Un PSOE en la poltrona

Si te digo “político”, ¿en qué piensas? Dime lo primero que aparece en tu mente. ¿Dinero? ¿Interés? ¿Corrupción? ¿Cargo? Si te digo “poltrona”, ¿piensas en un político? Seguro que haces la asociación de forma casi directa. Parece que en el PSOE no lo tienen tan claro y el diseño del escenario de su convención autonómica es la muestra.

Forma parte de esos pequeños detalles que tanto cuentan. De esos elementos del fondo, del escenario, que pueden llevarnos a una interferencia en el mensaje. Casi imperceptible. Pero que se instala en la mente del receptor. Y el PSOE lo hizo a cuenta de unos sillones.

“La fuerza de un gran país”, rezaba el lema del cónclave socialista. Y para reforzar esa idea de fortaleza, los barones regionales del partido acompañaban en el escenario al presidente del Gobierno. Sentados en unos aparatosos sillones blancos, haciendo contraste con el rojo dominante. Los líderes socialistas parecían enviar un mensaje muy claro: nos aferramos a la poltrona.

“Primero está España y luego está el PSOE”, afirmaba el vicesecretario general José Blanco. Idea repetida por el presidente Zapatero en su alocución… aunque el fondo no dijera lo mismo.

El saludo de Tomás Gómez a Zapatero, sentado en la poltrona, las posturas de algunos candidatos buscando la comodidad del sillón, las diferentes alturas de los sillones… han impreso una imagen casi medieval, de vasallos y señores feudales.

No son buenos tiempos para la política y los políticos. Percibidos como un gran problema para el país. Desacreditados. Con una desafección creciente. Un contexto que exige ver a los políticos arremangados y cercanos a la ciudadanía. Justo lo contrario de lo que se observó en el escenario de la Convención. No es lo que dices, es lo que la gente ve. Lo último que quiere ver la gente es un PSOE en la poltrona.

Las interferencias del hijo de Aznar

¿Qué le pasaba a Alonso Aznar cuando viajó a Melilla con su padre hace unas semanas? El hijo menor del presidente parecía enfadado. Ensimismado en sus pensamientos. Como quién está a disgusto en un lugar… parecía que ese era un castigo del presidencial progenitor al benjamín de la familia. ¿Lo era? Y lo más importante: ¿por qué estoy reflexionando sobre ello en este blog? Algo ha fallado en el proceso de comunicación. Este post es la prueba.

Lo de Aznar en Melilla fue ampliamente comentado y este artículo no va sobre si el Carter particular de la democracia española –por lo de ex presidente viajero dispuesto a mediar… aunque con un tono opuesto al del de Georgia- debería haber ido o no a Melilla. Pero sí del detalle que supuso observar al fondo de las imágenes de la visita de Aznar a su hijo de brazos cruzados y con el ceño fruncido. Una interferencia en comunicación de las que a menudo ocurren.

Aznar no ha sido el primero ni será el último. Atender a los detalles del fondo de nuestra photo-op es vital. No sólo por lo estético, sino por lo que comunica. Los humanos somos así: cuando tenemos ante nosotros una imagen, un marco, una situación, lo analizamos todo y nos quedamos con los detalles. Y esperamos coherencia. Si un líder se presenta como la energizante alternativa a otro, una serie de bostezos en las personas que aparecen tras ella nos envían un mensaje poco halagüeño. Como Alonso.

De hecho, George W. Bush no dudaba en recalcar el mensaje clave de sus comparecencias más importantes con paneles traseros que repetían una y otra vez ese mensaje. “Mejor sanidad”, “Misión cumplida”, “Asegurando el futuro”. Si quieres que esa sea la idea que el público retenga, explicítala. Aunque el socio de Aznar también sufrió los efectos de espontáneas reacciones de su retaguardia: durante la campaña de reelección un niño que asistía a un mitin del presidente no escatimaba en bostezos… y los medios no dudaron en sacar punta al lápiz.

