Listas limpias de corruptos

“Esquilo y sus contemporáneos griegos creían que los dioses envidiaban el éxito de los hombres y enviaban una maldición en forma de hibris contra una persona en el punto álgido de su poder; una pérdida de la razón que al final causaría su caída. Hoy en día, no damos tanto crédito a los dioses. Preferimos llamarlo autodestrucción.”
Nixon-Frost

La corrupción política es intolerable. No hay medias tintas. No tiene colores. Da igual de dónde venga: es dañina para nuestra sociedad. Es tan intolerable como los intentos de esconderla. No se puede ser permisivo con los que se extralimitan en el ejercicio de la representación de todos. Tampoco con los que intentan, a través de la comunicación, evitar que los culpables sean responsables de sus hechos.

La hemeroteca es rica para estas cosas: repleta de casos, declaraciones y cierres en falso de casos de corrupción. Miles de frases y declaraciones de aquellos políticos que cubren a sus compañeros. La España socialista de los 90 dio ejemplos muy claros de esa impunidad. Como la trama Gürtel, que pone de manifiesto obscenidades que a muchos nos cuesta comprender. Camps, sin ir más lejos, ese “hombre honrado” que negó haber recibido unos trajes de miles de euros gratis, para luego aceptarlo y ahora estar imputado.

Yo no quiero esperar a la autodestrucción a la que se refiere Reston, el personaje de la obra de teatro de Peter Frost. Me gustaría ver como los partidos expulsan a esos políticos corruptos de sus listas. Me gustaría ver como ningún profesional de la comunicación se presta a encubrirlos. Por ello, he apoyado esta petición de Actuable.

Lo consiguieron en Brasil. Con un 25% de los parlamentarios investigados por corrupción, la masiva campaña online dio resultados. Se aprobó una ley que prohibía que los políticos condenados pudieran participar en las elecciones. Sin los más de 2.000.000 de firmas y las 500.000 acciones online, un Congreso con políticos corruptos en sus escaños no lo hubiese aprobado. Ficha Limpia, la mayor revolución política online del país, lo consiguió gracias a Avaaz.

Ahora, Actuable ha convencido a Avaaz de que le apoye en esta acuciante necesidad de la vida política española: limpiar las listas electorales. La fiesta de la democracia no puede verse mancillada por aquellos que se lucran con ella. Ya sea con trajes, coches de lujo, relojes o bolsas de basura llenos de billetes. Por ello, la petición exige a los partidos que los expulsen de esas listas y las mantengan limpias. Listas libres de corruptos. Libres de la hibris de los dioses. Y yo la apoyo.

¿Y quién es tu Community Manager?

Cuando un periodista quiere contactar con alguien en el PP, ya sea por el sumario del Gürtel o para conocer sus propuestas para superar la crisis, sabe a quién dirigirse. Lo mismo ocurre cuando en el PSOE, ya sea Leire Pajín o Blay, deben responder a las preguntas de los medios sobre la torpeza de la presidencia española o la crisis que se avecina en el Gobierno cuando termine esta etapa. Pero si queremos dirigirnos al Community Manager, ¿cómo lo hacemos? ¿Debemos saber quién está tras los tweets o los comentarios en Facebook de los partidos?

No hace ni un año, nos preguntábamos en este post sobre la idoneidad de contar con un gestor o gestores de esa participación. Ahora, la pregunta debe ir por otros derroteros. Y así plantee la cuestión en el turno de preguntas de la inauguración del ciclo “Internet y las nuevas tecnologías crean nuevas profesiones” que tuvo lugar ayer en el histórico edificio de Telefónica en la Gran Vía de Madrid.

Algunos partidos políticos en España ya cuentan con Community Manager. Personas que gestionan las conversaciones en la web social de los partidos. Incluso llegan a responderse o mandarse mensajes entre sí: el PSOE respondiendo al PP o CiU agradeciendo un enlace del PSC. Los grandes, de hecho, han decidido apostar por voces personales tras sus avatares. Y eso es una buena noticia. Pero no vemos en ninguno de ellos voluntad de dar a conocer a sus gestores.

Así plantee la cuestión a José Antonio Gallego, presidente de la Aerco (Asociación Española de Responsables de Comunidad) y responsable de Comunidad del BBVA y a Pedro Jareño, responsable de comunicación de Minube.com, aunque fue el primero el que la respondió.

No puedo estar más de acuerdo con la respuesta de Gallego. Según él, los partidos y las administraciones que abran espacios de participación en la web social deberían dar a conocer quiénes son las personas encargadas de dar voz y vida a la conversación. Esgrimió el argumento del error: las personas, ocupen el cargo que ocupen, pueden cometer errores y el ciudadano puede perdonarlos. Pero cuando quien habla es un ente, es difícil hacer esa diferencia.

