Hill Force One. Trump Force One. Los aviones de los candidatos.

4.500 kilómetros separan la ciudad de Nueva York de Los Ángeles. 31 votos electorales en el estado de la primera ciudad. 55 en el segundo. 5.300 separan Seattle de Miami. 11 votos electorales en Washington. En Florida, 27. Estados Unidos es un país enorme, el día tiene 24 horas y solo hay un candidato por partido. Así viajan los candidatos.

Las campañas electorales han cambiado al galope de los nuevos medios de comunicación y transporte. De la radio a la televisión. De la televisión a internet. Del caballo al tren. Del tren al autobús. Del autobús al avión. Desde la década de los 70, es imposible entender la campaña sin el avión de los candidatos.

Forman parte del imaginario colectivo de las campañas electorales. Son rápidos y permiten recorrer grandes distancias. Permiten viajar con la prensa y asegurar la cobertura en todas las paradas de la campaña, trabajar durante los vuelos y dormir entre acto y acto. Los candidatos tienen reuniones con donantes a bordo de sus aviones y consiguen más fondos para sus campañas.

En esta campaña electoral, Hillary Clinton y Donald Trump también tienen sus aviones de campaña. Pero esta campaña también tiene sus particularidades en estos pájaros de acero. Veamos cómo vuela cada candidato.

Hill Force One

Hillary Clinton no presentó su avión de campaña hasta el 5 de septiembre, solo 64 días antes de las elecciones. Trump vuela con su propio avión desde el primer día de la campaña de las primarias. Hasta ese momento, Clinton viajaba en un Falcon y la prensa, en otro. El Falcon le costaba unos 6.000$ la hora.

Clinton viaja en un Boeing 737 -el competidor del A320, que es el avión que sueles ver en vuelos nacionales y europeos-. Made in America. 14 años de antigüedad. Fue propiedad de Air Berlin. Está personalizado para la campaña, con el logo de la campaña en la cola del avión y el lema “Stronger Together” en la parte delantera. Todo el fuselaje está pintado en tonos azules, el color del partido Demócrata.

La cabina está dividida en cuatro partes: una para Clinton y su equipo, otra para el equipo, otra para el Servicio Secreto y la última para los periodistas, que tienen 42 asientos a bordo. El avión tiene wifi y el primer vuelo oficial en campaña fue a un swing state: Ohio.

En el vuelo inaugural, días antes de la baja por neumonía, Clinton dio su primera rueda de prensa en varias semanas. Sus pocas intervenciones en medios durante el verano eran ya un tema de campaña.

Trump Force One

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Donald Trump viaja en su propio avión desde el principio de la campaña. Ya lo tenía en propiedad. Lo compró en 2011 al fundador de Microsoft Paul Allen. El avión personal de Trump es un Boeing 757-200, el sexto avión más caro del mundo. También made in America. Los motores son Rolls Royce. Cada hora de vuelo le cuesta 7.000$.

Un 757 comercial tiene capacidad para 239 pasajeros, pero en el modelo personalizado de Trump solo caben 43 personas. Los periodistas no viajan con Trump. Y a veces no llegan a los actos del candidato. Los periodistas no pueden disfrutar de los lujos del avión, que incluyen una habitación, un comedor y una habitación de invitados. Ni de los baños con grifería en oro de 24 quilates. Ni del sistema de cine y audio. Ni pueden abrocharse los cinturones… de oro. Este vídeo no tiene pérdida:

En el fuselaje encontramos el nombre de Trump en la parte delantera y una T en la cola. Pintado en azul oscuro y las letras en blanco, con una franja roja. Los colores de la bandera.

Trump Force Two

El Trump Force Two, o TF2, también es un Boeing 737, como el de Hillary Clinton, es el avión del candidato a la vicepresidencia, Mike Pence. El modelo tiene capacidad para 137 asientos, pero este modelo solo tiene 64. Todos de primera clase. Este avión sí que lleva a bordo al candidato y a su equipo, además del Servicio Secreto y a periodistas.

The charter plane of Republican presidential candidate Donald Trump and vice presidential candidate Mike Pence is pictured though a bus window on the tarmac in Roanoke, Virginia, U.S., July 25, 2016. REUTERS/Carlo Allegri - RTSJLB3
The charter plane of Republican presidential candidate Donald Trump and vice presidential candidate Mike Pence is pictured though a bus window on the tarmac in Roanoke, Virginia, U.S., July 25, 2016. REUTERS/Carlo Allegri – RTSJLB3

Los whistle-stop tour modernos

Los aviones de campaña permiten hacer los whistle-stop tours modernos. Se trata del estilo de campaña que se hacía en el siglo XIX, a bordo de un tren, cuando este era el principal medio de transporte. El candidato hacía varias paradas pequeñas y se dirigía a los ciudadanos a bordo del tren. Una imagen icónica que ha llegado hasta nuestros días.

