Pasqual Maragall y el nuevo Estatut

El 18 de junio de 2006, los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya estaban llamados a las urnas para ratificar en referéndum el nuevo Estatut. Suponía la culminación de un camino largo, tortuoso y crispado que había empezado con la demanda de los partidos progresistas catalanes por su reforma y terminaba con la expulsión de los consejeros de ERC del gobierno catalán por su voto contrario al texto.

Por el camino, ríos de tinta, un Estatut aprobado en el Parlament y otro muy cercenado aprobado por las Cortes Generales. Firmas contra el Estatut por parte del Partido Popular y un entorno mediático crítico con el proceso. Tensión entre los partidos catalanes y dentro de los partidos nacionales. Marcado por una promesa de un Zapatero candidato a la presidencia del Gobierno.

Ese día de junio de 2006, el 48,85% de los ciudadanos censados acudieron a las urnas y respaldaron mayoritariamente, con un 73,24% de los votos, el texto estatutario. Tras el escrutinio de los votos de los catalanes, el president de la Generalitat se dirigió al país:

Estimados conciudadanos,

Tenemos Estatut. Catalunya tiene el nuevo Estatut que deseábamos. La victoria del Sí ha sido rotunda. Inapelable. Y por tanto, Catalunya está de enhorabuena.

Quiero, de entrada, dar las gracias al pueblo de Catalunya. Catalunya ha hablado claro.

Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido. Y lo que Catalunya ha dicho. Los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya han escrito esta página de nuestra historia, expresándose en libertad.

La jornada electoral ha sido una nueva lección de civismo y de madurez democrática. Y creo que nos debemos felicitar todos.

Hemos ganado el reto que nos habíamos puesto nosotros mismos como país. Los votos negativos de derecha y de izquierda no pasan de una quinta parte de los votantes. El país ha ganado, todo el mundo ha ganado. Los que han votado una cosa y los que han votado otra. En poco tiempo se comenzará a percibir hasta qué punto era importante que Catalunya dispusiera de un nuevo instrumento de gobierno.

El futuro, de Catalunya, no había sido nunca tan esperanzador como lo es ahora, ni el destino del país tan prometedor como lo puede ser en adelante.

Como Presidente de todos, me corresponde también reconocer la legítima contribución democrática de aquellos que no han votado sí, de aquellos que querían más. De la misma manera que quiero reconocer la legitimidad democrática también de aquellos que han coincidido con esta opción negativa desde el otro extremo. Los unos y otros les invito a integrarse en el consenso y alejarse de la práctica irritada de la política que nunca debería producirse en nuestra sociedad.

Hoy es un día para celebrar lo que nos une a todos. Lo que nos une como ciudadanos y ciudadanas de Catalunya. Aunque como demócratas, nos hubiera gustado una participación más alta, esta ha sido muy notable, prácticamente el 50%.

Visto ahora, son difícilmente comprensibles objeciones judiciales a las que hemos tenido que hacer frente para fomentar la participación desde el Gobierno. Pero la participación es muy destacable. Se corresponde prácticamente a la votación del Estatut de Sau si tenemos en cuenta que se celebró en día laborable.

¿Ahora qué hace falta? Ahora falta determinación para encarar nuestro futuro colectivo. Con el nuevo Estatut en las manos, creo ciertamente que podemos afirmar que en Catalunya se ha acabado el victimismo, que no puede haber. Lo que seamos a partir de ahora, lo que hagamos a partir de ahora, dependerá de nosotros mismos, más que nunca.

Ahora ya está en nuestras manos el mejor Estatut que hemos tenido en siglos. Que hemos tenido nunca. De ahora en adelante nos esperan todas las oportunidades que, como país, nos hemos ganado y que como ciudadanos acabamos de refrendar.

Catalunya ha hablado. Catalunya ha dicho SÍ. Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido.

El futuro, de Catalunya, no había sido nunca tan esperanzador como lo es ahora, ni el destino del país tan prometedor como lo puede ser en adelante.

Al resto de España quiero decirle que con con la victoria rotunda del Sí en el referéndum, Catalunya va a iniciar una nueva etapa de apoyo autogobierno, que será larga y positiva.

