos del partido más votado en aquellas elecciones, CiU. La base católica de los nacionalistas es mayor, el 87% de los votantes se declaran católicos y los practicantes suben hasta el 29%.

Si el PSC quiere jugar el partido sabe que debe enviar mensajes muy segmentados a una gran variedad de públicos. Otra cosa será que lo consiga. Pero en todo caso, la línea mantenida por Montilla contrasta con lo que se percibe de la acción de gobierno de sus colegas socialistas en Moncloa. Mientras que el gobierno de Zapatero ha buscado el enfrentamientos con los prelados, Montilla defiende que es un error. Pese a ello, está de acuerdo con el gobierno y el PSOE en las cuestiones que más han tensado la cuerda con la Iglesia: el aborto y la muerte digna.

Montilla no duda en recomendar la lectura de la Biblia “se tiene que leer por un tema de cultura general, al margen de si se es creyente o no”. Todo un mensaje a ese electorado con la piel más fina. Por algo, el primer secretario de los socialistas catalanes y president de la Generalitat sostiene que las tensiones con la Iglesia han dañado al PSOE. Seguramente cree que es un error, porque sabe que hay votos que se alejan por esas cuestiones. Y justo ahora, lo que se precisa, es multiplicar los panes y los peces. Vamos, los votos.

¿Son los partidos una religión?

“No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque está necesitado, y su vida depende de su jornal” Deuteronomio 24, 14-15

Este fue el versículo elegido por el presidente Zapatero para dirigirse a las más de 3.000 personas que se agolpaban en el Hilton de Washington D.C. para orar en el Desayuno Nacional de la Oración. Y no lo hizo mal. Un buen discurso, sin apelaciones a la tierra o al viento, plagado de potentes analogías en línea con su pensamiento político.

Resulta curioso que sea Zapatero el que se aproxime a la religión, al otro lado del charco, y sea en España el máximo defensor del laicismo. Aunque, quién sabe, quizás al presidente le vimos cómodo por varios motivos. No sólo porque acertara con la técnica discursiva; sino porque los partidos políticos guardan mucha relación con el sentido religioso.

La relación emocional de los seguidores de un partido con esta organización guarda muchas semejanzas con una religión. Y las religiones, a su vez, guardan muchas similitudes con las marcas que, en un contexto como el actual, evocan a la emoción y no a la razón para conseguir nuevos clientes. Según Martin Lindstrom, autor de uno de los grandes libros sobre neuromarketing “Buyology, truth and lies about why we buy what we buy”, las particularidades que compartirían las marcas, la religión y, podemos añadir, los partidos son:

  • Un sentido de pertenencia: formar parte de un grupo predispone al individuo a dar respuesta a muchas cosas. Formar parte de un grupo cohesiona la respuesta, pero también la acción. Además, como ocurre con las religiones, formar parte de una comunidad es algo más que estar presentes, incluye una búsqueda interior sobre los motivos.
  • Una visión: una idea o ideas sobre el mundo. Unos objetivos, principios y valores que son la marca de identidad del colectivo y su objetivo último. Ya sea el amor de las religiones o llevar a cabo políticas socialdemócratas. La misión que es capaz de merecer todo tipo de sacrificios.
  • Poder sobre los enemigos: no puede existir proyecto sin alguien a quien oponerse. Unas ideas que se contraponen a la de los otros y que son la munición de una batalla ideológica para sumar más voluntades. La concepción nosotros contra vosotros atrae a fans, incita a la controversia, crea lealtades y nos conduce a un debate y discusión que, queramos o no, aumenta la participación (no siempre, claro está).
  • Evoca a los sentidos: colores, música, olores, palabras, abrazos… en la política son, como hemos visto en alguna ocasión, claves para entender la comunicación. Las marcas y las religiones también lo hacen, desde los espacios sagrados a la música de las misas o el incienso.
  • Relato: desde el Nuevo Testamento a Apple, pasando por Nicolás Sarkozy, todos tienen un relato. Una historia que los identifica, los diferencia y que transmite unos valores con los que uno puede sentirse próximo.
  • Grandeur: al igual que el Vaticano, la política o el poder también tienen ese halo de grandeza que no sólo se refiere a los elementos físicos –sedes centrales impresionantes, mítines con miles de personas…- sino a la capacidad de reflejar esa grandeza con la presencia en todas las circunscripciones, actos en el territorio, etc.
  • Evangelización: la política y la comunicación guardan muchas similitudes con este concepto, salir a la calle para convencer a nuevos seguidores. El fenómeno NIMBY o grassroots articulan muchas campañas de este tipo, especialmente en Estados Unidos.
  • Símbolos: el logotipo, el puño en alto, los himnos, las canciones, los mitos fundacionales, los líderes históricos, son los símbolos que identifican a un partido.
  • Misterio y rituales: los congresos de los partidos, el modo de elegir sus líderes, sus tomas de decisiones, son elementos que comparten política, religión y marcas.

