La huella de Nixon en el discurso de dimisión de Francisco Camps

Más de 900 días separan las primeras informaciones sobre los trajes de Camps y su dimisión. Casi 37 años separan la dimisión de Richard Nixon de la de Francisco Camps. Dos figuras marcadas por la corrupción, la lucha por mantenerse en el cargo y la creación de un universo de enemigos paralelo. Y no es lo único que les une.

El 8 de agosto de 1974 Richard Nixon se dirigió a la nación desde el Despacho Oval para anunciar su dimisión. En aquel discurso, el presidente usó tres recursos discursivos, como señala Jeffrey Feldman, para articular su intervención y enmarcar su mensaje: el cambio de dirección en el marco, jactarse de lo conseguido y la asociación con terceros. Esas técnicas también se vieron en el discurso que dirigió Camps en su renuncia.

El cambio de dirección en el marco

Nixon justificó su renuncia por un tema de dedicación.

“America needs a full-time president and a full-time Congress”.

La lógica de evitar un proceso para permitir el funcionamiento de las instituciones. Para Camps, ese cambio en la dirección está en el servicio al Partido Popular, a Rajoy y a España. Tal y como expresa en esta frase del discurso:

“ofrezco este sacrificio personal para que Mariano Rajoy sea el próximo presidente del gobierno, para que el Partido Popular gobierne España y para que España sea esa gran nación que los españoles queremos.”

El tema del sacrificio es una constante en el discurso de Camps. Lo hace de forma expresa en tres ocasiones: un sacrificio personal, de partido y por España. El sacrificio de Nixon se expresa de forma velada en esa lógica del funcionamiento de las instituciones.

 

Jactarse de lo conseguido

Nixon presentaba, a las puertas del estallido del caso Watergate, una buena hoja de servicios. Reelegido para el cargo, había puesto fin a la Guerra de Vietnam y tenía índices de popularidad parecidos a los de Kennedy. Esos logros fueron puestos de manifiesto en su discurso. Esa técnica busca poner encima de la mesa lo logrado por lo desgastado.

Camps también usó esa técnica:

“Paco Camps es un gran presidente, es el mejor presidente para nuestra tierra”
“Ser los mejores, los primeros, el mejor ejemplo de gobierno y de proyecto colectivo”
“Somos los mejores, eso es lo que quiero decirle a todos los valencianos. Somos los mejores, este es el mejor territorio, esta es la más grande comunidad de España y la mejor región de Europa y por eso han ocurrido las cosas que han ocurrido.”

 

Asociación con terceros

Nixon invoca a Theodore Roosevelt en su discurso. Camps no lo hace. No cita a terceros que sean referencia para él. Pero sí que asocia lo ocurrido con terceros. Es lo que él llama “el sistema”. Ese enemigo a su figura y al Partido Popular que encarna el PSOE. Ejemplos de ello los encontramos en frases como:

“Hemos luchado contra un sistema, un sistema duro y brutal.”
“Un sistema que ha traído paro, desconcierto, tensión y crispación a todo nuestro país.”

 

Y algunas diferencias…

Nixon y Camps son plenamente conscientes de la importancia de ese discurso. Saben que fijará el marco con el que muchos interpreten sus dimisiones. Nixon, más centrado en el legado, es plenamente consciente del fin de su carrera política. Camps, por el contrario, dedica gran parte del discurso a defender su honorabilidad. ¿Con ese gesto Camps señala que está dispuesto a volver?

No es la única diferencia entre los dos. Nixon habla más de la nación que del partido. Camps, habla sobretodo del partido y centra su dimisión en un sacrificio por el partido. Un sacrificio por Rajoy.

 

El discurso infográfico de dimisión

España, mejor o proyecto. Son las palabras más repetidas por Camps. Comunidad Valenciana, Partido Popular… forman parte también de ese ranking. Detalles como ese, así como los titulares o los momentos en que Camps fuerza su voz; se contienen en la infografía del discurso de dimisión que mostramos a continuación.

Discurso Infográfico de la dimisión de Francisco Camps

Ich bin ein Berliner

El 26 de junio de 1963 el mundo estaba dividido en dos polos. Dos potencias antagónicas que se encontraban en uno de los momentos más álgidos de su larga Guerra Fría. El presidente norteamericano John Fritzgerald Kennedy viajó a Berlín para defender al sector occidental y dirigió uno de sus discursos más famosos.

Con motivo del 20 aniversario de la caída del Muro, publiqué en La Vanguardia este artículo que se refería en estos términos al discurso de JFK: “Un precioso canto a la libertad que inició una constante en la línea política y discursiva norteamericana: cualquier persona que se sienta libre, es un berlinés. La capital alemana como expresión de la libertad y sus sacrificios.

En esa misma alocución ante el ayuntamiento de la parte occidental berlinesa, el presidente tomó el pulso a la retórica bipolar sobre qué sistema merecía tener el apelativo de ser el mejor. Para él, la democracia no era perfecta pero, tal y como señaló con enérgica voz, “nunca hemos debido construir un muro para mantener a la gente dentro”.

Kennedy invitó al mundo a ir a Berlín para conocer las diferencias entre los dos mundos, “let them come to Berlin”. Para observar el espacio de libertad ante el de la tiranía, “Dejad que vengan a Berlín”. Todos los hombres son ciudadanos de Berlín, dijo. Él mismo era un berlinés. Años más tarde, Reagan llegó a una conclusión similar: cada hombre es un berlinés. Cada ser humano puede sentirse separado del resto de los hombres ante una Puerta de Brandenburgo cerrada y vallada.”

48 años después, recordamos hoy este histórico discurso. Y recuerda, si este verano viajas a Berlín, cuando llegues a la Puerta de Brandenburgo cierra los ojos e intenta recordar las palabras de JFK.