Obama tampoco se escapa. Había perdido las primarias de New Hampshire pero su discurso fue electrizante. El público en pie, exultante, como si estuviera celebrando una victoria y no la derrota ante Hillary Clinton en el segundo asalto de la carrera por la nominación demócrata. “Yes, we can” dijo Obama. Y Will.i.am, cantante de The Black Eyed Peas, le dio forma en un vídeo que unía música y el que es, quizás, el discurso más famoso del presidente americano. Ya saben que fue un éxito. Pero, ¿repararon que no todas las personas del recinto parecían igual de energizadas?

El joven que está tras Obama, a nuestra izquierda, parece ausente durante todo el discurso. Como si eso no fuera con él. Y dirán ¿Y qué tiene que ver eso con el éxito del discurso? En este caso poco, los medios apenas recabaron en ello, pero cualquier espectador, al verlo, acaba escrutando con la mirada toda la escena y se da cuenta de ello. En ese momento aparece la interferencia en el mensaje. Los humanos somos así, así canalizamos los impactos y así procesamos toda la información. ¿En qué estaría pensando ese chico? No es casual que no aparezca en el video de la canción…

Frank Luntz comenta esta cuestión de todo aquel espectador que tiene ante sí cualquier imagen. Esa necesidad de ocupar un espacio y controlarlo cuando sea posible. Y la verdad, los partidos y los políticos lo hacen. Los asistentes de las filas situadas tras el atril suelen estar bien escogidas: personas que representen el mensaje del candidato. Aunque un bostezo se convierta en noticia.

¿Y qué pasa con las fotos? Pues más de lo mismo. Es habitual observar en la política angolsajona a políticos rodeados de carteles pidiendo el voto. Parece que la candidata Trini se ha aplicado el cuento… Evitar interferencias como ese ceño fruncido de Alonso Aznar.

Unidad

Rita Barberá ha sido la artífice de una fotografía y una puesta en escena que ha conseguido captar hoy la atención de todos los medios: una atípica comparecencia en miércoles de Mariano Rajoy rodeado de la plana mayor del partido como respuesta a las dos tramas de delitos presuntamente cometidos por miembros del partido conservador.

Poco podía imaginar, cuando he pasado por la puerta de Génova 13 esta mañana, que el PP conseguiría marcar la agenda mediática del día. Es justo reconocer que la imagen acompaña a las acusaciones más o menos encubiertas de Rajoy sobre la jornada de caza del ministro Bermejo y el juez instructor de una de las dos tramas, Baltasar Garzón. También es justo reconocer que Rajoy refuerza el ritmo que Esperanza Aguirre había marcado: ante los ataques, contraataque.

Como imagen y como momentum comunicativo, es impecable. Ahora bien, no estoy convencido de los efectos a largo plazo de esta acción. Si las investigaciones judiciales son certeras y los encausados acaban con una condena sobre sus hombros, la defensa a ultranza de la honorabilidad que la plana mayor del PP está haciendo podría verse tocada. Y lo que es más importante pondrá de manifiesto que una puesta en escena impresionante no esconde lo que dicen unas investigaciones en curso: más de 30 personas acusadas de delitos graves, más un caso de supuestos espionajes que atenta contra las libertades fundamentales.

La acción del PP hay que entenderla como una salida hacia para reflotar un barco que amenaza con hundirse justo cuando hay dos elecciones en ciernes: por mucho que se puedan hacer elucubraciones sobre el momento en que la causa se hace pública, los supuestos delitos no dejan de ser delitos graves. El culpable no podrá ser nunca un juez instructor: lo será quien ha cometido delitos.

Esta es una variable que me falta, no obstante, de la impecable acción comunicativa de la plana mayor del partido. Los ciudadanos tienen criterio y saben ver cuando un partido es amenazado injustamente y cuando no. En un contexto de crisis, la corrupción se vuelve más criticable que nunca. Y la sensibilidad social es más acuciante que nunca.

Escenarios presidenciales

Dicen que la política tiene mucho que ver con el teatro. Algunos lo dicen porque les parece que la clase política tienen más de actores que de gobernantes. Otros, porque creen que todo ello no deja de ser la representación de un rol. Y otros, los más críticos, porque piensan que esto de la política no es más que una ficción. Cada cual con sus ideas …

Pero tomo la idea del teatro para hablar del escenario. Y no en el estricto significado político que evoca aquella situación que se puede dar. Me refiero al escenario de los latinos, el scaenarium, el lugar donde se desarrolla la acción dramática. Donde se colocan las decoraciones, ya sabéis. Por cierto, que deriva del latín pero en nuestra lengua lo tomamos del italiano.

