Merengue, merengue: el PP da en el clavo con su himno

“Estuvimos dudando entre el reguetón y el merengue y finalmente optamos por el merengue”. Con estas palabras Moragas, director de la campaña del PP para las elecciones del próximo 26 de junio, anunció a los medios en la sala de prensa de Génova 13 que habían versionado su himno una vez más. Y se armó la marimonera. O cómo se dice ahora, se hizo viral.

Y creo que ha sido un acierto total. El análisis en corto puede parecer simple: crean un contenido viral, un contraste entre la seriedad de Moragas y lo más cachondo del verano patrio. Y claro, si el himno del PP ya es más pegadizo que una moneda de esas de gominola en el paladar, ¿cómo no va a triunfar la versión merengue?

Pero el análisis en corto no nos deja ver algo que es aún más fascinante: la explosión clara de la política de los sentidos. Nuestro comportamiento político tiene en su base una serie de interacciones con nuestro entorno. Nuestro cerebro interactúa con el mundo a través de los sentidos. ¿Cómo no tener en cuenta el papel de los sentidos para plantear acciones de comunicación que consigan persuadir al electorado?

El oído, y a través de él, ese ritmo de verano que no dudaría en pinchar en mis escarceos de DJ, son un claro ejemplo de ello. Y sí, este artículo puede dar un paso más en mezclar virales y voy a mencionar a Punset. Según el divulgador científico, “el cerebro es muy sensible a la música”. No sólo es protagonista durante el proceso de aprendizaje –aprendemos el abecedario con una canción, por ejemplo- y se ha descubierto que puede ser una potente manera de afrontar ciertas disfunciones cerebrales. La música y el canto tienen la virtud de ser un modo de lenguaje que permite, según el mismo autor “alcanzar cosas que la voz hablada no podría” y que tienen en las emociones su principal receptáculo.

Los poderes de la música en la formación de estados emocionales y respuestas de nuestro cuerpo ya eran estudiadas, tal y como reseña Sebastià Serrano, por Pitágoras en la Escuela de Delfos. Allí, enseñaba a sus alumnos cómo producir estas respuestas y cambiar los comportamientos de las personas o acelerar, en algunos casos, los procesos de curación. Según estas posturas, la música es un generador de estados de ánimo y puede intervenir para modificar o crearlos: calmar, confortar y mejorar sensaciones como el miedo, la ansiedad o el dolor.

¿Por qué la música tiene estas capacidades? Cantar o escuchar música provoca estados de satisfacción y felicidad. Las pupilas se dilatan y aumentan los niveles de endorfinas. Este neurotransmisor se produce en situaciones de dolor para atenuar sus efectos, y tiene un rol importante en otras sensaciones, como el placer, la alegría, el bienestar o la euforia. La música desata un conjunto de reacciones químicas y eléctricas que tienen en la activación de los canales auditivos y sus conexiones con la corteza auditiva, partes de la corteza frontal y prefrontal, la amígdala y otras regiones del cerebro que intervienen en la gratificación, la emoción y la motivación.

Por ello, no hacemos más que encontrar ejemplos del uso de la música en campañas electorales. De las canciones de campaña al uso de la música en spots electorales. Y ahí el PP ha dado en el clavo. Mientras que en infinidad de campañas patrias la canción de campaña acaba siendo una de las favoritas de la playlist del candidato, que muchas veces se pasa de moderno, esa canción no tiene por qué llegar al electorado si no es capaz de generar las emociones que se buscan.

La versión merengue del himno del PP, sin embargo, consigue crear el estado de ánimo que el partido busca en el electorado. Busca ese buen rollo que corrobore su recuperación, su optimismo por el futuro y el abandonar los últimos cuatro años valorados negativamente por los españoles encuesta tras encuesta. Y encima lo hacen con el himno, que aunque no tenga per se un objetivo de persuasión, ayudan a quién lo escucha a tener una respuesta positiva a través de eso fondo musical que envuelve el contenido verbal. Así, tanto los himnos como los jingles tienen la función de captar la atención y resultar atractivos. Además de promover el recuerdo, como si de una post-it se tratara.

Como si de marcadores somáticos se tratara, los himnos pueden evocar en ciertos momentos una realidad política, como el sonido de una Harley-Davison llama a la libertad y por ello esta compañía dedicó tantos esfuerzos a protegerlo.

El himno del PP en versión merengue lleva ya dos días sonando en las oficinas de todo el país. Con un ritmo pegadizo y positivo. Con una carcajada o una sonrisa asociada a ello. Con miles de memes como este con Maduro. Y eso, gota a gota, crea una marea de sentimientos positivos. ¿Servirá para que un no votante vote al PP? No, lo dudo. ¿Servirá para que un indeciso lo haga? Puede que lo consiga. No por el himno en sí, sino por el cambio de las emociones hacia ese receptor. No sé cómo hubiese sido la versión reguetón, pero me muero de ganas por saberlo.

Himno a la Esperanza

Cuando digo himno a la Esperanza no me refiero a una de esas odas a la libertad tan decimonónicas, sino a la peculiar versión de la Marcha Real con la que la presidenta de la Comunidad de Madrid nos obsequió ayer.

Aguirre es una amante de dar comidilla para los burladeros, ya sean de la Comunidad, de la prensa o de la Red, y lo hace como pocas personas saben hacerlo en este país. De la presidenta (o lideresa, como algunos la llaman) podemos recordar varias photo-op’s curiosas: vestida de chulapa, ataviada con calcetines ensangrentados, una rebeca con las estrellas de la comunidad en plena tormenta política sobre la crisis de los espías… y ahora el himno.

