Hail to the Chief: el himno del presidente

El presidente de Estados Unidos tiene un himno propio: el “Hail to the Chief”. Saludos al jefe, aclamemos al jefe. El protocolo marca que cuando el presidente llegue a un acto, suene este himno. Una melodía conocida fuera y dentro de los Estados Unidos que muestra como pocas la esencia de la presidencia. Como no, este himno tiene su protagonismo en la toma de posesión.

Fíjate bien: el próximo 21 de enero, cuando se anuncie la llegada del presidente Obama a las escalinatas del Capitolio para ocupar su sitio, sonará este himno. Y lo hará porque el presidente ya es presidente. En enero de 2008, cuando Obama fue anunciado como último invitado en llegar a la toma de posesión no sonó. Aún no era presidente. Pero justo en cuanto terminó de jurar su cargo, cuando apenas había pronunciado “So help me God”, sonó el Hail to the Chief. Obama ya era presidente.

En muchas ocasiones, este himno está interpretado por “su” propia banda de música. La United States Marine Band que acompaña al presidente en los actos oficiales. De hecho, hubo cierta polémica al inicio del mandato de Obama porque el presidente decidió relajar el protocolo y usar la banda y el himno lo menos posible.

Cuando el Hail to the Chief suena para el presidente, suena un motivo introductorio tipo fanfarria, cuatro “ruffles and flourishes”. Son cuatro porque esta fanfarria se usa en otras ceremonias y dependiendo del grado de la persona en honor a la que suena, aumenta o disminuye su número. Así, suena la fanfarria, se anuncia al presidente y suenan las notas del Hail to the Chief.

Algunas fuentes indican que empezó a usarse de forma oficial para anunciar la presencia del presidente desde la presidencia de James K. Polk, tal y como indica el historiador William Seale: “Polk was not an impressive figure, so some announcement was necessary to avoid the embarrassment of his entering a crowded room unnoticed. At large affairs the band…rolled the drums as they played the march…and a way was cleared for the President.” En todo caso, no fue hasta el mandato de Truman en el que el Departamento de Defensa oficializó este homenaje al presidente.

“Polk was not an impressive figure, so some announcement was necessary to avoid the embarrassment of his entering a crowded room unnoticed. At large affairs the band…rolled the drums as they played the march…and a way was cleared for the President.”

El origen de la melodía se encuentra en la obra “The Lady of the Lake” de Sir Walter Scott, de gran éxito en el Reino Unido. Cuando la obra llegó a Nueva York en mayo de 1812, ya existían variaciones en el texto con “Hail to the Chief” como parte. Nuevas versiones que se popularizaron. Ese mismo año, el himno sonó en honor a George Washington y al fin de la guerra de 1812. En 1829 el presidente Jackson fue el primero en usarlo en su honor. Martin Van Buren y John Tyler lo usaron en sus tomas de posesión y sonó en la inauguración del canal de Chesapeake y Ohio a la que asisitó John Quincy Adams.

El himno tiene letra, aunque raramente se usa. Te recomiendo la versión de The Mormon Tabernacle Choir. La letra dice así:

Hail to the Chief we have chosen for the nation,
Hail to the Chief! We salute him, one and all.
Hail to the Chief, as we pledge cooperation
In proud fulfillment of a great, noble call.
Yours is the aim to make this grand country grander,
This you will do, that’s our strong, firm belief.
Hail to the one we selected as commander,
Hail to the President! Hail to the Chief!

Pero no creas que el presidente es el único en tener un himno. El vicepresidente de Estados Unidos también lo tiene: el “Hail, Columbia”. De hecho, es una canción patriótica que fue considerada uno de los himnos no oficiales del país, hasta que en 1931 se adoptó el “The Star-Spangled Banner” como himno.

También conocido como “The President’s March”, se usó en la primera toma de posesión de George Washington en Nueva York en 1789. El himno fue compuesto por Philip Phile y actualmente sirve con el mismo propósito que el Hail to the Chief para el vicepresidente. También va precedido por cuatro “ruffles and flourishes” y podrás ver como suena en cuanto el vicepresidente jura el cargo.