Los aviones permiten hacer algo similar. El ahorro en tiempo que supone hacer un acto en la pista de un aeropuerto permite que un candidato pueda estar en varios estados en un mismo día. Y la visita a un estado concreto puede arañar un buen puñado de votos. De la imagen icónica del tren a la del avión. Algo que Trump cree haber inventado.

Tras el inicio de los vuelos del Hill Force One, Trump la acusó de copiarle los actos a pie de pista con el avión de fondo. Algo que decenas de candidatos han hecho a lo largo de los últimos 40 años. El Air Force One será solo para uno de los dos. Y si Trump lo consigue, seguro que echará de menos los grifos de oro.

La salud de la nación

La neumonía de Hillary Clinton puede cambiarlo todo en esta campaña presidencial. No debería pasar, pero va a suponer un cambio en las percepciones del electorado que puede lastrar su proyección. Y lo puede hacer pese a que el derecho a su intimidad la asiste. Pero las percepciones no entienden de leyes ni de derechos. Y la salud de los presidentes es algo que más que una cuestión personal. Porque su salud, es la salud de la nación.

Una cosa es lo racional y otra lo emocional. Lo racional nos dice que Hillary Clinton, como Donald Trump, tienen derecho a la intimidad de su estado de salud. Su intimidad prevalece sobre una transparencia total. Les ampara la ley. Lo racional nos dice que Clinton sufre una neumonía. No es una enfermedad de extrema gravedad. De hecho, la única muerte por neumonía de un presidente se dio en 1841. Fue Harrison, que murió al 30º día de tomar posesión del cargo. Pilló una neumonía durante su discurso inaugural. Pero Hillary no es Harrison. Ni estamos en el 1841.

Estos elementos racionales deberían ser suficientes para cerrar un debate que no da más de sí. Pero la política no es un campo racional. Y los estrategas de campaña lo saben. Por ello, la enfermedad de Clinton va a ser un tema hasta la cita con las urnas si su equipo no es capaz de superarlo.

La condición médica de un candidato genera una dicotomía clara. Si un candidato está sano, es un líder fuerte. Si es un líder fuerte, gobernará bien. Si el candidato no está sano, es débil. Y los débiles no pueden gobernar. Instalar esa dicotomía en la mente del electorado puede lastrar en las urnas a un candidato. Y eso es lo que está intentando Trump.

Los ataques a la salud de Clinton no son nuevos. El campamento republicano intentó instalar las dudas sobre la salud de la candidata demócrata hace ya varias semanas. Si Trump es presidente, sería el presidente de más edad al tomar posesión. Desde entonces, ninguno de los dos candidatos han ofrecido muchos detalles de sus historiales de salud, salvo unos breves análisis favorables de sus respectivos médicos de confianza. Pero el desmayo durante el memorial de las víctimas del 11S reactiva los ataques de Trump. Y generan desconfianza hacia Clinton.

El equipo de Clinton alimentó esas dudas con declaraciones contradictorias sobre la salud de la candidata. De un golpe de calor a una neumonía diagnosticada días atrás. Elementos necesarios para la peor de las tormentas: una teoría de la conspiración. Que es lo que puede ocurrir en los próximos días.

Hollywood se ha encargado de hacernos partícipes de grandes operaciones encubiertas sobre la salud de los presidentes. Desde el doble del presidente que actúa como él bajo los mandos del jefe de gabinete porque el presidente está en muerte clínica a la trama sobre la salud del presidente Bartlet en (spoiler)  “El Ala Oeste de la Casa Blanca”. La trama interesa en Hollywood y en la vida real porque más allá de lo racional, la salud del presidente es la salud de la nación.

