Zapatero anuncia la retirada de las tropas de Irak

El domingo 18 de abril de 2004, el recién investido presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, convocó a los medios. Su primer acto público como presidente fue el anuncio de la retirada de las tropas españolas de Irak.

Compareció por la tarde en el palacio de La Moncloa junto al ministro de Defensa, José Bono, y la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Consiguió que las televisiones cortarán sus emisiones dominicales para informar de un hecho que cambió la relación con Estados Unidos y supuso uno de los primeros golpes de efecto de Zapatero en sus primeros 100 días de gobierno.

Han pasado siete años tras ese acto y esa decisión. Los puentes con Estados Unidos parecen más o menos reconstruidos. Uno de los momentos más relevantes de la historia reciente de España que recordamos hoy.

“He dado la orden de que disponga lo necesario a fin de que las tropas españolas destinadas en Iraq regresen a casa en el menor tiempo y con la mayor seguridad posibles.”

“Buenas tardes.

Esta mañana, una vez que el Ministro de Defensa ha jurado su cargo, le he dado la orden de que disponga lo necesario a fin de que las tropas españolas destinadas en Iraq regresen a casa en el menor tiempo y con la mayor seguridad posibles.

En marzo de 2003, hace más de un año, formulé un compromiso público que he reiterado nuevamente el pasado mes de febrero. Dije entonces que, en caso de ser elegido Presidente del Gobierno por los ciudadanos, ordenaría el regreso de las tropas españolas en Iraq si la ONU no se hacía cargo de la situación política y militar.

Con la información de que disponemos y que hemos recabado a lo largo de las últimas semanas, no es previsible que se vaya a adoptar una Resolución de la ONU que se ajuste al contenido al que quedó condicionada nuestra presencia en Iraq.

Tanto las manifestaciones públicas de los principales actores implicados en este conflicto, como los contactos mantenidos por el Ministro de Defensa a petición mía en el curso del último mes, no aportan indicios que permitan prever una variación sustancial en la situación política y militar existente en Iraq en los plazos previstos y en el sentido reclamado por el pueblo español.

Estas circunstancias me han llevado a adoptar la decisión de ordenar el regreso de nuestros soldados con la máxima seguridad y, por consiguiente, en el menor tiempo posible.

Esta decisión responde, antes que nada, a mi voluntad de hacer honor a la palabra dada hace más de un año a los españoles. El Gobierno, animado por las más hondas convicciones democráticas, no quiere, no puede y no va a actuar en contra ni de espaldas a la voluntad de los españoles. Ésta es su principal obligación y es también su principal compromiso.

La decisión responde también al propósito de contribuir a la lucha que libra la Comunidad Internacional contra el terrorismo desde el más estricto respeto a la legalidad internacional.

El Gobierno español seguirá apoyando firmemente la estabilidad, la democratización, la integridad territorial y la reconstrucción de Iraq, y de acuerdo con este principio promoverá cuantas actuaciones de Naciones Unidas y de la Unión Europea ofrezcan un marco de cooperación internacional que contribuya eficazmente a que los iraquíes recuperen su soberanía y puedan organizar, libre y democráticamente, sus elecciones para construir su propio futuro en paz, independencia y seguridad.

El Gobierno mantendrá la condición de España como aliado fiel de sus socios. Cumpliremos los compromisos internacionales de nuestro país, muy especialmente los relacionados con nuestra participación en misiones internacionales de paz y seguridad.

Quiero expresamente mostrar mi reconocimiento a las Fuerzas Armadas españolas que día a día cumplen sus misiones en España y en los lugares más diversos del mundo, y que en Iraq han dado muestras constantes de su preparación, profesionalidad y disciplina, así como de su humanidad y entrega en ayuda a la población civil iraquí. Vaya, pues para ellos, y en nombre de todos los españoles, mi agradecimiento y afecto personal y el del Gobierno.

El Ministro de Defensa les dará cuenta en los próximos días del proceso de vuelta de las tropas.

Por mi parte, les anuncio que, de acuerdo con lo que he manifestado en el reciente discurso de investidura, hoy mismo he solicitado la convocatoria urgente del Pleno del Congreso de los Diputados para que el Gobierno informe a los Grupos Parlamentarios sobre las razones y el alcance de esta decisión que, por otra parte, hace unos minutos ha comunicado personalmente al líder de la oposición.