Two thousand years ago the proudest boast was “civis Romanus sum.” Today, in the world of freedom, the proudest boast is “Ich bin ein Berliner.”

I am proud to come to this city as the guest of your distinguished Mayor, who has symbolized throughout the world the fighting spirit of West Berlin. And I am proud to visit the Federal Republic with your distinguished Chancellor who for so many years has committed Germany to democracy and freedom and progress, and to come here in the company of my fellow American, General Clay, who has been in this city during its great moments of crisis and will come again if ever needed.

Two thousand years ago the proudest boast was “civis Romanus sum.” Today, in the world of freedom, the proudest boast is “Ich bin ein Berliner.”

I appreciate my interpreter translating my German!

There are many people in the world who really don’t understand, or say they don’t, what is the great issue between the free world and the Communist world. Let them come to Berlin. There are some who say that communism is the wave of the future. Let them come to Berlin. And there are some who say in Europe and elsewhere we can work with the Communists. Let them come to Berlin. And there are even a few who say that it is true that communism is an evil system, but it permits us to make economic progress. Lass’ sic nach Berlin kommen. Let them come to Berlin.

Freedom has many difficulties and democracy is not perfect, but we have never had to put a wall up to keep our people in, to prevent them from leaving us. I want to say, on behalf of my countrymen, who live many miles away on the other side of the Atlantic, who are far distant from you, that they take the greatest pride that they have been able to share with you, even from a distance, the story of the last 18 years. I know of no town, no city, that has been besieged for 18 years that still lives with the vitality and the force, and the hope and the determination of the city of West Berlin. While the wall is the most obvious and vivid demonstration of the failures of. the Communist system, for all the world to see, we take no satisfaction in it, for it is, as your Mayor has said, an offense not only against history but an offense against humanity, separating families, dividing husbands and wives and brothers and sisters, and dividing a people who wish to be joined together.

Freedom is indivisible, and when one man is enslaved, all are not free.

What is true of this city is true of Germany—real, lasting peace in Europe can never be assured as long as one German out of four is denied the elementary right of free men, and that is to make a free choice. In 18 years of peace and good faith, this generation of Germans has earned the right to be free, including the right to unite their families and their nation in lasting peace, with good will to all people. You live in a defended island of freedom, but your life is part of the main. So let me ask you, as I close, to lift your eyes beyond the dangers of today, to the hopes of tomorrow, beyond the freedom merely of this city of Berlin, or your country of Germany, to the advance of freedom everywhere, beyond the wall to the day of peace with justice, beyond yourselves and ourselves to all mankind.

Freedom is indivisible, and when one man is enslaved, all are not free. When all are free, then we can look forward to that day when this city will be joined as one and this country and this great Continent of Europe in a peaceful and hopeful globe. When that day finally comes, as it will, the people of West Berlin can take sober satisfaction in the fact that they were in the front lines for almost two decades.

All free men, wherever they may live, are citizens of Berlin, and, therefore, as a free man, I take pride in the words “Ich bin ein Berliner!”

Pasqual Maragall y el nuevo Estatut

El 18 de junio de 2006, los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya estaban llamados a las urnas para ratificar en referéndum el nuevo Estatut. Suponía la culminación de un camino largo, tortuoso y crispado que había empezado con la demanda de los partidos progresistas catalanes por su reforma y terminaba con la expulsión de los consejeros de ERC del gobierno catalán por su voto contrario al texto.

Por el camino, ríos de tinta, un Estatut aprobado en el Parlament y otro muy cercenado aprobado por las Cortes Generales. Firmas contra el Estatut por parte del Partido Popular y un entorno mediático crítico con el proceso. Tensión entre los partidos catalanes y dentro de los partidos nacionales. Marcado por una promesa de un Zapatero candidato a la presidencia del Gobierno.

Ese día de junio de 2006, el 48,85% de los ciudadanos censados acudieron a las urnas y respaldaron mayoritariamente, con un 73,24% de los votos, el texto estatutario. Tras el escrutinio de los votos de los catalanes, el president de la Generalitat se dirigió al país:

Estimados conciudadanos,

Tenemos Estatut. Catalunya tiene el nuevo Estatut que deseábamos. La victoria del Sí ha sido rotunda. Inapelable. Y por tanto, Catalunya está de enhorabuena.

Quiero, de entrada, dar las gracias al pueblo de Catalunya. Catalunya ha hablado claro.

Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido. Y lo que Catalunya ha dicho. Los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya han escrito esta página de nuestra historia, expresándose en libertad.

La jornada electoral ha sido una nueva lección de civismo y de madurez democrática. Y creo que nos debemos felicitar todos.

Hemos ganado el reto que nos habíamos puesto nosotros mismos como país. Los votos negativos de derecha y de izquierda no pasan de una quinta parte de los votantes. El país ha ganado, todo el mundo ha ganado. Los que han votado una cosa y los que han votado otra. En poco tiempo se comenzará a percibir hasta qué punto era importante que Catalunya dispusiera de un nuevo instrumento de gobierno.

El futuro, de Catalunya, no había sido nunca tan esperanzador como lo es ahora, ni el destino del país tan prometedor como lo puede ser en adelante.

Como Presidente de todos, me corresponde también reconocer la legítima contribución democrática de aquellos que no han votado sí, de aquellos que querían más. De la misma manera que quiero reconocer la legitimidad democrática también de aquellos que han coincidido con esta opción negativa desde el otro extremo. Los unos y otros les invito a integrarse en el consenso y alejarse de la práctica irritada de la política que nunca debería producirse en nuestra sociedad.

Hoy es un día para celebrar lo que nos une a todos. Lo que nos une como ciudadanos y ciudadanas de Catalunya. Aunque como demócratas, nos hubiera gustado una participación más alta, esta ha sido muy notable, prácticamente el 50%.

