¿Se ha preparado Rajoy para ser presidente?

Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Citar este verso de Machado no puede ser más ocurrente al hablar de Mariano Rajoy. Tras la renuncia de Zapatero y las voces que señalan que la estrategia popular podría verse dañada, es necesario preguntarse algo. ¿Ha hecho camino Rajoy? ¿Se ha preparado para ser presidente? Quizás la respuesta sorprenda.

Rajoy no ha preparado bien su carrera presidencial. Quizás la gane, pero no lo hará debido a una gran preparación por su parte. Cuando el 78,8% de la población confía poco o nada en ti, tienes un problema. Y Rajoy lo tiene. La alternativa al Gobierno no gusta a los españoles. No les da confianza. De hecho, según los mismo datos del barómetro de enero del CIS, el 62,3% cree que si Rajoy fuera presidente, lo haría igual o peor que Zapatero.

Estos datos muestran que el Partido Popular tiene un candidato débil para las elecciones de 2012. Y la interpretación de estos datos nos permite observar porqué Rajoy ni es proactivo, ni propositivo… ni protagonista. La debilidad es tal, que lo mejor es no arriesgarse. No asistir a la manifestación de las víctimas del terrorismo de este sábado, es una muestra más.

Rajoy, a verlas venir

No han sido años fáciles en el Partido Popular. La derrota electoral de 2004, pero especialmente la de 2008, generaron tensiones internas. Movimientos lógicos en un partido político que no hubieran tenido más importancia si no fuera por los graves casos de corrupción que han salpicado al partido.

Las tramas Gürtel, Brugal y los casos de espionaje en la Comunidad de Madrid, entre otros, han sido un auténtico vodevil. Rajoy no ha podido o querido aplicar la mano dura y es cómplice de los efectos de la obra que da lugar a momentos tan esperpénticos como la firma de Camps de un compromiso contra la corrupción sin que Rajoy tenga las agallas para pararlo. Rajoy ha aceptado una lista con 11 implicados por casos de corrupción en la Comunidad Valenciana y no ha sabido o querido ser proactivo.

La prensa ha llevado la batuta y el líder popular se ha escondido bajo las ruedas de prensa sin preguntas y dejando en otros portavoces la lucha contra estos temas más espinosos. Es un líder débil que no ha sabido o querido dar un puñetazo en la mesa.

Las propuestas de Rajoy

Rajoy ha vivido una tormenta perfecta que puede beneficiarle. La crisis económica es tal, que los propios indicadores macroeconómicos, unidos al recuerdo de la gestión económica de Aznar, le llevan hacia la Moncloa. Así lo marcan las encuestas. Pero a diferencia de otros líderes como Cameron o Obama, el detalle de sus propuestas es una gran incógnita.

Rajoy no tiene un gobierno en la sombra. Ni un programa claro al que aferrarse. La diferencia con Artur Mas, que conmemora sus 100 primeros días en el gobierno catalán, es abismal. Ambos líderes comparten muchas cosas: optar al mandato por tercera vez, compitiendo con líderes socialistas muy mal valorados y con un contexto de crisis. El catalán preparó a conciencia su campaña durante 4 años. Propuso y explicó, por ejemplo, con las DOC Sessions, lo que quería hacer en Catalunya. Rajoy, no.

Muchos líderes con gran carisma no necesitan la parte más racional o propositiva para arrastrar votos. Pero con un 78,8% de desconfianza, Rajoy necesita contar qué va a hacer y por qué. Saber por qué, como reza su eslogan, podemos confiar.

Muchos gallos en el corral

La situación está mucho más controlada que en otros momentos recientes. Pero en algunos momentos, a Rajoy le han hecho sombra desde el partido. El enfrentamiento con Esperanza Aguirre o el papel protagonista de Camps en el congreso de Valencia son el peaje que Rajoy está pagando.

La debilidad interna de Rajoy es evidente y el equilibrio que ha conseguido necesita la victoria electoral de 2012 como agua de mayo. Esta realidad explica decisiones relevantes que el partido ha tomado, como en las listas electorales, así como para entender el propio papel mediático de Rajoy y la necesidad de confiar en el papel de Alberto Nuñez Feijoo y Alicia Sánchez-Camacho para que el partido no ponga en tela de juicio su gestión.

Rajoy lleva años sin prepararse. Camina, no corre sus kilómetros diarios para preparar la maratón de las elecciones de 2012. Hace unas semanas analizaba en este post el vídeo de presentación de Mariano Rajoy en la Convención de Sevilla. La metáfora del camino y del andar. Una gran pieza de comunicación que mostraba el nivel de preparación de la maquinaria de comunicación de los populares. Una pieza en la que Rajoy afirmaba estar preparado. Parece que más que caminar, siga desde el 15 de marzo de 2004 sentado en su despacho, fumando un puro, esperando que caiga Zapatero.

Los políticos psicópatas

Artículo publicado en la edición en español de la revista Campaigns & Elections:

Son incapaces de ponerse en la piel de otros. No pueden llegar a sentir lo mismo que otras personas. Incapaces de ponerse, por un momento, en la piel del otro. Sin remordimientos, manipuladores, astutos. Capaces de engañar a otros en búsqueda de su propio interés. Vanidosos, megalómanos… Podría ser una definición de algunos de nuestros líderes. Pero no lo es. Así son los psicópatas, y algunos políticos, del modo en que actúan, parecen hacerlo como ellos.

Los tiempos de crisis que nos han tocado vivir son el escenario perfecto para mostrar la incapacidad de muchos líderes para ponerse en la piel de los que más sufren. Recortes, situaciones duras, decisiones inaplazables. Este ha sido y es el terreno de juego para muchos de los líderes que gobiernan países a lo largo y ancho del planeta. ¿Habían olvidado que gobernar era tomar decisiones que no siempre son las más agradecidas?

