¿Son los partidos una religión?

“No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque está necesitado, y su vida depende de su jornal” Deuteronomio 24, 14-15

Este fue el versículo elegido por el presidente Zapatero para dirigirse a las más de 3.000 personas que se agolpaban en el Hilton de Washington D.C. para orar en el Desayuno Nacional de la Oración. Y no lo hizo mal. Un buen discurso, sin apelaciones a la tierra o al viento, plagado de potentes analogías en línea con su pensamiento político.

Resulta curioso que sea Zapatero el que se aproxime a la religión, al otro lado del charco, y sea en España el máximo defensor del laicismo. Aunque, quién sabe, quizás al presidente le vimos cómodo por varios motivos. No sólo porque acertara con la técnica discursiva; sino porque los partidos políticos guardan mucha relación con el sentido religioso.

La relación emocional de los seguidores de un partido con esta organización guarda muchas semejanzas con una religión. Y las religiones, a su vez, guardan muchas similitudes con las marcas que, en un contexto como el actual, evocan a la emoción y no a la razón para conseguir nuevos clientes. Según Martin Lindstrom, autor de uno de los grandes libros sobre neuromarketing “Buyology, truth and lies about why we buy what we buy”, las particularidades que compartirían las marcas, la religión y, podemos añadir, los partidos son:

  • Un sentido de pertenencia: formar parte de un grupo predispone al individuo a dar respuesta a muchas cosas. Formar parte de un grupo cohesiona la respuesta, pero también la acción. Además, como ocurre con las religiones, formar parte de una comunidad es algo más que estar presentes, incluye una búsqueda interior sobre los motivos.
  • Una visión: una idea o ideas sobre el mundo. Unos objetivos, principios y valores que son la marca de identidad del colectivo y su objetivo último. Ya sea el amor de las religiones o llevar a cabo políticas socialdemócratas. La misión que es capaz de merecer todo tipo de sacrificios.
  • Poder sobre los enemigos: no puede existir proyecto sin alguien a quien oponerse. Unas ideas que se contraponen a la de los otros y que son la munición de una batalla ideológica para sumar más voluntades. La concepción nosotros contra vosotros atrae a fans, incita a la controversia, crea lealtades y nos conduce a un debate y discusión que, queramos o no, aumenta la participación (no siempre, claro está).
  • Evoca a los sentidos: colores, música, olores, palabras, abrazos… en la política son, como hemos visto en alguna ocasión, claves para entender la comunicación. Las marcas y las religiones también lo hacen, desde los espacios sagrados a la música de las misas o el incienso.
  • Relato: desde el Nuevo Testamento a Apple, pasando por Nicolás Sarkozy, todos tienen un relato. Una historia que los identifica, los diferencia y que transmite unos valores con los que uno puede sentirse próximo.
  • Grandeur: al igual que el Vaticano, la política o el poder también tienen ese halo de grandeza que no sólo se refiere a los elementos físicos –sedes centrales impresionantes, mítines con miles de personas…- sino a la capacidad de reflejar esa grandeza con la presencia en todas las circunscripciones, actos en el territorio, etc.
  • Evangelización: la política y la comunicación guardan muchas similitudes con este concepto, salir a la calle para convencer a nuevos seguidores. El fenómeno NIMBY o grassroots articulan muchas campañas de este tipo, especialmente en Estados Unidos.
  • Símbolos: el logotipo, el puño en alto, los himnos, las canciones, los mitos fundacionales, los líderes históricos, son los símbolos que identifican a un partido.
  • Misterio y rituales: los congresos de los partidos, el modo de elegir sus líderes, sus tomas de decisiones, son elementos que comparten política, religión y marcas.

Estos aspectos, pues, ayudan a forjar la relación emocional con el elector. Junto a ello, los partidos deben ser capaces de involucrar a los votantes haciéndoles sentir y cómplices del relato emocional que se elija. Porque otra cosa es lo que ocurre con los electores, si no conseguimos hacerlos cómplices de ese relato. Especialmente cuando asistimos a ejercicios de cinismo como el vivido ayer en el Desayuno Nacional de la Oración en Washington D.C.