Visto ahora, son difícilmente comprensibles objeciones judiciales a las que hemos tenido que hacer frente para fomentar la participación desde el Gobierno. Pero la participación es muy destacable. Se corresponde prácticamente a la votación del Estatut de Sau si tenemos en cuenta que se celebró en día laborable.

¿Ahora qué hace falta? Ahora falta determinación para encarar nuestro futuro colectivo. Con el nuevo Estatut en las manos, creo ciertamente que podemos afirmar que en Catalunya se ha acabado el victimismo, que no puede haber. Lo que seamos a partir de ahora, lo que hagamos a partir de ahora, dependerá de nosotros mismos, más que nunca.

Ahora ya está en nuestras manos el mejor Estatut que hemos tenido en siglos. Que hemos tenido nunca. De ahora en adelante nos esperan todas las oportunidades que, como país, nos hemos ganado y que como ciudadanos acabamos de refrendar.

Catalunya ha hablado. Catalunya ha dicho SÍ. Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido.

El futuro, de Catalunya, no había sido nunca tan esperanzador como lo es ahora, ni el destino del país tan prometedor como lo puede ser en adelante.

Al resto de España quiero decirle que con con la victoria rotunda del Sí en el referéndum, Catalunya va a iniciar una nueva etapa de apoyo autogobierno, que será larga y positiva.

Será también una etapa en la que Catalunya se sentirá más cómoda y mejor comprendida por la España plural que avanza.

Cuando recibí el honor y la responsabilidad de presidir la Generalitat de Catalunya hablé de determinación. Aquel día prometí y pedí paciencia, tenacidad y determinación a raudales. Y durante los dos últimos años, cuando las dificultades podrían habernos hecho desfallecer, siempre he tenido presente ese compromiso personal.

El objetivo de dar a nuestro pueblo una esperanza de futuro exigía justamente perseverar y mantener el compromiso contraído como Presidente de la Generalitat de Catalunya, es decir: mejorar el Estatuto y hacerlo más allá de intereses partidarios, bien legítimos , es cierto, porque la política está hecha de legitimidades compartidas y a veces, incluso, contrapuestas. Pero hay causas nobles, el Estatut es una, que exigen de todos altura de miras y ambición de país.

Mi determinación por una Catalunya posible, la Catalunya del progreso y del Sí exigente es muy viva, y ésta determinación es lo que me impulsa a dar pleno apoyo a un proyecto que sigo pensando que es el proyecto más digno que un país puede imaginar .

Catalunya ha hablado. Catalunya ha dicho SÍ. Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido.

Las ideas por las que Nelson Mandela estaba dispuesto a morir

El 12 de junio de 1964, la justicia surafricana condenaba a Nelson Mandela a cadena perpetua por sabotaje y otros cargos. Con esa sentencia, el que luego sería pieza clave del fin del appartheid en ese país, iniciaba un largo período entre rejas.

Los largos años de cautiverio fueron clave para el futuro político de Mandela. Tal y como relata en su biografía y en otras obras como “El Factor Humano”, el líder surafricano consiguió conocer al enemigo y reflexionar sobre las futuras acciones. Una larga historia de seducción de los enemigos y del difícil equilibrio con todas las partes.

El proceso que finalmente condenó a Mandela se inició en abril de ese mismo año. Este discurso fue su alegato inicial ante el Tribunal:

“I have cherished the ideal of a democratic and free society in which all persons live together in harmony and with equal opportunities. It is an ideal which I hope to live for and to achieve. But if needs be, it is an ideal for which I am prepared to die.”

I am the first accused. I hold a bachelor’s degree in arts and practised as an attorney in Johannesburg for a number of years in partnership with Oliver Tambo. I am a convicted prisoner serving five years for leaving the country without a permit and for inciting people to go on strike at the end of May 1961.

At the outset, I want to say that the suggestion that the struggle in South Africa is under the influence of foreigners or communists is wholly incorrect. I have done whatever I did because of my experience in South Africa and my own proudly felt African background, and not because of what any outsider might have said. In my youth in the Transkei I listened to the elders of my tribe telling stories of the old days. Amongst the tales they related to me were those of wars fought by our ancestors in defence of the fatherland. The names of Dingane and Bambata, Hintsa and Makana, Squngthi and Dalasile, Moshoeshoe and Sekhukhuni, were praised as the glory of the entire African nation. I hoped then that life might offer me the opportunity to serve my people and make my own humble contribution to their freedom struggle.

Some of the things so far told to the court are true and some are untrue. I do not, however, deny that I planned sabotage. I did not plan it in a spirit of recklessness, nor because I have any love of violence. I planned it as a result of a calm and sober assessment of the political situation that had arisen after many years of tyranny, exploitation, and oppression of my people by the whites.

I admit immediately that I was one of the persons who helped to form Umkhonto we Sizwe. I deny that Umkhonto was responsible for a number of acts which clearly fell outside the policy of the organisation, and which have been charged in the indictment against us. I, and the others who started the organisation, felt that without violence there would be no way open to the African people to succeed in their struggle against the principle of white supremacy. All lawful modes of expressing opposition to this principle had been closed by legislation, and we were placed in a position in which we had either to accept a permanent state of inferiority, or to defy the government. We chose to defy the law.

We first broke the law in a way which avoided any recourse to violence; when this form was legislated against, and then the government resorted to a show of force to crush opposition to its policies, only then did we decide to answer violence with violence.

The African National Congress was formed in 1912 to defend the rights of the African people, which had been seriously curtailed. For 37 years – that is, until 1949 – it adhered strictly to a constitutional struggle. But white governments remained unmoved, and the rights of Africans became less instead of becoming greater. Even after 1949, the ANC remained determined to avoid violence. At this time, however, the decision was taken to protest against apartheid by peaceful, but unlawful, demonstrations. More than 8,500 people went to jail. Yet there was not a single instance of violence. I and 19 colleagues were convicted for organising the campaign, but our sentences were suspended mainly because the judge found that discipline and non-violence had been stressed throughout.