Líderes nacidos bajo el influjo de los años de vacas gordas. Políticos herederos de una era en expansión. Trabajo y resultados en medio de una de las peores crisis económicas de las últimas décadas. Es en ese momento en el que un líder debe serlo también en el mensaje.

¿Y todos han estado a la altura? Hemos visto como se han exigido esfuerzos y sacrificios, incluso apelando, sin pudor alguno, al célebre “Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” de Winston Churchill. Ni recurrir a los que nos precedieron ha servido para salvar el obstáculo. Les han olvidado en el mensaje, han obviado lo más importante: las personas esperan de sus políticos algo más que frases para la historia.

“¿Puede pedir apoyos alguien que no comprende lo que suponen sus palabras para la mujer que no encuentra trabajo, el joven que dejó los estudios en la cresta de la ola y ahora no tiene futuro o para el funcionario al que le recortan sueldo y beneficios?”

Un trastorno… de comunicación

Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill o incluso Kennedy han sido referentes para presidentes, primeros ministros y, por ende, sus escritores de discursos. El problema es cuando las llamadas al esfuerzo y al sacrificio, los anuncios de drásticas decisiones y la explicación de la política se han hecho de espaldas a los ciudadanos.

Así, muchos líderes políticos han caído en un trastorno… de comunicación. Como si sufrieran una psicopatía que les llevara a actuar como las personas que sufren un grave trastorno de la personalidad. Como si se volvieran antisociales, incapaces de sentir lo que siente un ciudadano de a pie. ¿Puede pedir apoyos alguien que no comprende lo que suponen sus palabras para la mujer que no encuentra trabajo, el joven que dejó los estudios en la cresta de la ola y ahora no tiene futuro o para el funcionario al que le recortan sueldo y beneficios?

En España, las encuestas y sondeos no han dejado de mostrar un desencanto creciente de la ciudadanía hacia la política. La confianza de la ciudadanía hacia los líderes políticos, tanto en el Gobierno como en la oposición, es escasa. Son varias las causas que nos han llevado hasta esa situación, desde el resultado de las políticas públicas emprendidas hasta la percepción de la gestión realizada por parte de la ciudadanía. En la base, sin embargo, está la que quizás es la piedra angular de toda relación: la constatación de que algo falla en el proceso de explicar las cosas.

Los sofistas nos dirían, seguramente, que la existencia de los políticos psicópatas no es posible. Si la verdad tiene su fundamento en la experiencia, ni el mejor de los discursos podría hacer cambiar esa verdad. Pero la realidad es que no hablamos solo de un trastorno de comunicación puntual. No es una piedra en el camino. El político psicópata lo es porque ha perdido ya la noción de a quién se debe: a los ciudadanos a los que representa.

El lema original de los Estados Unidos rezaba “E Pluribus Unum”, de muchos, uno. Refiriéndose a la formación del país, no ha dejado de ser un lema usado en infinidad de contextos y alocuciones presidenciales. Permítanme que me aventure a apuntar que ese trastorno de comunicación –y político a la vez- precisa de comprender que un líder es uno de muchos… que debe sentir y pensar como muchos y menos como uno. Entender el liderazgo político como un camino en una sola dirección hacia un destino, aleja a los políticos de la auténtica base de la comunicación y de la política: la empatía.

Empatía en la base de la comunicación

Según Drew Westen, el psicólogo norteamericano que ha reflexionado sobre la importancia de las emociones y el cerebro en la toma de decisiones políticas, la mayor parte del peso en las decisiones que tomamos, la tienen precisamente las emociones. De hecho, la capacidad de empatía hacia un líder, un partido o el caso particular que reine en la agenda política del momento, puede ser más determinante para justificar nuestra posición que elementos más racionales.

En el interior de lo que sufre. Del sufrimiento. El origen griego de la palabra nos pone en la pista de la base de lo que más necesita la comunicación política en estos difíciles momentos. Necesitamos más que nunca comprender los sentimientos de quiénes interpretarán nuestro mensaje. Ponernos en los zapatos de los que caminan, aunque nos queden pequeños.

La política contemporánea, tan acostumbrada al valor de la demoscopia centrada en la intención de voto, pierde el foco del valor de las personas. De las emociones que son las que, en muchas ocasiones, acaban afectando al apoyo a un líder. Emociones que se manifiestan en esa necesidad de entender que la empatía debe estar en la base del discurso, del mensaje y de la propia política.

Algo que pasa desapercibido en los tediosos cuestionarios telefónicos. “¿Cómo se siente…?” Nunca aparecerá en el mismo nivel de los índices de popularidad. Pero nos dice tanto la respuesta a esa pregunta. Quizás porque en esto las neuronas espejo sean más potentes que una proyección. Al fin y al cabo precisamos ponernos en la piel del otro antes de dirigirnos a él.

No es que los políticos se vuelvan, de golpe, unos psicópatas en el mensaje. Berlusconi no incurrió en un error de forma fortuito cuando, tras los terribles temblores en L’Aquila, afirmó que los ciudadanos que habían perdido sus casas y estaban siendo atendidos en tiendas de campaña, debían tomarse la experiencia como si fuera “Un día en el camping”. Una expresión que dio la vuelta al mundo y puede pasar por fortuita. Pero cuando no hemos considerado nunca lo que provoca en los corazones de los ciudadanos nuestro mensaje, no podemos esperar comprender lo que sienten en situaciones extremas. Los políticos que nunca tuvieron a los ciudadanos en el centro de su acción, no pueden comprenderlos.

¿Líderes empáticos?