Pongamos por caso dos personas que ocupan un cargo muy importante. De hecho, son las personas que ostentan los cargos de responsabilidad más elevados de sus respectivos países. Ambos son de partidos políticos que tienen sus raíces en el progresismo, por mucho que sean de países y tradiciones políticas muy diferentes. Pongamos que los dos han roto la misma barrera: ser el primer presidente que rompe la hegemonía existente en las características que habían tenido sus predecesores. Y pongamos también, por supuesto, que los momentum de sus presidencias no son exactamente iguales: uno lleva ya dos años en el cargo y el otro aún no lo ha jurado.

Ahora retomemos el escenario como el lugar donde pasan cosas y representamos algo. Ambos presidentes están representando su propio relato, su propia historia. Utilizan el escenario para proyectar la imagen que quieren que se tenga de su presidencia, la verdad, lo hacen de manera muy diferente. Vean estas dos fotos:


Son del mismo día. Obama, presentaba su equipo económico. Montilla, hacía balance de los dos primeros años de su gobierno. Sé que la comparación puede ser odiosa, que hay mil cosas que los separan, pero no deja de ser curiosa la concepción tan distinta que tienen del uso del escenario el uno y el otro.

Analicémoslo. Obama aparece en cada comparecencia desde que es presidente-electo en un cuidado entorno azul (color presidencial por excelencia, el color de su estandarte personal y, además, el color que identifica al Partido Demócrata) que, como dicen los entendidos, da muy bien en televisión. Banderas americanas llenan el fondo y en primer término encontramos un atril que evoca al usado por el Presidente, con el logotipo de la oficina del presidente-electo Obama. Obama aparece siempre de pie. Es la manera que tiene su cuerpo de comunicarnos que es el presidente. Aunque sea electo. Comparecer de pie permite que pueda comunicarse mejor verbalmente, además de dominar la situación-cosa que no siempre se puede hacer sentado.

Montilla, apareció en la esperada conferencia sentado, en un ambiente excesivamente oscuro y con una simple proyección donde se leía el título de la conferencia “Enfortir Catalunya“. La prensa podía tomar imágenes desde muy cerca, cosa siempre molesta y que acaba saliendo en algún modo de televisión. En la pantalla, nos da una sensación angosta, lugar pequeño -todo lo contrario del caso Obama-y los colores oscuros no captan la atención del espectador.

Realmente, ambos escenarios hablan por sí solos. Hablan mucho de la persona que se dispone a hablar.

Abro paréntesis: mire aquí el vídeo que ha preparado CiU para contraatacar el discurso del Presidente. Miradlo. Y ahora tiro algunas preguntas al aire que espero que alguien pueda responder. ¿Quien aguantará los 3 minutos de vídeo con este “ritmo trepidante”? ¿Dónde está la alternativa en la última parte del vídeo? ¿Dónde está la parte propositiva? Si en CiU quieren hacer anuncios negativos, que aprendan de vídeos como éste. Cierro paréntesis.

Los americanos son expertos en tener en cuenta este tipo de elementos y los efectos que tienen en la comunicación de los líderes. El presidente Reagan es recordado por haber hecho un uso excelente de los escenarios, saber dar imágenes que en televisión daban una imagen de conjunto muy positiva. Obama, como los Bush o Clinton, ha seguido practicando con el ejemplo. De hecho, una de las primeras cosas que Obama y Axelrod hicieron juntos fue contratar un escenógrafo. La diferencia con nuestro presidente, más que evidente.

No es una cuestión menor: el marco donde hacemos las cosas dice mucho de las cosas. El marco desde donde hablamos, habla por nosotros. No prestarle toda la atención (es injusto decir que no se han hecho las cosas bien a la Generalitat, pero sí que se podrían hacer mejor) a este tipo de detalles forma parte de esta lluvia fina que nos ayuda a proyectar una imagen que ayude a dar solidez a nuestro liderazgo. Y de eso, Obama, sabe.