El sello del Presidente de los Estados Unidos

“Bueno, todos sabéis quién soy, ¿no?”. El presidente Obama bromeaba la semana pasada con la audiencia tras la caída del sello presidencial del atril desde el que dirigía un discurso en el Fortune Most Powerful Women Summit. Con esa frase que pretendía quitar hierro al asunto, el mandatario ponía de manifiesto el cambio de la presidencia norteamericana a lo largo del siglo XX. El ejecutivo dejó de ser algo casi secundario a ser el gran poder del Estado. Y en eso, la comunicación tuvo algo que ver.

La tesis que desarrolla Stephen Graubard en su obra titulada “The Presidents: The Transformation of the American Presidency from Theodore Roosevelt to Barack Obama” es sumamente interesante. ¿Por qué el presidente deja de tener un perfil bajo desde Teddy Roosevelt? ¿Por qué la Casa Blanca deja de ser una mansión con apenas soldados a ser la gran fortificación actual? ¿Por qué la representación del poder deja la austeridad del siglo XIX para convertirse en una monarquía republicana? El siglo XX es la clave.

Y en ese proceso está la construcción de todo el imaginario relacionado con la presidencia, la profunda asunción de símbolos y ritos como el sello presidencial, el “Hail to the Chief” –el himno que anuncia la llegada del presidente-, el Air Force One, el Marine One, el America One… Camp David o ciertos aspectos de la ceremonia inaugural. Las dos primeras del siglo XIX, pero su uso se reafirma en el XX.

El siglo XX fue el siglo de la presidencia norteamericana. El auge de Estados Unidos como superpotencia, pero también el creciente interés por el presidente de los medios de comunicación y la cultura popular tienen mucho que ver. Y poco a poco, el miedo a replicar en Estados Unidos estructuras, ritos y símbolos de poder parecidos a las viejas monarquías europeas; se superó. A fuerza de aceptar la realidad. El ejecutivo dejó de ser algo de segunda fila en el siglo XX y los reparos de los Padres Fundadores y sus inmediatos sucesores fue desapareciendo.

Este tema da para mucho. Múltiples aristas. Centenares de ejemplos. Pero aprovechemos esa constatación de conocimiento general del presidente que hacía Obama para hablar de ese sello presidencial.

En un mundo sin televisión, con apenas fotografías, el inicio del uso del sello presidencial que empezó a usarse con más o menos asiduidad en 1850 tenía la función de identificar al Presidente. El presidente Hayes fue el primero en usarlo en invitaciones en 1877 y desde esos orígenes, se va ampliando su uso. Pese a ello, fue la presidencia de Truman la que reguló su uso con la orden ejecutiva 9646.

El sello, que es un sello como tal usado en correspondencia con el Congreso, tiene su base en el sello o escudo oficial de los Estados Unidos, aunque presenta varios cambios que lo hacen único. Veamos cómo es el sello presidencial:

El escudo tiene trece bandas verticales en plata y gules –rojo- que simbolizan las trece colonias originales, unidas bajo un único mando: el presidente.

Un águila americano lo sostiene y tiene en sus patas dos elementos: en su derecha –nuestra izquierda- una rama de olivo simbolizando la paz. En su izquierda –nuestra derecha- trece flechas que simbolizan la disposición a la lucha, a la guerra. Los poderes de la paz y la guerra. Existe cierto misticismo sobre la leyenda que sostiene que el águila mira a las flechas en tiempos de guerra y al olivo en tiempos de paz. Esa confusión se debe a que los cambios en del diseño se han producido tras las dos guerras mundiales, pero parece ser que cuando el águila miraba a las flechas, se cambió por una cuestión de tradición heráldica de no señalar a la izquierda lo que es considerado un hecho irrespectuoso.

Y sigamos con el trece. Tras la cabeza del águila, trece rayos de sol en oro, trece nubes en plata y una constelación de trece estrellas. Vuelta a la idea de constelación que ya vimos en este post.

