Hijo de puta, hay que decirlo más

Lo decían en “La hora chanante”: hijo de puta, hay que decirlo más. Y es que al ver la primera temporada de la serie de Netflix “House of Cards”, no he podido evitar pensar en ellos. Porque esa es la historia de esta serie, la de un gran hijo de puta.

Con todas sus connotaciones. Con todas sus dimensiones. El personaje de Frank Underwood es uno de esos políticos que se mueven a sus anchas entre las cloacas de la política. De esos políticos que manejan como pocos los hilos del poder. Que saben maximizar los contextos y que crean oportunidades de las crisis.

“House of Cards” engancha. Y mucho. Quizás está a medio camino entre la visión interna de la política que hace “The West Wing” y la tensión dramática de “Homeland”. Eso sí, no hay buenismo alguno. Cinismo, hijoputismo y tensión por doquier.

Si te gusta la política, es la serie de la temporada. Si no te gusta la política, puede que también. Porque, política a parte, Kevin Spacey se sale interpretando a Underwood y la realización es impecable.

La serie de David Fincher, ofrecida en Netflix, acaba de terminar su primera temporada. La segunda, se empezará a rodar en primavera. Para mitigar la espera, encontrarás alternativas en la miniserie original de la BBC en la que está inspirada esta joya de la temporada.

La podrida clase política española

Que nos jodamos. Que no se llega a fin de mes con 5.000€ de sueldo cuando casi se exige una prueba de ADN para que los que menos tienen cobren 400€ de ayudas. Que la salida a la crisis pasa por poner casinos o parques temáticos mientras se sangra a una clase media en peligro de extinción. Decir A para ganar elecciones y hacer B sin ruborizarse. Ni pedir perdón. La clase política española ni reflexiona, ni cambia. Ni se espera que lo haga.

El País publica hoy un interesante artículo de César Molinas (matemático y economista, ha sido académico, gobernante y banquero de inversión) en el que hace una radiografía interesante de la clase que nos gobierna. Una élite extractiva, como cita en su artículo. Aunque no coincida con Molinas en la solución -a mi juicio, incompleta y de brocha gorda- es interesante ver como se pone blanco sobre negro ante una clase -o casta- que ni ha pedido perdón ni lo va a hacer ante sus tejemanejes, los que nos han llevado hasta el día de hoy.

Recomiendo su lectura y me permito compartir algunas de sus ideas clave que es necesario leer. E interiorizar:

“Una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias.”

“El sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.”

“La clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político.”

“El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años.”

“La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:
– Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio”.
– Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch”.
-Abominar la ‘destrucción creativa’, que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter “la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo”

“Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.”

Muere el inventor del teleprompter

“Tonight, I can report to the American people and to the world, the United States has conducted an operation that killed Osama bin Laden”. El presidente Obama dirigió estas palabras mirando a los ojos de los telespectadores. Y lo hizo gracias a un invento que revolucionó el modo en que las personas que se ponían ante una cámara contaban las cosas a la audiencia. Presentadores, actores, cómicos y políticos dejaron de bajar la mirada cada vez que hablaban. El teleprompter llegó para quedarse.

Hubert Schlafly, el inventor de este aparato, murió hace unas semanas. El periódico El País le dedica un obituario muy interesante que muestra su evolución y su propagación a lo largo de las últimas décadas. El también llamado promter o autocue, lleva más de 60 años luchando por ganarse un lugar como aparato indispensable en la vida de aquellos que deben dirigirse al gran público desde la televisión.

¿Aliado o enemigo?

En Internet pueden encontrarse teleprompters por apenas 400 dólares. En todo caso, es una inversión asumible para aquellos políticos que quieran mejorar el modo en que se dirigen a grandes audiencias. Aunque su uso no está muy generalizado en España, políticos como Esperanza Aguirre, Iñigo Urkullu o José Montilla han usado el espejo mágico para mejorar su comunicación.

