El extraño caso del político que siempre se equivocaba

Cuando Joan Clos abandonó el ministerio de Industria para asumir el cargo de embajador de España en Turquía, las declaraciones del nuevo titular del ministerio no volvieron a ser lo mismo. Con su marcha, los medios perdían al, quizás, político español que más gazapos era capaz de crear en sus intervenciones. Un patoso del lenguaje que, lo crean o no, no caía mal.

Precisamente, en un post anterior veíamos la importancia del acento en el mensaje, en la capacidad de comunicar. Los gazapos de Clos también tenían su valor. Porque su tarea no fue fácil: cuando Pasqual Maragall decidió dejar Catalunya para ir a su amada Roma, Clos se quedó al mando de la capital catalana. Y eso no fue tarea fácil.

Sustituir a un grande de la política catalana y española como Maragall, coger el relevo del alcalde olímpico, era algo titánico. Los tiempos no fueron fáciles. El cambio de siglo supuso la contestación del modelo y fracasos como el del Fòrum de les Cultures de 2004. Pese a ello, fue reelegido, votado; preferido.

Seguramente en ello influyó, además de la evidente penetración del PSC en el electorado de la ciudad, su carácter afable y esos gazapos. Esos lapsos al hablar. Ese aspecto de doctor loco, excéntrico. Algo que le humanizaba y acercaba a sus conciudadanos. Todos recordamos su promesa del cargo de ministro ante el Rey, en que erró en el nombre del ministerio. O cuando visitando a una conocida compañía automovilística, saludó a su anfitrión como si fuera el presidente de su inmediata competencia. Una forma de empatía que, dicho sea de paso, no le ha ido nada mal en su carrera.

Ahora, Clos emprende nuevos retos profesionales que le apartan aún más del foco. Acaba de ser nombrado director ejecutivo de la agencia del organismo especializada en la gestión y desarrollo integral de los asentamientos humanos (ONU-Hábitat). Nueva York y las Naciones Unidas son ahora su nuevo destino. Quizá esos errores sean, de nuevo, su puerta de entrada para empatizar con sus nuevos públicos.

Para los que quieran recordar más de esos errores, el programa de TV3 “El Club” recogió algunos de ellos en esta pieza de “mejores momentos” del ministro y alcalde.

Poner el acento en el acento

A Montserrat Nebrera, ex diputada del PP catalán, no le gustaba el acento de la ex ministra de Fomento, Magdalena Álvarez. Juan Soler, portavoz adjunto del PP en la Asamblea de Madrid, cree que el acento andaluz de Trinidad Jiménez no es el más apropiado para una candidata a presidir la comunidad. Y mientras, todos recordamos la facilidad de Aznar de imitar acentos. “Estamos trabajando en ello”. Le salió del alma en un auténtico deje tejano que dejó a todos asombrados. ¿Tienen, los de Génova, algún problema serio con los acentos?

Seguramente no. Son casos aislados que muestran como en el calor de la batalla política a veces la exaltación nos lleva a la crítica burda y vacía de contenido político. Una persona no es mejor ni peor en la tarea de gobernar por uno u otro acento. Pero si comentarios de este tipo llegan a levantar ampollas es porque los acentos tienen una gran importancia en el proceso comunicativo.

Los acentos escuecen porque son importantes en la comunicación. Lo hemos visto en más de una ocasión: cuando lanzamos un mensaje es casi más importante lo que lo rodea que el mensaje en sí. O sea, que cuando hablamos, nuestra voz, nuestro tono, el acento, el ritmo, etc. conforman elementos que son más importantes para nuestro interlocutor que lo que estamos diciendo. Damos más información sobre la intención real de nuestro mensaje con ello.

La misma Álvarez a la que criticaba Nebrera no dudó en exigir al diputado de ICV Joan Herrera que si la imitaba, lo hiciera correctamente. Antes partía que doblá no era lo mismo que partida o doblada. Artur Mas afirma en el libro de Pilar Rahola que desearía tener un acento particular, un defecto en el habla; algo característico que le hubiese evitado la sátira del programa Polònia. Y puede que Montilla vea en su enigmático acento un punto de sorpresa que puede hasta favorecerle: el cordobés que en Madrid tiene acento catalán y cuando habla en catalán, un marcado acento castellano. Pese a él, llegó a Presidente.

Recapitulemos. ¿Sería lo mismo Felipe González sin su acento sevillano? ¿Sería su oratoria, su carisma y su personalidad política lo mismo sin ese deje sureño? Seguramente no. ¿Tenerlo le convierte en peor o mejor político? No. ¿Le convierte en mejor orador? Ni sí, ni no. Pero le marca. ¿Quería decir Soler que un candidato a la presidencia de Madrid debe hablar como los madrileños? Parece que sí. Y si era eso lo que quería decir, se equivocaba.