Estos aspectos, pues, ayudan a forjar la relación emocional con el elector. Junto a ello, los partidos deben ser capaces de involucrar a los votantes haciéndoles sentir y cómplices del relato emocional que se elija. Porque otra cosa es lo que ocurre con los electores, si no conseguimos hacerlos cómplices de ese relato. Especialmente cuando asistimos a ejercicios de cinismo como el vivido ayer en el Desayuno Nacional de la Oración en Washington D.C.

Los votantes son vulnerables a todo tipo de impactos irracionales y parece que son más proclives a mostrar su apoyo a algo por el sentido del deber que por saber qué y a quién están votando. Quizás por ello, la participación del presidente Zapatero en el Desayuno de la Oración no tenga efectos en su ya maltrecha situación. Pero tampoco va a ayudarle. Seguramente acabe de incurrir en una de sus mayores contradicciones: estar dispuesto a participar en un acto de los conservadores religiosos norteamericanos al otro lado del charco y defender una visión laicista de los poderes públicos en España. Por mucho que vistiera su discurso, bueno y razonable, de un humanismo anulado por lo religioso del evento.

La visita respondía a motivos de Estado, a cumplir con el protocolo. Incluso a la representación de la UE. Podemos incluso esgrimir la oportunidad de defender la economía del país ante potenciales inversores. Sí, justificaciones haberlas, haylas. Pero, ¿no ha sido el rezo de Zapatero un ejercicio de peligroso cinismo? ¿Un ejemplo más de la frivolidad del presidente?

Tendrá suerte: quizás este episodio no será en exceso recordado. La situación real de millones de españoles es tan dura, que muchos ni sabrán del viaje del inquilino de La Moncloa a la capital norteamericana para rezar junto a Obama. Y tendrá suerte porque Zapatero ha incurrido en una grave contradicción de su propio modo de entender las cosas. ¿Cómo reaccionará la derecha religiosa en España a lo vivido en Washington?

La cruz de Zapatero

En la plaza de la Madeleine de París se encuentra la iglesia homónima que, sin duda, no deja a nadie indiferente. Por sus dimensiones y su clara inspiración griega, pero sobretodo por observar como esa impresionante iglesia fue terminada por los gobiernos republicanos del siglo XIX. De hecho, se terminó la construcción del templo sin tener claro para qué serviría: ¿albergaría la Asamblea Nacional? ¿La Bolsa? Finalmente, fue consagrada como templo católico. Un espacio dónde, por cierto, la coronación de Napoleón está representada en el ábside.

La separación entre iglesia y Estado no ha sido nunca fácil. Ni en la atea Francia. Aunque allí, pese a este tipo de representaciones históricas, parece que existe una separación –al menos oficial- más intensa y marcada que en España. Quizás porque es un país más plural –no sólo hay una iglesia, sino que conviven muchas más religiones desde hace más tiempo- y menos religiosamente oficial, el presidente Sarkozy ha tardado bastante en hablar sobre la polémica de los minaretes en Suiza. Quizás también por esa dependencia histórica, hay debates superados. Como el de los crucifijos en las escuelas o las lecciones de religión.

En los últimos días la consellera de trabajo de la Generalitat de Catalunya, Mar Serna, ha planteado la necesidad de cambiar la festividad del 8 de diciembre por una que no sea religiosa. Hace unas semanas, el conseller de educación catalán planteaba la posibilidad de borrar cualquier connotación religiosa con las vacaciones escolares. Pero también en los últimos días ERC y PSOE han explorado en el Congreso de los Diputados qué hacer con los crucifijos en las escuelas.

La Iglesia católica, por su parte, no ha cesado de intervenir en el debate público a raíz de los avances en la conocida como Ley del Aborto (aunque abarca un campo mucho más amplio), llegando a amenazar con excomunión a todo político que peque por apoyar este tipo de leyes que no se dirigen a un sector religioso determinado de la sociedad, sino a su globalidad.

El caso parece bien claro: la fe es un asunto espinoso para Zapatero. En la católica España, enarbolar la bandera del laicismo tiene un coste y sus beneficios no parecen muy claros. Aunque cada vez sean menos los católicos de misa dominical, culturalmente el apego a la iglesia sigue siendo un bastión. Incluso en las filas socialistas.

Carles Castro, uno de los mejores analistas políticos del país, señalaba hace unos meses que los barómetros del CIS marcan una tendencia muy clara que explicaría el quiero y no puedo del Gobierno. O sea, liderar la reforma de los supuestos para permitir el aborto, pero a la vez dar marcha atrás en otros. O lanzar el globo sonda de los crucifijos para luego nadar y guardar la ropa. Y es que a la luz de los números, el Gobierno no sabe a ciencia cierta qué puede generar en su electorado sus decisiones.

Despenalizar el aborto, retirar las cruces de las aulas, evitar menciones a fiestas religiosas católicas en un país religiosamente plural, etc. pueden parecer propuestas en la línea de una visión laica de la vida y la sociedad. Sin embargo, el apoyo a la despenalización del aborto es mayor entre el electorado de CiU –de base más católica y conservadora- que entre el del PSOE. Así, sólo un 28,9% de los votantes socialistas está a favor de una despenalización total del aborto; frente al 32% de los de CiU. De hecho, el 60% del electorado de CiU está a favor de la despenalización con pocos límites ante el 45,5% de los socialistas.