En este post reflexionábamos hace unos meses sobre las mejoras que supone el uso de prompters. Especialmente hablábamos de:

  1. Mejorar la naturalidad del orador y evitar distracciones o gestos bruscos al bajar la mirada; mejorando la atención del receptor.
  2. Tener opción a controlar y mejorar el mensaje verbal, ya que la concentración con el texto mejora al no tener que desviar la mirada.
  3. Invertir tiempo y esfuerzos en mejorar aspectos de la comunicación no verbal, ya que no debemos estar tan pendientes de no perder el hilo del texto apuntado en las notas.

Aunque estas ventajas las han puesto sistemáticamente en el Despacho Oval y en los mítines de miles de candidatos en todo el mundo, no siempre es todo de color de rosa. Problemas técnicos, un abuso del prometer o la incapacidad de adaptación de quién lo usa pueden dejar el prompter en un segundo plano.

Nada es igual

Para bien o para mal, nada es igual a los tiempos sin teleprompter. El obituario describe situaciones curiosas durante su expansión, desde los problemas con el aparato durante un discurso del presidente Eisenhower al uso (o abuso, según algunos). Situaciones que muestran el cambio en la forma de comunicar de los políticos y de dirigirse a los ciudadanos.

En tu fiesta me colé

Ya lo cantaba Mecano, “No me invitó, pero yo fui”. Y no se referían ni a Facebook ni a partidos políticos. Pero no puedo dejar de tararear la canción cada vez que recibo una notificación de esta red social en mi correo con la invitación a un acto. O una solicitud de amistad. Quieren colarse en mi fiesta.

Facebook es una red privada, donde cada usuario acepta con quién quiere estar conectado y con quién no. La lógica es la conexión personal con aquellos a los que conoces o puedes querer conocer. Que levante la mano quien no haya enviado solicitud de amistad a alguien que conoció en una fiesta. Personas a personas. Pero cuando entramos en el campo de las siglas de los partidos, caminamos sobre un terreno pantanoso. Cuando no se comprende la lógica del espacio. E intentan colarse en tu fiesta.

Mi Facebook es mi fiesta. Si quiero invitarte, te pediré amistad. Y si eres una organización o una empresa, lo haré en tu página. De hecho, me sumaré a tu fiesta. Porque los perfiles personales y las páginas son distintas. Cada uno para su tipo de usuario. Algo que muchos partidos, candidatos o agrupaciones no han entendido. Y deberían hacerlo.

Para muchos partidos, agrupaciones locales o candidatos, Internet es un canal de difusión más de su actividad. Un poco como cuando tenemos un robot de cocina (en este caso, Internet), y lo usamos solo para hacer batidos (sin comprender que puede ser una conversación o la vía para incluir la participación ciudadana en la toma de decisiones). Y es bajo esa lógica que el uso del canal también sigue ese vicio de querer abarcar a todos, a lo grande y a cuantos más mejor. Pero en Facebook se impone lo próximo, la utilidad y el interés.

La configuración de la información de un perfil nos permite saber la localidad en la que reside ese usuario, sus interés, etc. ¿Tiene sentido invitar al acto de presentación de una candidatura a alguien que vive a 600 kilómetros? La segmentación es una utilidad en Facebook –y en otros espacios de Internet- y no aplicarla es un riesgo para la credibilidad. Toma tiempo, sí, pero reporta más beneficios.

No intentes colarte en mi fiesta, porque valoro la utilidad de lo que hago en Facebook. Mis contactos son mis contactos porque me dan información de cosas que a mí me pueden interesar. Porque comparten enlaces, porque puedo saber qué hace aquel amigo del Erasmus… porque me es útil. ¿Qué utilidad ofrecen esos perfiles? Solo los que estén convencidos de poder ofrecer algo al usuario deberían atreverse a colarse en la fiesta. Si no, el usuario se sumará a aquellas páginas de las que perciba un beneficio.

En definitiva: si no nos une una amistad, si no nos conocemos personalmente –de hecho, conocer personalmente a unas siglas es muy complicado- lo mejor es entender la lógica del espacio. Crear una página con contenido pertinente y despertar el interés en quién lo reciba. El flechazo no siempre es instantáneo. El usuario no caerá siempre en tus brazos. Colarse en las fiestas de otros no es la solución.