Las tres ciudades inaugurales

Otra cosa no, pero si de algo puede presumir Estados Unidos es de estabilidad en sus tradiciones. Aunque su historia sea corta. Desde 1801, la toma de posesión del presidente se viene celebrando en Washington D.C. como capital federal. Pero no siempre ha sido la única ciudad en albergar este evento.

El Distrito de Columbia ha visto pasar ya 53 tomas de posesión. Con la del próximo 21 de enero, serán 54. Y casi siempre han tenido lugar en el mismo edificio: el Capitolio. De hecho, solo la toma de posesión del presidente James Monroe, en 1817, tuvo lugar fuera del edificio del Congreso. Fue en lo que hoy es el edificio del Tribunal Supremo, entre las calles 1 y A.

Desde la primera toma de posesión de Ronald Reagan, el 20 de enero de 1981, la ceremonia tiene lugar en las escalinatas occidentales del edificio del Capitolio, conocido como West Front. Para ello, se erige una enorme plataforma con las gradas para los invitados al evento. Su construcción se inicia meses antes de la fecha señalada en la constitución. Para la segunda toma de posesión de Obama, su construcción se inició a finales de septiembre de 2012. Puedes ver los avances de los trabajos en la web del comité organizador.

Dentro del Capitolio, las tomas de posesión de casi todos los presidentes han tenido lugar en otras estancias, desde ambas cámaras a las escalinatas este y sur del edificio. La segunda toma de posesión de Reagan, el 21 de enero de 1985, coincidió con un temporal en la capital. El frío desaconsejó la celebración de la ceremonia en el exterior, con temperaturas de -17ºC, y se cancelaron todos los eventos en el exterior para pasar la celebración al interior del Capitolio. Por primera y única vez en la historia, la toma de posesión tuvo lugar en la rotonda, el espacio central situado debajo de la famosa cúpula.

¿Y las tres ceremonias restantes? ¿Dónde se han celebrado? Quizás no lo sepas, pero Washington D.C. no ha sido siempre la capital federal de Estados Unidos. Antes de su fundación en 1791 y de la creación en 1790 del Distrito de Columbia, una entidad diferente a los hoy 50 estados que forman la unión, los Estados Unidos tuvieron dos capitales: Nueva York y Filadelfia.

Toma de posesión de Washington en Filadelfia

El 30 de abril de 1789, siendo Nueva York capital del país, se celebró en el corazón de lo que hoy es Wall Street la primera toma de posesión de un presidente americano. George Washington juró cargo desde el balcón del Federal Hall. El edificio, que fue restaurado, hoy es un monumento nacional y puede visitarse de forma gratuita. De hecho, su proximidad a la bolsa de Nueva York ayuda a que muchos visitantes de la ciudad hayan estado en sus escalinatas. Justo ahí, hay una gran estatua dedicada a uno de los padres del país y su primer presidente.

En su interior hay una exposición sobre esa toma de posesión, con datos sobre las ceremonia, reproducciones e historia. En la tienda se pueden comprar todo tipo de productos relacionados con la presidencia americana.

Washington fue la primera persona en usar la fórmula bajo la que se toma juramento al presidente electo. Volveremos a esa fórmula en próximos posts, pero fue la primera vez en que se oyó un “I do”. La serie de televisión “John Adams” reprodujo ese momento… que no fue exactamente así:

La segunda toma de posesión de Washington tuvo lugar en la otra capital de Estados Unidos durante los primeros años del nuevo país: Filadelfia. En la ciudad se declaró la independencia y tras la capitalidad de Nueva York, Thomas Jefferson consiguió que la ciudad volviese a ser capital en 1790 hasta la construcción de la ciudad de Washington. El 4 de marzo de 1793, Washington volvió a dar el sí en el Independence Hall. John Adams fue investido presidente en el mismo lugar el 4 de marzo de 1797. Sería la última ceremonia fuera de Washington D.C.