No es una cuestión del país de las barras y estrellas. La salud del jefe del estado importa y mucho. Y enciende debates cuando está en horas bajas. 6 de enero de 2014. Palacio Real de Madrid. Celebración de la Pascua Militar. El Rey Juan Carlos I se dirige a los militares en un desafortunado discurso en el que el monarca titubeó más de la cuenta y tuvo problemas para poder leer sus papeles. Por primera vez, se instalaba un debate profundo sobre la salud del Rey. De hecho, algunos periodistas indican que tras ello, la abdicación que se produciría meses más tarde y que se decidió a finales de ese mes, empezó con esas dudas sobre la salud del jefe del estado. Ese día, Zarzuela dijo que fue por culpa de la iluminación. Racional contra emocional.

Este es un debate, en esencia, emocional. La solución puede pasar por una transparencia que también es demandada a los líderes políticos en otros campos. Cuando la emoción imperante es la de desconfianza por debilidad, ni el mejor análisis clínico puede acabar con ella. El equipo de Clinton deberá dar con una respuesta totalmente emocional y construir confianza con ella si quiere recuperarse de este revés.

Hillary Clinton: los derechos de la mujer son derechos humanos

El próximo martes conmemoraremos el Día de la mujer trabajadora. El 8 de marzo es una fecha señalada en el recuerdo de todas aquellas mujeres que se enfrentaron al cambio imposible para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, especialmente en el laboral.

Esa lucha no terminó hace décadas. No es una vieja reivindicación. El propio presidente Obama tuvo que dedicarle una mención en su discurso de aceptación de la nominación: “And now is the time to keep the promise of equal pay for an equal day’s work, because I want my daughters to have exactly the same opportunities as your sons.”

En España, hemos visto como la igualdad, pese a los ataques conservadores que han sido ejemplos del más recalcitrante machismo, ha dominado la agenda. Pasos polémicos como la paridad en listas electorales, han contribuido a que nuestras instituciones se acerquen a un equilibrio entre hombres y mujeres. Pese a ello, sigue existiendo un techo de cristal para las mujeres en los consejos de administración y los puestos directivos en las empresas. En el reportaje de El País Semanal titulado “Retratos del poder”, sobre las diez grandes empresas españolas, veíamos en las fotografías a 89 directivos. Solo 8 eran mujeres.

Queda mucho por hacer. Por eso, hoy recordamos un discurso de una de esas mujeres, Hillary Clinton, que han dado una sensibilidad diferente a la política y que han luchado por la igualdad de derechos desde muy joven. Hoy es Secretaria de Estado de los Estados Unidos y en 1995, cuando era primera dama, dirigió este discurso en la 4th Conference on Women de las Naciones Unidas:

“It is time for us to say here in Beijing, and for the world to hear, that it is no longer acceptable to discuss women’s rights as separate from human rights.”

“Thank you very much, Gertrude Mongella, for your dedicated work that has brought us to this point, distinguished delegates, and guests:

I would like to thank the Secretary General for inviting me to be part of this important United Nations Fourth World Conference on Women. This is truly a celebration, a celebration of the contributions women make in every aspect of life: in the home, on the job, in the community, as mothers, wives, sisters, daughters, learners, workers, citizens, and leaders.

It is also a coming together, much the way women come together every day in every country. We come together in fields and factories, in village markets and supermarkets, in living rooms and board rooms. Whether it is while playing with our children in the park, or washing clothes in a river, or taking a break at the office water cooler, we come together and talk about our aspirations and concern. And time and again, our talk turns to our children and our families. However different we may appear, there is far more that unites us than divides us. We share a common future, and we are here to find common ground so that we may help bring new dignity and respect to women and girls all over the world, and in so doing bring new strength and stability to families as well.

By gathering in Beijing, we are focusing world attention on issues that matter most in our lives — the lives of women and their families: access to education, health care, jobs and credit, the chance to enjoy basic legal and human rights and to participate fully in the political life of our countries.

There are some who question the reason for this conference. Let them listen to the voices of women in their homes, neighborhoods, and workplaces. There are some who wonder whether the lives of women and girls matter to economic and political progress around the globe. Let them look at the women gathered here and at Huairou — the homemakers and nurses, the teachers and lawyers, the policymakers and women who run their own businesses. It is conferences like this that compel governments and peoples everywhere to listen, look, and face the world’s most pressing problems. Wasn’t it after all — after the women’s conference in Nairobi ten years ago that the world focused for the first time on the crisis of domestic violence?

Earlier today, I participated in a World Health Organization forum. In that forum, we talked about ways that government officials, NGOs, and individual citizens are working to address the health problems of women and girls. Tomorrow, I will attend a gathering of the United Nations Development Fund for Women. There, the discussion will focus on local — and highly successful — programs that give hard-working women access to credit so they can improve their own lives and the lives of their families.