Los votantes son vulnerables a todo tipo de impactos irracionales y parece que son más proclives a mostrar su apoyo a algo por el sentido del deber que por saber qué y a quién están votando. Quizás por ello, la participación del presidente Zapatero en el Desayuno de la Oración no tenga efectos en su ya maltrecha situación. Pero tampoco va a ayudarle. Seguramente acabe de incurrir en una de sus mayores contradicciones: estar dispuesto a participar en un acto de los conservadores religiosos norteamericanos al otro lado del charco y defender una visión laicista de los poderes públicos en España. Por mucho que vistiera su discurso, bueno y razonable, de un humanismo anulado por lo religioso del evento.

La visita respondía a motivos de Estado, a cumplir con el protocolo. Incluso a la representación de la UE. Podemos incluso esgrimir la oportunidad de defender la economía del país ante potenciales inversores. Sí, justificaciones haberlas, haylas. Pero, ¿no ha sido el rezo de Zapatero un ejercicio de peligroso cinismo? ¿Un ejemplo más de la frivolidad del presidente?

Tendrá suerte: quizás este episodio no será en exceso recordado. La situación real de millones de españoles es tan dura, que muchos ni sabrán del viaje del inquilino de La Moncloa a la capital norteamericana para rezar junto a Obama. Y tendrá suerte porque Zapatero ha incurrido en una grave contradicción de su propio modo de entender las cosas. ¿Cómo reaccionará la derecha religiosa en España a lo vivido en Washington?

¿Y la corbata de Obama?

Publicado hoy en La Vanguardia.

¿Y la corbata de Obama?

Estos días muchos se han preguntado si el cambio propuesto por Obama ha sido real o no. Si ha existido o si su promesa ha caído en saco roto. Todo dependerá de las expectativas con las que uno se plantó la noche de la victoria electoral y con su máxima expresión en la demostración de apoyo que el presidente vio en las calles de una gélida capital del país hace algo más de un año. El presidente recién electo lanzó un mensaje para navegantes en su discurso de victoria:“El camino será largo. No llegaremos en un año, quizás ni en un mandato”. Ese camino se ha materializado en éxitos y en fracasos, en esperanzas y en desilusiones… pero también en pequeños detalles como una corbata.

La corbata sea, quizás, uno de los símbolos más potentes para representar un político. Pidan a un niño que les dibujo a uno, no faltará ese atuendo. Durante la revolución francesa, cobró el significado político que no había tenido hasta el momento: los revolucionarios la llevaban negra, sus enemigos, blanca. Un símbolo de status que hoy se cuela en las campañas electorales, rojos contra azules. Naranjas y verdes. Corbata contra los que no la llevan. Por ello, Obama lanzó un mensaje más profundo de lo que parece cuando el pasado 28 de diciembre compareció para dar los detalles del ataque terrorista frustrado a un vuelo comercial en Detroit que había tenido lugar el día de Navidad: compareció sin corbata en uno de los momento más delicados e importantes de su presidencia.

Tras los ataques del 11 de septiembre, el terrorismo es un tema prioritario en Estados Unidos. Los efectos de los peores atentados nunca vividos en suelo americano se han alargado a nuestros días, no sólo en el incremento de la seguridad y la vigilancia, sino a nivel político. George W. Bush y el Partido Republicano entendió muy bien lo que supusieron los ataques para la mentalidad americana y comprendieron qué redes se activaban en el cerebro de los ciudadanos cada vez que se hablaba sobre ello.