La toma de posesión de William Henry Harrison

La toma de posesión del presidente de Estados Unidos no es solo pompa y circunstancia: el discurso inaugural es, seguramente, el gran momento de la ceremonia. Sin duda, el que tiene una mayor relevancia política. Tras 56 discursos inaugurales ha habido todo tipo de discursos. Cortos, largos, memorables… Como el de William Henry Harrison.

Harrison fue el noveno presidente de los Estados Unidos. Hasta la elección de Reagan, el más viejo en acceder a la presidencia y, pese a su edad, 68 años, el presidente que dio el discurso de inauguración más largo de la historia. El presidente recién juramentado se dirigió a la audiencia y habló durante algo más de una hora y 45 minutos. Aunque el discurso había sido ya editado para acortar su duración.

La inauguración de Harrison tuvo lugar en las escalinatas orientales del Capitolio, el East Portico, el 4 de marzo de 1841, en Washington D.C. Roger B. Taney, presidente del Tribunal Supremo, administró el juramento. Ese fue un día húmedo y frío en la capital de Estados Unidos. Harrison estuvo uno hora y 45 minutos hablando sin sombrero o abrigo.

“Organized associations of citizens requiring compliance with their wishes too much resemble the recommendations of Athens to her allies” Discurso inaugural de William Henry Harrison

Harrison batió otro récord, no solo el relacionado con la longitud de su discurso. También es el presidente que ha tenido un mandato más corto. Al 30º día de su mandato, falleció en la Casa Blanca por las complicaciones de una neumonía que contrajo días después de la toma de posesión. Fue el primer presidente en morir en el cargo.

Se cree que Harrison enfermó por culpa del mal tiempo en la ceremonia de toma de posesión, el poco desarrollo de la medicina en la época contribuyó a generalizar esa idea. Sin embargo, Harrison contrajo la neumonía que le mató más de tres semanas después de la toma de posesión.

Los tratamientos que le aplicaron al presidente fueron incluso peores que la enfermedad, y murió días más tarde, en la madrugada del 4 de abril. La brevedad de su mandato contrastó con la longitud de su discurso.

PD: para el Washington Post, el discurso de Harrison fue uno de los peores de la historia. Según el rotativo, fue laaaaaaaargo, pomposo, laberíntico y, en el fondo, vacío. Algo así como un discurso de abuelo cebolleta que dice saberlo todo y nunca se calla.

La vigésima enmienda

El 21 de enero, a mediodía, Obama jurará su cargo como presidente de Estados Unidos. Será su segunda y última vez. Y yo estaré ahí para verlo. ¿Por qué en enero? ¿Por qué dos meses y medio después de ganar las elecciones? La respuesta está en la vigésima enmienda de la constitución de Estados Unidos. La vigésima enmienda me lleva a Washington D.C.

Roosevelt (el segundo, FDR) fue el último presidente en tomar posesión de su cargo un 4 de marzo. Fue en 1933. La última toma de posesión que no se vió afectada por la vigésima enmienda. Esta planteaba reducir el tiempo entre la toma de posesión del presidente y los congresistas y las elecciones que les habían elegido. El 23 de enero de 1933 se ratificaba esta enmienda… y así hemos llegado hasta hoy.

La enmienda marca el inicio y el final de los mandatos. De hecho, su sección primera establece que el mandato del presidente expira a mediodía del 20 de enero. Justo en ese momento, el nuevo presidente -o el presidente elegido para un segundo mandato- inician el mandato tras tomar juramento.

Desde 1937 todas las tomas de posesión han sido así. Todas menos las que han caído en domingo. Como en esta ocasión, que será el lunes 21. Será la tercera vez que esto pase desde la aprobación de la vigésima enmienda. Los presidentes Eisenhower y Reagan, en 1957 y 1985 respectivamente, también tomaron posesión de sus segundos mandatos en lunes.