Beethoven recomendaba no romper el silencio si no era para mejorarlo. Muchas veces lo rompemos para anunciar medias, políticas o acciones que pueden mejorar, no el silencio, sino la vida de los ciudadanos. Pese a ello, al romper el silencio con un discurso anclado en el yo, nos enfrentamos no ya a un riesgo, sino a la constatación de esa brecha entre quién habla y quién siente.

“Los líderes políticos, por su exposición en los medios y por la importancia de la política en la gestión de los temas públicos, son incitadores sociales.”

Por ello, es más importante que nunca preguntarnos si estas épocas difíciles precisan de líderes empáticos. Líderes que comprendan lo que sienten la mayoría de los ciudadanos. Sentir, emocionarse… sin prejuicio de las capacidades para gobernar, dirigir y crear.

Los líderes políticos, por su exposición en los medios y por la importancia de la política en la gestión de los temas públicos, son incitadores sociales. Modelos a seguir para muchos ciudadanos, quizás no para imitar sus vidas, pero sí para seguir lo que dicen, lo que piensan. Esta condición de incitar emociones en muchos ciudadanos nos describe también la importancia de contar con alguien que pueda encender esa chispa en grandes sectores de la sociedad.

El candidato o candidata debe tener, además de esa capacidad de gestionar emociones, la empatía suficiente para comprender, no sólo a los miembros de su equipo –un presidente de gobierno que comprenda a sus ministros siempre pondrá más de su parte para la coordinación de la acción política que uno que no lo haga- sino para con los ciudadanos. Sólo con una gran capacidad de empatía puede aparecer cercana una persona que vivirá recluida durante años en un cubículo de trabajo y seguridad y que hará campaña movido de un lado a otro con una apretada agenda.

La empatía debe ser la base del nuevo carisma del liderazgo emocional. Un carisma basado no en la dureza, la resolución o la fortaleza de quién aspira a gobernar un país, sino en aquella persona que comprende a los ciudadanos de ese país. El carisma de personas próximas y sinceras, que no tienen miedo a conversar con la gente –en persona o a través de la Red-, que no tienen miedo a preguntar la opinión y que dejan en sus manos también la creatividad de sus apoyos.

Para el líder emocional la mentira no existe, ya que la verdad es su salvaguarda política. Sólo puede establecerse una relación de confianza con el electorado si se acepta esta premisa, con todos los efectos que tienen en varios aspectos comunicativos, como en la comunicación ante una crisis y en la propia asunción de responsabilidades.

Precisamos, en definitiva, una concepción emocional y empática de la política. Necesarios para recobrar la confianza en la política y la participación de la ciudadanía en los asuntos que le incumben. Necesitamos entender que nuestros líderes sienten tanto como nosotros. Y nuestros políticos deben entender qué sentimos para dirigirse mejor, de forma más eficiente, a la ciudadanía.

Estos liderazgos deberán ser la norma en el siglo XXI. Sólo así podrá superarse la desafección creciente que pone en riesgo al propio sistema democrático. Sólo así podrá devolverse a la política su auténtico significado de gestión de los temas públicos, en beneficio de todos y para asegurar la convivencia.

La comunicación política emocional está llamada a suplir las limitaciones de la concepción clásica de las campañas. Alimentar los vínculos emocionales que la propia política crea es la base para la fidelización pero también la base para entablar una relación más responsable. A suplir la relación poco sostenible con políticos psicópatas que ni sienten ni dejan sentir.

Ser un político psicópata sale caro a largo plazo. No tener a la ciudadanía en el centro de la acción y del mensaje acaba saliendo muy caro. No ponerse en la piel del otro acaba siendo una temeridad. Lo saben bien todos aquellos líderes que acabaron viendo como lo que antes fue apoyo, se tornó el más rotundo de los rechazos. Los que no saben sentir, los que no quieren sentir… los que no quieren sentir lo que otros sienten; lo pagan en las urnas.

Los políticos psicópatas

¿Guardiola president?

El periódico La Vanguardia se pregunta sobre las cualidades políticas del técnico del F.C. Barcelona en un artículo en el que me entrevista. Lo reproduzco a continuación:

¿Guardiola president?

Pronunciar el nombre de Pep Guardiola en una conversación informal entre aficionados culés produce unos efectos que van más allá de lo estrictamente futbolístico. Y es que la combinación de profesionalidad, carisma y éxito deportivo sumado al poder simbólico que el Barça ostenta en Catalunya, han hecho del renovado técnico de Santpedor algo más que un simple entrenador. De hecho, no es extraño escuchar o leer las palabras “líder” o “gurú” para definirle (y alabarle) porque no solo comanda a su grupo sino a toda una afición. ¿Pero realmente Guardiola es un líder? ¿Un líder más allá del fútbol? Y lo que es más, ¿Puede el poder político catalán aprender dotes de liderazgo de la figura del entrenador?

Modelo de liderazgo
“Guardiola combina muy bien todo lo que un aspirante a líder quiere: transmite a la vez humanidad y excepcionalidad, ternura y autoridad”, responde el periodista y profesor de comunicación política de la UOC, Toni Aira, que añade que estas virtudes andan muy buscadas entre los políticos. Y es que, según Aira, un político “debe ser lo suficientemente humano para no dar sensación de lejanía pero también debe ser percibido como alguien que está por encima de la media, para que se merezca el cargo que ostenta”.

Pese a ello, el modelo de liderazgo que ofrece Guardiola parece bien distinto al del político de hoy en día. Para el consultor de comunicación y especialista en comunicación política, Albert Medrán, el modelo de Pep se basa en tres claves: “La empatía, la humildad y el esfuerzo”, cualidades que “cualquier político debería tener”. Para el especialista, Guardiola “supone unas formas de liderar distintas a lo que estamos acostumbrados” pero no ve por qué no pueden trasladarse a los políticos. “No creo que el liderazgo político deba basarse al 100% en la autoridad”, asegura y niega que el efecto de los asesores aleje a los políticos de modelos como el de Pep. “Es más bien lo contrario: el no quererse asesorar”.