Entrevista al President del Parlament

“La gente puede entrar hasta las mismas entrañas del Parlamento”

El 17 de diciembre de 2003 Ernest Benach era proclamado presidente del Parlament de Catalunya. Con 43 años, el reusense se convertía en el 12º presidente del Parlamento y tenía por delante una modernización y apertura de la cámara que poco podía imaginar el mismo día que se convertía en la segunda autoridad del país. El pasado 28 de septiembre hablamos de esto y más en su despacho.

Un presidente joven que quizá choca con el carácter de presidentes que le han precedido. No fue un cargo en retirada, y eso se nota. Aunque puntualiza mucho que a muchos parlamentos europeos su caso es el habitual y habla de los pasos para revitalizar la insitución que hizo el presidente Joan Rigol.

Antes de comenzar la entrevista, cuando la cámara aún no graba, el presidente Benach me sorprende con un comentario sobre una nueva aplicación para el iPhone. Él es así: cercano y curioso. A lo largo de su presidencia, todas las veces que hemos coincidido ha sido así. Empezamos la entrevista y hay que hacer balance de estos siete años de mandato.

Un balance en pocas palabras

Benach valora positivamente su presidencia y el trabajo realizado al frente del Parlament en los últimos siete años. Le pido que lo haga en 140 caracteres. “Modernización, apertura, transparencia, internacionalización, y administración más eficaz con el ciudadano.” Sobran 37.

Dos legislaturas son poco. Tres, mucho. Benach comenta que quizá llegar a mandatos de 10 años como máximo sería una medida justa para poder desplegar todas las propuestas. En todo caso, el presidente abandonará, presumiblemente, el cargo en la próxima legislatura. Hasta que esto suceda, seguirá trabajando “la legislatura acaba el día que empieza la siguiente”.

En siete años se han conseguido logros importantes, tanto a nivel político como del propio funcionamiento de la casa. Da un paso atrás y se detiene para pensar en los momento más felices, aquellos de los que guardará recuerdo toda la vida. Y entre ellos, destaca uno: la aprobación del texto del Estatuto del 30 de septiembre de 2005. Los que olvidaría, además de los relacionados con la polémica del coche oficial, la reacción a la entrevista del entonces consejero del gobierno de la Generalitat, Josep Lluís Carod-Rovira con ETA en Perpiñán.

Política 2.0

Recuerdo perfectamente la primera vez que conocí al presidente del Parlamento. Fue en la entrega de los Premis Blocs Catalunya de 2008, donde recibí el galardón. Intercambiamos algunas palabras con quien, entonces, ya era uno de los políticos más activos en la red del país. Recuerdo que me comentó que era un lector asiduo de este blog donde tantas veces hemos reflexionado sobre la política e internet. Esta entrevista no podía dejar de lado este tema.

¿Cómo llega la apertura de una institución como el Parlamento gracias a la red? Benach comenta que es fruto de un proceso… aunque mucha responsabilidad la tiene su carácter inquieto y cotilla. Las ganas de descubrir cosas nuevas y aplicarlas. Un proceso que ha llevado al Parlament a ser una institución casi en tiempo real: los diferentes espacios de la red sirven para dar toda la información de lo que pasa. Desde las comisiones al bruto de las intervenciones. “La gente puede entrar hasta las mismas entrañas del Parlamento”.

Un proceso que ya está en marcha para cuando llegue el próximo presidente o presidenta del Parlament. En todo caso, Benach nos habla de los retos a los que han tenido que hacer frente en una “administración analógica, 1.0”. Desde el nivel organizativo a las dificultades de hacer ver que la participación era positiva y deseable. “Todavía hay gente que piensa que juegas a marcianitos”, comenta Benach.

Está convencido de que se ha hecho, de la irreversibilidad del cambio y de la transparencia con la que se han hecho las cosas. Aunque en un momento dudó. De lo que no duda es que “Internet cambiará la política, como ha cambiado la sociedad y la vida de las personas”.