Así que por virtud de esta enmienda, durante las próximas semanas hablaremos mucho de la ceremonia más simbólica de la política estadounidense. La coronación republicana del hombre más poderoso del mundo. O lo que es lo mismo, por la enmienda, pasaremos frío. Mucho frío.

Guía (muy) breve para seguir el caucus de Iowa

El mañana empieza hoy. Por lo menos para los candidatos republicanos a la presidencia de Estados Unidos. Con la celebración del caucus de Iowa, empieza la larga campaña de primarias que dará con el nombre del candidato o candidata que se enfrentará a Barack Obama en las elecciones del próximo noviembre. Pero antes de sentarse a esperar su resultado, ¿qué es eso del caucus? ¿De qué va la elección que tiene lugar hoy en ese estado? Esta guía (muy) breve responde a algunas de las preguntas que te pueden asaltar.

¿Qué es un caucus?

El caucus es una reunión, una asamblea, en la que se eligen los delegados para las convenciones que, a su vez, eligen al candidato o candidata a la presidencia de los Estados Unidos de ambos partidos.

El partido Republicano reunirá mañana a los votantes registrados, que para noviembre tengan 18 años o más, en edificios públicos y hogares. Escucharán discursos y discutirán y votarán a su candidato mediante voto secreto. Por ello, como indica El Mundo, la fidelidad del voto es especialmente importante. Después, se envían los datos de apoyo a los candidatos al partido para convertirlos en delegados. Estos delegados, a su vez, elegirán meses después al candidato o candidata.

¿Por qué es importante el caucus de Iowa?

Al ser el primer caucus y la primera cita del calendario de primarias, toda la atención mediática se vuelca en esta cita. Pero no es únicamente el interés informativo lo que hace del caucus algo especial: supone la primera oportunidad de las diferentes candidaturas para liderar el proceso de primarias. Con la primera victoria y la victoria o un buen resultado en las primarias de New Hampshire que se celebrarán el próximo martes 10 de enero, una campaña puede coger fuerza decisiva para asaltar un buen golpe por la nominación en el llamado “Super Tuesday”.

¿La nominación se decide en el caucus de Iowa?

El peso de lo que deciden los ciudadanos de Iowa es realmente bajo. De hecho, los delegados de este estado no son una importante mayoría en la Convención: solo representan el 1% de los delegados nacionales. Ganar en Iowa no asegura la nominación: George W.H. Bush ganó pero Reagan se llevó la nominación. Y otros, como George W. Bush o Obama, ganaron, ganaron la nominación y ganaron las elecciones.

¿Cuáles son los candidatos del Partido Republicano?

Mañana, siete candidatos competirán por el caucus. Para todos los gustos: desde la candidata del Tea Party, Michele Bachmann al favorito para ganar, Mitt Romney. Aunque ser el candidato “oficial” no es bueno en esta cita.

Estos son los siete candidatos:

¿Quién ganará el caucus de Iowa?

Son tres los candidatos que lideran las encuestas: Ron Paul, Mitt Romney y Rick Santorum. Paul es congresista por Texas, doctor y sirvió en Vietnam. Libertario, ha inspirado al Tea Party. Romney, mormón, fue gobernador de Massachussets y tiene una amplia experiencia como empresario y gestor. Su cambio de opinión en temas espinosos es una de las grandes amenazas a su campaña. Santorum, por su parte, fue senador y es conocido por su polémica opinión sobre los derechos de los homosexuales. Romney lideraría esta terna.

El ex presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gringrich, el gobernador de Texas Rick Perry y la congresista Michele Bachmann, líder del Tea Party, completan la lista de contendientes, con menos opciones según las encuestas en esta cita.

Sadam Husein y Bin Laden: dos modos de comunicar su captura

Osama bin Laden y Sadam Husein. Sadam y Bin Laden. Dos figuras clave para entender la primera década del siglo XXI. Dos enemigos de los Estados Unidos sobre los que cayó toda la fuerza del país más poderoso del mundo.