Será también una etapa en la que Catalunya se sentirá más cómoda y mejor comprendida por la España plural que avanza.

Cuando recibí el honor y la responsabilidad de presidir la Generalitat de Catalunya hablé de determinación. Aquel día prometí y pedí paciencia, tenacidad y determinación a raudales. Y durante los dos últimos años, cuando las dificultades podrían habernos hecho desfallecer, siempre he tenido presente ese compromiso personal.

El objetivo de dar a nuestro pueblo una esperanza de futuro exigía justamente perseverar y mantener el compromiso contraído como Presidente de la Generalitat de Catalunya, es decir: mejorar el Estatuto y hacerlo más allá de intereses partidarios, bien legítimos , es cierto, porque la política está hecha de legitimidades compartidas y a veces, incluso, contrapuestas. Pero hay causas nobles, el Estatut es una, que exigen de todos altura de miras y ambición de país.

Mi determinación por una Catalunya posible, la Catalunya del progreso y del Sí exigente es muy viva, y ésta determinación es lo que me impulsa a dar pleno apoyo a un proyecto que sigo pensando que es el proyecto más digno que un país puede imaginar .

Catalunya ha hablado. Catalunya ha dicho SÍ. Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido.

El día que murieron los federalistas

El día que murieron los federalistas, Brasil marcaba un gol tras otro. En día en que los federalistas se quedaron sin aire en España, un president pisó los talones a una vicepresidenta y quién perdió el recurso se rió de ellos. El día que los federalistas dejaron de existir, el protagonista fue el vaso: unos lo veían medio lleno. Otros medio vacío.

Ese día, cuando Brasil anotaba por primera vez, el Molt Honorable se mostraba indignado y enfurecido por la decisión del Tribunal Constitucional. Acataba la sentencia, pero llamaba a los catalanes a mostrar su enfado. Cuando Brasil marcaba su segundo tanto, la mayoría de los ciudadanos ya ni se acordaban del día en que el Constitucional dijo que la voz de los catalanes no tiene cabida en la Constitución.

Con el tercer tanto de los cariocas, la disputa por el vaso seguía. En Madrid se hablaba del apoyo del Constitucional al Estatut. En Barcelona, del recorte al texto refrendado por el pueblo catalán. En Madrid, el PSOE se mostraba satisfecho. En Barcelona, el máximo dirigente del PSC llamaba a la movilización y a la respuesta unitaria.

Antes del final del encuentro, unos defendieron la legitimidad y el buen hacer de un tribunal que sólo tardó cuatro años en dictar sentencia. Otros, no dudaron en afirmar que el máximo garante constitucional se rendía a los intereses políticos.

Al sonar el silbato que ponía fin al partido, unos ya habían posado y otros aún estaban por salir. Unos mostraron su enfado con el rostro. Otros, respiraron aliviados. Otros, los que llevaron el texto al Tribunal sonreían pese a haber recibido, presuntamente, un varapalo.

Y la realidad era que a esa hora ya no quedaban federalistas en España. Tampoco importaba. Brasil avanzaba en la clasificación del mundial. En menos de 24 horas la selección de ese país sin federalistas salta al campo a jugarse el paso a la siguiente fase. Y una sociedad cada vez más harta por las trifulcas infantiles que empezaron cuando Brasil jugaba su partido. Cansada por esa política que no engancha como un gol en el mundial.

Todo eso pasó el día que murieron los federalistas, los soñadores que creían que España y Catalunya podían ir de la mano. El día que el coro de un gol ahogó la voz del poeta: ¿Dónde estás España, dónde que no te veo? ¿No oyes mi voz atronadora? ¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla? ¿A tus hijos no sabes ya entender? ¡Adiós, España!

Al mal torero, hasta los cuernos le molestan

En comunicación, a veces la palabra es lo de menos. Un gesto de tu pareja puede ser más efectivo que un “hoy no, cariño”. Una mirada de tu jefe puede ser más reveladora que el mayor de los elogios. Y una foto puede decir más que mil declaraciones públicas. Incluso cuando hablamos de temas con tantas aristas como el Tribunal Constitucional y el recurso del Estatut.