Por eso, introducir esa arista en el debate tiene su parte de miga. Madrid tiene ese punto de eclosión de acentos, sensibilidades y procedencia. Un lugar en el que rápidamente sabes que eres diferente, pero tan diferente como todos los que te rodean. No importa tu marcado acento catalán, porque el que te hable seguramente lo hará con la impronta de sus raíces gallegas. Y el que nos escuche, guardará en sus adentros un deje gaditano inconfundible. Así es Madrid. El que vota a Esperanza Aguirre también. Millones de votos que no saben de laísmos.

El hecho está en que los madrileños y madrileñas, gatos o de adopción, de paso o echando raíces, poca importancia le dan a ello. Por ello, se equivocan los que quieren convertir eso en un debate sobre la identidad, los genes, y las raíces. Pero no se equivocan al intuir la importancia de un acento en política, en establecer vínculos emocionales con los ciudadanos. Un acento envuelve un mensaje, una idea, una propuesta. ¿Quizás teman la dulzura de Trinidad contra el seco acento de Esperanza?

Los 5 trucos para improvisar un discurso

Los políticos suelen estar muy acostumbrados a hablar en público y dirigirnos algún discurso. Es, sin duda, su herramienta de trabajo. Pero no todos nos enfrentamos a dirigir unas palabras de forma habitual. Y a veces, cuando es necesario hacerlo, uno no sabe como atajarlo.

Cuando sabemos con antelación que deberemos dirigirnos a un auditorio, la cosa es un poco más fácil: tendremos tiempo para escribir el discurso, ensayarlo, etc. Incluso hacerlo ante alguien para poder observar su reacción al mismo. Siempre es difícil enfrentarse a un público –por pequeño que sea-, pero un discurso escrito nos da mucha seguridad. Pero, ¿qué ocurre cuando estás en una fiesta y alguien pide que dediques unas palabras?

Cada año me ocurre lo mismo en mi fiesta de cumpleaños. Tras la cena y los regalos mis amigos me piden que les diga algo, que improvise un discurso. En una situación así, el pánico puede llegar a paralizarte. Por ello, nunca está de más tener en cuenta algunos consejos. Los cinco trucos para improvisar un discurso:

1. El discurso no debe durar más de cinco minutos, así que concéntrate en lo que realmente quieres decir (agradecer un regalo u homenaje, la presencia de tus invitados, etc.). Sé breve y no intentes dar demasiadas vueltas al tema. Así que tómate unos segundos para pensar con claridad y decidir el tema de tu discurso.
2. El primer minuto es esencial. El objetivo es captar la atención pero, por sobre de ello, mostrar que vale la pena que te escuchen. Debes evitar titubear y si es posible, conseguir enganchar a tu audiencia. Piensa que, en la mayoría de los casos, ya te conocen y están de tu parte. Así que olvida los formalismos y siembra la suficiente duda para que te escuchen.
3. Gana intensidad. Tras el primer minuto, debes empezar a escalar tu discurso. La anécdota la llevarás a la tesis de tu discurso y deberás hacer uso de una excelente herramienta en este tipo de discurso: la emoción.
4. El lenguaje no verbal, un aliado. Aunque estarás muy concentrado en lo que digas –no tienes nada escrito o preparado-, intenta hacer lo posible para que tu discurso verbal y no verbal vayan a la par. Cuida tu posición (sobretodo para que tu voz pueda brillar) y no fijes tu mirada sólo en una persona. Ni sobreactúes ni te pases de soso.
5. Lo mejor para el final. Seguramente sea lo que más recordará tu audiencia, así que compórtate como un buen vino: debes dejar un buen sabor de boca. La emotividad, un argumento contundente o un elegante final son perfectos en estas ocasiones. Siempre será más efectivo el final de discurso preparado, pero juegas con una ventaja esencial: sentir como nace un discurso en tu cerebro y apelar a las emociones suele crear grandes discursos para el recuerdo.

No sé si fui exitoso en mi discurso del sábado. Tras varios años dando fiestas de estas características uno ya se espera ese momento y puede pensar en algo. Pero aunque lo pensara con anterioridad, siempre se pierden cosas que un texto recoge. Si te ocurre, toma aire, detente y piensa. Poco a poco, fluirán las palabras.

Foto de Tim Morgan

El impuesto de la muerte

CiU no conseguirá suprimir el impuesto de sucesiones hasta que gobierne… o hasta que consiga cambiar el marco conceptual de muchos ciudadanos que expresen mayoritariamente su deseo de acabar con este impuesto. Y quizás dotarse de una estrategia un poco menos contradictoria.