La guerra contra el terrorismo tiene en ellos dos momentos clave. La detención de Sadam en diciembre de 2003 y el asesinato de Osama bin Laden esta misma semana. Con estos dos momentos clave, surge la necesidad de comunicar a los norteamericanos y al mundo lo sucedido.

George W. Bush se dirigió al mundo desde el Cabinet Room (la sala donde se reúne el Gabinete o gobierno de los Estados Unidos), en un discurso corto de casi cuatro minutos. En él, anuncia la detención de Sadam Husein, vivo, y enmarca su detención como un paso más en la lucha contra el terror y en las operaciones en la guerra de Irak. Centra el discurso en la contribución de este hecho para el futuro de la guerra y la seguridad de los Estados Unidos.

Obama, en cambio, lo hace desde el East Room, la sala más grande de la Casa Blanca, reservada a grandes eventos comunicativos. Con un discurso mucho más largo –casi diez minutos- el presidente eleva el tono. No solo anuncia la muerte de Bin Laden, utiliza el discurso para hablar de valores, justificar la ejecución del líder terrorista e intentar cerrar el ciclo de guerra contra el terror iniciado diez años antes. El tono es distinto y la intencionalidad, en cierto modo, también.

No deja de ser necesario constatar los momentos en los que llegan los discursos: ambos durante el año anterior a la reelección presidencial. Diciembre de 2003 en el caso de Bush y mayo de 2011 en caso de Obama. Dos maneras muy parecidas de marcar el tempo de la campaña con un, a ojos de los ciudadanos, gran éxito.

“Our Nixon”, la película de sus colaboradores

El proceso del caso Watergate no solo se llevó las grabaciones de la Casa Blanca por delante. También supuso la confiscación de horas y horas de grabaciones en vídeo doméstico de los hombres del presidente. Casi 37 años después de la dimisión de Nixon, salen a la luz en forma de película.

Es el proyecto de dos creadores de cine experimental, Penny Lane y Brian Frye, que están a punto de lanzar la película “Our Nixon”, hecha a partir de esas grabaciones de los miembros del equipo presidencial. Una película que, además, busca financiación.

A través de Kickstarter, cualquier usuario con 1.000 dólares en el bolsillo puede convertirse en productor de la película. Aunque los donativos van desde un dólar, con una postal de la película enviada a tu correo, a ese máximo, pasando por donativos de 25, 50 o 500 dólares con varios productos por donativo; desde chapas a copias de la película.

Es, sin duda, una curiosa iniciativa que nos acercará a otra visión más de las bambalinas del poder y de uno de los hombres menos amados de la historia de Estados Unidos. Tenéis más información en The New Yorker y en los Apuntes de Jorge Orlando Mera.

Es el prime time, amigo

Por mucho que queramos comparar las realidades políticas a ambas orillas del Atlántico, la realidad es que la propia base de la misma es radicalmente distinta. Cuando en comunicación queremos reflejarnos en aquellos elementos más desarrollados de la política norteamericana topamos con un elemento cultural de primer orden: en Estados Unidos, la política puede ser entretenimiento. Aquí no.

No digo que en un país la política entretenga y en el otro no, lo que ocurre es que los profesionales que se encargan de hacer de puente entre política y ciudadanía entienden que la primera debe entender el lenguaje de la segunda. Y en Estados Unidos, pasa por entender el medio televisivo. Tal y como han entendido también el valor de la Red. Pero vamos a centrarnos en lo primero.

La política norteamericana es una política de prime time. Entiende el valor de hacer llegar directamente los mensajes a los espectadores en el momento en el que se encuentran en casa. El discurso del estado de la Unión que anualmente dirige el presidente norteamericano desde el Congreso es muestra de ello. Como también lo son las convenciones de los dos grandes partidos que se celebran cada cuatro años para nominar a sus candidatos. Por la noche, en directo, en prime time.

