Palabras que funcionan: la caverna de Laporta

Hace unos días comentábamos el efecto que podrían tener en su futuro político las extravagancias del presidente del Barça, Joan Laporta. En aquella ocasión, observábamos como para una parte muy significativa de la prensa española, Laporta se había convertido en la nueva diana del independentismo catalán a quién dirigir todos los ataques. Ante ello, Laporta tiene su palabra que funciona, su expresión que le sirve para contestar a las acusaciones y ganarse apoyos entre sus seguidores: la caverna.

Para Laporta, pero también para una parte significativa del independentismo y catalanismo, por caverna entienden a los medios y opinadores españoles que dirigen ataques demagógicos, exacerbados y faltos de fundamento contra todo lo que se aleje de su visión de España. La caverna es, precisamente, uno de los causantes del aumento del independentismo en Catalunya. Aquellos a quien se les presupone la profesionalidad en su trabajo pero que, por contra, ofrecen a su público una pobre visión de la realidad. Una visión mezclada con un propio fanatismo muy próximo al que critican.

Esa caverna a la que elude Laporta es su carta de justificación. ¿Que alguien osa criticarle por mezclar política y deportes? La culpa es de la caverna. ¿Que alguien se pregunta por qué monopoliza la victoria contra el Madrid con su esperpéntica celebración malgastando en pocos minutos un centenar largo de euros en champagne? La culpa es de la caverna.

A Laporta le funciona. Pero tampoco le va mal a esa caverna formada por Losantos, Vidal, Curry Valenzuela o Isabel San Sebastián. No les va nada mal cuando pueden llamar nazis a los catalanes y mil barbaridades más sin que pierdan ni un espectador. Ya se sabe, en este país nos va la marcha…

La Gaceta mete un gol a Laporta

Hace unos días tenía una interesante conversación sobre Joan Laporta con un amigo. Sin duda, se ha convertido en un tema recurrente, una gran incógnita de la política catalana. No ya por su gestión al frente del Club, sino por lo que representa y lo que podría representar el presidente del Barça en el presente, pero sobretodo en el futuro, de la política catalana.

Laporta nunca ha escondido sus aspiraciones políticas, puesto que ha hecho de su propia gestión al frente del Club una herramienta de reivindicación política. Legítima, justa o no, es algo que compete única y exclusivamente a los socios del FCB. A ellos debe rendir cuentas y parece que si ha conseguido el respaldo mayoritario en varias ocasiones, será por algo.

El presidente del Barça encarna hoy el demonio que hace unos años era Josep Lluís Carod Rovira. Sólo así puede entenderse que personas como el propio presidente de una comunidad autónoma revele a la prensa el contenido de conversaciones privadas en un palco. O que hoy la Gaceta –el diario del grupo Intereconomía- publique un profuso reportaje fotográfico de Laporta celebrando la victoria del Barça en el derbi del domingo en una conocida discoteca de Barcelona.

Lo más sorprendente es la propia reacción de Laporta: no se achanta. Al contrario, alimenta aún más el mito y lo seguirá haciendo, pues sabe que sólo con ello puede alimentar una corriente de fondo –peligrosa- que vive la política catalana; el populismo.

De Laporta sólo conocemos que es marcadamente independentista. Que quiere un estado propio para Catalunya. Se le sitúa próximo a CiU, con tendencias liberales (recordemos que tiene a Sala i Martín en su junta), aunque en los últimos meses juega al gato y al ratón con otra incógnita de la política catalana, Reagrupament. Ante esa indefinición y que sólo un issue sea su bandera política, es comprensible su estrategia de posicionamiento.

Pero el problema lo tendrá el día que dé definitivamente el salto. Dejará tras de sí un reguero de situaciones que, si bien sirven para convencer, animar y motivar a los suyos; dudo que tengan un efecto beneficioso en la mayoría de un electorado que debería apoyarlo. Desde los pantalones bajados en un control aeroportuario a las fotos que hoy vemos en ese periódico. Si bien es una intromisión en la intimidad de una persona y carece de interés informativo; si Laporta piensa seriamente en dedicarse a la política no debería regalar este tipo de imágenes y anécdotas a los que algún día serán sus enemigos políticos.

Parece que la brunete mediática tiene un nuevo objetivo. Como ocurría con Carod, ya que no es reprobable que alguien defienda la independencia, el ataque debe ser personal. Si con Carod se urdió una mentira sobre su origen, incluso sus apellidos; con Laporta se busca asociar su imagen a la del independentismo catalán en su conjunto. Como si la dignidad de Catalunya se perdiera porque Laporta baile en una discoteca celebrando una victoria. O como si lo quisieran intuir.