Es evidente que hay una cuestión ideológica de fondo que no se puede atajar sólo con una estrategia de comunicación, pero la experiencia americana es muy clara al respecto. La población a favor de eliminar el impuesto de sucesiones no era el mismo que quién quería terminar con el impuesto de la muerte. Más del 70% estaban a favor de este último, muchos más que en opciones similares a la primera. ¿Por qué hay un cambio tan grande respecto al mismo concepto?

La explicación es los conceptos que evoca una palabra. El marco en el que se desenvuelve. Y eso es básico. Cuándo hablamos de muerte, pensamos en alguna experiencia personal, en el entierro, el funeral, los trámites. En el dolor, el desconsuelo. El negro del luto. ¿Quién no quiere suprimir un impuesto que se asocia a algo tan doloroso?

El término deja de ser neutral y, de golpe, desaparece la imagen de señores del tipo Millet celebrando la supresión de un impuesto para todos los patrimonios, incluido el de los súper ricos.

El debate en el Parlament de ayer –uno de los más vibrantes de los últimos acontecidos-, CiU no usó una aproximación de este tipo. El concepto empieza a aparecer en algunos comentarios en medios y blogs, pero el mensaje político sigue fijado en términos clásicos. Y las fuerzas de izquierda las rebaten de un modo más próximo y emocional, con una apelación directa: si suprimimos el impuesto, ¿de dónde sacamos los 800 millones de euros que faltaran en el presupuesto? ¿Cómo dejamos de construir hospitales y escuelas para que unos señores con millones dejen de pagar un impuesto? Es simplificado, lo sé, pero es lo que muchos ciudadanos pueden creer.

El lenguaje es fundamental, hay que elegir bien cada palabra. Sobretodo si luego se incluyen estrategias distorsionadoras. Si el impuesto es una competencia autonómica, ¿por qué CiU llevó el tema al Congreso? ¿No ha introducido ruido en un debate que, queramos o no, es básicamente emocional?

PSOE-Prisa: el lenguaje de una guerra

Mucho se ha hablado en los últimos días de la crisis abierta entre el Grupo Prisa y el PSOE. Análisis para todos los gustos y colores que están dejando algunas imágenes curiosas, como observar a los tertulianos de García Campoy defendiendo lo mismo pese a estar a izquierda y a derecha. Pero poco se ha hablado de los conceptos que se están moviendo.

El lenguaje, como suele ocurrir en estos casos, es tremendamente bélico y masculino. Parece como si al artífice de los gobiernos paritarios haya que combatirle con un brote de testosterona política. O mediática, en este caso. Analicemos lo que han titulado los medios y la Red a propósito de este episodio que marcará de manera significativa las relaciones de ambas partes.

El País caracterizó a Zapatero como el Gran Timonel que tiene problemas para dirigir, que se enfrasca en estrategia que no tienen éxito y que improvisa como un militar que sólo ve lo que le alcanza la vista en el campo de batalla.

Se ha hablado de guerra abierta, algunos bloggers no han dudado en titular sus posts como “parte de guerra”. Y como tal guerra, las partes se han movilizado. Aunque, según indican algunos, todo empezó por el disparo de una de las partes como si del asesinato del archiduque Francisco Fernando se tratara…

La “escalation” del fragor de la guerra, como dirían los anglosajones, ha llevado a las partes al rearme: unos, ideológico y los otros de intensificación de los ataques, maniobrando para conseguir el objetivo. A degüello, si es preciso. Hasta acorralar al adversario.

Clausewitz estaría contento al ver como el léxico de la guerra está más en vigor que nunca. Y la guerra, como todas, dejará víctimas a su paso. Algunos esperarían que estas fueran políticas, pero la realidad financiera de Prisa es la que es y quizás esas víctimas sean trabajadores y trabajadoras que no son los que empuñan los titulares.

Pero el mismo Clausewitz se preguntaría que, si el mejor ataque es la defensa, porque una parte ha emprendido ese ataque sin resguardar sus posiciones. Porque como el prusiano indica, siempre es más fácil destruir que construir, como si en Prisa ya hubieran desistido de seguir construyendo. Complicado, sanguinario y bélico todo esto…

El control del lenguaje, clave en política

Que el uso de los términos correctos es importante para una óptima comunicación, es algo de sentido común. No descubrimos la panacea al ponerlo en el foco. Pero a veces se nos olvida o, en el peor de los casos, no podemos colocar aquellos conceptos clave en la opinión pública.

La guerra de las palabras es una constante entre los departamentos de comunicación de partidos e instituciones y los medios. Lo que cobraba un especial sentido cuando había relativamente pocos medios, pero que hoy muestra una dificultad cada vez mayor.

Esta semana la Comisión Europea a través de su comisaria de Sanidad, Androulla Vassiliou, ponía sobre la mesa la denominación que debería tener la gripe que está asolando al mundo entero. La famosa gripe porcina debe llamarse “nueva gripe”. El motivo es bien conocido: no afectar a un sector económico. Pero la pregunta que debemos hacernos es, ¿habrán conseguido revertir la denominación que se había acuñado?