“In 1960 the government held a referendum which led to the establishment of the republic. Africans, who constituted approximately 70% of the population, were not entitled to vote, and were not even consulted.”

During the defiance campaign, the Public Safety Act and the Criminal Law Amendment Act were passed. These provided harsher penalties for protests against [the] laws. Despite this, the protests continued and the ANC adhered to its policy of non-violence. In 1956, 156 leading members of the Congress Alliance, including myself, were arrested. The non-violent policy of the ANC was put in issue by the state, but when the court gave judgment some five years later, it found that the ANC did not have a policy of violence.

In 1960 there was the shooting at Sharpeville, which resulted in the declaration of the ANC as an unlawful organisation. My colleagues man and I, after careful consideration, decided that we would not obey this decree. The African people were not part of the government and did not make the laws by which they were governed. We believed in the words of the Universal Declaration of Human Rights, that “the will of the people shall be the basis of authority of the government”, and for us to accept the banning was equivalent to accepting the silencing of the Africans for all time. The ANC refused to dissolve, but instead went underground.

In 1960 the government held a referendum which led to the establishment of the republic. Africans, who constituted approximately 70% of the population, were not entitled to vote, and were not even consulted. I undertook to be responsible for organising the national stay-at-home called to coincide with the declaration of the republic. As all strikes by Africans are illegal, the person organising such a strike must avoid arrest. I had to leave my home and family and my practice and go into hiding to avoid arrest. The stay-at-home was to be a peaceful demonstration. Careful instructions were given to avoid any recourse to violence.

The government’s answer was to introduce new and harsher laws, to mobilise its armed forces, and to send Saracens, armed vehicles, and soldiers into the townships in a massive show of force designed to intimidate the people. The government had decided to rule by force alone, and this decision was a milestone on the road to Umkhonto. What were we, the leaders of our people, to do? We had no doubt that we had to continue the fight. Anything else would have been abject surrender. Our problem was not whether to fight, but was how to continue the fight.

We of the ANC had always stood for a non-racial democracy, and we shrank from any action which might drive the races further apart. But the hard facts were that 50 years of non-violence had brought the African people nothing but more and more repressive legislation, and fewer and fewer rights. By this time violence had, in fact, become a feature of the South African political scene.

There had been violence in 1957 when the women of Zeerust were ordered to carry passes; there was violence in 1958 with the enforcement of cattle culling in Sekhukhuneland; there was violence in 1959 when the people of Cato Manor protested against pass raids; there was violence in 1960 when the government attempted to impose Bantu authorities in Pondoland. Each disturbance pointed to the inevitable growth among Africans of the belief that violence was the only way out – it showed that a government which uses force to maintain its rule teaches the oppressed to use force to oppose it.

I came to the conclusion that as violence in this country was inevitable, it would be unrealistic to continue preaching peace and non-violence. This conclusion was not easily arrived at. It was only when all else had failed, when all channels of peaceful protest had been barred to us, that the decision was made to embark on violent forms of political struggle. I can only say that I felt morally obliged to do what I did.

Four forms of violence were possible. There is sabotage, there is guerrilla warfare, there is terrorism, and there is open revolution. We chose to adopt the first. Sabotage did not involve loss of life, and it offered the best hope for future race relations. Bitterness would be kept to a minimum and, if the policy bore fruit, democratic government could become a reality. The initial plan was based on a careful analysis of the political and economic situation of our country. We believed that South Africa depended to a large extent on foreign capital. We felt that planned destruction of power plants, and interference with rail and telephone communications, would scare away capital from the country, thus compelling the voters of the country to reconsider their position. Umkhonto had its first operation on December 16 1961, when government buildings in Johannesburg, Port Elizabeth and Durban were attacked. The selection of targets is proof of the policy to which I have referred. Had we intended to attack life we would have selected targets where people congregated and not empty buildings and power stations.

The whites failed to respond by suggesting change; they responded to our call by suggesting the laager. In contrast, the response of the Africans was one of encouragement. Suddenly there was hope again. People began to speculate on how soon freedom would be obtained.

But we in Umkhonto weighed up the white response with anxiety. The lines were being drawn. The whites and blacks were moving into separate camps, and the prospects of avoiding a civil war were made less. The white newspapers carried reports that sabotage would be punished by death. If this was so, how could we continue to keep Africans away from terrorism?

We felt it our duty to make preparations to use force in order to defend ourselves against force. We decided, therefore to make provision for the possibility of guerrilla warfare. All whites undergo compulsory military training, but no such training was given to Africans. It was in our view essential to build up a nucleus of trained men who would be able to provide the leadership which would be required if guerrilla warfare started.

At this stage it was decided that I should attend the Conference of the Pan-African Freedom Movement which was to be held early in 1962 in Addis Ababa, and after the conference, I would undertake a tour of the African states with a view to obtaining facilities for the training of soldiers. My tour was a success. Wherever I went I met sympathy for our cause and promises of help. All Africa was united against the stand of white South Africa, and even in London I was received with great sympathy by political leaders, such as Mr Gaitskell and Mr Grimond.

I started to make a study of the art of war and revolution and, whilst abroad, underwent a course in military training. If there was to be guerrilla warfare, I wanted to be able to stand and fight with my people and to share the hazards of war with them.

On my return I found that there had been little alteration in the political scene save, that the threat of a death penalty for sabotage had now become a fact.