Artur Mas, como otros candidatos a presidir un ejecutivo en España, dirigió su discurso de investidura a mediodía. Más o menos la misma hora a la que empiezan los debates sobre el estado de la Nación en el Congreso de los Diputados. El PP y el PSOE han celebrado sus convenciones en fin de semana. Todos estos ejemplos luchan por un prime time muy distinto: el del telediario.

A diferencia de Estados Unidos, nos conformamos con una versión editada, recortada y subrayada de lo más importante. Seguimos prefiriendo el filtro de los medios a ver directamente a nuestros políticos en acción. ¿Sería posible ver a Zapatero dirigiendo su discurso sobre el estado de la nación a las nueve de la noche?

Sin duda, esta concepción diferente de la política, una más apoyada en el espectáculo, el entretenimiento, el ritmo y los planos –sin que ello vaya en detrimento del fondo, del poso-, la otra centrada en mantener la lógica del “siempre se ha hecho así”; es en gran parte responsable del cómo se dirigen a nosotros nuestros políticos.

No es que los políticos españoles no sean grandes oradores. No es que en este país no existan grandes speechwriters… es que la lógica de consumir esa información es distinta. Se buscan grandes autores de frases que martilleen, no de narradores que hilen un gran discurso. Es el prime time, amigo.

El discurso inaugural de John F. Kennedy

El 20 de enero de 1961, el presidente electo de los Estados Unidos John F. Kennedy, acudió al Congreso para prestar juramento. Con las notas del “Hail to the Chief” de fondo, JFK se disponía a dirigirse a una nación ilusionada y un mundo expectante por la llegada a la presidencia de un joven presidente en uno de los momentos más calientes de la Guerra Fría.

Kennedy bordó un discurso memorable del que esta semana se ha conmemorado su 50º aniversario. Frases que quedarán para la historia y que hoy custodian el mausoleo donde reposa el cuerpo del 35º presidente de los Estados Unidos.

“Ask not what your country can do for you — ask what you can do for your country”

Vice President Johnson, Mr. Speaker, Mr. Chief Justice, President Eisenhower, Vice President Nixon, President Truman, reverend clergy, fellow citizens, we observe today not a victory of party, but a celebration of freedom — symbolizing an end, as well as a beginning — signifying renewal, as well as change. For I have sworn before you and Almighty God the same solemn oath our forebears prescribed nearly a century and three quarters ago.

The world is very different now. For man holds in his mortal hands the power to abolish all forms of human poverty and all forms of human life. And yet the same revolutionary beliefs for which our forebears fought are still at issue around the globe — the belief that the rights of man come not from the generosity of the state, but from the hand of God.

We dare not forget today that we are the heirs of that first revolution. Let the word go forth from this time and place, to friend and foe alike, that the torch has been passed to a new generation of Americans, born in this century, tempered by war, disciplined by a hard and bitter peace, proud of our ancient heritage and unwilling to witness or permit the slow undoing of those human rights to which this Nation has always been committed, and to which we are committed today at home and around the world.

Let every nation know, whether it wishes us well or ill, that we shall pay any price, bear any burden, meet any hardship, support any friend, oppose any foe, to assure the survival and the success of liberty.

This much we pledge and more.

To those old allies whose cultural and spiritual origins we share, we pledge the loyalty of faithful friends. United, there is little we cannot do in a host of cooperative ventures. Divided, there is little we can do — for we dare not meet a powerful challenge at odds and split asunder.

To those new States whom we welcome to the ranks of the free, we pledge our word that one form of colonial control shall not have passed away merely to be replaced by a far more iron tyranny. We shall not always expect to find them supporting our view. But we shall always hope to find them strongly supporting their own freedom — and to remember that, in the past, those who foolishly sought power by riding the back of the tiger ended up inside.