En el capítulo de estricta estrategia comunicativa, Aira elogia al técnico azulgrana por “su capacidad de controlar la agenda” y, por lo tanto, de “no dejarse arrastrar por los medios de comunicación”. En su opinión, los políticos están más sujetos al lenguaje de los media que el técnico azulgrana, aunque matiza que fútbol y política son cosas muy distintas, y que en el caso del Barça, “todo el mundo se ha conjurado para que le vaya bien”.

Los expertos admiten además que Guardiola se ha erigido en una suerte de líder más allá del fútbol, en parte por el poco prestigio del que gozan los políticos en la actualidad. Para Medrán, esto se puede deber a “la necesidad de referentes en tiempos de crisis”. Por su parte, Aira considera que “el liderazgo político va muy buscado” pero advierte de que en Catalunya “se tiende a exagerar y a pasar de la filia a la fobia rápidamente”, y cita a Joan Laporta –”a quien se le llamó el Kennedy catalán”– como ejemplo. No obstante, que el modelo Pep existe lo demuestra el hecho de que su imagen haya aparecido en un acto de la Cátedra Liderazgos y Gobernanza Democrática de ESADE.

Los políticos elogian a Pep
¿Pero qué opinan los aludidos? Algunos líderes políticos catalanes consultados –en este caso, todos aficionados del Barça– no escatiman elogios para el entrenador de moda, hablan de esfuerzo, humildad y capacidad de comandar un grupo, admiten que se puede aprender de sus dotes para liderar un grupo aunque también remarcan las numerosas diferencias que hay entre el mundo del fútbol y el de la política.

En esto coinciden con la opinión del socialista José Montilla en una entrevista concedida a Mundo Deportivo, cuando todavía era presidente de la Generalitat. “Es una persona admirada”, se limitaba a indicar ante la posibilidad de que Guardiola se presentara a la presidencia. El secretario general del PSC aprovechaba además para abrir las puertas a que el técnico se afiliara a su partido porque “Pep ha demostrado ser un ciudadano ejemplar”.

En el caso de Oriol Pujol (CiU), Guardiola sí podría ser un buen líder político (“¿Por qué no?”, se pregunta) y da dos razones para ello: sus “dotes de liderazgo y su gran vis comunicativa”. El portavoz de los nacionalistas en el Parlament considera que todos “podemos sacar una gran lección” de las victorias de Pep, que resume en “para conseguir el triunfo, a veces hay que buscar lo mejor que tenemos en casa”, en clara referencia a la cantera azulgrana.

Más escéptica se muestra la portavoz del grupo de ICV, Dolors Camats, que aunque admite que Guardiola es un gran comunicador i entrenador, se pregunta si “eso le hace bueno para dirigir un banco, una empresa o un país”. Sin embargo, a la portavoz de los ecosocialistas le gusta del de Santpedor que “es una persona educada, exigente” y que “transmite valores de trabajo en equipo” a la sociedad. En un paso más, Camats recuerda que “cualquier persona podría tener dedicación política en algún momento de la vida” y sugiere a Pep, y a otros como el propio Messi, que lo intenten porque “a todos nos iría mejor”.

La presidenta del PP catalán, Alícia Sánchez-Camacho, prefiere ser más prudente a la hora de establecer comparaciones y quita hierro al hecho de que personajes como Guardiola tengan mejor cartel que los dirigentes catalanes. “Tampoco todos los deportistas tienen un nivel global de valoración positiva porque cada uno tiende a ver su equipo con mejores ojos”, recuerda Camacho, y pone un ejemplo esclarecedor: “Seguramente la valoración de Mourinho no es igual entre los seguidores del Madrid o del Barça”.

Preguntado por si Guardiola podría ser un buen político, Joan Puigcercós (ERC), responde en condicional. “Me gustaría pensar que sí, por su talante positivo, optimista y nada dado a la demagogia”. Aunque el republicano remarca que “en absoluto” se puede equiparar el trabajo de Pep con el de un líder político; subraya además la “catalanidad desacomplejada” del técnico, en el sentido en que utiliza el catalán en todas sus ruedas de prensa.

Por su parte, a Albert Rivera (C’s) no le extraña la admiración social que causa el técnico, algo que explica, entre otras cosas, por su “honestidad” en contraste con la “corrupción” que se ve a menudo en la política. A pesar de no ser partidario de “liderazgos mesiánicos”, Rivera argumenta que hacen falta “liderazgos morales y creíbles”, función que, a su juicio, no cumplen los políticos y sí figuras públicas como Guardiola.

Finalmente, los líderes consultados aseguran que del artífice del mejor Barça se aplican su fair-play y su capacidad de reconocer las virtudes del rival, aunque reconocen que este juego limpio a veces se echa en falta en el día a día político.

Con todo ello, una duda queda en el aire: ¿Qué resultado lograría Guardiola en el caso de presentarse a unas elecciones?

Mujeres y hombres y viceversa

El peinado de Leire Pajín es un tema de Estado. O lo parece si tomamos el pulso, de forma completamente alejada de la estadística y sin un cálculo mínimamente serio, a las conversaciones que surgen en los más variopintos lugares. Ese es el tema de discusión: su aspecto físico. ¿Su gestión? Parece que eso no tiene cabida… Y eso, ¿por qué se da? ¿Es más relevante el aspecto de la senadora que el de otros políticos hombres? ¿Hay un trato machista en ello?