What we are learning around the world is that if women are healthy and educated, their families will flourish. If women are free from violence, their families will flourish. If women have a chance to work and earn as full and equal partners in society, their families will flourish. And when families flourish, communities and nations do as well. That is why every woman, every man, every child, every family, and every nation on this planet does have a stake in the discussion that takes place here.

Over the past 25 years, I have worked persistently on issues relating to women, children, and families. Over the past two-and-a half years, I’ve had the opportunity to learn more about the challenges facing women in my own country and around the world.

I have met new mothers in Indonesia, who come together regularly in their village to discuss nutrition, family planning, and baby care. I have met working parents in Denmark who talk about the comfort they feel in knowing that their children can be cared for in safe, and nurturing after-school centers. I have met women in South Africa who helped lead the struggle to end apartheid and are now helping to build a new democracy. I have met with the leading women of my own hemisphere who are working every day to promote literacy and better health care for children in their countries. I have met women in India and Bangladesh who are taking out small loans to buy milk cows, or rickshaws, or thread in order to create a livelihood for themselves and their families. I have met the doctors and nurses in Belarus and Ukraine who are trying to keep children alive in the aftermath of Chernobyl.

The great challenge of this conference is to give voice to women everywhere whose experiences go unnoticed, whose words go unheard. Women comprise more than half the world’s population, 70% of the world’s poor, and two-thirds of those who are not taught to read and write. We are the primary caretakers for most of the world’s children and elderly. Yet much of the work we do is not valued — not by economists, not by historians, not by popular culture, not by government leaders.

At this very moment, as we sit here, women around the world are giving birth, raising children, cooking meals, washing clothes, cleaning houses, planting crops, working on assembly lines, running companies, and running countries. Women also are dying from diseases that should have been prevented or treated. They are watching their children succumb to malnutrition caused by poverty and economic deprivation. They are being denied the right to go to school by their own fathers and brothers. They are being forced into prostitution, and they are being barred from the bank lending offices and banned from the ballot box.

Those of us who have the opportunity to be here have the responsibility to speak for those who could not. As an American, I want to speak for those women in my own country, women who are raising children on the minimum wage, women who can’t afford health care or child care, women whose lives are threatened by violence, including violence in their own homes.

I want to speak up for mothers who are fighting for good schools, safe neighborhoods, clean air, and clean airwaves; for older women, some of them widows, who find that, after raising their families, their skills and life experiences are not valued in the marketplace; for women who are working all night as nurses, hotel clerks, or fast food chefs so that they can be at home during the day with their children; and for women everywhere who simply don’t have time to do everything they are called upon to do each and every day.

Speaking to you today, I speak for them, just as each of us speaks for women around the world who are denied the chance to go to school, or see a doctor, or own property, or have a say about the direction of their lives, simply because they are women. The truth is that most women around the world work both inside and outside the home, usually by necessity.

We need to understand there is no one formula for how women should lead our lives. That is why we must respect the choices that each woman makes for herself and her family. Every woman deserves the chance to realize her own God-given potential. But we must recognize that women will never gain full dignity until their human rights are respected and protected.

Our goals for this conference, to strengthen families and societies by empowering women to take greater control over their own destinies, cannot be fully achieved unless all governments — here and around the world — accept their responsibility to protect and promote internationally recognized human rights. The — The international community has long acknowledged and recently reaffirmed at Vienna that both women and men are entitled to a range of protections and personal freedoms, from the right of personal security to the right to determine freely the number and spacing of the children they bear. No one — No one should be forced to remain silent for fear of religious or political persecution, arrest, abuse, or torture.

Tragically, women are most often the ones whose human rights are violated. Even now, in the late 20th century, the rape of women continues to be used as an instrument of armed conflict. Women and children make up a large majority of the world’s refugees. And when women are excluded from the political process, they become even more vulnerable to abuse. I believe that now, on the eve of a new millennium, it is time to break the silence. It is time for us to say here in Beijing, and for the world to hear, that it is no longer acceptable to discuss women’s rights as separate from human rights.

These abuses have continued because, for too long, the history of women has been a history of silence. Even today, there are those who are trying to silence our words. But the voices of this conference and of the women at Huairou must be heard loudly and clearly:

It is a violation of human rights when babies are denied food, or drowned, or suffocated, or their spines broken, simply because they are born girls.

It is a violation of human rights when women and girls are sold into the slavery of prostitution for human greed — and the kinds of reasons that are used to justify this practice should no longer be tolerated.

