Hacer campaña sin bajar del autobús

John Kerry no despertaba demasiadas pasiones. Europa tenía fe en él –bueno, quizás desesperación sería la palabra justa- pero para muchos norteamericanos, a ese hombre le faltaba espíritu cuando se dirigía a las masas. Lo tenía todo a favor: un presidente impopular que comandaba una guerra ilegal. Un presidente que, cuando los jóvenes americanos luchaban en Vietnam, usó sus influencias para servir en su Texas natal. Él era un héroe de guerra, había arriesgado su vida por los compañeros en el frente. Lo tenía todo de frente para ser presidente.

Pero de golpe apareció un spot de campaña que no lo firmaba el cuartel de Bush. Una asociación de veteranos de Vietnam (Swift Boat Veterans for Truth) ponía en duda su heroísmo. Una serie de anuncios que ponían en tela de juicio la honestidad de alguien que parecía moralmente superior al presidente Bush.

Aunque en este caso la dirección del anuncio era clara y no era preciso tener muchas luces para entender de dónde venía el ataque; el mensaje caló. Y el daño fue tan grande que Kerry no pudo despegar en las encuestas…

Este ejemplo nos sirve para ilustrar como a veces, asociaciones pueden tener una gran influencia en una campaña o en modelar una percepción. Pero sobretodo, como cada país sabe buscar su propio modo de colarse en la campaña oficial. La práctica de financiar spots de asociaciones que defienden los mismos objetivos que los candidatos es muy común en Estados Unidos. En España no tanto en televisión –principalmente por el coste y porque el tejido asociativo y de lobbys no es el mismo- sino en otros formatos. Y parece que el formato estrella son los autobuses urbanos.

Asociaciones tan variopintas como los defensores de la supresión del impuesto de sucesiones, los defensores del bilingüismo o los ateos y los creyentes, han protagonizado campañas en autobuses que, más por las decisiones de los entes que por los mensajes, han generado polémica. Pero en cierta manera, consiguieron sus objetivos: poner el tema sobre la mesa. Quizás no con la misma concreción o efectividad de los norteamericanos, pero hacer política y comunicarla ya no es dominio exclusivo de los partidos.

Aunque en el caso de los autobuses lo que lo convierte en una potente herramienta de comunicación política es la reacción que generan. Y el último caso es un buen ejemplo. Tarragona y Girona, capitales gobernadas por el PSC han prohibido que en sus autobuses aparezca la campaña contra la ley de sucesiones y eso es lo que ha encendido la polémica, multiplicando los impactos, los comentarios y el estado de opinión sobre el tema. Más que si hubiesen permitido que el anuncio se paseara por estas dos ciudades. A veces no es necesario poner las siglas y el logo de un partido para hacer ruido. Seas un veterano del Vietnam o el dedo de un cadáver en un mortuorio.

El impuesto de la muerte

CiU no conseguirá suprimir el impuesto de sucesiones hasta que gobierne… o hasta que consiga cambiar el marco conceptual de muchos ciudadanos que expresen mayoritariamente su deseo de acabar con este impuesto. Y quizás dotarse de una estrategia un poco menos contradictoria.

Es evidente que hay una cuestión ideológica de fondo que no se puede atajar sólo con una estrategia de comunicación, pero la experiencia americana es muy clara al respecto. La población a favor de eliminar el impuesto de sucesiones no era el mismo que quién quería terminar con el impuesto de la muerte. Más del 70% estaban a favor de este último, muchos más que en opciones similares a la primera. ¿Por qué hay un cambio tan grande respecto al mismo concepto?

La explicación es los conceptos que evoca una palabra. El marco en el que se desenvuelve. Y eso es básico. Cuándo hablamos de muerte, pensamos en alguna experiencia personal, en el entierro, el funeral, los trámites. En el dolor, el desconsuelo. El negro del luto. ¿Quién no quiere suprimir un impuesto que se asocia a algo tan doloroso?

El término deja de ser neutral y, de golpe, desaparece la imagen de señores del tipo Millet celebrando la supresión de un impuesto para todos los patrimonios, incluido el de los súper ricos.

El debate en el Parlament de ayer –uno de los más vibrantes de los últimos acontecidos-, CiU no usó una aproximación de este tipo. El concepto empieza a aparecer en algunos comentarios en medios y blogs, pero el mensaje político sigue fijado en términos clásicos. Y las fuerzas de izquierda las rebaten de un modo más próximo y emocional, con una apelación directa: si suprimimos el impuesto, ¿de dónde sacamos los 800 millones de euros que faltaran en el presupuesto? ¿Cómo dejamos de construir hospitales y escuelas para que unos señores con millones dejen de pagar un impuesto? Es simplificado, lo sé, pero es lo que muchos ciudadanos pueden creer.

El lenguaje es fundamental, hay que elegir bien cada palabra. Sobretodo si luego se incluyen estrategias distorsionadoras. Si el impuesto es una competencia autonómica, ¿por qué CiU llevó el tema al Congreso? ¿No ha introducido ruido en un debate que, queramos o no, es básicamente emocional?