Antoni Gutiérrez-Rubí lo trató en uno de sus libros, “Políticas. Mujeres protagonistas de un poder diferenciado” y puso sobre la mesa una cuestión que no se escurre en la comunicación política: existe un trato diferenciado a hombres y mujeres en política. No sólo por la diferente manera de ejercer el poder, también por las diferencias que se dan: permanecen menos tiempo en la política que los hombres, ejercen el poder de una manera más emocional-… otro estilo.

Un estilo distinto de hacer política que se cobra el ataque de adversarios también de un modo distinto. Mientras que a los hombres se les cuestiona su liderazgo, su dureza o su inteligencia; con las mujeres la trivialidad de lo físico toma el protagonismo. Nunca vimos fotografías en El País de los zapatos de dos ministros hombres. Si lo vimos de los tacones de dos ministras de Zapatero.

Pero no es un problema español. Ni mucho menos. De la Europa civilizada nos llegan los ecos del machismo que se resiste a dar el paso a una nueva generación de políticas. El siglo XXI será un siglo en femenino y reaccionan con miedo. Sólo así puede entenderse el reportaje que publicó hace unos días el periódico alemán Frankfürter Allgemeine Zeitung en que el estilismo de las ministras del gobierno español era la noticia. Expresiones como “las muñequitas de ZP”, “de la Vogue” -en referencia a la vicepresidenta De la Vega- o “fashionistas socialistas”, se ponía el acento en los elementos físicos y no en la gestión, la valía o la madera para el puesto. El mismo artículo también tenía espacio para las féminas del PP, con comentarios sobre la propia Sáenz de Santamaría.

Y cómo tras la primera piedra llega la segunda, la vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía ha centrado el debate sobre las repercusiones a su declaraciones en una cuestión que no se nos había escapado. ¿La réplica francesa a los ataques de Reding eran sólo por la supuesta ingerencia de la comisión o al presidente francés le molestó que fuera una mujer quién le señalaba? O tal y cómo ha dicho la propia comisaria, cuando una mujer da un golpe en la mesa es una histérica. Cuando lo hace un hombre, un tipo duro.

Ese machismo imperante tiene un papel relevante en la comunicación política. Cuando una mujer llega a esa primera fila, debe decidir que etiqueta se cuelga. Con qué atributos se queda. Es interesante la evolución de Esperanza Aguirre, la ministra de Aznar que llegó a las casas de millones de españoles como una modosita inculta que tenía un idilio televisivo con Pablo Carbonell. Años más tarde dejaría atrás los clichés de rubia tonta por unos esencialmente masculinos: dureza, frialdad y ambición. A lo Margaret Thatcher.

Esa elección puede condicionar la propia estrategia política y, por ende, de comunicación. La prueba, Hillary Clinton. La campaña para el asalto a la presidencia comienza tras el mandato de su marido con su elección como senadora de Nueva York. Durante años no esconde su ambición de ser candidata a la presidencia y ese momento llega en las elecciones de 2008. ¿Y la cuestión femenina, dónde queda? Clinton jugó una carta desde el principio: el género no importa. “Lo que me importa es reconquistar la Casa Blanca para los demócratas”, decía al inicio de la carrera presidencial. Cuando llegó el huracán Obama y las primarias se hacían cada vez más cuesta arriba, se escoró hacia la cuestión del género. En aquel momento, que Estados Unidos contara con una mujer presidente era , según ella, el auténtico cambio.

Y esa elección es crucial, porque las mujeres candidatas, las mujeres políticas o las mujeres presidente no lo van a tener fácil. Ségolène Royal también intentó no hacer de su género el punto central de su campaña. Buscó ser una igual. Sin embargo, la famosa escena del debate presidencial fue aprovechada por Sarkozy -el mismo que se indignó con Reding- para poner esa cuestión sobre el tapete. Si en el momento de más tensión de ese debate Sarkozy hubiese tenido a un hombre, seguramente no hubiese esgrimido el argumento de “cálmese. Un presidente debe saber calmarse”. Al contrario, la testosterona hubiese aflorado en toda su inmensidad.

Si el siglo XXI es el siglo en femenino, la comunicación política deberá acompañar ese proceso. Y eso se notará no sólo en el tono de las campañas: también lo hará en el tratamiento de los propios mensajes y en un enfoque más próximo y emocional al elector. Si el poder se ejerce de forma distinta, también lo hace su manera de persuadir. Otra cosa será que el machismo imperante lo permita. Mujeres y hombres y viceversa.

La huelga de Tomás Gómez

“Pues la Esperanza los tiene muy bien puestos” decía una mujer que debe disfrutar de su jubilación desde hace no más de dos o tres años. “Yo, la verdad, no voté a Mariano en las pasadas elecciones porque quería que le echaran. A ver si subía ésta.” Añadía otra. La tercera mujer que esperaba en el hall de un hotel madrileño hace unas semanas saltó con un interesante análisis, “A mí me dicen: esto lo ha dicho el PP. Y luego escucho a Aguirre y dice otra distinta. Y mira que a mi ella no me gustaba. Pero habla claro. Cada día me gusta más, oye”.

La muestra es pequeñísima, sin duda, pero es una muestra de lo que se comenta en muchos mentideros de Madrid: nadie en el PSOE o el PSM parece estar en disposición de toser a la Lideresa. La Presidenta. Nadie le hace sombra al otro lado y ni los graves casos de corrupción como la trama Gürtel –de la que se ha autodenominado descubridora- o la polémica de los espías han conseguido despeinarla. Y mucho menos lo va a conseguir la huelga de los trabajadores de Metro de Madrid.