It is a violation of human rights when women are doused with gasoline, set on fire, and burned to death because their marriage dowries are deemed too small.

It is a violation of human rights when individual women are raped in their own communities and when thousands of women are subjected to rape as a tactic or prize of war.

It is a violation of human rights when a leading cause of death worldwide among women ages 14 to 44 is the violence they are subjected to in their own homes by their own relatives.

It is a violation of human rights when young girls are brutalized by the painful and degrading practice of genital mutilation.

It is a violation of human rights when women are denied the right to plan their own families, and that includes being forced to have abortions or being sterilized against their will.

If there is one message that echoes forth from this conference, let it be that human rights are women’s rights and women’s rights are human rights once and for all. Let us not forget that among those rights are the right to speak freely — and the right to be heard.

Women must enjoy the rights to participate fully in the social and political lives of their countries, if we want freedom and democracy to thrive and endure. It is indefensible that many women in nongovernmental organizations who wished to participate in this conference have not been able to attend — or have been prohibited from fully taking part.

Let me be clear. Freedom means the right of people to assemble, organize, and debate openly. It means respecting the views of those who may disagree with the views of their governments. It means not taking citizens away from their loved ones and jailing them, mistreating them, or denying them their freedom or dignity because of the peaceful expression of their ideas and opinions.

In my country, we recently celebrated the 75th anniversary of Women’s Suffrage. It took 150 years after the signing of our Declaration of Independence for women to win the right to vote. It took 72 years of organized struggle, before that happened, on the part of many courageous women and men. It was one of America’s most divisive philosophical wars. But it was a bloodless war. Suffrage was achieved without a shot being fired.

But we have also been reminded, in V-J Day observances last weekend, of the good that comes when men and women join together to combat the forces of tyranny and to build a better world. We have seen peace prevail in most places for a half century. We have avoided another world war. But we have not solved older, deeply-rooted problems that continue to diminish the potential of half the world’s population.

Now it is the time to act on behalf of women everywhere. If we take bold steps to better the lives of women, we will be taking bold steps to better the lives of children and families too. Families rely on mothers and wives for emotional support and care. Families rely on women for labor in the home. And increasingly, everywhere, families rely on women for income needed to raise healthy children and care for other relatives.

As long as discrimination and inequities remain so commonplace everywhere in the world, as long as girls and women are valued less, fed less, fed last, overworked, underpaid, not schooled, subjected to violence in and outside their homes — the potential of the human family to create a peaceful, prosperous world will not be realized.

Let — Let this conference be our — and the world’s — call to action. Let us heed that call so we can create a world in which every woman is treated with respect and dignity, every boy and girl is loved and cared for equally, and every family has the hope of a strong and stable future. That is the work before you. That is the work before all of us who have a vision of the world we want to see — for our children and our grandchildren.

The time is now. We must move beyond rhetoric. We must move beyond recognition of problems to working together, to have the comment efforts to build that common ground we hope to see.

God’s blessing on you, your work, and all who will benefit from it.

Godspeed and thank you very much.”

Mujeres y hombres y viceversa

El peinado de Leire Pajín es un tema de Estado. O lo parece si tomamos el pulso, de forma completamente alejada de la estadística y sin un cálculo mínimamente serio, a las conversaciones que surgen en los más variopintos lugares. Ese es el tema de discusión: su aspecto físico. ¿Su gestión? Parece que eso no tiene cabida… Y eso, ¿por qué se da? ¿Es más relevante el aspecto de la senadora que el de otros políticos hombres? ¿Hay un trato machista en ello?

Antoni Gutiérrez-Rubí lo trató en uno de sus libros, “Políticas. Mujeres protagonistas de un poder diferenciado” y puso sobre la mesa una cuestión que no se escurre en la comunicación política: existe un trato diferenciado a hombres y mujeres en política. No sólo por la diferente manera de ejercer el poder, también por las diferencias que se dan: permanecen menos tiempo en la política que los hombres, ejercen el poder de una manera más emocional-… otro estilo.

Un estilo distinto de hacer política que se cobra el ataque de adversarios también de un modo distinto. Mientras que a los hombres se les cuestiona su liderazgo, su dureza o su inteligencia; con las mujeres la trivialidad de lo físico toma el protagonismo. Nunca vimos fotografías en El País de los zapatos de dos ministros hombres. Si lo vimos de los tacones de dos ministras de Zapatero.

