Nombre propio #4: Francisco Camps y la corrupción

La corrupción se ha personificado este año en seis letras que evocan a una salchicha alemana: Gürtel. Pero no debemos olvidar a Faisán, a Félix Millet, al caso Pretoria, al Palma Arena, a las imputaciones de la presidenta del Parlamento balear, los dudosos pagos del palacete del ex-ministro Matas… Pero ha sido la trama que ha salpicado al PP, y especialmente a Francisco Camps, la que más opiniones ha desatado en las Redes y en los medios.

Todos los casos de corrupción son un ataque al corazón de la democracia. Algo irreparable que se paga con el descontento y el descrédito de los ciudadanos. Pero también pone de manifiesto las extrañas reacciones del cerebro humano: el apoyo a quienes tienen una enorme tela de juicio en su gestión. Así, tanto por ello como por la necesidad política, Rajoy no pudo separarse de Camps cuando la tormenta caía a cuenta de los trajes. Y sobretodo por la debilidad del presidente popular, Rajoy tuvo que presenciar atónito el espectáculo del secretario general del PPCV, Ricardo Costa, cuando dimitió pero no dimitió. Reacciones que los ciudadanos no entienden. Como el hecho que el exalcalde de Santa Coloma de Gramenet consiga que los vecinos paguen en pocas horas su fianza (de medio millón de euros). O que los señores Millet y Montull no hayan pasado ni un día en la cárcel pese haber confesado su crimen. Y seguramente no lo hagan. Mientras, esperan el juicio jugando a tenis. Y en Valencia, los ciudadanos esperan saber algo del futuro de Camps y Gürtel mientras todo sigue igual…

Esta es hoy una de las grandes preocupaciones de la sociedad en su conjunto y uno de los grandes motivos por los que los ciudadanos están cada vez más descontentos con la política. Cada vez nos cuesta más indignarnos y sorprendernos porque nos estamos instalando en una extraña situación en la que parece que todo está podrido.

Esa es la gran asignatura pendiente de la política. Superarlo, evitarlo y luchar contra ello.

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La corrupción se ha tornado un bumerang para el PSC. Quizás por aquello del “dime de que presumes y te diré de lo que careces”, cuando saltó la noticia de la detención del alcalde socialista de Santa Coloma de Gramenet, todos teníamos a Nicaragua en el punto de mira. Pero sin duda, el hecho que Lluís Prenafeta y Macià Alavedra, antiguos altos cargos de gobiernos de Jordi Pujol –el primero secretario del gobierno y el segundo consejero de varias carteras en varios ejecutivos de CiU- hayan sido también detenidos en la misma operación, ha cambiado mucho las tornas y la manera de responder de los dos partidos políticos.

Estamos en la recta final de la legislatura en Catalunya. Si no ocurre nada extraño, en el otoño de 2010 se convocarán elecciones autonómicas. Unos comicios sobre los que planean muchas dudas: ¿podrá revalidar la confianza el tripartito? ¿podrá formar gobierno CiU? A la luz de tales disyuntivas, se comprende las estrategias emprendidas por ambos partidos en las últimas semanas.

Y la principal línea ha sido la corrupción. El escándalo del caso Millet abrió otra brecha entre ambos partidos a propósito de las ayudas que el Palau de la Música había otorgado a la fundación de CiU, la Ramón Trias Fargas. El PSC apuntó a un posible escándalo de financiación ilegal y los nacionalistas lo negaron. Aunque el president Pujol dijo horas antes de la detención de Prenafeta, Alavedra y el alcalde socialista de Santa Coloma de Gramenet sobre esta cuestión que si “entramos todos ahí, nos haremos mucho daño”.

El hecho es que este contexto ha pesado mucho en las reacciones de los partidos.

Por su parte, el PSC necesita despejar toda tela de juicio sobre el caso. Por ello, la respuesta ha sido rápida y efectiva: si el juez toma medidas, se exigirá la dimisión y se suspenderá la militancia a los imputados. Y se empezará la búsqueda de un nuevo alcalde en Santa Coloma. Quizás porque en las últimas semanas pusieron en marcha el llamado ventilador para sembrar dudas en el principal partido de la oposición, la respuesta socialista ha sido tan rápida y firme.