Aunque en realidad cada casa es un mundo, cada caso algo particular y cada partido un universo propio, creo que es adecuado preguntarse por ello. Creo que saber el nombre de los gestores puede llevarnos a una mayor sensación de transparencia y a una mayor proximidad con el partido. Pero como en esto, avanzamos todos juntos, mejor lo debatimos. ¿Qué os parece? ¿Deberían los gestores de los partidos e instituciones firmar con su nombre y apellido?

Los partidos, parte del problema. No de la solución

Seguiremos, al menos cuatro años más, hablando de desafección y del descrédito de la política. Seguramente las cifras de participación en las próximas elecciones catalanas seguirán mostrando un pasotismo generalizado en la ciudadanía. De poco nos servirá que apelen a la ilusión por empezar, a los tiempos difíciles que necesiten gente seria o la sempiterna promesa de la fragmentación parlamentaria con personajes como Laporta, Nebrera o los que vengan. Hemos perdido una oportunidad crucial para cambiar todo esto.

La mil veces prometida Ley Electoral de Catalunya debía ser parte fundamental para un resurgimiento de la política. Estaba llamada a serlo. La sociedad no hace nada más que presionar para que las cosas cambien. Sí, el aumento de la desafección es una muestra clara de que algo no anda bien y es necesario hacer ajustes. Y los partidos, otra vez, no han estado a la altura.

Especialmente en Internet, se vive esta presión por los cambios. Por una relación más directa con nuestros representantes. Con una capacidad más viva de elección. Pero los partidos se resisten a quedarse sin pastel. A quedarse sin su lugar preeminente. Hablar de listas abiertas ya no es descabellado. Hablar de cambios profundos no es una excentricidad. Pero si una utopía, vista la negativa de los partidos a desmontar su propia gallina de los huevos de oro.

Muchos soñamos con que un cambio en la Ley Electoral llevará a un necesario cambio en los partidos. Muchos creemos que un cambio es necesario para llevar el valor del mérito a los partidos. Pero tendremos que esperar, al menos, cuatro años más.

Según Punset, la política “es un mercado en donde las barreras de entrada son prácticamente infranqueables –todavía más en Europa que en Estados Unidos– y donde la competencia y, por lo tanto, la innovación no son posibles. Los economistas hemos aprendido desde que nos enseñaron el abecedario de la economía que sin libertad de entrada en cualquier mercado no hay competencia; sin competencia no existen incentivos para innovar, y sin innovación no hay progreso.” Parece que los partidos se resisten a dejar que nuevos actores formen parte de ese entramado. Tienen miedo a levantar la barrera de entrada. Ponen freno a la innovación.

Mientras, seguiremos buscando culpables. Encargaremos más informes y estudiaremos más concienzudamente el por qué del pasotismo de los ciudadanos. Quizás deberían empezar por estudiar por su propio pasotismo ante algo tan esencial. Quizás.

El mitin ha muerto. Larga vida al mitin

El pasado mes de noviembre el PSOE se gastó 200.000 euros en un mitin que debía servir de impulso para presentar las “nuevas energías” del partido y era la antesala a la aprobación del decreto sobre la Ley de Economía Sostenible. Un acto criticado, no solo por su coste, sino por el alarde de frivolidad que supuso para el partido en el gobierno en tiempos durísimos. No es de extrañar que esa acción de marketing político poco sirviera para remontar el vuelo en las encuestas. Todo un Waterloo.

¿Estuvieron bien invertidos esos 200.000 euros? ¿Están bien invertidos todos y cada uno de los céntimos que se gastan los partidos en espectaculares mítines electorales? ¿El mitin electoral ha muerto, larga vida al mitin?

La relación de la comunicación política con los mítines es casi mística. Inevitable, con una fuerte correlación. Parece que queda en nuestro subconsciente colectivo la necesidad de entender que un político sólo está en campaña cuando se mezcla entre miles de personas en un espectáculo como ese. Los partidos lo saben y por eso, año tras año, elección tras elección, nadie se atreve a mover una coma del guión establecido. Como si fuera un pecado plantear cambios.

Existen ciertos espacios que guardan una relación casi mística con los partidos. Pabellones, palacios de deportes, plazas de toros… que son algo parecido a santuarios para muchos partidos políticos. Esos escenarios tienen la virtud de agolpar a los propios, de constituirse en retos (llenar el Sant Jordi de nuevo, se decía en las pasadas elecciones generales por parte del PSC). Aznar llenó Sevilla, una demostración de fuerza en el feudo de González. Y las batallas numéricas para ver quién llena más la plaza de toros de Valencia es un clásico en campaña.