Pero no es un problema español. Ni mucho menos. De la Europa civilizada nos llegan los ecos del machismo que se resiste a dar el paso a una nueva generación de políticas. El siglo XXI será un siglo en femenino y reaccionan con miedo. Sólo así puede entenderse el reportaje que publicó hace unos días el periódico alemán Frankfürter Allgemeine Zeitung en que el estilismo de las ministras del gobierno español era la noticia. Expresiones como “las muñequitas de ZP”, “de la Vogue” -en referencia a la vicepresidenta De la Vega- o “fashionistas socialistas”, se ponía el acento en los elementos físicos y no en la gestión, la valía o la madera para el puesto. El mismo artículo también tenía espacio para las féminas del PP, con comentarios sobre la propia Sáenz de Santamaría.

Y cómo tras la primera piedra llega la segunda, la vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía ha centrado el debate sobre las repercusiones a su declaraciones en una cuestión que no se nos había escapado. ¿La réplica francesa a los ataques de Reding eran sólo por la supuesta ingerencia de la comisión o al presidente francés le molestó que fuera una mujer quién le señalaba? O tal y cómo ha dicho la propia comisaria, cuando una mujer da un golpe en la mesa es una histérica. Cuando lo hace un hombre, un tipo duro.

Ese machismo imperante tiene un papel relevante en la comunicación política. Cuando una mujer llega a esa primera fila, debe decidir que etiqueta se cuelga. Con qué atributos se queda. Es interesante la evolución de Esperanza Aguirre, la ministra de Aznar que llegó a las casas de millones de españoles como una modosita inculta que tenía un idilio televisivo con Pablo Carbonell. Años más tarde dejaría atrás los clichés de rubia tonta por unos esencialmente masculinos: dureza, frialdad y ambición. A lo Margaret Thatcher.

Esa elección puede condicionar la propia estrategia política y, por ende, de comunicación. La prueba, Hillary Clinton. La campaña para el asalto a la presidencia comienza tras el mandato de su marido con su elección como senadora de Nueva York. Durante años no esconde su ambición de ser candidata a la presidencia y ese momento llega en las elecciones de 2008. ¿Y la cuestión femenina, dónde queda? Clinton jugó una carta desde el principio: el género no importa. “Lo que me importa es reconquistar la Casa Blanca para los demócratas”, decía al inicio de la carrera presidencial. Cuando llegó el huracán Obama y las primarias se hacían cada vez más cuesta arriba, se escoró hacia la cuestión del género. En aquel momento, que Estados Unidos contara con una mujer presidente era , según ella, el auténtico cambio.

Y esa elección es crucial, porque las mujeres candidatas, las mujeres políticas o las mujeres presidente no lo van a tener fácil. Ségolène Royal también intentó no hacer de su género el punto central de su campaña. Buscó ser una igual. Sin embargo, la famosa escena del debate presidencial fue aprovechada por Sarkozy -el mismo que se indignó con Reding- para poner esa cuestión sobre el tapete. Si en el momento de más tensión de ese debate Sarkozy hubiese tenido a un hombre, seguramente no hubiese esgrimido el argumento de “cálmese. Un presidente debe saber calmarse”. Al contrario, la testosterona hubiese aflorado en toda su inmensidad.

Si el siglo XXI es el siglo en femenino, la comunicación política deberá acompañar ese proceso. Y eso se notará no sólo en el tono de las campañas: también lo hará en el tratamiento de los propios mensajes y en un enfoque más próximo y emocional al elector. Si el poder se ejerce de forma distinta, también lo hace su manera de persuadir. Otra cosa será que el machismo imperante lo permita. Mujeres y hombres y viceversa.

Canciones de campaña

En Estados Unidos existe una ya larga tradición de dotar a sus campañas electorales con canciones de campaña. Temas, algunos populares y otros menos conocidos, que vienen a apoyar el mensaje y la imagen del propio candidato. Si en España existiera esa tradición, quizás Zapatero escogería el hit eurovisivo de Remedios Amaya y cantaría aquello de “ay quién maneja mi barca, que a la deriva me lleva”. Rajoy podría atrevirse con el Aserejé de las Ketchup: una canción festiva y alegre –ya se ven en Moncloa- pero inteligible, como sus promesas de mejora sin saber bien qué hará.

Para algunos esto puede ser una tontería. Un amago de genialidad más de asesores políticos que no tiene ningún fundamento, pero la realidad es que, vistos los efectos que la música tiene en las personas, parece no ser una tontería el hecho de atender a ella. Es el íntimo juego de la música y la comunicación política, entender que algo tan básico en la vida como la música puede y debe ser un elemento más de campaña.