No hay duda, el presidente cree en la red como ya mostró en su primer libro sobre el tema “Política 2.0”. Y seguro que lo veremos en los que vendrán…

Candidato 2.0

Benach es el número dos de la lista por Barcelona. Durante unas semanas tendrá que combinar su cargo de presidente del Parlamento con las responsabilidades propias de la campaña. “La campaña es un accidente”, comenta el presidente. En todo caso, no duda en que utilizará las herramientas 2.0 para acercarse a los ciudadanos y estar a su disposición. La música y un diario de campaña serán protagonistas durante este periodo.

En todo caso, aprovecho el momento para saber qué piensa él de la disyuntiva seguidores/votos. O de si lo que importa es crear red, comunidad … o sólo buscar los votos. Se muestra más partidario de la primera opción.

Retos

El final de la entrevista nos deja dos reflexiones importantes que hay que atender. El presidente señala que “o nos adaptamos o aquí pasarán cosas”. O sea, o la política es capaz de adaptarse al cambio que supone la red, o las consecuencias serán importantes. Pero sobre todo, Benach se queda con la ida que este proceso de hacer de internet una herramienta para la política nos dejará “una democracia con mucha más calidad”.

El próximo presidente o presidenta del Parlamento tendrá que hacer frente al perfil que Benach ha conseguido imprimir a la institución. No lo tendrá fácil. Recibirá un parlamento más abierto que nunca, un ejemplo y un orgullo para muchos ciudadanos. Benach hablaba del proceso que nos ha llevado hasta la situación actual. Un proceso que no puede acabar. Un proceso del que es responsable ya quién hay que felicitar. Hablar sobre estos temas al final de la legislatura era necesario y forzoso. Un placer hacerlo con franqueza y transparencia … tal y como se demuestra diariamente en la red.

Edición de vídeo de Pau Martí.

A los políticos les pasará lo mismo

Cuentan que Robert Fulton, el inventor del barco de vapor, se paseó por las cortes de media Europa intentando captar la atención de emperadores y monarcas. Creía que su invento cambiaría el modo de navegar y que los dirigentes de la potencias de la época verían en esos nuevos barcos, el mejor modo de conquistar mares y mercados.

El estadounidense terminó en la Francia de Napoleón. El imperio bullía tanto como sus ganas por ver al emperador apoyando su empresa. Consiguió que alguien le hablara a Napoleón de su invento… pero no cayó en gracia. “Europa está llena de charlatanes” que sólo ofrecían, según el emperador, inventos que sólo estaban en la imaginación de esos vendedores de humo. Nunca mejor dicho.

Napoleón pasó de Fulton cuando éste le presentó su proyecto e intentó que el gobierno francés le comprara la idea de desarrollar un submarino. Le rechazaron dos veces. Napoleón le dio la espalda, no estaba para ese tipo de visionarios… su día a día era mucho más importante.

El día que Napoleón se dirigía a la isla de Santa Helena, dónde fue desterrado, observó desde la embarcación que le llevaba uno de esos barcos de vapor que, sin duda, no tenían futuro alguno. El emperador depuesto, cautivo y deshonrado, veía surcando el mar aquello que estaba en la mente de lunáticos.

Ese barco es hoy Internet. A muchos políticos les pasará lo mismo.

Cuando Reagan aconsejó a Belén Esteban

Lo prometido es deuda. Tras el post de política ficción sobre el salto a la política de Belén Esteban viene el análisis. Hoy publico en La Vanguardia este artículo.

Cuando Reagan aconsejó a Belén Esteban

“Debes contar las cosas de manera simple. Que te entiendan.” “¿Y cómo se hace eso?” “Te contaré mi secreto: yo siempre imagino que hablo con mi viejo barbero de Santa Bárbara. Si Jack puede entenderlo, todo el país lo hará.” Si Belén Esteban pidiera consejo a Ronald Reagan para cimentar su hipotética carrera política, este sería el consejo que le daría el viejo presidente. Para ello, el 40º presidente de los Estados Unidos debería estar vivo. Y Belén Esteban debería tener intenciones de cambiar los platós por el Congreso de los Diputados.