La lucha contra el terrorismo no tardó en llamarse guerra contra el terror. El miedo no cesó de ser un arma política. Incluso se llegó a aumentar el nivel de alarma por terrorismo el día que los americanos debían ratificar a Bush en el cargo en 2004. “Cuando vayan a las urnas, recuerden que estamos en guerra”, afirmó Bush el mismo día de las elecciones legislativas de 2006. Según señala Drew Westen, más de 250 experimentos han demostrado que cuando nos recuerdan que somos inmortales, nuestro cerebro vira a la derecha. Por ello, ni los ataques del 11S fueron algo anecdótico ni la lucha contra el terrorismo merecía un status menor que una guerra contra el terror que exigía todo tipo de sacrificios. Y ante ello, no hay oposición política que pueda mostrar su desacuerdo sin parecer un irresponsable.

Los demócratas estuvieron fuera de juego durante casi todo el mandato de Bush. Dejaron que el miedo ganase, desde las emociones más primarias, el voto de los estadounidenses. La oposición dejó los términos del debate en manos del presidente y no pudo sobreponerse a sus ataques. Eran demasiado débiles para defender al país. Demasiado inconcretos para atajar un mal nacional. Hasta que los estrategas demócratas cambiaron los términos del mismo debate. La guerra contra el terror no era lo mismo que la guerra de Irak. Se podía estar en contra de esa guerra sin mermar el apoyo a mantener el país seguro de ataques terroristas. Por ello, esas elecciones legislativas de 2006 fueron el principio del fin de la hegemonía republicana.

A partir de ese momento, en las filas demócratas empezó a tomar consciencia la importancia de manejar las emociones para ganar elecciones y gobernar. Obama lo ha hecho desde el primer día que entró en campaña y no lo ha olvidado durante su mandato. Quizás por ello, el pasado 28 de diciembre dejó la corbata que un ayudante tenía preparada. Si el miedo mueve al electorado a posiciones más conservadoras, es necesario usar un marco menos determinista que el aupado por Bush. Por ello, lanzó un mensaje al aparecer sin el atributo máximo de la política y la solemnidad.

Obama se dirigió a la nación con unas formas muy distintas que las de su predecesor. Sin corbata, pero también sin mencionar la guerra contra el terrorismo o la guerra contra el terror. Lo hizo para contar lo que sabía y tranquilizar a sus conciudadanos. Todo está seguro, estamos trabajando. Ese fue el mensaje. Siéntanse seguros, porque yo lo estoy. Tanto, que el nivel de solemnidad de mi discurso es menor, quería comunicar el presidente.

Porque las acciones han sido igual de contundentes. Obama se refería en su discurso de aceptación de la nominación demócrata a la tensión entre los derechos individuales y la seguridad, apostando por los primeros. Sus decisiones últimas han ido a por lo segundo. Pese a no querer darle a este tema la centralidad de su antecesor.

Sólo el tiempo, el azar, la suerte y el trabajo y coordinación de las fuerzas de seguridad podrán decir si el miedo tiene su base o no. Si es posible gestionar esta emoción con gestos como los del presidente o si por el contrario, una sociedad asustada lo está igual pese a los discursos y las formas de su presidente. En todo caso, parece que Obama se lo pensó dos veces cuando tuvo la corbata en la mano. Y, quién sabe, quizás recordó las enseñanzas de Westen y de la pujante escuela sobre la neuropolítica. ¿A dónde tiene que llegar el cambio? ¿Sólo en las acciones y resultados políticos o también en la mente de los ciudadanos?

¿La política se puede tocar?

La historia de un atunero llamado Alakrana hubiese sido muy distinta si el Gobierno hubiese tenido un poco más de tacto. Sobretodo con las familias de los marineros que se hallaban desesperados ante las costas de Somalia, en su barco tomado por unos criminales. Tacto, para manejar una compleja situación y, sobretodo, para dar todo el apoyo que las familias de esos marineros necesitaban en momentos tan duros. Las cosas serían hoy muy distintas si las esposas y los hijos de esos hombres de mar no se hubiesen sentido tan desesperados como los propios secuestrados.