Pitágoras enseñaba a sus alumnos algo genial y casi mágico: cambiar los comportamientos de las personas, sus respuestas –incluso acelerar procesos de curación- a través de la música. Hace unos meses reflexionaba sobre el papel de la música en los anuncios electorales, como un determinado ritmo puede crear o sostener estados emocionales en la dirección del mensaje político y de los objetivos de comunicación. Reflexión que hicieron muchas campañas electorales.

En todo caso, la elección de temas de campaña no está exento de polémica. Dos candidatos –y presidentes- republicanos recibieron quejas de los artistas a quienes tomaron prestadas las canciones. Ronald Reagan, tras su famoso “California here we come” usado en la campaña que le llevó a la Casa Blanca, no dudó en hacerse con el hit de 1984 para su reelección. El “Born in the USA” de Bruce Springsteen fue el himno del antiguo actor. Por su parte, George W. Bush se opuso a Al Gore con el tema de un fan del vicepresidente más ecologista: “I won’t back down” de Tom Peety. Ambos artistas, reconocidos demócratas.

Aunque otro tipo de polémicas no viene tanto por la filiación política del artista sino por su nacionalidad. Si Bill y Hillary Clinton hacían de actores emulando a Los Soprano para presentar el tema de la campaña de ésta, la recepción del tema fue menos halagüeña que el propio vídeo. Hillay hechó mano de una mujer, la titanizada Céline Dion, que le prestó el tema “You and I”. Muchos americanos se preguntaron el por qué de la elección de una canadiense… y otros tantos, el sentido político de la canción.

Mejor sintonia tuvieron los Fletwood Mac con Bill Clinton. Incluso hoy el ex gobernador de Arkansas es reconocido por el “Don’t stop thinking about tomorrow”. Aún puede escucharse esa canción como presentación del presidente en actos como las Convenciones demócratas. La asociación, pues, entre tema y candidato puede llegar a ser muy íntima.

Otros candidatos han puesto toda la carne en el asador y han aprovechado todas las aristas emocionales y de comunicación de la música. Barack Obama apeló a la América que debe renacer tras el 11S con el hit de U2 “The city of blinding lights”, que le acompañó en momentos mágicos de su campaña, como en su salida al atril durante su discurso de aceptación en la Convención. El timbre y la potencia de Aretha Franklin contribuyó con su “Think”, que sonó en numerosos mítines, como al finalizar el célebre discurso de New Hampshire. Sinnerman de Nina Simone, Gimme Shelter de los Rolling Stones o la conocida versión musical del propio discurso de New Hampshire son otras piezas de la banda sonora de la campaña del presidente.

Pero no olvidemos los clásicos. JFK apeló a las grandes esperanzas de los americanos con el “High hopes” de Frank Sinatra. Y otro clásico entre los clásicos, Neil Diamond, prestó su “Coming to America” a Dukakis… aunque perdió. Bruce Springsteen puso su grano de arena en otra campaña que no llegó a buen puerto. Kerry tuvo “No Surrender” entre sus canciones de campaña y la presencia del artista en numerosos conciertos de apoyo al cambio que no llegó.

Seguramente Pitágoras echaba mano de otro tipo de recursos, pero en una sociedad plagada de información y de impactos como la actual, los artistas ayudan a comunicar proyectos. Más allá de las canciones que pudiesen elegir hoy Rajoy o Zapatero -aunque no se rodearían de John Cobra-, aquí también sabemos de qué va eso de la música. Quizás con menos tradición, pero no olvidemos que Tequila pedía que “no, no, que el tiempo no te cambie”. Algo que los socialistas entendieron era el mensaje de la juventud a Zapatero. Rajoy nos pedía el voto con el ballenato y… ¿a quién no se le ha pegado el himno del PP?

Enlaces de interés:
Escucha algunas de las canciones de este post en esta lista de Spotify.

La política del miedo en 30 segundos

Uno de los estados emocionales que una estrategia política puede generar de forma consciente es el miedo, ya que las reacciones que genera son tremendamente poderosas a la hora de mover al electorado a la acción.

No podemos buscar racionalidad en ello, es una estrategia dirigida a las emociones y como tal, si funciona, no nos permitirá discernir entre la objetividad o no de los datos. Cuando algo se analiza desde la emoción, difícilmente podremos apelar a esa capacidad de raciocinio que, en frío, se tornará una revelación.