Es improbable que sucedan ambas cosas. Pero el “Gran Comunicador” le habría dado un valioso consejo que no le costaría aplicar. La de San Blas sabe contar cosas cómo pocas para que todos la entiendan. Lo hará de forma histriónica. Soez, incluso. Pero todos la entienden. Es efectiva: su comunicación es efectiva. Seguramente esa sea una de las claves de su popularidad.

Si Reagan y Esteban se sentaran en una mesa para planear ese salto en la política, quizás podrían partir de un punto común: ambos llegaron a millones de hogares antes que a los escaños y las vetustas moquetas de los centros de poder. Y esa sería una poderosa clave que explica, en caso del primero, la enorme popularidad y cariño que consiguió en vida. Y de la segunda, que a día de hoy se especule con una posibilidad poco plausible.

Es más que conocido el pasado de Ronald Reagan, un presidente que de joven había paseado su voz y su carisma por estudios de radio en Iowa, su porte por los estudios de Hollywood y, ya en su asentada vida de adulto, su oratoria por 38 estados de la Unión gracias a su conversión en estrella televisiva en el programa General Electric Theater. Una época que le llevó a millones de hogares a través de la vieja caja de madera… pero también a visitar 135 plantas de la General Electric y dirigirse a más de 250.000 empleados con 9.000 discursos –escritos de su puño y letra- a lo largo de ocho años. Esos fueron sus primeros pasos en política.

Durante la década de los 50 empezó a comulgar con las ideas del Partido Republicano y se convirtió en una poderosa voz de los conservadores… aunque no ejerciera la política. Pero todo ese bagaje le fue de gran utilidad cuando decidió dar pasos hacia la Casa Blanca; primero como Gobernador de California y años más tarde ya como Presidente.

El “Gran Comunicador” se llevó de esa época las enseñanzas para ganarse ese apodo que tan bien le describía. Alguien que aprendió a vestir con palabras los telex que informaban de resultados de béisbol y que era capaz de dibujar jugadas con su oratoria, entendía mejor que nadie el poder de la comunicación. Del cine y la televisión aprendió el arte de aparecer en millones de hogares. Y su profunda determinación ideológica le llevó a hacer realidad su política.

Si el presidente Reagan se sentara mañana con Belén Esteban una tarde de otoño, clavando la vista en el Pacífico, le confesaría que ese pasado de estrella del cine e icono de la juventud le sirvió de mucho en su carrera política. Seguramente le diría a Belén que lo aprovechara para llegar a millones de personas. Aunque seguramente a media tarde el presidente se daría cuenta de que a la Esteban le falta la profunda determinación que él sí tenía.

Reagan se plantó en la Casa Blanca tras largos años de trabajo, luchas , espera… y un plan. Una visión estratégica que le llevó a presentarse en el momento adecuado y ser el heredero no esperado de Ford. La oposición a Carter… la voz de un conservadurismo forjado a fuego durante las décadas de los 60 y los 70. Esteban de eso no sabe. Ni quiere saberlo. No es su vocación ni su intención.

Belén Esteban no quiere ser política. Reagan quería cambiar el mundo y vencer al comunismo. Ahí sus caminos se separan y nos lleva a la profunda realidad de la política española: no es fácil conseguir representación en nuestro sistema electoral… y no todo se soluciona con salir en la tele. Pero por encima de todo está el sentido común del electorado que, en el fondo, quiere a personas serias en los puestos de mando. La notoriedad no es, per se, la garantía necesaria para una carrera política.

Pese a ello, Cicciolina, Romario o Jesús Gil son excepciones de esos asaltos de los famosos a la política. Haciendo valer, sin duda, su derecho democrático a presentarse y ejercer un cargo público. Ejemplos de que algo se aprende en el mundo de la farándula, los flashes y las cámaras para la vida política.