Another of the allegations made by the state is that the aims and objects of the ANC and the Communist party are the same. The creed of the ANC is, and always has been, the creed of African nationalism. It is not the concept of African nationalism expressed in the cry, “Drive the white man into the sea.” The African nationalism for which the ANC stands is the concept of freedom and fulfilment for the African people in their own land. The most important political document ever adopted by the ANC is the “freedom charter”. It is by no means a blueprint for a socialist state. It calls for redistribution, but not nationalisation, of land; it provides for nationalisation of mines, banks, and monopoly industry, because big monopolies are owned by one race only, and without such nationalisation racial domination would be perpetuated despite the spread of political power. Under the freedom charter, nationalisation would take place in an economy based on private enterprise.

As far as the Communist party is concerned, and if I understand its policy correctly, it stands for the establishment of a state based on the principles of Marxism. The Communist party sought to emphasise class distinctions whilst the ANC seeks to harmonise them. This is a vital distinction.

It is true that there has often been close cooperation between the ANC and the Communist party. But cooperation is merely proof of a common goal – in this case the removal of white supremacy – and is not proof of a complete community of interests. The history of the world is full of similar examples. Perhaps the most striking is the cooperation between Great Britain, the United States and the Soviet Union in the fight against Hitler. Nobody but Hitler would have dared to suggest that such cooperation turned Churchill or Roosevelt into communists. Theoretical differences amongst those fighting against oppression is a luxury we cannot afford at this stage.

What is more, for many decades communists were the only political group in South Africa prepared to treat Africans as human beings and their equals; who were prepared to eat with us; talk with us, live with us, and work with us. They were the only group which was prepared to work with the Africans for the attainment of political rights and a stake in society. Because of this, there are many Africans who, today, tend to equate freedom with communism. They are supported in this belief by a legislature which brands all exponents of democratic government and African freedom as communists and bans many of them (who are not communists) under the Suppression of Communism Act. Although I have never been a member of the Communist party, I myself have been imprisoned under that act.

I have always regarded myself, in the first place, as an African patriot. Today I am attracted by the idea of a classless society, an attraction which springs in part from Marxist reading and, in part, from my admiration of the structure of early African societies. The land belonged to the tribe. There were no rich or poor and there was no exploitation. We all accept the need for some form of socialism to enable our people to catch up with the advanced countries of this world and to overcome their legacy of extreme poverty. But this does not mean we are Marxists.

I have gained the impression that communists regard the parliamentary system of the west as reactionary. But, on the contrary, I am an admirer. The Magna Carta, the Petition of Right, and the Bill of Rights are documents held in veneration by democrats throughout the world. I have great respect for British institutions, and for the country’s system of justice. I regard the British parliament as the most democratic institution in the world, and the impartiality of its judiciary never fails to arouse my admiration. The American Congress, that country’s separation of powers, as well as the independence of its judiciary, arouses in me similar sentiments.

I have been influenced in my thinking by both west and east. I should tie myself to no particular system of society other than of socialism. I must leave myself free to borrow the best from the west and from the east.

Our fight is against real, and not imaginary, hardships or, to use the language of the state prosecutor, “so-called hardships”. Basically, we fight against two features which are the hallmarks of African life in South Africa and which are entrenched by legislation. These features are poverty and lack of human dignity, and we do not need communists or so-called “agitators” to teach us about these things. South Africa is the richest country in Africa, and could be one of the richest countries in the world. But it is a land of remarkable contrasts. The whites enjoy what may be the highest standard of living in the world, whilst Africans live in poverty and misery. Poverty goes hand in hand with malnutrition and disease. Tuberculosis, pellagra and scurvy bring death and destruction of health.

The complaint of Africans, however, is not only that they are poor and the whites are rich, but that the laws which are made by the whites are designed to preserve this situation. There are two ways to break out of poverty. The first is by formal education, and the second is by the worker acquiring a greater skill at his work and thus higher wages. As far as Africans are concerned, both these avenues of advancement are deliberately curtailed by legislation.

The government has always sought to hamper Africans in their search for education. There is compulsory education for all white children at virtually no cost to their parents, be they rich or poor. African children, however, generally have to pay more for their schooling than whites.

Approximately 40% of African children in the age group seven to 14 do not attend school. For those who do, the standards are vastly different from those afforded to white children. Only 5,660 African children in the whole of South Africa passed their junior certificate in 1962, and only 362 passed matric.

This is presumably consistent with the policy of Bantu education about which the present prime minister said: “When I have control of native education I will reform it so that natives will be taught from childhood to realise that equality with Europeans is not for them. People who believe in equality are not desirable teachers for natives. When my department controls native education it will know for what class of higher education a native is fitted, and whether he will have a chance in life to use his knowledge.”

The other main obstacle to the advancement of the African is the industrial colour-bar under which all the better jobs of industry are reserved for whites only. Moreover, Africans who do obtain employment in the unskilled and semi-skilled occupations open to them are not allowed to form trade unions which have recognition. This means that they are denied the right of collective bargaining, which is permitted to the better-paid white workers.

The government answers its critics by saying that Africans in South Africa are better off than the inhabitants of the other countries in Africa. I do not know whether this statement is true. But even if it is true, as far as the African people are concerned it is irrelevant.

Our complaint is not that we are poor by comparison with people in other countries, but that we are poor by comparison with the white people in our own country, and that we are prevented by legislation from altering this imbalance.

The lack of human dignity experienced by Africans is the direct result of the policy of white supremacy. White supremacy implies black inferiority. Legislation designed to preserve white supremacy entrenches this notion. Menial tasks in South Africa are invariably performed by Africans.

When anything has to be carried or cleaned the white man will look around for an African to do it for him, whether the African is employed by him or not. Because of this sort of attitude, whites tend to regard Africans as a separate breed. They do not look upon them as people with families of their own; they do not realise that they have emotions – that they fall in love like white people do; that they want to be with their wives and children like white people want to be with theirs; that they want to earn enough money to support their families properly, to feed and clothe them and send them to school. And what “house-boy” or “garden-boy” or labourer can ever hope to do this?

