Es joven. Es mujer. Todo vale contra Leire Pajín

No lo hubieran hecho con Bernat Soria. Ni con Elena Salgado. Tampoco hubiera pasado con Celia Villalobos. Con Leire Pajín se han traspasado demasiadas fronteras por su doble condición de ser mujer y ser joven. Los que las traspasan, se hacen un flaco favor a ellos mismos.

Leire Pajín es joven y mujer. Algo difícil de digerir en un mundo machista. De pasillos enmoquetados y consejos de administración en salas de juntas de madera barnizada. La ministra es un desafío a los valores que ellos encarnan. Desde el primer día la voz opositora que bebe de esa España rancia ha sonado a jauría. Y al hacerlo la encumbran.

Mi deber como ciudadano es juzgar la valía de Leire Pajín. Me corresponde a mi, como a cualquier ciudadano, juzgar su valía y la del gobierno del que forma en las urnas. Y le corresponde al presidente del Gobierno, que es quién decidió apostar por ella y ante quién debe rendir cuentas. Pero nunca nos corresponde hacerlo en la playa.

Por ello, me parecen irrelevantes las fotos de la ministra en Menorca. Su peso no entra en mi juicio hacia su gestión –sí lo hace, por ejemplo, el usufructo de una residencia para funcionarios-, y que esas fotos sean centro del debate político son la muestra de lo enfermo que está nuestro sistema.

El Mundo publica hoy un artículo en el que simula a la ministra con algunos kilos menos. No es la primera vez que los medios juegan a usar el Photoshop para mejorar la imagen de la ministra. Tampoco lo hicieron con otros ministros o políticos, en masculino.

El artículo del suplemento “La otra crónica” es la muestra de cómo se puede traspasar la última frontera. De cómo se puede poner en duda la acción política de un ministerio por el peso de su titular. De cómo se puede tutear con ánimo de sorna a una ministra. De cómo el peso de una ministra da pie al análisis casi comercial de dietas en el mercado.

El artículo pone en duda la capacidad de la ministra de Sanidad en la lucha contra la obesidad por su peso. Y lo hacen porque la ministra es Leire Pajín. No se le aplican las mismas reglas. Es joven. Es mujer. Hay que cambiarlo. Tú puedes ser la siguiente.

Mujeres y hombres y viceversa

El peinado de Leire Pajín es un tema de Estado. O lo parece si tomamos el pulso, de forma completamente alejada de la estadística y sin un cálculo mínimamente serio, a las conversaciones que surgen en los más variopintos lugares. Ese es el tema de discusión: su aspecto físico. ¿Su gestión? Parece que eso no tiene cabida… Y eso, ¿por qué se da? ¿Es más relevante el aspecto de la senadora que el de otros políticos hombres? ¿Hay un trato machista en ello?

Antoni Gutiérrez-Rubí lo trató en uno de sus libros, “Políticas. Mujeres protagonistas de un poder diferenciado” y puso sobre la mesa una cuestión que no se escurre en la comunicación política: existe un trato diferenciado a hombres y mujeres en política. No sólo por la diferente manera de ejercer el poder, también por las diferencias que se dan: permanecen menos tiempo en la política que los hombres, ejercen el poder de una manera más emocional-… otro estilo.

Un estilo distinto de hacer política que se cobra el ataque de adversarios también de un modo distinto. Mientras que a los hombres se les cuestiona su liderazgo, su dureza o su inteligencia; con las mujeres la trivialidad de lo físico toma el protagonismo. Nunca vimos fotografías en El País de los zapatos de dos ministros hombres. Si lo vimos de los tacones de dos ministras de Zapatero.

Pero no es un problema español. Ni mucho menos. De la Europa civilizada nos llegan los ecos del machismo que se resiste a dar el paso a una nueva generación de políticas. El siglo XXI será un siglo en femenino y reaccionan con miedo. Sólo así puede entenderse el reportaje que publicó hace unos días el periódico alemán Frankfürter Allgemeine Zeitung en que el estilismo de las ministras del gobierno español era la noticia. Expresiones como “las muñequitas de ZP”, “de la Vogue” -en referencia a la vicepresidenta De la Vega- o “fashionistas socialistas”, se ponía el acento en los elementos físicos y no en la gestión, la valía o la madera para el puesto. El mismo artículo también tenía espacio para las féminas del PP, con comentarios sobre la propia Sáenz de Santamaría.

Y cómo tras la primera piedra llega la segunda, la vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía ha centrado el debate sobre las repercusiones a su declaraciones en una cuestión que no se nos había escapado. ¿La réplica francesa a los ataques de Reding eran sólo por la supuesta ingerencia de la comisión o al presidente francés le molestó que fuera una mujer quién le señalaba? O tal y cómo ha dicho la propia comisaria, cuando una mujer da un golpe en la mesa es una histérica. Cuando lo hace un hombre, un tipo duro.

Ese machismo imperante tiene un papel relevante en la comunicación política. Cuando una mujer llega a esa primera fila, debe decidir que etiqueta se cuelga. Con qué atributos se queda. Es interesante la evolución de Esperanza Aguirre, la ministra de Aznar que llegó a las casas de millones de españoles como una modosita inculta que tenía un idilio televisivo con Pablo Carbonell. Años más tarde dejaría atrás los clichés de rubia tonta por unos esencialmente masculinos: dureza, frialdad y ambición. A lo Margaret Thatcher.

Esa elección puede condicionar la propia estrategia política y, por ende, de comunicación. La prueba, Hillary Clinton. La campaña para el asalto a la presidencia comienza tras el mandato de su marido con su elección como senadora de Nueva York. Durante años no esconde su ambición de ser candidata a la presidencia y ese momento llega en las elecciones de 2008. ¿Y la cuestión femenina, dónde queda? Clinton jugó una carta desde el principio: el género no importa. “Lo que me importa es reconquistar la Casa Blanca para los demócratas”, decía al inicio de la carrera presidencial. Cuando llegó el huracán Obama y las primarias se hacían cada vez más cuesta arriba, se escoró hacia la cuestión del género. En aquel momento, que Estados Unidos contara con una mujer presidente era , según ella, el auténtico cambio.

Y esa elección es crucial, porque las mujeres candidatas, las mujeres políticas o las mujeres presidente no lo van a tener fácil. Ségolène Royal también intentó no hacer de su género el punto central de su campaña. Buscó ser una igual. Sin embargo, la famosa escena del debate presidencial fue aprovechada por Sarkozy -el mismo que se indignó con Reding- para poner esa cuestión sobre el tapete. Si en el momento de más tensión de ese debate Sarkozy hubiese tenido a un hombre, seguramente no hubiese esgrimido el argumento de “cálmese. Un presidente debe saber calmarse”. Al contrario, la testosterona hubiese aflorado en toda su inmensidad.

Si el siglo XXI es el siglo en femenino, la comunicación política deberá acompañar ese proceso. Y eso se notará no sólo en el tono de las campañas: también lo hará en el tratamiento de los propios mensajes y en un enfoque más próximo y emocional al elector. Si el poder se ejerce de forma distinta, también lo hace su manera de persuadir. Otra cosa será que el machismo imperante lo permita. Mujeres y hombres y viceversa.