Aunque el tema de los crucifijos en las aulas o las fiestas religiosas no se vea en las encuestas, existen ciertos datos generales sobre los símbolos religiosos. Por ejemplo, los votantes de izquierdas, pese a ser en teoría más proclives a la laicización del Estado, son mas tolerantes con el velo musulmán en las aulas que los votantes de derechas e independentistas catalanes (por encima del 50% en las izquierdas contra un 60% en el PP y ERC y un 70% en el caso de CiU).

Tal y como muestra Castro, las diferencias respecto a este tipo de temas muestra en realidad un interesante debate alrededor de la religiosidad. Pero sobretodo, las contradicciones propias de un país de profunda tradición católica oficial y que vivió 40 años bajo una dictadura nacionalcatólica. El laicismo no triunfa. Por ello, apoderarse de ese espacio es peligroso. Para muchos ciudadanos, incluso de su partido, Zapatero es un radical ateo que pone en peligro las bases religiosas del país. Aunque sólo vayan a misa para las bodas. Quizás por ello, podemos entender esa marcha atrás constante en todo lo que tenga que ver con la fe. Globos sonda que parece que quieran hacer comulgar con ruedas de molino.

El día que Obama y Nancy Reagan estuvieron de acuerdo

¿Por qué Nancy Reagan se mostró públicamente a favor de Obama tras una decisión presidencial? Hoy reflexiono sobre Iglesia y Estado en La Vanguardia.

El día que Obama y Nancy Reagan estuvieron de acuerdo

Galileo Galilei está más presente en el debate actual de lo que creemos. Lo que encarna su figura está hoy más vigente que nunca a la vista del encendido debate que ha generado la decisión del presidente Obama de autorizar la investigación con células madre mediante financiación pública. Pongan el contador a cero. Quizás dentro de 445 años el Vaticano dedique a Obama y a Zapatero una misa como la recientemente dedicada a Galileo Galilei.

Con esta decisión, se pone fin a la guerra abierta del poder político norteamericano con la ciencia. Como saben, el gobierno de George W. Bush tuvo entre sus señas la adopción de un conservadurismo cristiano que retrajo la moral nacional a límites irreconocibles en algunas áreas y alentó la tensión entre la iglesia y el estado, especialmente en áreas como esta. Bajo su mandato las teorías creacionistas, que niegan la ‘teoría de la evolución’ de Charles Darwin, tuvieron un importante espacio para su expresión.

Las reacciones a la decisión presidencial no se han hecho esperar. Pese a que sólo un 38% de los americanos (según una reciente encuesta de Gallup) está a favor de permitir este tipo de investigaciones, el nuevo marco legal abre un sinfín de posibilidades a la ciencia para la investigación de enfermedades, a día de hoy, incurables. Los apoyos le han llegado desde varios sectores y bandos. El mundo de la ciencia, tanto en Estados Unidos como en el extranjero (los científicos japoneses, por ejemplo) han visto en esta medida el futuro para el desarrollo de la propia industria nacional.

Rivales políticos como Schwarzenegger han aplaudido el abandono de los planteamientos de la anterior administración. Otra figura clave para el mundo republicano, Nancy Reagan, viuda del presidente que murió de Alzheimer, ha respaldado públicamente a Obama por los efectos que la nueva dirección en este ámbito pueda tener para enfermedades como la que sufrió uno de los presidentes más queridos de la historia americana.

Pero la oposición también ha sido notoria y mundial. El Vaticano teme que Obama sea un Zapatero global y sus decisiones, con un impacto en todo el mundo, puedan llevar a un nuevo estadio la tradicional tensión entre Iglesia y Estado. Este punto no es baladí en un país obsesionado por los equilibrios como Estados Unidos.

Hablar de separación entre Iglesia y Estado en los Estados Unidos puede resultar paradójico a los ojos de un ciudadano europeo que observa el papel de la religión en ese país. Nuestro contexto de creciente abandono de la práctica religiosa choca con un país con elevados índices de práctica religiosa y un notable poder de influencia social. Pero por más que la religión sea un eje central en la vida social y personal de millones de estadounidenses, los padres fundadores y la política surgida de esa unión han sido siempre conscientes de la necesidad de mantener los dos ámbitos alejados. Cada momento histórico ha tenido sus más y sus menos, pero el equilibrio entre los dos polos ha sido una prioridad.

El nivel de secularización de la sociedad norteamericana es notorio, y se contrapone al poder formal e informal que algunas iglesias europeas mantienen en sus estados, como en España o Italia. De este modo, la decisión presidencial cobra un significado muy notable: es la primera acción encaminada a cambiar el rumbo de ocho años en qué el país viró a claroscuros en la materia difíciles de comprender.