“The lack of human dignity experienced by Africans is the direct result of the policy of white supremacy. White supremacy implies black inferiority.”

Pass laws render any African liable to police surveillance at any time. I doubt whether there is a single African male in South Africa who has not had a brush with the police over his pass. Hundreds and thousands of Africans are thrown into jail each year under pass laws.

Even worse is the fact that pass laws keep husband and wife apart and lead to the breakdown of family life. Poverty and the breakdown of family have secondary effects. Children wander the streets because they have no schools to go to, or no money to enable them to go, or no parents at home to see that they go, because both parents (if there be two) have to work to keep the family alive. This leads to a breakdown in moral standards, to an alarming rise in illegitimacy, and to violence, which erupts not only politically, but everywhere. Life in the townships is dangerous. Not a day goes by without somebody being stabbed or assaulted. And violence is carried out of the townships [into] the white living areas. People are afraid to walk the streets after dark. Housebreakings and robberies are increasing, despite the fact that the death sentence can now be imposed for such offences. Death sentences cannot cure the festering sore.

Africans want to be paid a living wage. Africans want to perform work which they are capable of doing, and not work which the government declares them to be capable of. Africans want to be allowed to live where they obtain work, and not be endorsed out of an area because they were not born there. Africans want to be allowed to own land in places where they work, and not to be obliged to live in rented houses which they can never call their own. Africans want to be part of the general population, and not confined to living in their own ghettoes.

African men want to have their wives and children to live with them where they work, and not be forced into an unnatural existence in men’s hostels. African women want to be with their menfolk and not be left permanently widowed in the reserves. Africans want to be allowed out after 11 o’clock at night and not to be confined to their rooms like little children. Africans want to be allowed to travel in their own country and to seek work where they want to and not where the labour bureau tells them to. Africans want a just share in the whole of South Africa; they want security and a stake in society.

Above all, we want equal political rights, because without them our disabilities will be permanent. I know this sounds revolutionary to the whites in this country, because the majority of voters will be Africans. This makes the white man fear democracy. But this fear cannot be allowed to stand in the way of the only solution which will guarantee racial harmony and freedom for all. It is not true that the enfranchisement of all will result in racial domination. Political division, based on colour, is entirely artificial and, when it disappears, so will the domination of one colour group by another. The ANC has spent half a century fighting against racialism. When it triumphs it will not change that policy.

This then is what the ANC is fighting. Their struggle is a truly national one. It is a struggle of the African people, inspired by their own suffering and their own experience. It is a struggle for the right to live. During my lifetime I have dedicated myself to this struggle of the African people. I have fought against white domination, and I have fought against black domination. I have cherished the ideal of a democratic and free society in which all persons live together in harmony and with equal opportunities. It is an ideal which I hope to live for and to achieve. But if needs be, it is an ideal for which I am prepared to die.

El último discurso de Bobby Kennedy

 

El 4 de junio de 1968, Robert Kennedy ganaba las primarias demócratas de California y Dakota del Sur. Ya en la madrugada del 5 de junio, el hermano del presidente asesinado se dirige a sus seguidores en un discurso de victoria. Es un momento importante en su carrera hacia la presidencia.

Al finalizar el discurso, el senador es atacado. Sirhan Bishara Sirhan le dispara a quemarropa. Hiere a varias personas. Un día más tarde, Kennedy moría de madrugada. Estos dos vídeos muestran ese último discurso de Bobby Kennedy y los minutos de caos que se vivieron en la sala del hotel Ambassador de Los Angeles.

Muere el inventor del teleprompter

“Tonight, I can report to the American people and to the world, the United States has conducted an operation that killed Osama bin Laden”. El presidente Obama dirigió estas palabras mirando a los ojos de los telespectadores. Y lo hizo gracias a un invento que revolucionó el modo en que las personas que se ponían ante una cámara contaban las cosas a la audiencia. Presentadores, actores, cómicos y políticos dejaron de bajar la mirada cada vez que hablaban. El teleprompter llegó para quedarse.

Hubert Schlafly, el inventor de este aparato, murió hace unas semanas. El periódico El País le dedica un obituario muy interesante que muestra su evolución y su propagación a lo largo de las últimas décadas. El también llamado promter o autocue, lleva más de 60 años luchando por ganarse un lugar como aparato indispensable en la vida de aquellos que deben dirigirse al gran público desde la televisión.

¿Aliado o enemigo?

En Internet pueden encontrarse teleprompters por apenas 400 dólares. En todo caso, es una inversión asumible para aquellos políticos que quieran mejorar el modo en que se dirigen a grandes audiencias. Aunque su uso no está muy generalizado en España, políticos como Esperanza Aguirre, Iñigo Urkullu o José Montilla han usado el espejo mágico para mejorar su comunicación.

En este post reflexionábamos hace unos meses sobre las mejoras que supone el uso de prompters. Especialmente hablábamos de:

  1. Mejorar la naturalidad del orador y evitar distracciones o gestos bruscos al bajar la mirada; mejorando la atención del receptor.
  2. Tener opción a controlar y mejorar el mensaje verbal, ya que la concentración con el texto mejora al no tener que desviar la mirada.
  3. Invertir tiempo y esfuerzos en mejorar aspectos de la comunicación no verbal, ya que no debemos estar tan pendientes de no perder el hilo del texto apuntado en las notas.

Aunque estas ventajas las han puesto sistemáticamente en el Despacho Oval y en los mítines de miles de candidatos en todo el mundo, no siempre es todo de color de rosa. Problemas técnicos, un abuso del prometer o la incapacidad de adaptación de quién lo usa pueden dejar el prompter en un segundo plano.

