¿Por qué funcionan los anuncios electorales en Estados Unidos?

En 2004, un spot electoral directo a la yugular de John Kerry le costó las elecciones. En 2008, un vídeo musical de Barack Obama le ayudó a conectar con millones de personas. En 1964, un spot electoral hizo que todo un país votara por miedo. En Estados Unidos los spots electorales son algo más que un soporte publicitario. Son auténticas armas en una guerra sin cuartel. ¿Por qué funcionan los spots en Estados Unidos y en España no dejan de ser un compromiso?

Los anuncios electorales son básicos en una campaña electoral en Estados Unidos. Son algo más que un ritual. Son armas. Armas para doblegar al enemigo y llevarse el mayor botín de guerra: sus votos. Y eso es así porque en Estados Unidos se dan tres cuestiones que no se dan en nuestro país. En primer lugar, son parte central de la estrategia de campaña. En segundo lugar, por la liberalización de los espacios comerciales. Y en tercer lugar, porque en una campaña presidencial se mueve mucho, mucho dinero.

Los anuncios son parte de la estrategia. No del ritual de campaña. Los anuncios se entienden como munición de ataque y de construcción de liderazgo. Se administran. Tanto en tiempo como en forma y lugar. Las campañas identifican en qué estados se lo están jugando todo y aplican una estrategia casi quirúrgica. Emitir anuncios en los estados clave, en las horas clave y segmentándolos para las audiencias clave. Y se emiten en el momento adecuado. Por ejemplo, en las últimas semanas Donald Trump ha expresado en más de una ocasión que su campaña está en mejor forma que la de Clinton porque aún no ha tenido que gastar dinero en anuncios y que lo hará cuando la campaña esté más avanzada.

Este primer factor no sería posible sin la liberalización existente en los espacios comerciales. En España, los spots electorales solo se pueden emitir en los bloques de publicidad electoral de las televisiones públicas. Y esos bloques están reglados y se reparten en base al resultado electoral en las elecciones anteriores. Un partido no puede comprar un espacio de publicidad en Telecinco durante la emisión de un Sálvame Deluxe para tener un spot de 30 segundos contando por qué deben votarle.

En Estados Unidos, las campañas pueden anunciarse en las cadenas que quieran y cuando quieran. No hay límite de tiempo. Un spot puede emitirse durante las primarias. E incluso el día de las elecciones. Eso sí, los spots deben ir firmados. Se debe informar de quién paga el anuncio. Así, los anuncios oficiales pagados por la campaña incluyen un rótulo en el que dice que ha sido pagado por la campaña: “Paid for by Hillary for America”. Y el candidato graba un pequeño mensaje “I’m Mitt Romney and I approve this message”.

En España, solo en las televisiones públicas, en bloques electorales y durante los días de campaña se pueden emitir los spots. Durante el día de reflexión y la jornada electoral están prohibidos. Los spots sólo pueden ser oficiales y de la campaña.

Y eso vale dinero. Muchísimo dinero. Las campañas son máquinas perfectamente engrasadas para conseguir fondos que se destinan en una gran proporción para pagar anuncios en televisión. No hay nada más caro como la publicidad en televisión. Pero, a día de hoy, es efectivo.

Estos factores llevan a las campañas electorales en Estados Unidos a una explosión de creatividad y de efectividad. Si un spot debe servir a un objetivo concreto, puede emitirse en el momento en el que la campaña lo decide y cuesta dinero, esos anuncios son buenos. Muy buenos.

Pero llevan a algo más: los spots alimentan el ciclo de información política. Antes de Youtube, la viralidad se conseguía hablando de ellos en las noticias. Un spot hace que los periodistas hablen de él, de lo que quería y del mensaje que lleva. Y eso amplifica su efecto. Por ejemplo, durante la campaña presidencial de 2004 en la que el actual secretario de Estado John Kerry se enfrentó a Bush, el spot pagado por una asociación de veteranos de guerra favorable a Bush puso en duda su lealtad a sus compañeros soldados y eso nubló su campaña. Llevó a que el electorado se preguntara si podía ser comandante en jefe.

Este tipo de modelo también lleva a una gran cantidad de estilos en los anuncios electorales. Desde anuncios negativos, a otros en tono de humor o de construcción del candidato. Pero no da pie a monólogos sin sentido del candidato, a bellas construcciones poéticas o alardes musicales. Los spots deben ser efectivos. Porque son caros. Y porque están pensados para quién los consume.

Por eso los anuncios electorales funcionan en Estados Unidos. Por eso son tan importantes. Por eso, los amantes de la publicidad y la comunicación los observamos con detenimiento. Y por eso algunos seguimos pensando que en España tenemos mucho por hacer.

Las pulseras del poder

En 2004 la fundación de lucha contra el cáncer del ciclista Lance Armstrong lanzó la pulsera amarilla Livestrong, un pequeño brazalete de silicona que tuvo un enorme impacto en todo el mundo. Celebridades de varios campos no dudaron en lucir la pulsera que apoyaba la causa del ciclista, un apoyo que también llegó de los candidatos a las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004, como John Edwards o John Kerry. Lucir un determinado brazalete también es una forma de enviar un mensaje a los votantes. Las pulseras del poder dicen mucho –a veces de forma involuntaria- de quien las lleva.