Muchas gracias.”

Fuente: La Moncloa.

George H.W. Bush anuncia la invasión de Irak

Tal día como hoy de 1991, el presidente George H. W. Bush anunció el fin de las hostilidades en la Guerra del Golfo y pidió a Irak a que aceptara las doce resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Semanas antes, anunciaba al pueblo americano y al mundo entero el inicio de la invasión de Irak. Lo hizo con un discurso televisado desde el Despacho Oval. Este es el discurso que dirigió el presidente.

“While the world waited, Saddam Hussein met every overture of peace with open contempt. While the world prayed for peace, Saddam prepared for war.”

Just 2 hours ago, allied air forces began an attack on military targets in Iraq and Kuwait. These attacks continue as I speak. Ground forces are not engaged.

This conflict started August 2d when the dictator of Iraq invaded a small and helpless neighbor. Kuwait—a member of the Arab League and a member of the United Nations—was crushed; its people, brutalized. Five months ago, Saddam Hussein started this cruel war against Kuwait. Tonight, the battle has been joined.

This military action, taken in accord with United Nations resolutions and with the consent of the United States Congress, follows months of constant and virtually endless diplomatic activity on the part of the United Nations, the United States, and many, many other countries. Arab leaders sought what became known as an Arab solution, only to conclude that Saddam Hussein was unwilling to leave Kuwait. Others traveled to Baghdad in a variety of efforts to restore peace and justice. Our Secretary of State, James Baker, held an historic meeting in Geneva, only to be totally rebuffed. This past weekend, in a last-ditch effort, the Secretary-General of the United Nations went to the Middle East with peace in his heart—his second such mission. And he came back from Baghdad with no progress at all in getting Saddam Hussein to withdraw from Kuwait.

Now the 28 countries with forces in the Gulf area have exhausted all reasonable efforts to reach a peaceful resolution—have no choice but to drive Saddam from Kuwait by force. We will not fail.

As I report to you, air attacks are underway against military targets in Iraq. We are determined to knock out Saddam Hussein’s nuclear bomb potential. We will also destroy his chemical weapons facilities. Much of Saddam’s artillery and tanks will be destroyed. Our operations are designed to best protect the lives of all the coalition forces by targeting Saddam’s vast military arsenal. Initial reports from General Schwarzkopf are that our operations are proceeding according to plan.

Our objectives are clear: Saddam Hussein’s forces will leave Kuwait. The legitimate government of Kuwait will be restored to its rightful place, and Kuwait will once again be free. Iraq will eventually comply with all relevant United Nations resolutions, and then, when peace is restored, it is our hope that Iraq will live as a peaceful and cooperative member of the family of nations, thus enhancing the security and stability of the Gulf.

Some may ask: Why act now? Why not wait? The answer is clear: The world could wait no longer. Sanctions, though having some effect, showed no signs of accomplishing their objective. Sanctions were tried for well over 5 months, and we and our allies concluded that sanctions alone would not force Saddam from Kuwait.

While the world waited, Saddam Hussein systematically raped, pillaged, and plundered a tiny nation, no threat to his own. He subjected the people of Kuwait to unspeakable atrocities—and among those maimed and murdered, innocent children.

While the world waited, Saddam sought to add to the chemical weapons arsenal he now possesses, an infinitely more dangerous weapon of mass destruction—a nuclear weapon. And while the world waited, while the world talked peace and withdrawal, Saddam Hussein dug in and moved massive forces into Kuwait.

While the world waited, while Saddam stalled, more damage was being done to the fragile economies of the Third World, emerging democracies of Eastern Europe, to the entire world, including to our own economy.

The United States, together with the United Nations, exhausted every means at our disposal to bring this crisis to a peaceful end. However, Saddam clearly felt that by stalling and threatening and defying the United Nations, he could weaken the forces arrayed against him.

While the world waited, Saddam Hussein met every overture of peace with open contempt. While the world prayed for peace, Saddam prepared for war.

I had hoped that when the United States Congress, in historic debate, took its resolute action, Saddam would realize he could not prevail and would move out of Kuwait in accord with the United Nation resolutions. He did not do that. Instead, he remained intransigent, certain that time was on his side.

Saddam was warned over and over again to comply with the will of the United Nations: Leave Kuwait, or be driven out. Saddam has arrogantly rejected all warnings. Instead, he tried to make this a dispute between Iraq and the United States of America.

