¿Por qué votamos lo qué votamos?

En más de una ocasión hemos reflexionado sobre el poder del cerebro en las decisiones políticas. El poder de las emociones y de los sentidos. Sin duda, los avances en la ciencia para conocer con mayor profundidad a nuestro cerebro, un gran desconocido aún, han dado paso a la aplicación de esos avances en numerosos campos.

La política es, quizás, uno de los menos desarrollados. Desde Estados Unidos llegan valiosos hallazgos fruto de investigaciones que se cuestionan hasta qué punto tomamos decisiones de un modo racional. Investigaciones que incluso se preguntan si la concepción de la política es algo genético. En Estados Unidos las teorías sobre el lenguaje y sus efectos son las más avanzadas y conocidas. De hecho, autores como Luntz o Lakoff son ya muy conocidos fuera y dentro de los Estados Unidos.

El marketing político debe estar muy atento a todo lo que se avanza en la aplicación al marketing convencional todos los hallazgos en ese campo. Emociones, sentidos, percepciones… los elementos a tener en cuenta y en cómo se puede influenciar sobre ello. Algunas cosas ya las hemos visto, incluso sentido, en nuestras propias carnes. Candidatos que provocan el miedo, partidos que cambian su color, formaciones que buscan su olor.

La 2 dedicó la noche del sábado a conocer tres realidades sobre estos avances. Tres documentales que muestran el poder de las emociones y los sentidos en las cuentas de resultados de las empresas. De cómo el cambio de color de una marca, la aplicación de un aroma o de un sonido puede llevarnos a comprar más. Os recomiendo estos tres reportajes: ¿Por qué compramos?, El poder de los centros comerciales y Neuromarketing.

Y si queréis profundizar más sobre el tema, uno de los libros citados en los reportajes es imprescindible: “Buyology: Verdades y mentiras de por qué compramos”. Los artículos de Antoni Gutiérrez-Rubí sobre la política de las emociones son también básicos y podéis consultar la categoría dedicada a estos temas en este blog. ¿Por qué votamos lo qué votamos?

¿Son los partidos una religión?

“No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque está necesitado, y su vida depende de su jornal” Deuteronomio 24, 14-15

Este fue el versículo elegido por el presidente Zapatero para dirigirse a las más de 3.000 personas que se agolpaban en el Hilton de Washington D.C. para orar en el Desayuno Nacional de la Oración. Y no lo hizo mal. Un buen discurso, sin apelaciones a la tierra o al viento, plagado de potentes analogías en línea con su pensamiento político.

Resulta curioso que sea Zapatero el que se aproxime a la religión, al otro lado del charco, y sea en España el máximo defensor del laicismo. Aunque, quién sabe, quizás al presidente le vimos cómodo por varios motivos. No sólo porque acertara con la técnica discursiva; sino porque los partidos políticos guardan mucha relación con el sentido religioso.

La relación emocional de los seguidores de un partido con esta organización guarda muchas semejanzas con una religión. Y las religiones, a su vez, guardan muchas similitudes con las marcas que, en un contexto como el actual, evocan a la emoción y no a la razón para conseguir nuevos clientes. Según Martin Lindstrom, autor de uno de los grandes libros sobre neuromarketing “Buyology, truth and lies about why we buy what we buy”, las particularidades que compartirían las marcas, la religión y, podemos añadir, los partidos son:

  • Un sentido de pertenencia: formar parte de un grupo predispone al individuo a dar respuesta a muchas cosas. Formar parte de un grupo cohesiona la respuesta, pero también la acción. Además, como ocurre con las religiones, formar parte de una comunidad es algo más que estar presentes, incluye una búsqueda interior sobre los motivos.
  • Una visión: una idea o ideas sobre el mundo. Unos objetivos, principios y valores que son la marca de identidad del colectivo y su objetivo último. Ya sea el amor de las religiones o llevar a cabo políticas socialdemócratas. La misión que es capaz de merecer todo tipo de sacrificios.
  • Poder sobre los enemigos: no puede existir proyecto sin alguien a quien oponerse. Unas ideas que se contraponen a la de los otros y que son la munición de una batalla ideológica para sumar más voluntades. La concepción nosotros contra vosotros atrae a fans, incita a la controversia, crea lealtades y nos conduce a un debate y discusión que, queramos o no, aumenta la participación (no siempre, claro está).
  • Evoca a los sentidos: colores, música, olores, palabras, abrazos… en la política son, como hemos visto en alguna ocasión, claves para entender la comunicación. Las marcas y las religiones también lo hacen, desde los espacios sagrados a la música de las misas o el incienso.
  • Relato: desde el Nuevo Testamento a Apple, pasando por Nicolás Sarkozy, todos tienen un relato. Una historia que los identifica, los diferencia y que transmite unos valores con los que uno puede sentirse próximo.
  • Grandeur: al igual que el Vaticano, la política o el poder también tienen ese halo de grandeza que no sólo se refiere a los elementos físicos –sedes centrales impresionantes, mítines con miles de personas…- sino a la capacidad de reflejar esa grandeza con la presencia en todas las circunscripciones, actos en el territorio, etc.
  • Evangelización: la política y la comunicación guardan muchas similitudes con este concepto, salir a la calle para convencer a nuevos seguidores. El fenómeno NIMBY o grassroots articulan muchas campañas de este tipo, especialmente en Estados Unidos.
  • Símbolos: el logotipo, el puño en alto, los himnos, las canciones, los mitos fundacionales, los líderes históricos, son los símbolos que identifican a un partido.
  • Misterio y rituales: los congresos de los partidos, el modo de elegir sus líderes, sus tomas de decisiones, son elementos que comparten política, religión y marcas.

Estos aspectos, pues, ayudan a forjar la relación emocional con el elector. Junto a ello, los partidos deben ser capaces de involucrar a los votantes haciéndoles sentir y cómplices del relato emocional que se elija. Porque otra cosa es lo que ocurre con los electores, si no conseguimos hacerlos cómplices de ese relato. Especialmente cuando asistimos a ejercicios de cinismo como el vivido ayer en el Desayuno Nacional de la Oración en Washington D.C.

Los votantes son vulnerables a todo tipo de impactos irracionales y parece que son más proclives a mostrar su apoyo a algo por el sentido del deber que por saber qué y a quién están votando. Quizás por ello, la participación del presidente Zapatero en el Desayuno de la Oración no tenga efectos en su ya maltrecha situación. Pero tampoco va a ayudarle. Seguramente acabe de incurrir en una de sus mayores contradicciones: estar dispuesto a participar en un acto de los conservadores religiosos norteamericanos al otro lado del charco y defender una visión laicista de los poderes públicos en España. Por mucho que vistiera su discurso, bueno y razonable, de un humanismo anulado por lo religioso del evento.

La visita respondía a motivos de Estado, a cumplir con el protocolo. Incluso a la representación de la UE. Podemos incluso esgrimir la oportunidad de defender la economía del país ante potenciales inversores. Sí, justificaciones haberlas, haylas. Pero, ¿no ha sido el rezo de Zapatero un ejercicio de peligroso cinismo? ¿Un ejemplo más de la frivolidad del presidente?

Tendrá suerte: quizás este episodio no será en exceso recordado. La situación real de millones de españoles es tan dura, que muchos ni sabrán del viaje del inquilino de La Moncloa a la capital norteamericana para rezar junto a Obama. Y tendrá suerte porque Zapatero ha incurrido en una grave contradicción de su propio modo de entender las cosas. ¿Cómo reaccionará la derecha religiosa en España a lo vivido en Washington?