¿Funcionará Rubalcaba?

¿Funcionará la nueva máquina de comunicación del Gobierno? Es lo que se pregunta la periodista de La Información Creu Ibáñez en su artículo. Para ello, entrevistó a algunos consultores de comunicación como Antoni Gutiérrez-Rubí, Yuri Morejón, Rafa Rubio y un servidor.

Os dejo a continuación mi aportación. Podéis seguir leyendo el artículo aquí.

“Para Albert Medrán, consultor de comunicación online y política, el problema viene todavía de más lejos. La marcha de Miguel Barroso como secretario de Estado de Comunicación en la mitad de la primera legislatura de Zapatero marcó un antes y un después.

“La situación para la ex vicepresidente María Teresa Fernández de la Vega no era cómoda por todas las contradicciones que existían entre los miembros del Gobierno” y está falta de coordinación se intenta remediar con la presencia de un hombre fuerte dentro del PSOE como es Rubalcaba.

Hasta ahora el Ejecutivo “no ha explicado bien ni sus medidas ni sus decisiones, dejando mucho espacio a los comentarios” y provocando que cunda “la idea de improvisación”, subraya Medrán.”

Foto del Gobierno de Aragón.

Mujeres y hombres y viceversa

El peinado de Leire Pajín es un tema de Estado. O lo parece si tomamos el pulso, de forma completamente alejada de la estadística y sin un cálculo mínimamente serio, a las conversaciones que surgen en los más variopintos lugares. Ese es el tema de discusión: su aspecto físico. ¿Su gestión? Parece que eso no tiene cabida… Y eso, ¿por qué se da? ¿Es más relevante el aspecto de la senadora que el de otros políticos hombres? ¿Hay un trato machista en ello?

Antoni Gutiérrez-Rubí lo trató en uno de sus libros, “Políticas. Mujeres protagonistas de un poder diferenciado” y puso sobre la mesa una cuestión que no se escurre en la comunicación política: existe un trato diferenciado a hombres y mujeres en política. No sólo por la diferente manera de ejercer el poder, también por las diferencias que se dan: permanecen menos tiempo en la política que los hombres, ejercen el poder de una manera más emocional-… otro estilo.

Un estilo distinto de hacer política que se cobra el ataque de adversarios también de un modo distinto. Mientras que a los hombres se les cuestiona su liderazgo, su dureza o su inteligencia; con las mujeres la trivialidad de lo físico toma el protagonismo. Nunca vimos fotografías en El País de los zapatos de dos ministros hombres. Si lo vimos de los tacones de dos ministras de Zapatero.

Pero no es un problema español. Ni mucho menos. De la Europa civilizada nos llegan los ecos del machismo que se resiste a dar el paso a una nueva generación de políticas. El siglo XXI será un siglo en femenino y reaccionan con miedo. Sólo así puede entenderse el reportaje que publicó hace unos días el periódico alemán Frankfürter Allgemeine Zeitung en que el estilismo de las ministras del gobierno español era la noticia. Expresiones como “las muñequitas de ZP”, “de la Vogue” -en referencia a la vicepresidenta De la Vega- o “fashionistas socialistas”, se ponía el acento en los elementos físicos y no en la gestión, la valía o la madera para el puesto. El mismo artículo también tenía espacio para las féminas del PP, con comentarios sobre la propia Sáenz de Santamaría.

Y cómo tras la primera piedra llega la segunda, la vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, Derechos Fundamentales y Ciudadanía ha centrado el debate sobre las repercusiones a su declaraciones en una cuestión que no se nos había escapado. ¿La réplica francesa a los ataques de Reding eran sólo por la supuesta ingerencia de la comisión o al presidente francés le molestó que fuera una mujer quién le señalaba? O tal y cómo ha dicho la propia comisaria, cuando una mujer da un golpe en la mesa es una histérica. Cuando lo hace un hombre, un tipo duro.

