La cruz de Zapatero

En la plaza de la Madeleine de París se encuentra la iglesia homónima que, sin duda, no deja a nadie indiferente. Por sus dimensiones y su clara inspiración griega, pero sobretodo por observar como esa impresionante iglesia fue terminada por los gobiernos republicanos del siglo XIX. De hecho, se terminó la construcción del templo sin tener claro para qué serviría: ¿albergaría la Asamblea Nacional? ¿La Bolsa? Finalmente, fue consagrada como templo católico. Un espacio dónde, por cierto, la coronación de Napoleón está representada en el ábside.

La separación entre iglesia y Estado no ha sido nunca fácil. Ni en la atea Francia. Aunque allí, pese a este tipo de representaciones históricas, parece que existe una separación –al menos oficial- más intensa y marcada que en España. Quizás porque es un país más plural –no sólo hay una iglesia, sino que conviven muchas más religiones desde hace más tiempo- y menos religiosamente oficial, el presidente Sarkozy ha tardado bastante en hablar sobre la polémica de los minaretes en Suiza. Quizás también por esa dependencia histórica, hay debates superados. Como el de los crucifijos en las escuelas o las lecciones de religión.

En los últimos días la consellera de trabajo de la Generalitat de Catalunya, Mar Serna, ha planteado la necesidad de cambiar la festividad del 8 de diciembre por una que no sea religiosa. Hace unas semanas, el conseller de educación catalán planteaba la posibilidad de borrar cualquier connotación religiosa con las vacaciones escolares. Pero también en los últimos días ERC y PSOE han explorado en el Congreso de los Diputados qué hacer con los crucifijos en las escuelas.

La Iglesia católica, por su parte, no ha cesado de intervenir en el debate público a raíz de los avances en la conocida como Ley del Aborto (aunque abarca un campo mucho más amplio), llegando a amenazar con excomunión a todo político que peque por apoyar este tipo de leyes que no se dirigen a un sector religioso determinado de la sociedad, sino a su globalidad.

El caso parece bien claro: la fe es un asunto espinoso para Zapatero. En la católica España, enarbolar la bandera del laicismo tiene un coste y sus beneficios no parecen muy claros. Aunque cada vez sean menos los católicos de misa dominical, culturalmente el apego a la iglesia sigue siendo un bastión. Incluso en las filas socialistas.

Carles Castro, uno de los mejores analistas políticos del país, señalaba hace unos meses que los barómetros del CIS marcan una tendencia muy clara que explicaría el quiero y no puedo del Gobierno. O sea, liderar la reforma de los supuestos para permitir el aborto, pero a la vez dar marcha atrás en otros. O lanzar el globo sonda de los crucifijos para luego nadar y guardar la ropa. Y es que a la luz de los números, el Gobierno no sabe a ciencia cierta qué puede generar en su electorado sus decisiones.

Despenalizar el aborto, retirar las cruces de las aulas, evitar menciones a fiestas religiosas católicas en un país religiosamente plural, etc. pueden parecer propuestas en la línea de una visión laica de la vida y la sociedad. Sin embargo, el apoyo a la despenalización del aborto es mayor entre el electorado de CiU –de base más católica y conservadora- que entre el del PSOE. Así, sólo un 28,9% de los votantes socialistas está a favor de una despenalización total del aborto; frente al 32% de los de CiU. De hecho, el 60% del electorado de CiU está a favor de la despenalización con pocos límites ante el 45,5% de los socialistas.

Aunque el tema de los crucifijos en las aulas o las fiestas religiosas no se vea en las encuestas, existen ciertos datos generales sobre los símbolos religiosos. Por ejemplo, los votantes de izquierdas, pese a ser en teoría más proclives a la laicización del Estado, son mas tolerantes con el velo musulmán en las aulas que los votantes de derechas e independentistas catalanes (por encima del 50% en las izquierdas contra un 60% en el PP y ERC y un 70% en el caso de CiU).

Tal y como muestra Castro, las diferencias respecto a este tipo de temas muestra en realidad un interesante debate alrededor de la religiosidad. Pero sobretodo, las contradicciones propias de un país de profunda tradición católica oficial y que vivió 40 años bajo una dictadura nacionalcatólica. El laicismo no triunfa. Por ello, apoderarse de ese espacio es peligroso. Para muchos ciudadanos, incluso de su partido, Zapatero es un radical ateo que pone en peligro las bases religiosas del país. Aunque sólo vayan a misa para las bodas. Quizás por ello, podemos entender esa marcha atrás constante en todo lo que tenga que ver con la fe. Globos sonda que parece que quieran hacer comulgar con ruedas de molino.

Tomar posesión de un cargo, ¿con Dios o sin Dios?

La polémica sobre la toma de posesión de Patxi López como lehendakari no ha traspasado el ámbito vasco. Los argumentos esgrimidos por los medios de comunicación y opinadores españoles ha sido clara: López no podía jurar ante Dios ni lo podía hacer humillado.

Vayamos por partes. Desde que el lehendakari Aguirre tomara posesión de su cargo en 1936, todos los presidentes vascos (hasta ahora del PNV) han usado su misma fórmula, hasta la toma de Patxi López que ha cambiado la mención a Dios y ha introducido referencias a la Constitución y al Estatuto:

«Ante Dios humillado; de pie sobre la tierra vasca; con el recuerdo de los antepasados; bajo el árbol de Gernika, juro cumplir fielmente mi mandato.»

Unido a una ceremonia simbólica enraizada en lo vasco, bajo el árbol de Gernika; este ha sido uno de los primeros mensajes de cambio en Euskadi. Sin embargo, del debate echo de menos una cuestión esencial: ¿debe haber presencia o mención alguna a elementos religiosos en la toma de posesión de cargos públicos?

En el Palacio de la Zarzuela y en muchos actos de toma de posesión de cargos en comunidades autónomas y ayuntamientos, el crucifijo es un invitado más a la escena. Los cargos juran o prometen su cargo (según consciencia), ante la Constitución, Estatuto o texto legal al uso… y la presencia de un símbolo religioso, de un modo completamente normalizado. Así lo hemos visto en la Comunidad de Madrid o en Galicia, por ejemplo.

Muchos podrán pensar que el debate sobre la presencia de elementos religiosos responde a una naturaleza coyuntural, pero no es cierto. España no tiene confesión oficial desde 1978, pero sus gentes no siempre han sido católicos practicantes. Ceuta y Melilla, ciudades autónomas, tienen un buen grueso de población musulmana que hoy engrosan los inmigrantes y sus hijos que ya son ciudadanos de pleno derecho. La nuestra es una sociedad plural y la aconfesionalidad del Estado debe primar sobre todas las cosas.

La cuestión, en el fondo, no ha sido religiosa sino nacionalista. El cambio, teñido bajo argumentos como “un laico no puede jurar ante Dios”, tenía más por objetivo desterrar la simbología nacionalista que la divina. Porque ese argumento de laicidad o agnosticismo del tomador del cargo no se ha visto a escala nacional. No hemos visto nunca a ningún jefe del ejecutivo socialista o ministro prometiendo su cargo sin la presencia de la cruz, o al menos manifestando públicamente su deseo de hacerlo.

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