Nada es igual

Para bien o para mal, nada es igual a los tiempos sin teleprompter. El obituario describe situaciones curiosas durante su expansión, desde los problemas con el aparato durante un discurso del presidente Eisenhower al uso (o abuso, según algunos). Situaciones que muestran el cambio en la forma de comunicar de los políticos y de dirigirse a los ciudadanos.

Sadam Husein y Bin Laden: dos modos de comunicar su captura

Osama bin Laden y Sadam Husein. Sadam y Bin Laden. Dos figuras clave para entender la primera década del siglo XXI. Dos enemigos de los Estados Unidos sobre los que cayó toda la fuerza del país más poderoso del mundo.

La guerra contra el terrorismo tiene en ellos dos momentos clave. La detención de Sadam en diciembre de 2003 y el asesinato de Osama bin Laden esta misma semana. Con estos dos momentos clave, surge la necesidad de comunicar a los norteamericanos y al mundo lo sucedido.

George W. Bush se dirigió al mundo desde el Cabinet Room (la sala donde se reúne el Gabinete o gobierno de los Estados Unidos), en un discurso corto de casi cuatro minutos. En él, anuncia la detención de Sadam Husein, vivo, y enmarca su detención como un paso más en la lucha contra el terror y en las operaciones en la guerra de Irak. Centra el discurso en la contribución de este hecho para el futuro de la guerra y la seguridad de los Estados Unidos.

Obama, en cambio, lo hace desde el East Room, la sala más grande de la Casa Blanca, reservada a grandes eventos comunicativos. Con un discurso mucho más largo –casi diez minutos- el presidente eleva el tono. No solo anuncia la muerte de Bin Laden, utiliza el discurso para hablar de valores, justificar la ejecución del líder terrorista e intentar cerrar el ciclo de guerra contra el terror iniciado diez años antes. El tono es distinto y la intencionalidad, en cierto modo, también.

No deja de ser necesario constatar los momentos en los que llegan los discursos: ambos durante el año anterior a la reelección presidencial. Diciembre de 2003 en el caso de Bush y mayo de 2011 en caso de Obama. Dos maneras muy parecidas de marcar el tempo de la campaña con un, a ojos de los ciudadanos, gran éxito.

Zapatero anuncia la retirada de las tropas de Irak

El domingo 18 de abril de 2004, el recién investido presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, convocó a los medios. Su primer acto público como presidente fue el anuncio de la retirada de las tropas españolas de Irak.

Compareció por la tarde en el palacio de La Moncloa junto al ministro de Defensa, José Bono, y la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Consiguió que las televisiones cortarán sus emisiones dominicales para informar de un hecho que cambió la relación con Estados Unidos y supuso uno de los primeros golpes de efecto de Zapatero en sus primeros 100 días de gobierno.

Han pasado siete años tras ese acto y esa decisión. Los puentes con Estados Unidos parecen más o menos reconstruidos. Uno de los momentos más relevantes de la historia reciente de España que recordamos hoy.

“He dado la orden de que disponga lo necesario a fin de que las tropas españolas destinadas en Iraq regresen a casa en el menor tiempo y con la mayor seguridad posibles.”

“Buenas tardes.

Esta mañana, una vez que el Ministro de Defensa ha jurado su cargo, le he dado la orden de que disponga lo necesario a fin de que las tropas españolas destinadas en Iraq regresen a casa en el menor tiempo y con la mayor seguridad posibles.

En marzo de 2003, hace más de un año, formulé un compromiso público que he reiterado nuevamente el pasado mes de febrero. Dije entonces que, en caso de ser elegido Presidente del Gobierno por los ciudadanos, ordenaría el regreso de las tropas españolas en Iraq si la ONU no se hacía cargo de la situación política y militar.

Con la información de que disponemos y que hemos recabado a lo largo de las últimas semanas, no es previsible que se vaya a adoptar una Resolución de la ONU que se ajuste al contenido al que quedó condicionada nuestra presencia en Iraq.

Tanto las manifestaciones públicas de los principales actores implicados en este conflicto, como los contactos mantenidos por el Ministro de Defensa a petición mía en el curso del último mes, no aportan indicios que permitan prever una variación sustancial en la situación política y militar existente en Iraq en los plazos previstos y en el sentido reclamado por el pueblo español.

Estas circunstancias me han llevado a adoptar la decisión de ordenar el regreso de nuestros soldados con la máxima seguridad y, por consiguiente, en el menor tiempo posible.

Esta decisión responde, antes que nada, a mi voluntad de hacer honor a la palabra dada hace más de un año a los españoles. El Gobierno, animado por las más hondas convicciones democráticas, no quiere, no puede y no va a actuar en contra ni de espaldas a la voluntad de los españoles. Ésta es su principal obligación y es también su principal compromiso.

La decisión responde también al propósito de contribuir a la lucha que libra la Comunidad Internacional contra el terrorismo desde el más estricto respeto a la legalidad internacional.

El Gobierno español seguirá apoyando firmemente la estabilidad, la democratización, la integridad territorial y la reconstrucción de Iraq, y de acuerdo con este principio promoverá cuantas actuaciones de Naciones Unidas y de la Unión Europea ofrezcan un marco de cooperación internacional que contribuya eficazmente a que los iraquíes recuperen su soberanía y puedan organizar, libre y democráticamente, sus elecciones para construir su propio futuro en paz, independencia y seguridad.

El Gobierno mantendrá la condición de España como aliado fiel de sus socios. Cumpliremos los compromisos internacionales de nuestro país, muy especialmente los relacionados con nuestra participación en misiones internacionales de paz y seguridad.

Quiero expresamente mostrar mi reconocimiento a las Fuerzas Armadas españolas que día a día cumplen sus misiones en España y en los lugares más diversos del mundo, y que en Iraq han dado muestras constantes de su preparación, profesionalidad y disciplina, así como de su humanidad y entrega en ayuda a la población civil iraquí. Vaya, pues para ellos, y en nombre de todos los españoles, mi agradecimiento y afecto personal y el del Gobierno.