La polémica sobre la Power Balance de la ministra de Sanidad, Leire Pajín, motiva este artículo sobre estos complementos que a veces pasan completamente desapercibidos, pero que en otras ocasiones puede llevar mensajes implícitos. El caso de Pajín mostró cómo las redes pueden llegar a ejercer presión y convertir una anécdota en tema de portada. Tanto, que incluso el Twitter del PSOE hizo referencia a la ausencia de la pulsera holográfica en su toma de posesión. La historia de la Power Balance de la ministra es muy sencilla. Pese a saber que se trataba de un producto que ha sido denunciado por fraude y que el propio Ministerio ha alertado de su inutilidad, la ministra la llevaba por ser un regalo personal de alguien allegado. Algo que muchos usuarios hacen: saben que no sirve para nada pero no deja de ser un regalo. Pero sin duda, que la ministra de Sanidad la llevara ejerciendo el cargo tendría un mensaje incoherente con lo recomendado por su propio departamento, por lo que la Power Balance dejó de tener su poder… político.

Pese a la polémica, Pajín no ha sido la única política española en usar este tipo de pulseras. El vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, y el lehendakari López también las han lucido en público. Aunque en su caso, dejaron de hacerlo en cuanto se conoció que los beneficios para la salud no eran tales.

John McCain y el presidente Obama apoyaron sus mensajes sobre la situación en Irak y sus propuestas respecto a la guerra en dos pulseras. El senador de Arizona llevaba la pulsera que la madre del soldado Matthew Stanley le dio en Wolfeboro, New Hampshire, durante un mitin. La madre del soldado le pidió que llevara el Hero bracelet con el nombre del fallecido soldado, que cayó en las afueras de Bagdad. McCain contaba que al hacerlo, le pidió que hiciera lo posible para asegurar que la muerte de su hijo no fue en vano.

La historia de Obama, en cambio, tenía en la necesidad de evitar otra muerte más la justificación de la entrega de la pulsera. En el caso del presidente, la madre del sargento Ryan David Jopek le pidió que llevará la pulsera con su nombre y que evitara que otra madre pasara por lo que había sufrido ella. Aunque hubo cierta polémica sobre el uso del nombre del soldado en campaña, Obama habló de ello durante uno de los debates presidenciales. En todo caso, los dos candidatos usaban una imagen muy visual y muy emocional –el compromiso con una víctima- para construir su mensaje sobre Irak. Un complemento en la muñeca para explicar un modelo de acción política y militar en la zona más caliente del planeta.

Las pulseras también tienen el poder de ser un elemento de campaña. Hace unos meses veíamos en este post las formas alternativas de la oposición al gobierno de Zapatero con productos de merchandising político distintos a los habituales. Desde la reproducción de un feto para protestar contra la nueva ley del aborto como las pulseras que proclamaban que el portador no había votado a Zapatero. Aunque este no era el único ejemplo de pulseras usadas por la oposición. Sin ir más lejos, en 2007 las Nuevas Generaciones del PP repartieron pulseras para protestar por la dictadura cubana, con un mensaje claro “Cuba Libre, ya”.

Las pulseras del poder son pulseras con mensaje, una forma muy real de llevar el mensaje en el propio vestuario y compartirlo con votantes, simpatizantes y compañeros de aventura política.

Hacer campaña sin bajar del autobús

John Kerry no despertaba demasiadas pasiones. Europa tenía fe en él –bueno, quizás desesperación sería la palabra justa- pero para muchos norteamericanos, a ese hombre le faltaba espíritu cuando se dirigía a las masas. Lo tenía todo a favor: un presidente impopular que comandaba una guerra ilegal. Un presidente que, cuando los jóvenes americanos luchaban en Vietnam, usó sus influencias para servir en su Texas natal. Él era un héroe de guerra, había arriesgado su vida por los compañeros en el frente. Lo tenía todo de frente para ser presidente.

Pero de golpe apareció un spot de campaña que no lo firmaba el cuartel de Bush. Una asociación de veteranos de Vietnam (Swift Boat Veterans for Truth) ponía en duda su heroísmo. Una serie de anuncios que ponían en tela de juicio la honestidad de alguien que parecía moralmente superior al presidente Bush.

Aunque en este caso la dirección del anuncio era clara y no era preciso tener muchas luces para entender de dónde venía el ataque; el mensaje caló. Y el daño fue tan grande que Kerry no pudo despegar en las encuestas…

Este ejemplo nos sirve para ilustrar como a veces, asociaciones pueden tener una gran influencia en una campaña o en modelar una percepción. Pero sobretodo, como cada país sabe buscar su propio modo de colarse en la campaña oficial. La práctica de financiar spots de asociaciones que defienden los mismos objetivos que los candidatos es muy común en Estados Unidos. En España no tanto en televisión –principalmente por el coste y porque el tejido asociativo y de lobbys no es el mismo- sino en otros formatos. Y parece que el formato estrella son los autobuses urbanos.

Asociaciones tan variopintas como los defensores de la supresión del impuesto de sucesiones, los defensores del bilingüismo o los ateos y los creyentes, han protagonizado campañas en autobuses que, más por las decisiones de los entes que por los mensajes, han generado polémica. Pero en cierta manera, consiguieron sus objetivos: poner el tema sobre la mesa. Quizás no con la misma concreción o efectividad de los norteamericanos, pero hacer política y comunicarla ya no es dominio exclusivo de los partidos.

Aunque en el caso de los autobuses lo que lo convierte en una potente herramienta de comunicación política es la reacción que generan. Y el último caso es un buen ejemplo. Tarragona y Girona, capitales gobernadas por el PSC han prohibido que en sus autobuses aparezca la campaña contra la ley de sucesiones y eso es lo que ha encendido la polémica, multiplicando los impactos, los comentarios y el estado de opinión sobre el tema. Más que si hubiesen permitido que el anuncio se paseara por estas dos ciudades. A veces no es necesario poner las siglas y el logo de un partido para hacer ruido. Seas un veterano del Vietnam o el dedo de un cadáver en un mortuorio.