Porque lo que ha ocurrido esta semana en Madrid es lo suficientemente grave como para cuestionar a fondo la gestión de Esperanza Aguirre y su Gobierno. Sí, la huelga ha sido salvaje. Sí, los trabajadores se han pasado por la torera los servicios mínimos y han hecho la vida muy difícil a millones de madrileños, yo incluido. Pero precisamente ese halo de la presidenta, ese carisma y ese control férreo de su imagen, sus acciones y sus declaraciones hacen que los únicos culpables sean los empleados y nadie repare en la causa de la huelga: el incumplimiento del Gobierno de la Comunidad de Madrid del convenio colectivo, haciendo algo ilegal.

No, los empleados del metro no son funcionarios. Esto viene por una decisión política de un Gobierno que es tan responsable de ello como los empleados que se saltan los servicios mínimos y hacen la vida muy difícil a la gente.

Pero parece que esto no le va afectar. El debate en los medios no es ese. El debate en la calle tampoco: los culpables sólo son los que no han llevado los trenes. Poco importa que la huelga estuviera convocada desde hace semanas y Madrid se haya colapsado, sin transporte alternativo o operativos perceptibles para el ciudadano. Nadie acusa a la responsabilidad del gobierno porque Tomás Gómez parece estar de huelga.

En el fragor de la crisis, uno no puede encontrar ni una declaración del líder de la oposición en la web de su partido. Cuando dos millones de madrileños ven directamente afectada su vida diaria, el PSM de Gómez sigue hablando del espionaje en la Comunidad. La búsqueda por apariciones en medios nos da algún resultado aislado y con una posición difícil. Eso sí, el PP no ha escatimado esfuerzos en fijar bien el marco hacia Gómez: “se ha erigido en piquete de la huelga salvaje”. Mientras, la presidenta ha fijado su mensaje en línea a lo que perciben todos los que nos hemos quedado sin medio de transporte: “Los representantes de 7.000 trabajadores no pueden poner en jaque a los madrileños”.

Esa es la clave del éxito de Aguirre. Conecta. Está. Por ello, las encuestas como la que El País publicó con motivo del día de la Comunidad no dejan de mostrar como a poco menos de un año de las elecciones, la alternativa socialista no despega.

Los nervios se notaron cuando los celos del candidato del PSM a batirse en duelo con Aguirre surgieron a cuenta de la relación entre el Gobierno central y el de la Comunidad. Una crisis entre Ferraz y Callao –o sea, entre la ejecutiva federal del PSOE y el PSM- a cuenta de la posición del ministro de Fomento. Según se decía, el entorno de Gómez veía como la inversión del Estado en la Comunidad de Madrid y la aparición junto a Esperanza Aguirre en la foto con el ministro, minaban las posibilidades electorales del PSM.

¿Pero realmente Gómez y el PSM no despegan por este tipo de cosas? ¿O es su postura y su actuación la que falla? El liderazgo y la visión de una alternativa se forjan en momentos como la monumental crisis que ha vivido Madrid esta semana. Las elecciones se ganan a costa de las percepciones que se generan. Y tanto la emitida por Gómez en esta crisis como en la pueril lucha por lo del ministro no son nada halagüeñas para los socialistas. Las elecciones no pueden ganarse cuando el candidato está en huelga.

Foto de El País.

El discurso de Charles de Gaulle el 18 de junio de 1940

El 18 de junio de 1940, el joven y recién ascendido a general, Charles de Gaulle, se dirigió a Francia desde su exilio en Londres. Había llegado un día antes y gracias a la intervención de Churchill, primer ministro británico, pudo decir al pueblo francés que Francia no estaba aún derrotada, pese al armisticio del gobierno colaboracionista de Pétain. Las palabras que cambiaron la historia tomaron cuerpo en un breve pero intenso discurso:

Los líderes que, desde hace muchos años, están a la cabeza de los ejércitos franceses, han formado un gobierno. Este gobierno alegando la derrota de nuestros ejércitos, se ha puesto en contacto con el enemigo para el cese de las hostilidades.

Es cierto que hemos sido y seguimos estando sumergidos por la fuerza mecánica terrestre y aérea al enemigo. Infinitamente más que su número, son los carros, los aviones y la táctica de los alemanes, los que nos hacen retroceder. Son los carros, los aviones y la táctica de los alemanes, los que han sorprendido a nuestros líderes hasta el punto de llevarle a donde ahora se encuentran.

Pero ¿se ha dicho la última palabra? ¿Debe perderse la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡No!

Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria.

¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! ¡No está sola! Tiene un vasto imperio tras ella. Puede formar un bloque con el Imperio británico que domina los mares y continua la lucha. Puede, como Inglaterra, utilizar ilimitadamente la inmensa industria de Estados Unidos.

Esta guerra no está limitada al desdichado territorio de nuestro país. Esta guerra no ha quedado decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todas las faltas, todos los retrasos, todos los padecimientos no impiden que existan, en el universo, todos los medios para aplastar un día a nuestros enemigos. Fulminados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro por una fuerza mecánica superior: va en ello el destino del mundo.

Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará.

Ni Zapatero es Roosevelt ni Sarkozy, De Gaulle. No obstante, en el Elíseo han sabido encontrar en la conmemoración del 70º aniversario del famoso discurso del general De Gaulle una oportunidad para hacer frente a la crisis económica… al menos a nivel discursivo.

Si el “Appel du 18 juin” del presidente fue un momento cumbre en la política francesa, si ese discurso dio entidad al que posteriormente sería presidente de la República y dio cuerpo al propio relato de Francia; no es inteligente prescindir de lo que, 70 años más tarde, puede aportar el General –su discurso- al ánimo general del país.

Ante ello, la pregunta parece clara: ¿a quién puede desempolvar Zapatero? ¿A qué líder podemos remitirnos? ¿A qué punto de resistencia y unidad puede referirse el Gobierno? Ahí nuestra historia nos vuelve a poner en nuestro sitio. Aunque sea una exageración y no represente a lo que opinan realmente los españoles, no es extraño escuchar en airadas conversaciones eso de “esto con Franco no pasaba”. O “todos los políticos son unos chorizos, necesitamos un dictador”. Calentones del momento, sin duda. Pero ahí están.