Pero, ¿sirven los mítines para algo más? Para muchos políticos y no menos asesores, son un recurso que no puede obviarse y al que destinar cuantos recursos sean necesarios. Un minuto en televisión con una horda de simpatizantes bandera en mano no tiene precio. Poco importa que sea imposible trasladar la energía –para los propios, los convencidos, los que ya te van a votar- que se vive en ellos al otro lado de la pantalla. Para otros, menos políticos que asesores, el formato empieza a chirriar. Sobretodo cuando otras fuentes de información aparecen con fuerza y ese impacto en televisión ya no tiene el mismo valor que antes.

Nuevas fórmulas

Anxo Quintana, en las pasadas elecciones gallegas, exploró un nuevo formato de mitin: actos con poca gente, con el candidato de pie hablándoles sin atril. Montilla nos regaló imágenes similares en su campaña electoral, con spots que reproducían este formato.

En Estados Unidos, muchos de estos actos de campaña son pequeños discursos –en cierto modo, efecto de la rapidez con la que un candidato debe moverse por el país-, aunque no podemos olvidar que son los precursores de los mayores mítines de la historia: se llaman convenciones y duran cuatro días.

En todo caso, no dejan de ser una adaptación del modelo a formatos más comprimidos, igualmente superficiales para el resto del electorado y a merced de una pequeña dosis en los grandes medios de masas.

¿Es Internet el nuevo mitin?

A juzgar por lo que se vive en espacios como Twitter o las redes de blogs de algunos partidos, el espíritu del mitin se ha trasladado a Internet. Conversaciones entre convencidos, con exaltación –natural- de los valores propios. Espacios en que el foco está más en la autorealización o la afirmación propia, que en el propio objetivo de la comunicación en campaña: convencer, sumar.

Los usuarios dedican demasiado tiempo a reafirmarse en sus posiciones. El interés por el debate es residual. La oportunidad de desmontar los argumentos del otro se pierde entre tanto ruido.

Pongamos el caso de aquel votante indeciso que sigue a varios usuarios de una determinada facción. Este usuario recibirá el mismo impacto multiplicado por el efecto de RTs, entradas parecidas en los blogs… y en muchas ocasiones no podrá rascar más allá del eslogan. Como en un mitin. ¿Es la conversación el nuevo mitin?

Los partidos políticos necesitan un community manager

El community manager del PP me ha respondido esta mañana que Rajoy prepara la destitución de Bárcenas. En el PSOE, en cambio, me han comentado que están preparando una acción en protesta por la tardanza en adoptar esta decisión. Ambos son dos tipos muy majos, y siempre están disponibles para cualquier pregunta que tenga…

Sí, esto es ficción. Porque en nuestro país lo más normal es asistir a la defunción de blogs o cuentas de Twitter tras unas elecciones: parece que toda la actividad en la Red se muere la jornada de reflexión, hace un amago de resucitar con la valoración de los resultados y pasa definitivamente a mejor vida tras ello.

Y las dudas, tras ello, entre los usuarios son legítimas. No es cuestión de creerse más importante que nadie, se trata de ver como alguien que decía escucharte y contar contigo, desaparece de la faz de la tierra para esconderse en un despacho y hablar a través de notas de prensa.

Ante esta situación los partidos políticos deben preguntarse qué hacer para evitar este desencanto y maximizar su presencia en la Red. Y ello debe pasar por la adopción de un community manager dentro de sus organizaciones.

Esta palabreja suena aún extraña en algunos partidos políticos consultados, y es que los partidos aún no se han decidido a hacer lo que compañías como el BBVA, HP o Ford tienen: una persona encargada de construir, hacer crecer y gestionar las comunidades que se mueven alrededor de una organización en la Red. Y los partidos, por su actividad y por su objetivo, se relacionan cada día con varias…

¿Qué debería hacer el community manager de un partido político?

  1. Conversar: y para ello es necesario escuchar y luego hablar. Debe estar atento a qué se dice sobre el partido y los candidatos en la Red, identificar amenazas, pero también oportunidades. Mantener una conversación ágil, normal y accesible a todos es básico para tener una buena reputación en la Red.
  2. Informar: dar la información que realmente necesitan o desean los usuarios a los que se dirige. Por ejemplo, que hoy algunas cuentas de Twitter de partidos informen de las agendas informativas del día de varios cargos es inútil; ¿para qué quiero saber yo que el diputado de Soria da una rueda de prensa si no soy un medio y no me van a acreditar? Además, debe informar según los mensajes o argumentos que se elaboren para ello, sin olvidar el papel esencial que debe jugar en marcar la agenda… dentro de lo posible en un contexto pull.
  3. Poner en contacto: si detecta que algún usuario es especialmente belicoso con un tema, puede ponerlo en contacto con un experto del partido. O sea, aprovechar el capital humano, el talento y los torrentes de información de los partidos para dar respuesta a las cuestiones de los usuarios.
  4. Seguir conversando: es la máxima de su trabajo, escuchar, conversar, escuchar y conversar…