Belén Esteban no es la Reagan española. Ni quiere serlo. Pero sólo el dato de intención de voto en una encuesta –con todas las salvedades- debería llevarnos a una reflexión conjunta. Si los personajes del mundo del corazón son más deseados que los propios profesionales de la política, ¿qué está haciendo mal la política? ¿Qué soluciones para recobrar la confianza se están llevando a cabo?

La respuesta estará, quizás, en un momento extremadamente complejo. De gran desconfianza. Momentos de crisis económica, de valores… y de fe en lo público y en la capacidad de acción de la política. El arte de la política que hace veinte años unificó Alemania. Que en Brasil ha reducido el número de personas en la pobreza. ¿Conseguiría eso una respetable presentadora de televisión cuyo mérito fue salir de “Ambiciones” con la cabeza bien alta y la ropa en bolsas de basura?

Mujeres y hombres y viceversa

El peinado de Leire Pajín es un tema de Estado. O lo parece si tomamos el pulso, de forma completamente alejada de la estadística y sin un cálculo mínimamente serio, a las conversaciones que surgen en los más variopintos lugares. Ese es el tema de discusión: su aspecto físico. ¿Su gestión? Parece que eso no tiene cabida… Y eso, ¿por qué se da? ¿Es más relevante el aspecto de la senadora que el de otros políticos hombres? ¿Hay un trato machista en ello?

Antoni Gutiérrez-Rubí lo trató en uno de sus libros, “Políticas. Mujeres protagonistas de un poder diferenciado” y puso sobre la mesa una cuestión que no se escurre en la comunicación política: existe un trato diferenciado a hombres y mujeres en política. No sólo por la diferente manera de ejercer el poder, también por las diferencias que se dan: permanecen menos tiempo en la política que los hombres, ejercen el poder de una manera más emocional-… otro estilo.

Un estilo distinto de hacer política que se cobra el ataque de adversarios también de un modo distinto. Mientras que a los hombres se les cuestiona su liderazgo, su dureza o su inteligencia; con las mujeres la trivialidad de lo físico toma el protagonismo. Nunca vimos fotografías en El País de los zapatos de dos ministros hombres. Si lo vimos de los tacones de dos ministras de Zapatero.

Pero no es un problema español. Ni mucho menos. De la Europa civilizada nos llegan los ecos del machismo que se resiste a dar el paso a una nueva generación de políticas. El siglo XXI será un siglo en femenino y reaccionan con miedo. Sólo así puede entenderse el reportaje que publicó hace unos días el periódico alemán Frankfürter Allgemeine Zeitung en que el estilismo de las ministras del gobierno español era la noticia. Expresiones como “las muñequitas de ZP”, “de la Vogue” -en referencia a la vicepresidenta De la Vega- o “fashionistas socialistas”, se ponía el acento en los elementos físicos y no en la gestión, la valía o la madera para el puesto. El mismo artículo también tenía espacio para las féminas del PP, con comentarios sobre la propia Sáenz de Santamaría.

Y cómo tras la primera piedra llega la segunda, la vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía ha centrado el debate sobre las repercusiones a su declaraciones en una cuestión que no se nos había escapado. ¿La réplica francesa a los ataques de Reding eran sólo por la supuesta ingerencia de la comisión o al presidente francés le molestó que fuera una mujer quién le señalaba? O tal y cómo ha dicho la propia comisaria, cuando una mujer da un golpe en la mesa es una histérica. Cuando lo hace un hombre, un tipo duro.

Ese machismo imperante tiene un papel relevante en la comunicación política. Cuando una mujer llega a esa primera fila, debe decidir que etiqueta se cuelga. Con qué atributos se queda. Es interesante la evolución de Esperanza Aguirre, la ministra de Aznar que llegó a las casas de millones de españoles como una modosita inculta que tenía un idilio televisivo con Pablo Carbonell. Años más tarde dejaría atrás los clichés de rubia tonta por unos esencialmente masculinos: dureza, frialdad y ambición. A lo Margaret Thatcher.