La sensación de miedo nos predispone a buscar la solución más contundente a los problemas planteados en pro de nuestro propia supervivencia o de mantener nuestro status quo. Plantear disyuntivas bajo el prisma del miedo nos llevará a tomar decisiones que, en otras situaciones, consideraríamos drásticas.

No hay modo de expresar mejor esa intencionalidad de hacer del miedo una baza política que los spots electorales. Generar una emoción en menos de 30 segundos, como un ataque fulminante a nuestra amígdala que nos pondrá en tensión. Anuncios que harán uso de la música –in crescendo, gritos, alarmas, graves…-, el color –tonos oscuros, poca luz-, el movimiento de la imagen y la metáfora como gran expresión.

Estos son algunos ejemplos de los mejores anuncios de la política del miedo.

Daisy

Un clásico de la campaña electoral de Johnson en 1964. Sólo se emitió una vez, pero las cadenas de noticias se encargaron de repetirlo una y otra vez. En él, una niña inocente deshoja una margarita tras lo cual empieza una cuenta atrás que lleva a una explosión nuclear. La frase final del presidente es demoledora: “These are the stakes! To make a world in which all of God’s children can live, or to go into the dark. We must either love each other, or we must die.” La amenaza nuclear, pero sobretodo la amenaza extremista de un candidato republicano que se enorgullecía de ello… Tras la crisis de los mísiles de Cuba el contexto no estaba para andarse con chiquitas…

The Bear

Los últimos años de la Guerra Fría estuvieron marcados por la llamada “Guerra de las Galaxias”. En ella, el delirio norteamericano de un rearme soviético –completamente infundando para llevar a la URSS a la bancarrota- es el contexto para este anuncio de Reagan. Si hay un oso ahí fuera, ¿es mejor estar preparado para batirlo si ataca, o no? Sencillo, fácilmente comprensible, sin decir ni una palabra sobre política exterior o defensa. Una obra maestra.

Los lobos de Bush

Muy inspirado en el anuncio del oso, el presidente George W. Bush planteó así la cuestión de la seguridad nacional tras Irak y los ataques del 11S. Vivimos en un mundo de lobos y debemos estar preparados.

Las 3 de la mañana

Hillary, pese a no tener experiencia en ningún cargo político, atacó a Obama de este modo durante las primarias. Si suena el teléfono de la Casa Blanca a las 3 de la mañana, ¿quién prefieres que maneje la situación? El uso de una imagen familiar, una cama con niños, es el elemento que decanta la balanza.

El dóberman del PSOE

Aunque es más largo y quizás menos sofisticado que los americanos, es nuestro gran anuncio de la política del miedo. La campaña de las generales de 1996 llevó al PSOE a poner toda la carne en el asador para contrarrestar el desgaste político tras años de crisis económica, paro y corrupción. El mensaje era contraponer la visión de dos Españas, la positiva del PSOE y la negativa del PP. El anuncio causó un revuelo enorme en la España de 1996 y se llegó a acusar al PSOE de usar publicidad subliminal… aunque en realidad de subliminal no tiene nada…

Una campaña en vídeos: la Convención Demócrata

La tradición marca que el partido que no está en el poder celebre su convención antes. De esta manera, la última semana de agosto, Denver alojó la fiesta de los demócratas, que nos dejaron un buen puñado de buenos discursos…

Acceptación de Barack Obama

Acceptación de Joe Biden

Discurso del Presidente Clinton

Discurso de Hillary Clinton

Discurso de Michelle Obama

Discurso de Al Gore

Revista de prensa (30/11)

El País abresu edición de hoy con una exclusiva sobra la connivencia del gobierno Aznar con los vuelos ilegales de la CIA para el traslado de presos a Guantánamo. El rotativo también hace una crónica al respecto.

Respecto a los brutales atentados en la Índia la semana pasada, El Mundo, como el resto de diarios, se hace eco de la dimisión del ministro del interior de ese país.  ABC, por su parte, nos presenta el relato que hace la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, de su vivencia personal.

El diario AVUI cubre la manifestación ayer en València contra la política educativa del gobierno valenciano. El baile de cifras se puede seguir en Las Provincias.

El New York Times informa de la disponibilidad de Bill Clinton a ahcer públicos los nombres de sus donantes por tal de dejar sin obstáculos el camino de Hillary Clinton a la Secretaría de Estado.