Mucho se ha hablado de la sentencia y sus deliberaciones a lo largo de estos tres años largos que van camino de cuatro. Se ha hablado en la prensa, gracias a las interesadas filtraciones, pero poco en boca de sus protagonistas. Incluso en los momentos de mayor tensión –el editorial conjunto de la prensa catalana o la reacción a la no sentencia hace sólo unos días-, los miembros del Tribunal no han interferido con declaraciones que pudieran avivar el fuego.

Hasta esta semana. La presidenta del TC denunció las presiones intolerables a la institución y pidió respeto… aunque el mensaje de un cambio de actitud en el alto tribunal no viene de esas palabras. Viene de una foto.

Mientras en Catalunya se busca el modo de articular una posición unitaria y se hace lo posible e imposible para terminar con la anómala situación de tener a varios de sus miembros ocupando una silla que ya ha caducado, en Madrid el Tribunal endurece sus posiciones. Y para ello, las filtraciones y los avisos; las palabras de los rumores no son tan fuertes como la foto de los tres magistrados clave para esta sentencia y para la más que probable reinterpretación del sistema autonómico.

Una foto dice más que todo lo que se ha dicho hasta el momento. El nuevo ponente de la sentencia, el magistrado conservador Guillermo Jiménez, el progresista que votó en contra de la ponencia de Pérez Vera, Manuel Aragón y el magistrado Ramón Rodríguez Arribas; juntos en los toros. Puro en mano, viendo la corrida desde el callejón de la Real Maestranza de Sevilla. Juntos y revueltos en la Fiesta Nacional. Un mensaje más efectivo que las alertas de la presidenta.

Desde Sevilla –Juliana decía que será desde Andalucía desde dónde se frene otra vez el desarrollo del autogobierno-, presenciando lo que el Parlamento catalán quiere prohibir. Una foto que comunica más que mil discursos.

Cuando hay toros no hay toreros, y cuando hay toreros casi nunca hay toro. Y parece que el Tribunal quiere coger, al fin, el toro por los cuernos. Y parece que habrá estocada. Y de las buenas. Otra cosa será que el Estatut se comporte como un Miura e intente no dejarse doblegar fácilmente… aunque a los catalanes, ya nos han toreado bastante.

La dignidad de Catalunya. La dignidad de la prensa catalana.

La prensa no está muerta. Ni estaba de parranda. Aunque sus resultados económicos muestren lo más crudo de una crisis profunda, del propio modelo, sigue siendo un generador esencial de opinión pública y esa voz de la consciencia que a veces es tan necesaria escuchar. Aunque la información sea cada día más parte del espectáculo, el sensacionalismo se expanda a una velocidad de vértigo; a veces, sabe jugar el papel que le corresponde.

Hoy, la prensa catalana ha dado un ejemplo de ello. Un buen ejemplo. Algo que no gustará a muchos más allá de las fronteras de Catalunya, pero que tampoco contará con el beneplácito de otros tantos que desean el hundimiento del Estatut. Fuera de Catalunya, porque creen que rompe España –tras dos años de aplicación de esta Ley Orgánica no parece que ocurra- o porque creen que si el Tribunal Constitucional tumba el Estatut, Catalunya proclamará la independencia al día siguiente. Algo más que improbable.

Lo importante del gesto de hoy es la escenificación más plausible de la unidad de medios muy diferentes –antagónicos incluso- por un mismo objetivo: defender lo que se aprobó tres veces. La editorial es sensato y respetuoso. No deslegitima al alto tribunal pero apunta a una anomalía que no es permisible en una sociedad democrática avanzada: que los miembros que deben decidir sobre una ley tres veces legítima sean objetos de la politización más burda. Un tribunal que debe decidir aunque el mandato de muchos miembros haya expirado ya.

La prensa catalana ha puesto de manifiesto un problema. No un problema catalán, sino un problema español. Algo que debería preocupar a todos. Si el Constitucional cercena el Estatut, ¿qué? ¿Qué pasa con el choque de legitimidades? ¿Qué pasa con el pacto político que supone el texto estatutario? ¿Y luego? En definitiva, algo que va directamente al corazón de la convivencia.