Esa elección puede condicionar la propia estrategia política y, por ende, de comunicación. La prueba, Hillary Clinton. La campaña para el asalto a la presidencia comienza tras el mandato de su marido con su elección como senadora de Nueva York. Durante años no esconde su ambición de ser candidata a la presidencia y ese momento llega en las elecciones de 2008. ¿Y la cuestión femenina, dónde queda? Clinton jugó una carta desde el principio: el género no importa. “Lo que me importa es reconquistar la Casa Blanca para los demócratas”, decía al inicio de la carrera presidencial. Cuando llegó el huracán Obama y las primarias se hacían cada vez más cuesta arriba, se escoró hacia la cuestión del género. En aquel momento, que Estados Unidos contara con una mujer presidente era , según ella, el auténtico cambio.

Y esa elección es crucial, porque las mujeres candidatas, las mujeres políticas o las mujeres presidente no lo van a tener fácil. Ségolène Royal también intentó no hacer de su género el punto central de su campaña. Buscó ser una igual. Sin embargo, la famosa escena del debate presidencial fue aprovechada por Sarkozy -el mismo que se indignó con Reding- para poner esa cuestión sobre el tapete. Si en el momento de más tensión de ese debate Sarkozy hubiese tenido a un hombre, seguramente no hubiese esgrimido el argumento de “cálmese. Un presidente debe saber calmarse”. Al contrario, la testosterona hubiese aflorado en toda su inmensidad.

Si el siglo XXI es el siglo en femenino, la comunicación política deberá acompañar ese proceso. Y eso se notará no sólo en el tono de las campañas: también lo hará en el tratamiento de los propios mensajes y en un enfoque más próximo y emocional al elector. Si el poder se ejerce de forma distinta, también lo hace su manera de persuadir. Otra cosa será que el machismo imperante lo permita. Mujeres y hombres y viceversa.

El extraño caso del político que siempre se equivocaba

Cuando Joan Clos abandonó el ministerio de Industria para asumir el cargo de embajador de España en Turquía, las declaraciones del nuevo titular del ministerio no volvieron a ser lo mismo. Con su marcha, los medios perdían al, quizás, político español que más gazapos era capaz de crear en sus intervenciones. Un patoso del lenguaje que, lo crean o no, no caía mal.

Precisamente, en un post anterior veíamos la importancia del acento en el mensaje, en la capacidad de comunicar. Los gazapos de Clos también tenían su valor. Porque su tarea no fue fácil: cuando Pasqual Maragall decidió dejar Catalunya para ir a su amada Roma, Clos se quedó al mando de la capital catalana. Y eso no fue tarea fácil.

Sustituir a un grande de la política catalana y española como Maragall, coger el relevo del alcalde olímpico, era algo titánico. Los tiempos no fueron fáciles. El cambio de siglo supuso la contestación del modelo y fracasos como el del Fòrum de les Cultures de 2004. Pese a ello, fue reelegido, votado; preferido.

Seguramente en ello influyó, además de la evidente penetración del PSC en el electorado de la ciudad, su carácter afable y esos gazapos. Esos lapsos al hablar. Ese aspecto de doctor loco, excéntrico. Algo que le humanizaba y acercaba a sus conciudadanos. Todos recordamos su promesa del cargo de ministro ante el Rey, en que erró en el nombre del ministerio. O cuando visitando a una conocida compañía automovilística, saludó a su anfitrión como si fuera el presidente de su inmediata competencia. Una forma de empatía que, dicho sea de paso, no le ha ido nada mal en su carrera.

Ahora, Clos emprende nuevos retos profesionales que le apartan aún más del foco. Acaba de ser nombrado director ejecutivo de la agencia del organismo especializada en la gestión y desarrollo integral de los asentamientos humanos (ONU-Hábitat). Nueva York y las Naciones Unidas son ahora su nuevo destino. Quizá esos errores sean, de nuevo, su puerta de entrada para empatizar con sus nuevos públicos.

Para los que quieran recordar más de esos errores, el programa de TV3 “El Club” recogió algunos de ellos en esta pieza de “mejores momentos” del ministro y alcalde.