Del pico del águila sale el texto “E Pluribus Unum”, de entre todos, uno. Se refiere tanto al país –de entre todos los estados, una nación-, pero también al propio presidente –de entre todos los ciudadanos, uno-.

Toda la composición es rodeada por 50 estrellas que representan la totalidad de los estados de la Unión, constelación que a su vez está rodeada por un borde en el que se puede leer “Seal of the President of the United States”.

Hoy el uso del sello es casi exclusivo en comunicación y en representación del Presidente. Así, lo vemos en atriles como del que cayó la semana pasada, en el Air Force One y en el Marine One, en la alfombra del Despacho Oval –en este caso, sólo las armas del Presidente, como en su bandera-, y en algunos espacios y usos más.

Los últimos cambios en el sello se produjeron por la inclusión de nuevas estrellas para nuevos estados, pero el diseño se ha mantenido como el actual desde 1960. La reproducción del sello o su venta es algo ilegal. Por ello, en el cine o la televisión o en los productos de merchandising, se modifica su diseño. Si tenéis un pack de dvd de El ala oeste de la Casa Blanca o alguien os ha traído algún souvenir de Washington DC, podréis observar que el diseño difiere en algún punto del original.

Caiga, o no, todos sabemos quién es el presidente de los Estados Unidos. Pero aunque lo hagamos, no está de más simbolizar ese poder con un sello codiciado. La presidencia americana cambió, y con ella el sello: el sello del Presidente de los Estados Unidos.

Obama se lo pone difícil a Hollywood

“El Águila se mueve”. Seguramente estamos más familiarizados con el nombre en clave que el presidente de los Estados Unidos tiene en el cine y la televisión que con algunos protocolos de nuestros políticos. De hecho, el mundo audiovisual ha jugado un papel esencial en el conocimiento general de la figura del presidente y ha generado, sin duda, el deseo de muchos de llegar a ser presidente. Pero este patrón, esta imagen está cambiando: la Casa Blanca de Hollywood está de reformas.

Obama ha llegado a la Casa Blanca, y con él el mundo del cine deberá buscar una nueva manera de reflejar la presidencia: los típicos encuadres cinematográficos del presidente sexagenario, WASP de pelo canoso y pose altiva chirría con la realidad que hoy se vive en el 1600 de la avenida Pensilvania.

Ser presidente de Estados Unidos tiene mucho que ver con el cine y la televisión. Estos medios se han encargado durante muchos años de abrir las puertas de la Casa Blanca a los ciudadanos que, a su vez, se han generado una imagen muy determinada de lo que es o debe ser un comandante en jefe.

Hagan memoria de algunas películas que seguramente hayan visto, desde “Air Force One”, donde Harrison Ford salva su propio avión que ha sido secuestrado a “El Presidente y Miss Wade” una romántica historia del viudo mandatario que encarna Michael Douglas. Ambos tienen mucho en común con los papeles que protagonizaron Peter Sellers, Jack Nicholson, Jim Curley o Kelsey Grammer.

Si deciden ver el último film de Kevin Costner, “El último voto”, observaran como el presidente que intenta convencerle para que lo vote guarda muchos parecidos con el que protege el duro Clint Eastwood en la mil veces vista en televisión “En la línea de fuego”. Y si hacen memoria, los ejemplos les afloraran casi sin querer.

Hollywood deberá encontrar la nueva manera de reflejar lo que supone ser presidente en el siglo XXI. En realidad el cambio tiene más que ver con la juventud, las formas y el impulso de este presidente que con su color de piel: Obama está haciendo una labor extraordinaria en rejuvenecer la presidencia, como concepto. Desde el huerto en la mansión presidencial a las escapadas a Nueva York del matrimonio más famoso de América. Desde la diferente historia de un perro de perrera a los horarios y el protocolo en el Ala Oeste.