Más allá de todas las implicaciones políticas, internas y externas, de este grave caso; el Alakrana pone de manifiesto la necesidad de tener tacto en política. Muchas veces la reclamamos en política exterior. ¿Qué es, sino, la diplomacia? ¿No es quizás la máxima expresión de ese tacto, de esa mano izquierda, allende las fronteras de un país? Tacto, la política necesita mucho tacto.

Mano izquierda y mano derecha. De hecho, aunque las pantallas parecen ser una infranqueable barrera, el tacto nos dice mucho de una persona. No siempre tenemos a mano a nuestros políticos pero… nunca se sabe cuando puedes encontrar a uno en campaña. Recuerdo cuando, durante la campaña del referéndum del tratado constitucional europeo, me presentaron al entonces ministro de Indústria y hoy president de la Generalitat en un mercado. Montilla me dio, al encajar la mano, una información que aún hoy está en mi subconsciente. Su apretón, débil, breve, alimentó su imagen de reservado. Pero quizás por esa experiencia me cuesta imaginar al president dando un puñetazo encima de la mesa. El enorme poder comunicativo de un apretón de manos, pero también de una palmada en el hombro o acariciar una mano mientras miramos a los ojos de nuestro interlocutor.

Esta es una habilidad necesaria para el político en las distancias cortas: el tacto es tan eficiente que solo la presión en la piel nos puede dar mucha información sobre los sentimientos de la persona que tenemos enfrente… y enviar la misma información a esa persona. ¿Qué tipo de información me transmetía el hoy president de la Generalitat? Con ese apretón de manos, no muy buena. Si el objetivo de su visita a ese mercado era apostar por el sí al Tratado, por el futuro de la Unión, la confianza en la construcción europea: su forma de dar la mano comunicaba justo lo contrario. De hecho, eso tiene una explicación en la propia evolución: de algo nos tiene que servir el hecho de descender de unos primates que se pasaban el 15% de su tiempo tocándose entre ellos, ¿no?

Saber cómo debe tocar una persona, como debe dar la mano o cuando un abrazo o una palmada en el hombro sobran o faltan, es parte del propio aprendizaje vital. Aunque en muchos contextos, especialmente los formales o laborales, se ha denostado según qué acercamientos, la realidad es que un político en campaña debe forzar muchos estos roces. Aprender cual debe ser el grado de presión óptimo, qué hacer o qué no se convierte en un elemento necesario.

Pero además de por la información y por el efecto que genere en la persona a la que los políticos conozcan, muy limitado si lo comparamos con un buen mensajes en un medio como la televisión o Internet, es importante por la propia imagen que puede generar. Por ejemplo, ¿cuantas veces hemos visto a un político abrazando a un bebé y su inhabilidad nos ha hecho sentir inseguros? O sea, que esa infranqueable barrera del tacto directo puede ser, en cierto modo, debilitada por lo que nos hace sentir una imagen de estas características. Y si no, ¿qué os hace sentir este vídeo?

Es curioso como el ejercicio de observar como el tacto puede tener efectos en alguien, puede hacernos sentir lo mismo. Quizás sea porque este sentido promueve la producción de endorfinas y las múltiples áreas sensibles localizadas en la piel a lo largo del cuerpo hacen que la información que recogemos se transporte en numerosas conexiones que ocupan un gran espacio en la corteza cerebral, especialmente en los lóbulos parietales y muy conectados con áreas límbicas. O quizas por el papel de las neuronas espejo en hacernos sentir lo mismo. Aunque no las sentamos personalmente, pero veamos a alguien que lo hace. Quizás por ello, antes de dar la mano a un desconocido, antes de coger un bebé en brazos o abrazar a alguien, debamos pensar en qué otros podrían sentir lo mismo. ¿Queremos que se sientan bien o que desconfíen? He aquí la cuestión.