El momento político es apasionante, aunque sea cual sea la decisión, será dura. Catalunya se prepara para una sentencia que, si es negativa, se vivirá como una gran derrota. Pero el gesto de la prensa catalana demuestra que si eso ocurre, la sociedad civil, política y económica catalana está preparada para no quedarse de brazos cruzados. Lo muestran los gestos (la editorial, pero también la afrenta de Montilla, los avisos de Mas y CiU, las declaraciones de Saura…) pero también un ánimo generalizado de que se daría un enorme paso atrás que no todos están dispuestos a hacer.

Os dejo el texto íntegro de la editorial conjunta.

La dignidad de Catalunya

Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y han erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: “Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratificado en referéndum y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica”. Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el Alto Tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores.

La expectación es alta. La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación. De los doce magistrados que componen el tribunal, sólo diez podrán emitir sentencia, ya que uno de ellos (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido.

De los diez jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como el “corazón de la democracia”. Un corazón con las válvulas obturadas, ya que sólo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal –un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo– no haremos mayor alusión a las causas del retraso en la sentencia.

La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de “símbolos nacionales” (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia.

No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de esta. No sólo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, que no es otra que su carácter abierto e integrador.

El Tribunal Constitucional, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras). El Alto Tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años setenta transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posible los treinta años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga.

Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.

Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Tribunal Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos –que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo–, recordando que no existe la justicia absoluta sino sólo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referéndum.

Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable

Cuento de Navidad (de financiación, felicitaciones y 65 horas)

El cine y la televisión se han encargado de poner en evidencia que Navidad es una época sumamente propicia para la felicidad, el amor, el perdón y la fraternidad. Una época dada al optimismo y en que todo es posible, donde reina la magia y la ilusión para que todo lo que deseamos se haga realidad.

Una época también para la reflexión sobre la necesidad de ser más bondadosos, más comprensivos y más generosos durante estos días. Curiosa la incidencia de pedirlo durante unas semanas y no durante todo el año, pero vaya, es lo que nos ha tocado vivir.
La negociación de la financiación que, por cierto, fija a unos parámetros de un Estatuto de autonomía que es ley orgánica y que el propio gobierno central se niega a aplicar; me recuerda mucho al sempiterno “Cuento de Navidad” de Dickens, donde el binomio Zapatero -Solbes interpreta a la perfección el papel de Scroogge.
Con otras referencias navideñas, Montilla es más que nunca el protagonista de “¡Qué bello es vivir!” (It’s a wonderful life en inglés para los más puristas), donde él y el PSC se están repensando su relación con el PSOE si no hay un acuerdo sobre financiación antes del 31 de diciembre. De momento, los presupuestos ya pasaron el último trámite parlamentario tras el veto en el Senado protagonizado por la extraña alianza ERC-PP, con el voto afirmativo de los diputados socialistas catalanes.

Claro que no sé yo si en la versión moderna de la película de Capra, Montilla y el PSC entenderán que su posición es tan delicada que pueden estar generando la última de las más grandes desilusiones y esperanzas de todo un país: no tenemos demasiado margen de maniobra más.

Tengo la sensación de que en CiU están esperando que el tió y los reyes magos les traigan una rotura del Gobierno. En la Plaça Sant Jaume (bien, más bien en la sede nacional de ERC) saben que si el 31 de diciembre no hay acuerdo y este tema se prolonga demasiado, será difícil sostener su Gobierno.  Además, el pacto de gobierno empezará a no tener sentido y podría generar un desencanto aún mayor entre el ya crítico electorado de los republicanos.
Serán unas semanas duras que habrá que tomar con toda la calma y la prudencia posible. Y yo añadiría, con el espíritu navideño que las postales de Navidad que estos días se están enviando. Sí, es cierto, este año las administraciones públicas repartirán menos ilusiómn que otros años: la crisis ha obligado a reducir el número total de felicitaciones enviadas y a promover el envío  de versiones digitales.