El reto de encarnar una presidencia del siglo XXI para el espectáculo del siglo XXI está encima de la mesa. Como lo sería si Hillary Clinton hubiese sido nominada candidata demócrata y elegida presidenta. El cine americano también tiene sus propios clichés para las mujeres que ejercen algún cargo en el ejecutivo: desde el bajo perfil de algunas vicepresidentas de la ficción al extraño encaje del personaje de la presidenta Mackenzie Allen de la serie de televisión “Commander in Chief”, que muestra el ascenso sin querer de una vicepresidenta independiente tras la muerte de un presidente republicano. Papeles que muestran a presidentas más dependientes que los presidentes; aunque también se han atrevido a caracterizar el ejercicio femenino de la política con figuras extremadamente violentas, como la vicepresidenta Caroline Reynolds en la famosa serie “Prison Break”.

El impulso de la nueva presidencia hará llegar sus tentáculos también al mundo de la ficción: ya lo hizo la presidencia de Clinton, ejerciendo una gran influencia en la premiada y reconocida serie “El Ala Oeste de la Casa Blanca”. No sólo en su trama, sino también en la proximidad del papel que hizo de Martin Sheen el comandante en jefe más querido de la televisión. Aunque ese camino no es unidireccional, algunos apuntan a la extremada coincidencia entre esta misma serie y la presidencia de Barack Obama.

Sea como sea esa relación, apuesto a que pueden decirme diez películas donde salga un presidente americano, pero no podrán hacerlo lo mismo con nuestro cine o nuestra televisión. Aunque les recomiendo que estén atentos a identificar estos cambios: no tardarán en notarse, porque el águila seguirá moviéndose.

Publicado hoy en La Vanguardia

El Falcon del Presidente

Si preguntamos así, a bote pronto, en una conversación de bar, cómo se llama el avión del presidente de los Estados Unidos, más de uno levantará la voz y exclamará “¡el Air Force One!”. No será porque tengamos una especial predilección a la figura del presidente americano, sino por la influencia del cine y las series norteamericanas. Conocemos mejor el Ala Oeste de la Casa Blanca que La Moncloa.

Quizás por eso somos más vulnerables a una polémica que ha tomado fuerza en esta campaña electoral. Vamos a los antecedentes: el Presidente Zapatero viajó en un avión “Falcon” de las Fuerzas Armadas para asistir a un mitin en Sevilla. Según el PP, esto supone un despilfarro de dinero público y afirma que el Presidente no debe usar un avión de las Fuerzas Armadas para su uso privado.

¿Qué es privado y qué deja de serlo en el ejercicio de un cargo? No es objeto de este post responderlo. Lo que sí vamos a comentar es la esfera simbólica que tiene un Air Force One y la que no tiene un Falcon.
Aunque el Air Force One (que no es un avión, sino cualquier avión que transporte al Presidente, aunque tenga los famosos Boieng 747) y el Falcon tengan sendas unidades militares que se encarguen de su mantenimiento, sirvan para transportar al Presidente, respondan a una serie de medidas de seguridad (¿sabiáis que el Air Force One siempre entra en un aeropuerto con público por el ala izquierda para no dejar al descubierto la zona presidencial?), no tienen el mismo valor para americanos que para españoles.

Para los americanos el Air Force One representa un tentáculo más de lo presidencial. Nadie se atreve a cuestionar su uso y entiende que, esencialmente por motivos de seguridad, el Presidente no puede volar en una línea regular, aunque vaya a un acto privado. Incluso en campaña electoral.

El simbolismo, no sólo del Falcon, sino de todo lo que rodea al Presidente del Gobierno español no es tan potente. No tiene la misma carga para los ciudadanos; es un político. Si bien es cierto que no es Jefe de Estado como sí lo es el de Estados Unidos, su papel es fundamental en la vida institucional del país. Por tanto, su seguridad es tan importante como la de su homólogo americano.