Well, he failed. Tonight, 28 nations—countries from 5 continents, Europe and Asia, Africa, and the Arab League—have forces in the Gulf area standing shoulder to shoulder against Saddam Hussein. These countries had hoped the use of force could be avoided. Regrettably, we now believe that only force will make him leave.

Prior to ordering our forces into battle, I instructed our military commanders to take every necessary step to prevail as quickly as possible, and with the greatest degree of protection possible for American and allied service men and women. I’ve told the American people before that this will not be another Vietnam, and I repeat this here tonight. Our troops will have the best possible support in the entire world, and they will not be asked to fight with one hand tied behind their back. I’m hopeful that this fighting will not go on for long and that casualties will be held to an absolute minimum.

This is an historic moment. We have in this past year made great progress in ending the long era of conflict and cold war. We have before us the opportunity to forge for ourselves and for future generations a new world order—a world where the rule of law, not the law of the jungle, governs the conduct of nations. When we are successful—and we will be—we have a real chance at this new world order, an order in which a credible United Nations can use its peacekeeping role to fulfill the promise and vision of the U.N.’s founders.

We have no argument with the people of Iraq. Indeed, for the innocents caught in this conflict, I pray for their safety. Our goal is not the conquest of Iraq. It is the liberation of Kuwait. It is my hope that somehow the Iraqi people can, even now, convince their dictator that he must lay down his arms, leave Kuwait, and let Iraq itself rejoin the family of peace-loving nations.

Thomas Paine wrote many years ago: “These are the times that try men’s souls.” Those well-known words are so very true today. But even as planes of the multinational forces attack Iraq, I prefer to think of peace, not war. I am convinced not only that we will prevail but that out of the horror of combat will come the recognition that no nation can stand against a world united, no nation will be permitted to brutally assault its neighbor.

No President can easily commit our sons and daughters to war. They are the Nation’s finest. Ours is an all-volunteer force, magnificently trained, highly motivated. The troops know why they’re there. And listen to what they say, for they’ve said it better than any President or Prime Minister ever could.

Listen to Hollywood Huddleston, Marine lance corporal. He says, “Let’s free these people, so we can go home and be free again.” And he’s right. The terrible crimes and tortures committed by Saddam’s henchmen against the innocent people of Kuwait are an affront to mankind and a challenge to the freedom of all.

Listen to one of our great officers out there, Marine Lieutenant General Walter Boomer. He said: “There are things worth fighting for. A world in which brutality and lawlessness are allowed to go unchecked isn’t the kind of world we’re going to want to live in.”

Listen to Master Sergeant J.P. Kendall of the 82d Airborne: “We’re here for more than just the price of a gallon of gas. What we’re doing is going to chart the future of the world for the next 100 years. It’s better to deal with this guy now than 5 years from now.”

And finally, we should all sit up and listen to Jackie Jones, an Army lieutenant, when she says, “If we let him get away with this, who knows what’s going to be next?”

I have called upon Hollywood and Walter and J.P. and Jackie and all their courageous comrades-in-arms to do what must be done. Tonight, America and the world are deeply grateful to them and to their families. And let me say to everyone listening or watching tonight: When the troops we’ve sent in finish their work, I am determined to bring them home as soon as possible.

Tonight, as our forces fight, they and their families are in our prayers. May God bless each and every one of them, and the coalition forces at our side in the Gulf, and may He continue to bless our nation, the United States of America.

Fuente: Miller Centre of Public Affairs

Los juicios paralelos del cine: Blair y Garzón

La causa contra el juez Baltasar Garzón está generando una tormenta política considerable que, de hecho, pone de manifiesto la importancia del juicio paralelo que se registra en la calle. En los medios. En la Red. Mientras que en la sala del Supremo se le encausa por supuestos casos de prevaricación, el debate en la calle es otro: se le juzga por haber intentado juzgar a los responsables de la represión fascista en España.

La causa real, la que está en los tribunales, podrá terminar con Garzón saliendo de la judicatura por la puerta de atrás y con una condena bajo el brazo. Pero la condena de la calle es más dura: la democracia española revive sus fantasmas y observa cuán coja fue su transición. El juez que puede investigar las dictaduras chilenas o argentinas, no puede hacer lo propio con la de su país.