To those peoples in the huts and villages across the globe struggling to break the bonds of mass misery, we pledge our best efforts to help them help themselves, for whatever period is required, not because the Communists may be doing it, not because we seek their votes, but because it is right. If a free society cannot help the many who are poor, it cannot save the few who are rich.

To our sister republics south of our border, we offer a special pledge — to convert our good words into good deeds in a new alliance for progress — to assist free men and free governments in casting off the chains of poverty. But this peaceful revolution of hope cannot become the prey of hostile powers. Let all our neighbors know that we shall join with them to oppose aggression or subversion anywhere in the Americas. And let every other power know that this Hemisphere intends to remain the master of its own house.

To that world assembly of sovereign states, the United Nations, our last best hope in an age where the instruments of war have far outpaced the instruments of peace, we renew our pledge of support — to prevent it from becoming merely a forum for invective — to strengthen its shield of the new and the weak and to enlarge the area in which its writ may run.

Finally, to those nations who would make themselves our adversary, we offer not a pledge but a request — that both sides begin anew the quest for peace, before the dark powers of destruction unleashed by science engulf all humanity in planned or accidental self-destruction.

We dare not tempt them with weakness. For only when our arms are sufficient beyond doubt can we be certain beyond doubt that they will never be employed.

But neither can two great and powerful groups of nations take comfort from our present course — both sides overburdened by the cost of modern weapons, both rightly alarmed by the steady spread of the deadly atom, yet both racing to alter that uncertain balance of terror that stays the hand of mankind’s final war.

So let us begin anew, remembering on both sides that civility is not a sign of weakness, and sincerity is always subject to proof. Let us never negotiate out of fear. But let us never fear to negotiate.

Let both sides explore what problems unite us instead of belaboring those problems which divide us.

Let both sides, for the first time, formulate serious and precise proposals for the inspection and control of arms and bring the absolute power to destroy other nations under the absolute control of all nations.

Let both sides seek to invoke the wonders of science instead of its terrors. Together let us explore the stars, conquer the deserts, eradicate disease, tap the ocean depths, and encourage the arts and commerce.

Let both sides unite to heed in all corners of the earth the command of Isaiah — to “undo the heavy burdens…and let the oppressed go free.”

And if a beachhead of cooperation may push back the jungle of suspicion, let both sides join in creating a new endeavor, not a new balance of power, but a new world of law, where the strong are just and the weak secure and the peace preserved.

All this will not be finished in the first 100 days. Nor will it be finished in the first 1,000 days, nor in the life of this administration, nor even perhaps in our lifetime on this planet. But let us begin.

In your hands, my fellow citizens, more than mine, will rest the final success or failure of our course. Since this country was founded, each generation of Americans has been summoned to give testimony to its national loyalty. The graves of young Americans who answered the call to service surround the globe.

Now the trumpet summons us again — not as a call to bear arms, though arms we need — not as a call to battle, though embattled we are — but a call to bear the burden of a long twilight struggle, year in and year out, “rejoicing in hope, patient in tribulation” — a struggle against the common enemies of man: tyranny, poverty, disease, and war itself.

Can we forge against these enemies a grand and global alliance, North and South, East and West, that can assure a more fruitful life for all mankind? Will you join in that historic effort?

In the long history of the world, only a few generations have been granted the role of defending freedom in its hour of maximum danger. I do not shrink from this responsibility — I welcome it. I do not believe that any of us would exchange places with any other people or any other generation. The energy, the faith, the devotion which we bring to this endeavor will light our country and all who serve it — and the glow from that fire can truly light the world.

And so, my fellow Americans: ask not what your country can do for you — ask what you can do for your country.

My fellow citizens of the world: ask not what America will do for you, but what together we can do for the freedom of man.

Finally, whether you are citizens of America or citizens of the world, ask of us here the same high standards of strength and sacrifice which we ask of you. With a good conscience our only sure reward, with history the final judge of our deeds, let us go forth to lead the land we love, asking His blessing and His help, but knowing that here on earth God’s work must truly be our own.