Estas cuestiones encuentran en esta ausencia de valor del trabajo que desempeña un presidente y en la crisis económica el caldo de cultivo perfecto para las críticas que pueden rallar la demagogia. Pasó con Benach, persona que pasa diariamente horas en su coche y que utiliza para trabajar. Y ahora pasa con Zapatero.
Seguramente si el simbolismo de los cargos estuviera más afianzado, a nadie se le ocurriría decir que la presidencia del país malgasta fondos públicos por usar un avión que mantiene seguro al presidente. Como tampoco cuestionaríamos que una persona como Mayor Oreja use su coche oficial y escolta para ir a misa los domingos (todos sabemos de su condición de amenazado por ETA) o que Aznar y Rajoy usaran los mismos Falcon para actos privados.

No sé cómo afectará esto realmente a una campaña que está siendo demasiado extraña. Una campaña sobre Europa que tiene en un avión gestionado por el Grupo 45 del Ejército del Aire, el aborto y las violaciones, los señores de traje a medida y la crisis económica sus pilares. No sé cómo afectará a la campaña, pero sí que va a dañar la imagen del Gobierno en algo que no debería estar en debate.

Quizás debamos ir pensando en pedirle a González-Sinde que vaya redactando un guión para una película que se titule “Falcon One: el avión del presidente”.

Lincoln y Obama

Cuando se conmemora el 200 aniversario del nacimiento de Lincoln, en La Vanguardia reflexiono sobre los paralelismos entre los dos presidentes.

El azar ha querido que en el día que se celebra el segundo centenario del nacimiento de Abraham Lincoln, Barack Obama sea presidente de los Estados Unidos. Esta asociación, más allá del azar, no deja de tener unos tintes de asombroso paralelismo histórico que darían para elucubraciones esotéricas por doquier.

Doscientos años atrás, nacía en un pueblo de Kentucky el hombre llamado a ser el decimosexto presidente de la nación fundada por Washington. Un presidente que sería recordado, admirado y respetado a lo largo de los años. Quizás sea por la fuerza de su relato personal, un hombre humilde y hecho a sí mismo que tenía como prioridad principal de su vida política mantener la unidad de la nación que no llegaba ni a los 100 años de historia.

Para los que no conozcan en exceso los pormenores de la historia de el primer presidente republicano de la historia de los Estados Unidos, trataré de resumirles lo trascendente del momento histórico que lo encumbró, con la mayor Guerra en suelo americano como protagonista. La Guerra Civil o de Secesión dividió el norte y el sur durante su presidencia, con el reto presidencial de mantener unido el país. Cosa que finalmente sucedió. De Lincoln nos quedan para la historia algo tan importante como el Acta de Proclamación que abolió la esclavitud. O el discuro de Gettysburg en que dijo la tan repetida frase de “el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra”.

Lincoln ha sido un modelo para muchos presidentes. Infinitamente citado y estudiado, el primer presidente asesinado de la historia del país tiene hoy un lugar de honor en el Mall de la capital, Washington. El Lincoln Memorial guarda mucha similitud con una iglesia: al entrar en él, el visitante siente una terrible emoción, empequeñece de golpe ante tal monumentalidad.

Obama es uno de estos presidentes. Al igual que Lincoln, el presidente inició su carrera política en la legislatura estatal de Illinois, estado por el que ambos fueron elegidos para cargos en el Congreso. Como Lincoln, Obama tiene entre sus misiones la de unificar el país que estos ocho años ha visto como se escindía en lo más profundo. Los tiempos han cambiado, pero Obama seguramente cree que el objetivo de su presidencia, más allá de las políticas que se llevarán a cabo, tiene mucho que ver con lo mismo que hizo el republicano: cambiar el país.

Lo que para Lincoln fue la abolición de la esclavitud, para Obama podría ser hacer de los Estados Unidos un país sin desigualdades, ya sean raciales, sociales, económicas, sexuales o religiosas. O un país más verde. En todo caso, no es baladí el reflejo en Abraham Lincoln.

Obama ha mencionado al presidente Lincoln en más de una ocasión durante su campaña. Lo hizo en el discurso de aceptación de la nominación y en el discurso de victoria. Es un referente que está en el imaginario colectivo de los americanos que ha querido reclamar.