Ese machismo imperante tiene un papel relevante en la comunicación política. Cuando una mujer llega a esa primera fila, debe decidir que etiqueta se cuelga. Con qué atributos se queda. Es interesante la evolución de Esperanza Aguirre, la ministra de Aznar que llegó a las casas de millones de españoles como una modosita inculta que tenía un idilio televisivo con Pablo Carbonell. Años más tarde dejaría atrás los clichés de rubia tonta por unos esencialmente masculinos: dureza, frialdad y ambición. A lo Margaret Thatcher.

Esa elección puede condicionar la propia estrategia política y, por ende, de comunicación. La prueba, Hillary Clinton. La campaña para el asalto a la presidencia comienza tras el mandato de su marido con su elección como senadora de Nueva York. Durante años no esconde su ambición de ser candidata a la presidencia y ese momento llega en las elecciones de 2008. ¿Y la cuestión femenina, dónde queda? Clinton jugó una carta desde el principio: el género no importa. “Lo que me importa es reconquistar la Casa Blanca para los demócratas”, decía al inicio de la carrera presidencial. Cuando llegó el huracán Obama y las primarias se hacían cada vez más cuesta arriba, se escoró hacia la cuestión del género. En aquel momento, que Estados Unidos contara con una mujer presidente era , según ella, el auténtico cambio.

Y esa elección es crucial, porque las mujeres candidatas, las mujeres políticas o las mujeres presidente no lo van a tener fácil. Ségolène Royal también intentó no hacer de su género el punto central de su campaña. Buscó ser una igual. Sin embargo, la famosa escena del debate presidencial fue aprovechada por Sarkozy -el mismo que se indignó con Reding- para poner esa cuestión sobre el tapete. Si en el momento de más tensión de ese debate Sarkozy hubiese tenido a un hombre, seguramente no hubiese esgrimido el argumento de “cálmese. Un presidente debe saber calmarse”. Al contrario, la testosterona hubiese aflorado en toda su inmensidad.

Si el siglo XXI es el siglo en femenino, la comunicación política deberá acompañar ese proceso. Y eso se notará no sólo en el tono de las campañas: también lo hará en el tratamiento de los propios mensajes y en un enfoque más próximo y emocional al elector. Si el poder se ejerce de forma distinta, también lo hace su manera de persuadir. Otra cosa será que el machismo imperante lo permita. Mujeres y hombres y viceversa.

Fijar el mensaje

A río Revuelto, ganancia de pescadores. O lo que es mismo como conseguir desviar la atención de la opinión pública sobre los temas que debilitan a tu adversario protagonizando absurdas polémicas. Así se podría definir la última semana del PP si atendemos a los dos hitos comunicativas que han protagonizado en sólo 7 días: la fotografía y entrevista de la portavoz popular en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría en El Mundo  y el escándalo de la red de espionaje ilegal que, presuntamente, la Comunidad de Madrid ha puesto en marcha.

El gobierno está contra las cuerdas (o poco le queda para resistir con el chaparrón que cae): cada día aparecen nuevos datos que señalan lo que todos sabemos respecto a la delicada -por usar un lenguaje soft- situación de la economía. Es una lluvia constante de malas noticias, con previsiones de crecimiento contestadas por la propia Comisión Europea, con una amenaza de sanción a España por su endeudamiento excesivo y con la intención de S & P de rebajar la valoración del país en su escala. Los inputs negativos al debate son de suficiente entidad como para entender que, por sí sola, la crisis podría hacer caer el gobierno.

Esta premisa aún toma más fuerza si atendemos al mal funcionamiento de la comunicación del gobierno: cada portavoz dice una cosa diferente. El optimismo del presidente Zapatero choca con Solbes, que afirma no tener más instrumentos para acabar con la crisis. Mientras, Leire Pajín le da otro ángulo al asunto, Miguel Sebastián se atreve a parafrasear a Kennedy y pedir a los españoles consumir productos del país. Rocambolesco todo ello: cuando más unión necesita en el mensaje, más se disgrega.