Además, a diferencia de los community manager de organizaciones orientadas a la venta de productos o servicios, en la esfera política aparecen nuevas necesidades a las que el perfil debe dar respuesta:

  1. Movilizar: los partidos disponen de una gran cantidad de seguidores. Algunos de ellos se han ido organizando en la Red de forma anárquica. Han sido la voz cantante del partido en la Red (por encima de la oficial del partido, porque no ha hablado el mismo lenguaje), pero no siempre han compartido objetivos de comunicación con la dirección de una campaña electoral o la agenda fijada por un dirigente político. En esta esfera, el community manager debe poder movilizar a los diferentes colectivos según las necesidades del momento.
  2. Representar: a nadie le escandaliza que los partidos tengan directores de comunicación o portavoces. Saben que son la voz autorizada del partido y la escuchan. En la Red debe pasar lo mismo, un community manager representa a la organización y sabe de lo que habla. Por ello, los partidos deben tener en cuenta dos aspectos:
    • La necesidad de que el community manager esté identificado, tenga nombres y apellidos en la Red y no se esconda bajo las siglas del partido.
    • El community manager debe estar presente en las reuniones de estrategia electoral, reuniones de diseño de mensajes, etc.

Según las fuentes consultadas, este perfil no existe como tal hoy en la política española. Algunas de sus tareas se realizan en varios departamentos del partido, sin existir una unidad de acción o coherencia con los objetivos de comunicación. La escucha no es sistemática y la participación se circunscribe a quien tiene nombre y apellidos: los candidatos que suelen dejar morir su presencia online.

El camino para tener este perfil en las estructuras de los partidos no será fácil. Las reticencias en esas mismas estructuras se prevén elevadas; se preguntaran ¿poner en el foco público a quién no tiene cargos ejecutivos?. Y la respuesta debe ser sí, con toda la confianza del mundo, pero sí, debe haberlo.

Política: cuestión de dinero

Leemos hoy en El País que la crisis financiera está empezando a afectar al crédito de los partidos políticos. Al parecer, las operaciones de los partidos con las entidades financieras se han desplomado este año.

La cuestión de la financiación de partidos es un punto clave que explica demasiados vicios de la práctica política en España que, a diferencia de otros países como Estados Unidos, financia públicamente a sus partidos como garantes del funcionamiento del sistema político. Es, de hecho, una consecuencia lógica del papel que les otorga la propia Constitución.

En España hemos visto como se han sucedido etapas en que se buscó la financiación mixta de los partidos (hasta 1985), únicamente pública (desde 1985 con la LOREG), y a partir de los 90 volvió una cierta corriente que reclamaba dar más protagonismo a la posibilidad de financiación privada.

Como sabéis, el resultado electoral es clave para fijar la financiación de los partidos. Se trata, pues de una forma clara de financiación pública directa que es la propia barrera de entrada a nuevos partidos en el sistema. De hecho, el caso de UPyD es una excepcionalidad en la reciente historia democrática. El partido de Rosa Diez ha sido el resultado de dos claves: tener el apoyo de un potente grupo de comunicación que evita el gasto excesivo en publicidad y la creación de novedosas formas de financiación con los préstamos de los militantes y simpatizantes.

Existen otras formas de financiación pública indirecta, cómo la cesión de espacios gratuitos de publicidad… pero también diversas formas de financiación privada. Desde las donaciones (con un máximo por persona física o jurídica). Precisamente, pese a existir la posibilidad de pedir donaciones como se hace normalmente en Estados Unidos, las peculiaridades de nuestro sistema político siembran numerosas dudas sobre la efectividad de campañas de fundraising en nuestro país.

Lo que parece claro es que internet puede jugar un papel clave en el desarrollo de este punto. Siempre y cuando los partidos tengan interés en empezar a recaudar fondos en esta esfera; más si la situación económica y financiera del país es la que es. Y son olvidar que deberemos observar si la desconfianza hacia la política (apuntalada por los grandes escándalos de financiación del PSOE en los 90 y de las nuevas dudas de financiación ilegal en el PP con la implicación de su tesorero en las redes de corrupción en Valencia y Madrid) sigue siendo un obstáculo hacia esas nuevas fórmulas de financiarse.