La coincidencias entre las vidas de estos dos líderes van más allá de sus relatos: su oratoria, su juventud al tomar el cargo, la vida con sus familias en la Casa Blanca; incluso el camino en tren hacia Washington para la toma de posesión. Aunque esta última reviste más homenaje del 44 al 16 que otra cosa…
Sólo el tiempo dirá si Obama consigue traspasar su tiempo con su historia y su legado. Hoy, los americanos celebran el nacimiento de Lincoln y recuerdan el episodio de su historia que escribió con su acción política y con su sacrificio último que conmocionó a una nación dividida.

Inauguration Day

En què consisteix la presa de possessió de Barack Obama? Què podrem veure la setmana que ve? Més detalls a l’article publicat avui a La Vanguardia.

En menos de una semana, la Casa Blanca albergará a un nuevo presidente y a su familia. Será la confirmación, una vez más, de la continuidad, el cumplimiento de la tradición. Pero sobretodo, del correcto funcionamiento de un sistema político que ha hecho de la alternancia democrática su principal fortaleza. Todo está preparado en Washington para la toma de posesión de Barack Obama. Veamos los puntos clave para entender la ceremonia que tendrá lugar el próximo martes.

El misticismo republicano: el martes veremos una toma de posesión que poco tiene que ver con nuestras investiduras parlamentarias. De hecho, se trata de una celebración más próxima a una entronación republicana que a la investidura de un jefe de gobierno a la que estamos acostumbrados. El hecho diferencial, su condición de jefe de Estado y comandante en jefe; conlleva una celebración casi mística de la continuidad de los pilares del Estado.

El lugar: la investidura se produce en el Congreso americano, en las escaleras del Capitolio. Exactamente, en la escalinata occidental del edificio. Aunque el Presidente no es elegido por el Congreso, sino por un colegio electoral, es una tradición que él acuda al poder legislativo para tomar posesión de su cargo. La escalinata ha ido cambiando a lo largo de los años, por ejemplo, Kennedy tomó posesión en la escalinata oriental. La segunda investidura de Reagan, por ejemplo, se hizo en el salón ovalado interior, conocido como Rotunda, por culpa del frío extremo. Se contempla la venda de entradas y la instalación de millares de localidades para invitados y asistentes. En el caso de Obama, se agotaron las entradas en un minuto.