La escena de ayer mata varios pájaros de un tiro:

  • Por un lado, envía un mensaje claro: no se avergüenza de cantar el himno. No se avergüenza porque no titubea en tararearlo y no se avergüenza porque a española no le gana nadie.
  • En segundo lugar, sigue pareciendo simpática, campechana y llana.
  • Y en tercer lugar, consigue ser la imagen del día, en un tono festivo y de notable jolgorio, el día que tres asesores de su gobierno han sido imputados por el caso de espionaje. Pero el completo día de Aguirre no terminó ahí: tuvo tiempo para llamar a Zapatero “sindicalista retrógrado piquetero”, asegurándose así más cobertura ante las noticias que no le gustaban.

Algunos podrían considerar que lo de Aguirre y el himno fue un descuido. Como al que le pillan desafinando el cumpleaños feliz en un vídeo familiar. O como el que se pone a bailar y cantar con más gallos que algún concursante de “Operación Triunfo” en el salón, mientras llega una visita inesperada. Pero no, créanme, Aguirre sabe lo que hace. No cómo el célebre error del himno que sonó en la Copa Davis de 2003.

Pero ya para rizar el rizo, y como reflexión final, ¿qué opinarán los más puritanos respecto al himno de este país con la interpretación de Aguirre? ¿Seguirá empeñado el COE en buscar una letra para la Marcha Real y terminar con esta repetición de sonidos guturales? ¿Pensarán en adoptar la letra con tintes retrógrados de Paulino Cubero, el parado manchego que ganó el concurso del COE? O ya la máxima, ¿Qué es peor para el himno, que lo silben o que lo descuartice la presidenta a ritmo de chunda chunda?

Si abuchean, al vestidor

¿Está pasado de moda el patriotismo? ¿Están pasadas de moda las banderas y las naciones? A juzgar por los acontecimientos de esta semana nada nos hace pensar lo contrario. El asunto del «coñazo» del desfile del 12 de octubre inició la semana que ha tenido un punto culminante en Francia: la selección nacional no jugará más partidos dónde la Marsellesa sea pitada.

Pero, ¿qué vigencia tienen los símbolos nacionales en un mundo cada vez más conectado, en un mundo en red, dónde quizás compartimos más con una persona que vive en Melbourne que con la mayoría de nacionales? Pues tiene. Y mucha. Hay proyectos políticos que se basan estrictamente en la visión de un país, de una nación, de un territorio. Hay otros proyectos que nos construyen alrededor de la negación de otros proyectos. El estado del patriotismo y la nación están todavía en el orden del día. De hecho, es consecuencia de la propia globalización: en un contexto tan grande, hace falta reclamar de dónde somos.

¿Y como se manifiesta este nacionalismo? En los símbolos, que parecen haber cobrado más protagonismo que nunca en la vida pública. Los himnos tienen por objetivo emocionar sentimientos lo suficiente importantes y solemnes como la propia idea de nación. Si vas a YouTube y escuchas unos cuántos himnos seguidos, aunque no entendáis la letra o no sea vuestro, podréis sentir la emoción. Los sueños, los proyectos futuros, los episodios épicos de la historia a los que hacen referencia, era precisamente lo que le faltaba al himno español. Y de este modo, tuvimos un episodio lo suficientemente curioso en casa, tal y como ya preveía Antoni antes de que estallara.

Pero este no ha sido el único episodio con el himno español como protagonista. El uso de este al finalizar las manifestaciones que el PP apoyaba durante la última legislatura, fue una fuente de polémica. Los Segadors tampoco se han librado de polémica a lo largo de los años, y en 30 años de democracia hemos visto como las comunidades autónomas se han ido haciendo acopio de sus cantos. Y banderas.

Banderas que, algunas más que otras, han disfrutado de protección legal para evitar los ultrajes a la misma. Aunque en otros países algunos crean que quemar una bandera es un derecho, en España hemos visto como en los últimos años ha habido sentencias por la quema de banderas y ultrajes  a estos símbolos. Claro que también asistimos al resurgimiento del orgullo por enseñar la enseña nacional tras el triunfo en la Eurocopa. E incluso, los partidos políticos se han buscado las cosquillas alrededor de si la bandera española ondea o no a los ayuntamientos. Y también hemos visto como la campaña para hacer lucir las estladas a las casas consistoriales el pasado 11 de septiembre, tuvo su tensión política.

Y podríamos seguir. Porque la reacción del gobierno de Sarkozy a los acontecimientos del último partido en Túnez nos demuestran que no andamos hacia una gran identidad nacional europea, aunque a nivel financiero se busquen respuestas conjuntas, sino que la reclamación de los ejes básicos de identidad está más vigente que nunca.

¿Qué ha querido comunicar Sarkozy con esta reacción?

La idea de Francia no está pasada de moda.
Francia, pese a la modernidad y la evolución, no reniega de sus símbolos.
Volver a poner la idea de la nación al centro del debate político.
Y no lo olvidemos, que los episodios anteriores hayan pasado con otros países del Magreb es un toque de atención a todos aquellos franceses que tienen su origen allá: sois franceses y la Marsellesa es vuestro himno.

Porque en el fondo, la vigencia de estos debates esta íntimamente relacionada con la pervivencia de la nación, o el qué es más importante, la defensa de un statu quo cada vez más amenazado por la integración del mundo.