Y la historia nos devuelve a nuestro lugar por la ausencia de esas figuras que encarnen la lucha democrática. Corrijo, no es ausencia: porque las tenemos. Es olvido, indiferencia. Que recordemos antes las frases lapidarias de Roosevelt –sólo debemos tener miedo del propio miedo-, Kennedy –no preguntes lo que tu país puede hacer por ti: pregúntate qué puedes hacer tú por tu país– o al propio De Gaulle –la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará-.

Los grandes líderes trascienden a su tiempo. Siguen inspirando a generaciones futuras. El discurso inaugural de Obama era un reconocimiento a Lincoln, Roosevelt, Kennedy y Clinton. ¿A quién reconocía Aznar? ¿A quién lo hacía Zapatero? No lo harán de Companys, que tiene en una de sus citas más famosas el canto a la resistencia que esta crisis exige: “Volveremos a luchar, volveremos a sufrir y volveremos a vencer”.

El PSOE desprecia a Rajoy

El ministro de Fomento, José Blanco, no quería hablar de Rajoy. Lo dijo el pasado sábado en Zaragoza: “Vengo con la intención de no hablar de Mariano Rajoy, que dice que hablo demasiado de él, y no lo voy a hacer para no darle ni una excusa para que no participe en el acuerdo”. Pero lo hizo, vaya si lo hizo.

Blanco volvió sobre una tesis bastante extendida entre las filas socialistas: ojalá Rajoy sea el candidato del PP en las próximas elecciones generales. Es más, desean que ni Gürtel, ni Losantos ni Aznar puedan con el líder del PP. Creen que Rajoy es un rival que se puede derrotar, pese a estar sumidos en la mayor crisis económica. De hecho, afirman, no ha ganado nada. Que las debilidades de Rajoy son tan profundas que se puede borrar de un plumazo el debe en números rojos de la gestión socialista.

Pero este argumento no es nuevo. En Ferraz se mostraban contentos el pasado 7 de junio pese haber sido derrotados en las elecciones europeas. Uno de los efectos de la primera victoria popular en años era mantener a Rajoy en el puesto. Y eso era motivo de celebración. Pero las encuestas que mes tras mes llegan a los despachos de Génova y Ferraz no son motivo para la celebración en esta última.

Por ello, sigue sorprendiendo la tesis socialista. Aunque lo que más sorprende es que Blanco lo cuente ante los medios sin ningún tipo de rubor. No sé que diría Rosa Díez de este ataque de sinceridad… En todo caso, quizás en Ferraz deban hacer más caso a uno de los principios que el publicista Joaquín Lorente recoge en su libro “Piensa, es gratis”.

Para Lorente, “a la competencia siempre hay que odiarla, pero jamás despreciarla”. En el PSOE llevan mucho tiempo despreciando al ex vicepresidente y, aunque muchos aspectos puedan inducirles a hacerlo, el desprecio que muestran es una vulnerabilidad para los socialistas.

Quizás para el electorado más movilizado y convencido, el poco valor atribuido a Rajoy, incluso con sorna o sarcasmo, les reafirme en lo que creen. Pero para el votante que lo tiene menos claro, esa postura de los socialistas puede incluso ser mala para su imagen. A nadie le gusta percibir la falsa modestia, la soberbia. Los que miran por encima del hombro no gustan. Y en esto, muchas opiniones socialistas van en esa dirección.

Sólo el tiempo y las urnas pondrán a todos en su lugar, pero hay una realidad sobre la mesa: aunque Rajoy no guste, hoy ganaría unas elecciones. Aunque en Ferraz se alegren de que siga al mando, si todo sigue a este ritmo, podría ser el próximo presidente. Como diría Laporta, ¡al loro!

¿Un Obama español?

La semana pasada participé en el programa Aula Abierta de Radio Andalucía a propósito del famoso gesto de Aznar a los estudiantes de la Universidad de Oviedo. Tras comentar lo inapropiado de la peineta, reflexiones sobre la comunicación política siguieron la conversación. ¿Tenemos algún Obama en España?

No existe. Hay oradores buenos, gente que puede llegar a conectar bien con el electorado. Candidatos que se defienden. Pero candidatos y líderes que apenas consiguen no mermar los votos en sus bases y que esperan que la propia situación desangre el electorado del otro. No, no existe un Obama español. No ya por las dotes oratorias, la importancia que pueda llegar a otorgar a la comunicación o por el papel que el ex senador de Illinois dio a la política de las emociones. No existe porque la base está en el cambio de concepción de la relación del candidato con el votante.

El Obama de campaña es precisamente eso, el cambio en la concepción con el votante. La campaña del senador no lo tenía fácil. Se enfrentaba a la candidata oficial del partido que había tejido a lo largo de los años una extensa red de contactos a lo largo y ancho del país. Él era un senador en primera legislatura, conocido sobretodo por un discurso. El reto para Plouffe, Axelrod y compañía era enorme: ¿como concebir una campaña presidencial para Obama y no morir en el intento?

Y ahí es donde entra en juego el factor diferencial. Lo que hace que no tengamos Obamas en España. Para superar esas barreras (esas eran las de Obama, pero un candidato aquí tendría las propias) diseñaron una campaña basada en el votante. El votante debía tener autonomía, debía participar. Debía ser el centro. Una campaña basada en el ciudadano y no en el votante.

Así, Obama desplegó ese movimiento de grassroots en los 4 primeros estados de las primarias: quería tener su momentum desafiando a Clinton con armas no convencionales. Y triunfó.