  • El protocolo: la ceremonia, como muchas cosas relacionadas con la presidencia americana, tiene poco espacio para la innovación y el cambio. Los expresidentes serán invitados a asistir y el presidente saliente compartirá camino con el electo. El saliente entrará antes que el entrante (valga la redundancia) y se sentará a la derecha de sus pantallas. Antes de empezar el acto, entrará Barack Obama y bajará las escaleras hasta situarse a la izquierda de la imagen que nos ofrecerá la televisión o Internet. Con él estará su esposa e hijas. Otro actor imprescindible es el presidente del Tribunal Supremo, que tomará juramento al nuevo presidente. Joe Biden habrá tomado posesión de su cargo antes.
  • El acto: la toma de posesión tiene dos momentos culminantes, el primero es el juramento (oath of the office) y el segundo, el discurso inaugural. Entre tanto, se sucederán otros actos como un sermón, que será oficiado por Rick Warren; y actuaciones musicales.
  • El juramento: La primera familia entrará en escena. Michelle Obama sostendrá la Biblia sobre la que Lincoln juró su cargo, con la presencia de sus hijas. El uso de la Biblia no es obligatorio, pero se cree que sólo un presidente no hizo uso de ella. Obama, siguiendo una antigua fórmula, jurará el cumplimiento fiel de las obligaciones del cargo de presidente de los Estados Unidos, y con la mayor de las habilidades, proteger, preservar y defender la constitución del país. Cuando Obama repita las palabras del presidente del Supremo, sonará el himno que acompaña al presidente; el “Hail to the Chief” y se sucederán 21 salvas en su honor. Durante toda la ceremonia, estos himnos sólo serán interpretados por la banda de marines, el conjunto musical que acompaña siempre al presidente.
  • El discurso: tras la toma de posesión, Barack Obama se dirigirá a la nación y al mundo con uno de los discursos más esperados de los últimos años. Un discurso inaugural suele contener los grandes trazos que plantee la dirección de la política de la nueva administración. La duración no está prefijada. Se trata de uno de los momentos más importantes durante el mandato, ya que como todo en la vida, una buena impresión iniciar ayuda a gestionar las percepciones a partir del primer momento de la recién estrenada presidencia. Se recuerdan grandes discursos inaugurales. Quizás el más famoso es el de Kennedy, cuando pidió a los ciudadanos que no se preguntarán que puede hacer el país por ellos, sino que pueden hacer ellos por el país. Roosevelt afirmó que sólo se podía temer al miedo mismo y Clinton abogó por una nueva coalición cívica para superar los problemas. Tras una campaña plagada de discursos excelentes, las expectativas ante este primer discurso presidencial de Obama son altas. No sabremos si pondrá la luna como nueva frontera, tal y como hizo Kennedy, pero seguramente pondrá en marcha con su retórica el espíritu del país.
  • El almuerzo: tras el discurso, el Congreso ofrece un pequeño almuerzo al nuevo presidente.
  • El desfile: en cuanto termine el almuerzo, el presidente bajará desde la colina del Capitolio a la Casa Blanca. Carter hizo el trayecto a pie, pero por medidas de seguridad ahora sólo se hace una parte del mismo. En cuanto llegué a la Casa Blanca, pasará revista a las tropas desde el pórtico norte de la mansión.
  • Los bailes: durante el día, se celebran varios bailes en honor del presidente, a los que asistirá y bailará alguna pieza. Es tradición que varias entidades los organicen, como la George Washington University o la celebración del baile inaugural latino dónde Alejandro Sanz será un artista invitado.

Este es el esqueleto de una celebración que ha cambiado a lo largo de los tiempos, pero que ha mantenido elementos esenciales durante los últimos 230 años. Es un momento cumbre en la tradición de un estado joven y brilla por el simbolismo que es capaz de destilar, y si no, fíjense en las banderas que cubrirán el Capitolio, podrán ver los diferentes estandartes que ha tenido el país a lo largo de su historia.

Si tienen oportunidad, no se pierdan la investidura de Barack Obama. No sólo estarán presenciando un momento histórico, también estarán viendo en todo su esplendor una engrasada máquina simbólica, protocolaria y, por qué negarlo,  una excelente máquina del espectáculo que les sorprenderá. Por alguna razón las amplias celebraciones se alargan 10 días…

Mr. Obama goes to Washington

Hoy publico el siguiente artículo en La Vanguardia:

 

Quizás alguna edición de periódico en algún lugar del mundo tituló a inicios de esta semana con “Mr. Smith goes to Washington”, el título de la famosa película de Frank Capra, la llegada del presidente-electo de los Estados Unidos a su capital federal. Podríamos relatar ese momento con un tono épico, como el que sabía utilizar Federico Trillo al hablar de la reconquista del islote Perejil, pero pese a llegar en un avión de la Air Force igual que los que utiliza el presidente, no se trataba de ninguna operación de rescate para darle ese tono.

Lo que sí supone la llegada de Obama a Washington es un momento histórico, como todos los pequeños hitos que estamos viviendo desde el pasado 4 de noviembre. La toma de posesión se acerca y poco a poco se intensifica esta carga simbólica-histórica que rodea al presidente-electo. Hablemos un poco de este período. Soy consciente de la dificultad en comprender un proceso de transición de poder tan largo: en nuestro sistema político vemos como, en cuanto hay una mayoría parlamentaria que sustente al presidente (ya sea del gobierno español o de cualquier comunidad autónoma) éste se somete a una votación de investidura que lo convertirá en jefe del ejecutivo. Jurará o prometerá su cargo y formará su gobierno. Hay casos y casos, pero no nos situamos en los casi dos meses y medio de período entre administraciones que se da en el país del Tío Sam.