El caso pone de manifiesto esa debilidad de la democracia española y aviva un debate que nunca ha cesado y nunca cesará: la doble vara en lo referente a lo acaecido tras el golpe de 1936. Así, lo que la justicia no ha podido –o no ha querido- investigar y juzgar, lo ha hecho otro. Ya sea el cine, la música, la literatura, el teatro. O la televisión. Debemos quedarnos con la revisión histórica del cine, con películas como Las 13 rosas o Libertarias ante la ausencia de una condena a atrocidades y crímenes contra la humanidad.

En ese campo la izquierda sí ha sabido ganar su particular batalla. Pero aunque las consciencias de las nuevas generaciones retengan esos crímenes, esa falta de libertad, en España las calles dedicadas a generales golpistas, al dictador o a otras personalidades del régimen, se encuentran por doquier. Al igual que los miles de cuerpos que yacen en fosas, en cunetas o bajo autopistas. ¿De qué sirve ese juicio paralelo si no hay justicia?

Esa misma tendencia la vemos alrededor de la figura del ex primer ministro británico Tony Blair. El laborista, que se fue acosado por la Guerra de Irak y su incondicional apoyo a una guerra ilegal auspiciada por los Estados Unidos, está viendo como su figura es juzgada en el cine. El séptimo arte acusa lo que no pueden hacer los tribunales internacionales.

En el último año, hemos visto como dos títulos han alzado el dedo acusador. In the loop, un film que gusta por su trato diferente de este arte, muestra los entresijos de la comunicación y de la estrategia de los apoyos en una situación que recuerda demasiado a la Guerra de Irak. Recurrir al humor e incluso al absurdo, es la particular manera de Armando Iannucci de denunciar la locura de la guerra.

Más dura es The Ghost Writer de Polanski, traducida como El escritor en España, que relata las vicisitudes del biógrafo de un ex primer ministro que recuerda demasiado a Blair y que protagoniza Pierce Brosnan.

La oposición a Blair parece querer ganar el juicio a la figura del primer ministro laborista más exitoso de todos los tiempos. Un brillante político que consiguió lo inimaginable: ganar tres elecciones seguidas en el Reino Unido. Pero sobretodo, parece como si el cine no quisiera dejar sin contestar la implicación del premier en la invasión iraquí.

¿Debe llegar el cine dónde no llega la justicia? ¿Debe llegar la política dónde no llegan las togas?

PSOE-Prisa: el lenguaje de una guerra

Mucho se ha hablado en los últimos días de la crisis abierta entre el Grupo Prisa y el PSOE. Análisis para todos los gustos y colores que están dejando algunas imágenes curiosas, como observar a los tertulianos de García Campoy defendiendo lo mismo pese a estar a izquierda y a derecha. Pero poco se ha hablado de los conceptos que se están moviendo.

El lenguaje, como suele ocurrir en estos casos, es tremendamente bélico y masculino. Parece como si al artífice de los gobiernos paritarios haya que combatirle con un brote de testosterona política. O mediática, en este caso. Analicemos lo que han titulado los medios y la Red a propósito de este episodio que marcará de manera significativa las relaciones de ambas partes.

El País caracterizó a Zapatero como el Gran Timonel que tiene problemas para dirigir, que se enfrasca en estrategia que no tienen éxito y que improvisa como un militar que sólo ve lo que le alcanza la vista en el campo de batalla.

Se ha hablado de guerra abierta, algunos bloggers no han dudado en titular sus posts como “parte de guerra”. Y como tal guerra, las partes se han movilizado. Aunque, según indican algunos, todo empezó por el disparo de una de las partes como si del asesinato del archiduque Francisco Fernando se tratara…

La “escalation” del fragor de la guerra, como dirían los anglosajones, ha llevado a las partes al rearme: unos, ideológico y los otros de intensificación de los ataques, maniobrando para conseguir el objetivo. A degüello, si es preciso. Hasta acorralar al adversario.

Clausewitz estaría contento al ver como el léxico de la guerra está más en vigor que nunca. Y la guerra, como todas, dejará víctimas a su paso. Algunos esperarían que estas fueran políticas, pero la realidad financiera de Prisa es la que es y quizás esas víctimas sean trabajadores y trabajadoras que no son los que empuñan los titulares.