Si observamos lo que ocurre en la red, el resultado es claro: según Google Trends, en las búsquedas y apariciones en noticias en España el término “gripe porcina” vence de forma aplastante a la “nueva gripe”.

La línea azul es la gripe procina y la roja, la nueva gripe.

Tenemos otros ejemplos: durante la crisis abierta por las filtraciones en relación a los cambios en el ejecutivo, se intentó (sin suerte) plantear la situación como un cambio, una reestructuración o un fortalecimiento del Gobierno para afrontar la crisis. Sin embargo, los medios optaron por llamarlo lo que era, una crisis de Gobierno en sí misma.

Otra reflexión que ilustra la importancia de manejar bien los términos y ser capaces de difundirlos lo veremos cuando nuestra economía de síntomas de recuperación. Y ese día no será cuando los indicadores lo empiecen a mostrar, sino cuándo los medios (tradicionales, online y la propia red con sus blogs, redes sociales…) empiecen a hablar y titular abiertamente con “recuperación económica” en vez de “crisis económica”. Parece lógico, y lo es.

Porque la comunicación tiene ese punto de manejo de percepciones que, fundadas o infundadas, son las que mueven a los individuos a la acción. Ya sea a comprar un producto, a viajar o a votar en un determinado sentido.

El control del lenguaje será una de las claves para la batalla política que se nos plantea. El control de la agenda, como siempre, será importante… pero quién domine el lenguaje tendrá la llave de la victoria. Os dejo este fragmento:

A long time ago in China, a philosopher was asked the first thing he would do if he became ruler. The philosopher thought for a while, and then said: well, if something had to be put first, I would rectify the names for things.

His companion was baffled: what did this have to do with good government? The philosopher lamented his companion’s foolishness, and explained. When the names for things are incorrect, speech does not sound reasonable; when speech does not sound reasonable, things are not done properly; when things are not done properly, the structure of society is harmed; when the structure of society is harmed, punishments do not fit the crimes; and when punishments do not fit the crime, the people don’t know what to do.

“The thing about the gentleman” he warned, “is that he is anyhting but casual where speech is concerned”. The philosopher’s name was Confucius, and he was referring to a phenomenon that is all around us today. He was talking about Unspeak.

La palabra en el ADN de la política

La contraposición de la palabra a la guerra es una de las máximas en nuestra cultura. Si la guerra, según Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios; la palabra sustituye las bombas.

Por tanto, la palabra reside en el ADN de la política, pero en realidad, forma parte de casi todo. Encuentro muy curiosa esta noticia que me hace llegar Carlos: mediante el análisis de las palabras de las portadas de los principales medios de comunicación, podemos ver con nubes de tags cómo se ha cubierto la crisis financiera en el mundo.

No obstante, lo más curioso es ver como los propios medios han intentado autocensurar el lenguaje usado para describir la crisis financiera, el objetivo era evitar que con una cobertura informativa demasiado negativa se arrastran los mercados a pérdidas aún peores de las registradas.

Y es que el poder de la palabra es muy grande. Si no, lea las reflexiones de Paul Auster cuando ayer presentaba su último libro en Barcelona: los norteamericanos viven una nueva guerra civil basada en las ideas y las palabras.

Siguiendo con análisis lingüísticos, he encontrado muy interesante este artículo que La Vanguardia publica hoy. Si tiene la versión impresa, haga un vistazo porque se acompaña de una de las fotos más ilustrativas del carácter del President Montilla (imagen que ya analizó en su día Xavier). El artículo analiza las intervenciones del debate de política general y extrae que Montilla ha marcado dos palabras en su relato: trabajo y valores.

No deja de ser curioso que a día de hoy el gobierno de la Generalitat esté más basado en palabras que hechos, aunque su marca era “Fets i no paraules” (Hechos y no palabras). Y para muestra, el anuncio que las ayudas a la dependencia están paradas porque no hay fondos, o sea, tenemos la palabra política y la de la ley pero no el hecho. O la imagen histórica de los expresidentes con el President Montilla. Una foto con un valor único, pero que no deja de ser más palabra que hecho.

Pero como ya hemos comentado más de una vez, si la política se basa sólo en la palabra no comunicaremos nuestro objetivo, ya que la comunicación tiene en la palabra su base, pero no el punto más importante. Comunicar también involucra la imagen, los gestos, el lenguaje no verbal, el tono… y los sentimientos, las emociones.

La política no puede basarse sólo en palabras y por eso la fotografía de los expresidentes con Montilla comunica más por el gesto, que por la palabra. Y por eso los mercados colapsan, a pesar de la palabra censurada.