El Ministro de Defensa les dará cuenta en los próximos días del proceso de vuelta de las tropas.

Por mi parte, les anuncio que, de acuerdo con lo que he manifestado en el reciente discurso de investidura, hoy mismo he solicitado la convocatoria urgente del Pleno del Congreso de los Diputados para que el Gobierno informe a los Grupos Parlamentarios sobre las razones y el alcance de esta decisión que, por otra parte, hace unos minutos ha comunicado personalmente al líder de la oposición.

Muchas gracias.”

Fuente: La Moncloa.

Discurso de proclamación de la República de Niceto Alcalá Zamora

“Con el corazón en alto os digo que el Gobierno de la República no puede dar a todos la felicidad, porque eso no está en sus manos, pero sí el cumplimiento del deber, el restablecimiento de la ley y la conducta inspirada en el bien de la patria.”

“En nombre de todo el gobierno de la República española, saluda al pueblo una voz, la de su Presidente, rendida por la emoción e impulsada por el entusiasmo ante el espectáculo sin igual de una reacción casi imposible de imitar que esta nación ha dado al mundo resolviendo el problema de su revolución latente y cambio indispensable de su estructuración, en medio de un orden maravilloso y por voluntad y vía perfectamente legales. El Gobierno todo, en nombre del cual hablo, está compenetrado por su amor al país y dispuesto a resolver los ideales nacionales y ofrece que pronto, muy pronto, tan pronto como las circunstancias lo permitan, dictará el modelo de su estructuración política. Pero mientras tanto, el Gobierno realizará un programa de justicia social y de reforma administrativa de supresión de injusticia, depuración de responsabilidades y restablecimiento de la ley. Dará con todo ello la satisfacción que el pueblo anhela… El acto del domingo con ser admirable y perfecto, ha tenido complemento grandioso con el requerimiento que ayer hizo la opinión al régimen monárquico para que desaparezca y la implantación en el día de hoy de la República por un acto de voluntad soberana, de iniciativa del país, sin el menor trastorno, completando aquella empresa de tal manera que el mundo entero sentirá y admirará la conducta de España, ya puesta en otras manos con un orden ejemplar, que ha de completar su eficacia.

Asistid al gobierno con vuestra confianza, vigiladle en sus actos y, si incurrimos en responsabilidad, exigidlas; y con nuestro amor y con nuestra conciencia prometemos llenar todas vuestras aspiraciones. Si esto es así, no os reclamamos vuestro aplauso, sino vuestra confianza, para la satisfacción de la conciencia de todos nosotros. Nuestra autoridad sólo puede existir con vuestro apoyo, seguir unidos sin alborotos en las Calles y respetad el derecho de todos; pero vigilad, pues sois la guardia nacional del Gobierno que acompaña al pueblo. Procurad que en vuestra conducta no haya nunca la menor protesta que sirva de pretexto para una reacción contraria y, si ella surgiere, quede ahogada.

La normalidad en el país es completa, y nos hemos posesionado sin el menor incidente. El primer acto del Gobierno ha sido la concesión de una amplia y generosa amnistía.

Estamos todos seguros de que España goza de un completo amor en todas las regiones, que servirá para hacer una España grande, sin que ningún pueblo se sienta oprimido, y reine entre todos ellos la confraternidad.

Con el corazón en alto os digo que el Gobierno de la República no puede dar a todos la felicidad, porque eso no está en sus manos, pero sí el cumplimiento del deber, el restablecimiento de la ley y la conducta inspirada en el bien de la patria. ¡Viva España y viva la República!”

El discurso de Obama en el Jefferson-Jackson Dinner en Iowa

Obama vuelve a estar en campaña. Las elecciones presidenciales de noviembre de 2012 se acercan y con ellas, volverán los rituales de campaña. Los mítines, las chapas, los carteles, las canciones… y sobretodo, la búsqueda de fondos. De hecho, la campaña de Obama se relanza con ese objetivo: recaudar los fondos para la campaña de reelección.

La recaudación de fondos tiene innumerables facetas. No es el objetivo de este post observarlas, pero sí recuperar un discurso de Barack Obama en un acto de estas características al que David Plouffe, su director de campaña, le da mucha importancia en su libro “The audacity to win”: la cena Jefferson-Jackson.

En noviembre de 2007 el objetivo de la campaña de Obama era muy claro: ganar Iowa, las primeras primarias, para conseguir tener eco para aumentar la recaudación de fondos y poder seguir trabajando en la campaña. El trabajo en ese estado fue largo y concienzudo. Y esa cena era crucial.

La cena Jefferson-Jackson es un acto de fundraising del partido Demócrata. Se celebra cada año y es la gran fiesta demócrata. Los republicanos también tienen su propio día para ello. En 2007, esa cena cobraba una especial relevancia. Los candidatos a la nominación demócrata se dieron cita en Des Moins. En el mismo recinto, los candidatos hablaron durante 20 minutos al público, formado a su vez por partidarios de cada uno de los candidatos. Un momento clave para poder convencer a los otros.

Obama lo preparó a conciencia. Y con otra particularidad: no podía usar teleprompter. David Axelrod y Plouff prepararon la puesta en escena. Pidieron al speaker de los Chicago Bulls, Ray Clay, que grabara la introducción al senador Obama. Copiando la canción y la presentación que le hacían a Michael Jordan, la voz de Clay complementó los aplausos: “From our neighboring state of Illinois, a six-foot-two-inch force for change, Senator Barack Obama!”. Y Obama empezó su discurso pasadas las once de la noche.

Y dio el discurso de su vida, según Plouffe. Hoy lo recordamos.

 

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