Pero no. El gobierno no cae ni siente, de momento, el aliento del segundo clasificado en su nuca más allá de las periódicas encuestas que anuncian una posible victoria del PP pero que también señalan la debilidad de la ex vicepresidente de Aznar. Para evitar que el aliento les ponga nerviosos, el propio PP sabe jugar sus cartas … erróneamente.

Empezamos con la famosa foto de Soraya Sáenz de Santamaría (SSS). Algunos afirman que es el retorno de SSS a la primera línea de la política, tras ver como no podía hacerse un hueco informativo. Pero esta premisa se olvida de un aspecto: aunque la resurrección en política es una máxima, no se puede hacer de cualquier manera. Sobre todo si esta acción se interpreta como desesperada e inadecuada. Desesperada porque manifiesta muy poco análisis del contexto y de las consecuencias e inadecuada porque atenta de lleno contra el mensaje del PP. Para entendernos, la foto hace el mismo favor a la estrategia y al mensaje de los populares que si apareciera el tendero de confianza de Rajoy manifestando que cada día de la semana el cabeza de cartel popular se come dos latas de caviar iraní para cenar. Qué contradicción se generaría con el mensaje de austeridad, ¿no creen?

¿Por qué la foto de SSS es una contradicción? Porque la imagen sofisticada y pseudo erótica que transmite se aleja de la que ella misma ha querido generar siempre: la de la mujer JASP (Joven, aunque sobradamente preparada) que trabaja sin descanso por los españoles. ¿Significa que ya no lo es? No, pero resulta frívola. Más cuando desde las bancadas populares se hace todo lo posible para afirmar que se trabaja sin descanso mientras el gobierno no lo hace. ¿Significa que SSS no tiene un lado erótico, que no tiene intimidad para hacerse fotos así? En absoluto, puede hacer y posar cuando quiera. Pero debe entender que cuando aparecen en la portada del segundo diario más leído de España, tienen un efecto directo en muchos ciudadanos que se preguntan muchas cosas.

Hay, también, una cuestión de discriminación de género en todo este asunto y que sólo el tiempo sabrá valorar. Por una mujer política se espera, tradicionalmente, que responda a un patrón masculino de autoridad. Antoni Gutiérrez-Rubí nos mostraba en “Políticas” que no ha sido así en muchas de ellas, líderes que han sabido imprimir su propia estela de liderazgo. Quizás SSS cree que esta es la vía, pero sin duda no tiene nada que ver con otras mujeres que han sido el centro de la crítica de los sectores más conservadores como Carme Chacón.

En definitiva, estas interferencias en el mensaje se pueden ahorrar. Sobre todo si se ponen en el mismo campo que tanto criticó el PP en pleno. ¿Recuerdan unas fotos de las ministras socialistas del primer gobierno de Zapatero para la revista Vogue?

El espionaje en la Comunidad de Madrid es otro tema. Nos muestra como una filtración sobre un tema tan delicado como éste se pone en primera página sí o sí. Es un caso de corrupción política grave y aunque el liderazgo de Aguirre no está en peligro, supondrá algún que otro problema a la Presidenta. Más que nada porque las personas que han sido objeto de las investigaciones de ex-policías y ex-guardias civiles son cargos de otras facciones populares contrarias a la de Esperanza Aguirre.

Este issue tendrá dos efectos: uno interno, en las relaciones de poder entre las facciones y otro externo, cuando se depuren responsabilidades a medida que las investigaciones vayan adelante. Siempre y cuando los jueces y las huelgas lo permitan.

En todo caso SSS y la red de espionaje de Esperanza hacen un favor de los grandes al gobierno de Zapatero. Las maniobras de distracción las lleva el PP de casa, como si invitas a alguien a cenar y no sólo trae el vino, sino toda la comida. Si el gobierno usara esta ventaja competitiva ya sería de escándalo, pero son conscientes de que para enriquecer el debate hay que poner una nota disonante de vez en cuando.

Quizás la marca Loctite debería pensar en una nueva campaña de marketing para este 2009. Loctite: lo fijamos todo. Incluso el mensaje del gobierno. Y el mensaje del PP.