«Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!»

Hace ya 32 años que la ciudad de Barcelona se paralizó para recibir al presidente de la Generalitat. Josep Tarradellas volvía de un largo exilio en el que había encarnado –y sufrido- la presidencia de la Generalitat durante los oscuros años del franquismo. Su vuelta era la imagen más fidedigna de la recuperación de la institución de gobierno de los catalanes.

Ese domingo 23 de octubre, a bordo de un DC-9 de Iberia, el presidente restituido llegaba a Barcelona dónde le esperaba todo un pueblo. El acto fue protocolario a la vez que popular, la antesala a su toma de posesión el día siguiente. De ese acto todos recordamos las imágenes vistas mil veces de su discurso desde el balcón de la Generalitat. Ese en el que pronunció unas palabras que quedaran para siempre en el imaginario colectivo catalán:

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!”.

Improvisó un discurso que tuvo mucho significado para la sociedad catalana del otoño de 1977:

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí! Ja sóc aquí! Perquè jo també vull l’Estatut! Ja sóc aquí! Per compartir les vostres penes, els vostres sacrificis i les vostres joies per Catalunya. Ja sóc aquí! Per treballar amb vosaltres per una Catalunya pròspera, democràtica i plena de llibertat. Ja sóc aquí!”

«Ciudadanos de Catalunya: ¡ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! ¡Porque yo también quiero el Estatut! ¡Ya estoy aquí! Para compartir vuestras penas, vuestros sacrificios y vuestras alegrías por Catalunya. ¡Ya estoy aquí! Para trabajar con vosotros por una Catalunya próspera, democrática y llena de libertad. ¡Ya estoy aquí!»

Con el tiempo, hemos ido recuperando la memoria histórica, de momentos cruciales como este. Una lucha que conoce muy bien el president Maragall. Esta semana ha presentado el proyecto de investigación biomédica BarcelonaBeta que investigará sobre las causas de enfermedades como la que él sufre, el alzhéimer. Decía en una reciente entrevista que “no hay mal que cien años dure, podemos olvidar dónde hemos dejado las llaves, pero no olvidamos las poesías, las canciones, los refranes…” Y en ese orden de cosas, añado, no debemos olvidar a las personas que han contribuido a vertebrar el país. De Tarradellas a Maragall, pasando por Pujol. Sin olvidar a Macià, a Companys y a tantos otros.

El president Pujol tampoco se da por vencido. Sus memorias pretenden que no olvidemos lo que costó recobrar el autogobierno y defenderlo. Y también este mes, el gobierno de la Generalitat ha pedido una vez más que se anule el juicio al president Companys –el único presidente democrático asesinado por el fascismo- y junto al gobierno español, han entregado a la familia un documento de reparación.

En una comida esta semana comentábamos la necesidad de no olvidar lo que muchos hicieron por nuestra sociedad. De reclamar un poco de ese deseo de países como los Estados Unidos para recordar la tarea, los valores y los ideales de los que ocuparon los mayores cargos de responsabilidad de un país. Los monumentos, las calles y los monolitos son ejemplo de ello, pero también el recuerdo vivo de sus palabras. Y ahí tenemos un problema. Buscar en Internet discursos de Macià o Tarradellas es casi tan difícil como de Suárez, Calvo Sotelo, González o el propio Aznar. Mientras, Washington, Jefferson o Lincoln no sólo están a un clic de distancia, sino que son ampliamente citados en la retórica política habitual.

Recordando la vuelta de Tarradellas, intento recordar cosas que no he vivido, pero que no me gustaría olvidar…

Turismo político: el Panteón de los Hombres Ilustres

Si Twitter vuelve a ser atacado y no sabes qué hacer durante tres horas, acércate al Panteón de los Hombres Ilustres de Madrid. Si estás de turismo por la capital y no quieres mezclarte con las hordas de japoneses, franceses e italianos bajo el sol infernal de agosto, acércate a uno de los lugares más tranquilos de la ciudad.

Es uno de los lugares más tranquilos porque poca gente conoce de su existencia. No está en las grandes rutas monumentales. De hecho, no muchos madrileños saben que muy cerca de Atocha se esconde un pedazo interesante de nuestra historia.

Empecemos por el principio: los panteones ya no son lo que eran. Al menos, no lo que eran en la época clásica. Del templo a todos los Dioses a una construcción funeraria, ese es el cambio. Pues bien, a finales del siglo XIX culminaba la construcción de este monumento destinado al reposo de los cuerpos de aquellos hombres ilustres de la historia de España.

Te recomiendo esta entrada de Wikipedia para ver el desarrollo de su construcción, pero sobretodo la historia asociada a la memoria de los próceres de la patria. Verás que ni para ello fue fácil en este país.

En todo caso, volvamos a lo que encontrarás si te acercas al Paseo Reina Cristina. En primer lugar, te sorprenderá encontrarte con un edificio neobizantino en medio de Madrid, con una forma no demasiado habitual y con su mármol gastado por el tiempo.

Cuando te acerques a la entrada verás que este monumento no está entre las prioridades de Patrimonio Nacional –a quien pertenece-, pues el pequeño jardín de la entrada está bastante descuidado.

Pasarás por una pequeña cámara en la puerta de entrada con mosaicos dedicados a la heroicidad y el compromiso con la patria. Tras ella, nadie te impedirá la entrada, ya que no hay nadie. En cuanto pases la puerta, el silencio y la paz que se respiran te conducirá a otra época, a aquella en que los presidentes de gobierno eran asesinados por los contrarios en las calles.

Así, de sopetón, te encontrarás con monumentos funerarios de extrema belleza. Esculturas realizadas por, básicamente, escultores catalanes. Tiene su qué ver como los monumentos dedicados a presidentes de gobierno y políticos españoles los hayan realizado catalanes. Mateo Sagasta, Dato, Cánovas del Castillo, Canalejas… tienen sus monumentos (aunque sólo este último repose ahí).

En el claustro del Panteón hay un monumento funerario conjunto a la memoria de, entre otros, De la Rosa y Mendizábal, el de la desamortización. Coronado por una estatua de la libertad, no sólo las tienen en Nueva York o Madrid. Aunque le falta una punta de la corona y el jardín está muy seco, no deja de ser un espacio de paz en el corazón de la bulliciosa Madrid.

Creo que si la trama Gürtel hubiera ido al Panteón de los Hombres Ilustres a intercambiar trajes por maletines de billetes nadie los hubiera pillado. Ni las supuestas escuchas ilegales hubiesen llegado. Parece ser el último rincón perdido de Madrid y ahí está la gracia. ¿Recordáis ese capítulo de los Simpson en qué Lisa descubre un caso de corrupción en un Memorial al que nadie va nunca? Pues la sensación es parecida.

El Panteón de los Hombres Ilustres os espera. Tenéis algunas fotos en mi Flickr y dejo una reflexión sobre la memoria que ocupan los grandes hombres de la patria en nuestro imaginario para otro día, así te doy tiempo a que lo visites…

¡Ah! La visita es gratuita.