Vídeo visto en “El consol d’una abraçada presidencial

Si eres partidario de Camps tu cerebro te ordenará que le votes

En algún punto del camino se unieron los trajes de sastre y las bellas chicas de televisión. El algún punto, un valenciano, un milanés y un checo compartieron el foco de atención de la opinión pública. En algún momento, el hilo y las agujas se mezclaron con el champagne y las maduras erecciones. Ese momento unió las historias de Silvio Berlusconi y Francisco Camps, y por caprichos del destino, ambos tuvieron el mismo resultado: ser salvados por las urnas.

Poco pareció importar a los italianos que su primer ministro organizara fiestas repletas de jóvenes bellezas en su mansión de Cerdeña. Tampoco importó que los aviones oficiales sirvieran para transportar a los invitados de estas fiestas. Los valencianos respondieron al planteamiento de su Molt Honorable presidente: o estáis conmigo o contra mí. La palabra de un presidente que aseguraba haber comprado siempre su ropa contra la de un sastre que denunciaba lo que más tarde supondría la acusación de cohecho del presidente de la Generalitat.

Las elecciones europeas sirvieron para dar respuesta a la gran pregunta que todos teníamos en mente en Italia y aquí: ¿mostrarán las urnas un castigo a las conductas de ambos presidentes? Y las urnas hablaron con victorias aplastantes de los partidos de los dos presidentes en unas elecciones en las que no figuraban en el cartel pero a las que de facto se presentaban.

Quizás la explicación más plausible a la conducta del electorado la encontremos en una respuesta de nuestras emociones, ya que no actuamos del mismo modo cuando nos sentimos muy próximos a los líderes a cuando nos sentimos alejados. Para entendernos, las urnas no hubieran dicho lo que dijeron si entre los electores no existiera un amplio sentido de pertenencia a esa opción política.

Tanto el PP en la Comunitat Valenciana como el partido de Berlusconi han sabido tejer a lo largo de los años una relación muy cercana a su electorado, de este modo la mayoría de la sociedad se han vuelto auténticos partidarios de sus opciones política. Y ese es el elemento clave: el grado de partidismo existente.

¿Por qué? Porque algunas investigaciones han demostrado que la respuesta de los partidarios políticos a cuestiones como la corrupción o la contradicción es inversamente proporcional a la razón. Es decir, dan una respuesta emocional a este envite.

Según estos estudios, cuando un partidario (en este caso, un votante del PP valenciano) es expuesto a un supuesto delito de cohecho de su presidente, en vez de castigarlo electoralmente lo justificará y activará partes de su cerebro que permitirán una respuesta positiva junto a la defensa del sujeto. Así se demostró en partidarios de Kerry y Bush simulando contradicciones graves en sus discursos, y seguramente sería una respuesta plausible a lo vivido en las últimas elecciones.

El hecho es que el magistrado que instruye la causa contra Camps, Flors, ha observado suficientes indicios racionales que pueden ser constitutivos de un delito de cohecho. Por ello, sentará a Camps otra vez en el banquillo de los acusados al presidente. Eso será el próximo 15 de julio y podremos ver si la moral de los partidarios sigue intacta.

Porque a juzgar por la respuesta del PP en las últimas horas, esta batalla no se dejará hasta tener una sentencia en firme (una sentencia que, por otra parte no lo llevaría a la cárcel, ya que el delito está tipificado con un máximo de 6 meses de prisión y ante la ausencia de antecedentes se vería eximido) o sólo cuando la proximidad de esa sentencia afectase al partido.

Hace unas semanas señalábamos el extraordinario estado de forma de Rajoy respecto a hace un año. Por ello, los movimientos que sigan a esta cuestión serán esenciales para ver si la mantiene o si le afecta el nuevo escenario. En todo caso, pase lo que pase se pondrán otra vez de manifiesto los errores de manual cometidos en la comunicación de esta crisis; para ello os recomiendo este post del compañero Carlos Ruiz. Unos errores de manual que no han afectado a los partidarios, pero que quizás hayan marcado el camino que, hace 35 años, llevó a Nixon a subir por última vez al Marine One.