¿Por qué se produce este período tan extenso? Hay razones históricas y políticas. El sistema diseñado por los padres fundadores tenía poco espacio a la improvisación y todas las decisiones tenían una razón de ser. La más imperiosa, sin duda, se refiere a la necesidad de cambiar completamente la Administración, o sea, del nombramiento de más de 2.000 cargos durante este tiempo. Algunos cargos son de aprobación directa del presidente, pero otros deben ser ratificados por el Senado. Esta es otra muestra de la voluntad de tener poderes separados y que se controlen entre sí por parte de los fundadores. Es una cuestión operativa: no es fácil borrar del día a la mañana a 2.000 cargos gubernamentales.

Más allá de las razones políticas también existen razones históricas. Hasta 1937, la investidura tenía lugar el 4 de marzo siguiente a las elecciones. Este excepcional período de tiempo respondía a lo que podían tardar los miembros del colegio electoral en emitir sus votos presidenciales y desplazarse por el país. Afortunadamente, la revolución en los medios de transporte ha dejado ya en una mera consideración de operativa política el extenso período.

Durante estos dos meses y medio, el papel del presidente-electo no es fácil, como tampoco lo es el del presidente saliente. Estos meses sirven para que el primero forme su ejecutivo, presente a sus miembros y dé pistas sobre sus acciones futuras, tal y como hemos visto hacer a Obama desde su victoria electoral. El segundo, suele usar este tiempo para pasar leyes más impopulares o incómodas. Seguramente Bush, como otros presidentes, haga uso de su poder de indulto antes de abandonar el Despacho Oval y utilice las últimas bocanadas de aire de su presidencia para pensar en aprobar otras medidas impopulares: ahora ya no necesita una reelección.

La política y la economía mundial se resienten de esta situación. El hecho que la persona al mando de la mayor potencia del mundo tenga ya una fecha de caducidad, merma su poder e influencia, tal y como estamos viendo en la crisis de Gaza. Tampoco hay muchas esperanzas que Estados Unidos ejerza una presión tal contra Israel para que considere sus ataques. Tampoco ocurriría con Obama en el Despacho Oval, pero sin duda la indefinición del momento es más palpable que nunca.

La Transición también tiene efectos en la confianza de los inversores y consumidores. Aunque el contexto está más enrarecido que nunca, es probable que reciban a Obama con un aumento en la confianza del sistema, pues se espera de él -y no porque sea mejor que otros, sino porque será la persona al mando- que dé los primeros pasos hacia la recuperación.

Para bien o para mal, la toma de posesión se acerca de manera imperiosa. Los preparativos que ya estaban en marcha en noviembre, con una vista del Capitolio llena de andamios y maderas, así como el ala norte de la Casa Blanca, están llegando a su fin. Las entradas para el juramento de Obama están agotadas y los bailes presidenciales se ultiman. The Blair House, la casa de invitados de la Casa Blanca, aún no ha sido cedida a los Obama por parte del presidente Bush, un retraso que tiene mucho de político. Así que los Obama vivirán en el famoso hotel Hay Adams como residencia. Este hotel está situado en la calle 16 y sólo un parque lo separa de la residencia presidencial. El edificio que, dicen, alberga un fantasma, es el lugar usado por la prensa internacional para dar sus crónicas desde la capital americana. Seguramente se habrán fijado en muchas ocasiones que tras el periodista aparece la Casa Blanca y el monumento a Washington en una perspectiva impresionante. Pues bien, está tomada desde el hotel que hoy aloja a Obama.

En Estados Unidos todo lo relacionado con la presidencia tiene un aire a ritual que maravilla. Estamos a pocas semanas de experimentar uno de sus momentos clímax, la toma de posesión. La semana que viene les daré más detalles de esta ceremonia que guarda el espíritu de la tradición, la solemnidad y el poder político de la carga que tiene un discurso inaugural.