Las casas reales también han recortado su gasto, como la británica. En España, los nietos de los reyes felicitan las fiestas a todas las personas que recibirán una postal real. Aunque para postal original, mejor la de los diputados socialistas que han hecho de las caricaturas al presidente del Congreso, José Bono, el leitmotiv de este año.
Las fiestas seguirán con Scroogge o sin. Con personajes de Capra o sin. Con la lotería por la televisión o con huelga de RTVE. Con cena de empresa (o de la Asociación de Periodistas Parlamentarios) o sin. Pero esto seguirá adelante. Incluso, con belenes en los juzgados o belenes sin niño Jesús en el centro de la ciudad. Con abetos a pedales o con lámparas de bajo consumo.
Eso sí: el primer regalo nos ha llegado con la votación del miércoles al Parlamento Europeo que cortar las alas a la propuesta de aumentar a 65 las horas laborales semanales en Europa. Un triunfo por derechos sociales.

Comunicar el recorte (del Estatut)

El recorte ya está aquí. Sí. Sin lugar a dudas. Se acaba del todo el tiempo de los soñadores, de los idealistas. Llega el de los conformistas. Sí, el Tribunal Constitucional está preparado para hacer lo que todos esperábamos: cercenar el Estatut que el pueblo de Catalunya refrendó el 18 de junio de 2006. No lo olvidemos: antes había sido aprobado por la mayoría absoluta de los votos de órganos sin un ápice de sospecha de ser nacionalistas catalanes: las Cortes españolas.

Según leemos en La Vanguardia, el alto tribunal está preparando recortes sustanciales en varios artículos impugnados por otras comunidades autónomas, el PP y el Defensor del Pueblo. El Constitucional, a falta de saber como afectará la renovación de sus miembros, ha acelerado la sentencia sobre el texto estatutario catalán y se prevé que se suprima la negociación bilateral de la financiación, la obligación de saber catalán (tal y como pasa con el castellano), entre otras.

O lo que es más importante: se ha puesto una bomba al alma del texto estatutario y nadie la sabe desactivar. La cuenta atrás hace tiempo que se inició, pero cada vez queda menos tiempo. Muy poco tiempo.

Ante el alto tribunal, no tendremos acción alguna posible. Que me corrijan los expertos en Derecho, pero las decisiones del Tribunal Constitucional no se pueden recurrir, a no ser que vayamos a instancias europeas. Y no, no veo a Montilla pidiendo lo mismo que Ibarretxe.

Ahora la qüestión que debería planear sobre nuestros representantes políticos es: ¿y ahora qué? Y cómo este blog no es de análisis 100% política, sinó que lo es de comunicación política, ajustaré la pregunta: Y ahora, ¿cómo comunicamos el recorte?

Llega un momento crucial para hacer que esto a lo que llamamos Catalunya funcione o de tan perplejos como nos quedaremos, tendremos que cerrar el negocio. Porque si tenemos en cuenta el elevado pasotismo (llámenle desafección) cuando de política catalana se habla, no quiero ni imaginar lo que pasará a los pocos que aún seguimos al pie del cañón cuando veamos que nos han tomado el pelo.

¿Cómo transformamos la decepción que se generará (si no se ha generado ya) no en votos, sinó en adscripción a un proyecto nacional y de futuro? ¿Cómo podemos pedir a la gente que nos siga si ni unidos nos hacen caso? ¿Cómo podemos hacer del modelo catalán un modelo de éxito sino nos dejan ni construirlo?

Y lo que para mi es esencial: ¿qué se ha hecho de la decisión soberana de los catalanes y catalanas al refrenfar su Estatut? ¿Cómo les explicamos que no les han robado la cartera, cuando todo apunta a lo contrario?

Demasiadas preguntas. Pocas respuestas. Pero una reflexión para quién la quiera coger, para quién la quiera usar. Pienses, por favor, en un plan de salida. Dejen el cortoplacismo comunicativo en política, olviden el tacticismo y pienses de un modo estratégico:
Y ahora, ¿qué hacemos?
Y ahora, ¿cómo nos lo explican?
Y ahora, ¿qué objetivo nos marcamos?
Den respuestas a esto y conseguiremos salvarlo. Den respuestas a esto y tendremos más fuerza, seremos más y lo conseguiremos. Pero hablen claro. Hablen, comuniquen… y escuchen.