Pero el mismo Clausewitz se preguntaría que, si el mejor ataque es la defensa, porque una parte ha emprendido ese ataque sin resguardar sus posiciones. Porque como el prusiano indica, siempre es más fácil destruir que construir, como si en Prisa ya hubieran desistido de seguir construyendo. Complicado, sanguinario y bélico todo esto…

Silence and respect

La vuelta del viaje de Washington y los últimos acontecimientos en Afganistán me han hecho reflexionar sobre un tema que a menudo nos pasa desapercibido y que tiene un poder de interpretación muy grande: el papel del ejército en nuestra sociedad. ¿Por qué el cementerio de Arlington es la demostración de un pueblo agradecido a un ejército y la muerte de los soldados españoles en Afganistán no provoca la misma sensación entre los españoles?

Una de las razones que puede explicar la diferencia es histórica. El ejército de Estados Unidos es una celula madre del Estado que se creó a partir de la Declaración de Independencia de 1776. Un ejército de milicianos que consiguió derrotar al poderoso ejército colonial dirigido por uno de los padres fundadores de la patria y primer presidente, George Washington, uniendo así para siempre el destino de la patria al destino de su brazo armado. Su comandante en jefe, el Presidente, es elegido por las urnas y pesa sobre él la legitimidad del voto en sus decisiones. De hecho, en pocos países pesa tanto esta cuestión a la hora de decidir el voto.

Si bien hay esta unión desde el inicio de la vida del país, es la participación en las dos Guerras Mundiales y su papel de salvador de la libertad lo que ha dotado al ejército de un relato complementario al fundacional. Durante muchas generaciones, el US Army ha sido un garante de la paz y la libertad para sus aliados, aunque este relato es dañar con la Guerra de Vietnam, continúa su paso hacia la grieta con las intervenciones en América Central y Asia-Afganistán, Irán-a los 80 y, finalmente, la injustificada e injustificable invasión de Irak. Allí se produjo la rotura de este relato en el resto del mundo, pero no a Estados Unidos.

De hecho, el papel de la armada es omnipresente en la vida social del país: si un mal comandante en jefe lleva a nuestros hijos a morir, cuestionaran a quien toma la decisión y en las próximas elecciones no lo votaran. Pero no cuestionaran al ejército. Nunca. Y el respeto por él se ve tomando una copa en Georgetown, donde al entrar al establecimiento serán atendidos antes que cualquier otra persona. O como vió Guillem, un veterano de Irak lo harán pasar a primera clase en un vuelo doméstico. Podríamos seguir ejemplificando este profundo respeto a los que se encargan de la defensa del país.

Y podríamos hablar de la conmoción nacional que han generado los muertos en Irak, conmoción que no se nota en España cuando tenemos noticias de los caídos en una misión de paz en Afganistán o cuando luchaban en Irak por una mala decisión de un presidente del ejecutivo que hoy ya no gobierna. Que conste, este post se hace desde la más pura admiración por las personas caídas al ataque, por su labor en Afganistán y desde el más sentido respeto por ellos y sus familias que están rotas por el dolor. Pero en España no existe una forma de reconocer el papel como ocurre en Estados Unidos.

La razón, otra vez la historia: el ejército español es aquel que se levantó en armas contra un régimen democrático como la República, es el causante del enfrentamiento fraticida que supuso la Guerra Civil, fue durante 40 años un régimen fascista y el ejecutor de la política represiva del General Franco. Todo ello queda en el subconsciente de no pocas generaciones y no pocos millones de personas en España.

A pesar de la regeneración del cuerpo, después del intento del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, la institución fue antipática para muy jóvenes que tenían que hacer la mili. Aunque las encuestas de los últimos 15 años han ido mostrando como es una institución más valorada que la propia clase política. Pero en todo caso, el pasado deshonroso del ejército ha ayudado poco a que los ciudadanos valoren el servicio de las misiones que desde hace años se realizan.

Es en esta línea que hay que entender la labor que realiza la ministra Chacón. Es en esta línea que hay que entender el video del 12 de octubre de este año … y es, otra vez, por el pasado que España no tiene un cementerio como Arlington, no procesa el mismo servicio a los que marchan a lugares como Afganistán cuando entran a un bar o no sienten con la misma intensidad emocional de un atentado de ETA que un atentado en un país asiático.

Porque en el fondo, el relato es más importante de lo que parece, y tener una historia que conecta con la emotividad de la sociedad es esencial. El relato americano explica muchas cosas, y lo que tradicionalmente representaba el español también.