A Obama le llamaron loco. Loco por querer romper con la campaña mercantilista en Carolina del Sur (tu me pagas y yo te consigo votos) y pasar a la acción escuchando y dando la palabra a los votantes. Porque ofreciendo una manera distinta de hacer política podía llevar a las urnas a los sectores que nunca votan y que eran necesarios para vencer a Clinton o Edwards.

Y funcionó. Internet ayudó de forma decisiva, pero también decisiones estratégicas como mimar a los donantes de cantidades pequeñas tanto como a los grandes donantes. Funcionó.

¿Tenemos un Obama en España? No, creo que no. Porque parece que los candidatos, aunque entiendan que la desafección es la barrera, que podrían ganar acercando a la política a los que se alejan de ella, no se atreven a hacer ese cambio. No se trata de abrir una web. Ni de buscar un buen eslogan. Es cambiar la relación de políticos y votantes. Saltar la barrera. Y de eso, no tenemos.

Invictus

A finales de mes se estrenará en España una de las películas del año: Invictus. Dirigida por Clint Eastwood y con un cartel de lujo. Morgan Freeman –sólo él podía hacerlo- da vida a Nelson Mandela en una película inspirada en el célebre libro de John Carlin “El factor humano”.

Mejor no os cuento el argumento, para eso tenéis el libro o el trailer, prefiero centrarme en un elemento que está tratado con genialidad en el trailer: inspirar esperanza. No es fácil hacerlo y por la historia, por el personaje –y porque, en el fondo, estamos hablando de cine- en nada nos sentimos dentro de lo que nos cuenta. Quizás la producción de oxitocina cuando nos cuentan una historia de estas características tenga mucho que ver…

Espero poder comentar algo más sobre esta película cuando la estrenen (si alguien tiene entradas para la première, le acompañaré encantado), pero todo apunta a que será una gran lección de liderazgo. Pero no de ese estricto, tradicional, masculino. No. Será una lección de liderazgo emocional, en donde las personas y sus sentimientos son el centro. Aunque se hable de rugby. Será una historia de como un liderazgo basado en la empatía, la esperanza y las emociones son la clave de los imposibles. Como la propia historia reciente de Suráfrica, la victoria del candidato alternativo como Obama o el Barça de las seis copas y el liderazgo emocional de Pep Guardiola.

Que vayan preparando las palomitas…

¿Relevo en el PP y el PSOE?

En el fondo, el PP sigue manteniendo la ventaja política en el actual contexto. Tanto PP como PSOE han cometido dos de los grandes pecados que se pueden cometer en política: dejar que la ciudadanía crea que se improvisa en el ejercicio del poder y mostrar una gran división interna y falta de liderazgo. Por suerte para los conservadores, lo segundo tiene cura. Lo primero, no tanto.

Para el ciudadano medio, el gobierno debe ser una fuente de estabilidad, un lugar donde depositar la confianza, especialmente en los momentos más duros e inestables, como el actual. Debe ser el garante, alguien en quién creer y a quién presuponer sensatez en sus decisiones. En definitiva, creer que hay alguien que sabe como funciona todo esto, que tiene respuestas y que pone en marcha su acción de gobierno para conseguir resultados.

Cuando esta concepción falla, para muchos se hace impensable mantener al ejecutivo. Así, no es buena noticia para los socialistas el dato que publicaba ayer El País: el 76% de los encuestados cree que el presidente del Gobierno improvisa sobre la marcha. Y esta es una debilidad grave. Las percepciones del electorado se verán muy mediatizadas por esta concepción que parece estar generalizada. ¿Cómo se puede conseguir algún beneficio de la acción de Gobierno si la gente cree que no se sigue ningún objetivo particular?

El reto que tiene ante sí Moncloa es muy grande. No se trata únicamente de recuperar la iniciativa política, sino romper con una imagen que le lastra de forma profunda. No es sólo esperar a que vengan tiempos mejores, es prepararse para borrar la imagen de improvisación: la recuperación sólo puede ser objeto de un concienzudo plan y de las mejores prácticas, no fruto de la improvisación. Ese es el difícil hueso de roer del presidente y mucho tendrá que hacer para cambiar la dinámica.

Rajoy también tiene ante sí esa necesidad clara, la de cambiar el ciclo en el que se ve envuelto el PP desde su derrota electoral. La larga serie de parches que han venido aplicando en Génova se han desbaratado tras los escándalos de Gürtel. Rajoy está más contestado que nunca, dentro y fuera del partido y los ciudadanos, en la misma encuesta, muestran una gran desconfianza hacia él, incluso entre sus votantes. Y ese es su gran pecado, no poder desplegar todas las armas opositoras en un momento clave para construir una imagen de cambio y alternancia.

Pero el PP lo tiene más fácil. Si consigue superar de una vez por todas la crisis interna puede recuperar la iniciativa política. Llegan tarde, lo han hecho mal y eso ha cuajado en el ánimo de muchos, pero no lo tienen todo perdido. Tienen márgen de maniobra, desde el líder a los apoyos a éste. La justícia es lenta y la amnesia de muchos ciudadanos implacable.

Aunque la resurección en política puede darse siempre en varias direcciones, a día de hoy es más fácil poner la locomotora popular otra vez en marcha que decidir la ruta que debe tomar la socialista. Es más fácil cambiar el maquinista en uno que en el otro, aunque, quién sabe, quizás en unos meses veamos una lucha de maquinistas, así, en femenino. Si Rajoy no despega y sólo un tercio de los votantes socialistas creen que Zapatero puede volver a ganar; ¿veremos un duelo femenino en la cumbre? Todos imaginamos nombres, pero a partir de aquí, lo dejo a vuestra imaginación…