CiU respondió horas más tarde en una rueda de prensa ofrecida por Felip Puig. Pese a que dejó claro que ni Alavedra ni Prenafeta forman parte de la dirección y que se tomarán decisiones sobre su militancia a la luz de lo que muestren los jueces. Puig usó la rueda de prensa para resarcirse de los ataques socialistas a cuenta de Millet y la Trias Fargas y pidió celeridad al poder judicial para esclarecer el asunto.

Sin duda, las cosas hubieran sido muy distintas si Lluís Prenafeta y Macià Alavedra no fueran dos de los imputados en el caso de corrupción que ayer el juez Garzón desveló. Las cosas serían muy distintas si el caso de corrupción que tenemos sobre la mesa sólo llevara un color político. Y sí, las cosas serían muy distintas si el PSC no hubiese enarbolado la bandera de la transparencia en las últimas semanas. Porque si todo eso no hubiese ocurrido las respuestas políticas tendrían un aspecto muy distinto.

Pero en realidad, mucho me temo que en esto sólo habrá una clara vencedora: la apatía. Apatía manifestada en términos de cansancio, desafección o abstención. La apatía que llevará a menos gente a las urnas y que, quién sabe, quizás tenga pocos efectos electorales.

Tal y como reflexionábamos hace unos meses a propósito de Camps, este tipo de escándalos de corrupción refuerzan varias conductas de los seguidores de los partidos políticos. Se ponen en marcha mecanismos de defensa y justificación que son dignos de mención. ¿Qué consecuencias prácticas puede tener este caso en una localidad como Santa Coloma de Gramenet, dónde el PSC casi siempre obtiene más del 50% de los votos? Seguramente, pocas. Aunque las elecciones autonómicas son siempre la cita en la que tienen menos apoyos.

Porcentaje de voto al PSC en los comicios del período 1995-2009

Resultó que Catalunya no era un oasis. Que aquí también llegaba la corrupción urbanística y los grandes escándalos de grandes señores de Barcelona. Resultó que no se podía mirar por encima del hombro a nadie y que nadie estaba libre de sospecha. Resultó que ese parásito que amenaza al sistema hace el mismo daño. Y ya veremos si, al igual que en otros lugares, al final la sociedad en su conjunto acabará bajando otra vez la cabeza, mirará hacia otro lado y el día que toque pedir responsabilidades en las urnas, optará por irse de fin de semana.

Los políticos hacen teatro

Era difícil saber donde terminaba la política y empezaba la farándula

Los políticos, como los buenos actores, deben exponerse ante grandes audiencias. Los políticos, como los buenos actores, interpretan un papel que quiere ser el más convincente. Mientras que unos quieren el sentido homenaje de su público con un gran aplauso, los otros buscan el apoyo necesario para ganar unas elecciones y convertirse en gobernantes. Quizás por sus similitudes, un personaje de la obra que recuerda las entrevistas entre David Frost y Richard Nixon se exprese del modo que inicia este post.

Al fin y al cabo, los políticos que son sometidos al escrutinio y al foco de forma continua están representando un papel, su papel. Tienen todos los atributos de un personaje y se desenvuelven como en una obra de ficción. Aunque es real.

A veces, la realidad política llega a superar el talento de grandes autores como Shakespeare: la trama Gürtel ha llegado a mezclar elementos de Hamlet con Romeo y Julieta. Lo de Camps y Costa se asemeja mucho a la historia de los jóvenes Capuleto y Montesco, aunque sólo uno de ellos murió en Valencia. Aunque la reacción de las últimas horas en Génova sea más parecida a Fuenteovejuna. Para Cospedal, quizás quedaría lo de la “Vida es sueño” a cuenta de la supuesta persecución al partido que, tras el levantamiento del sumario Gürtel, se tornó más una ensoñación que una vía discursiva efectiva.

Si hace unas semanas afirmábamos que los políticos tienen mucho cuento –o deberían tenerlo-, ahora es el turno de la necesidad de los políticos de representar el papel de su vida. Ese que te llega casi sin avisar, cuándo un director te ofrece ser el protagonista en una obra en las tablas de un gran teatro de Madrid, en el TNC en Barcelona o en cualquier gran templo de Londres o Nueva York. A veces, tras papeles menores, alguien ve en ti las cualidades para ser el protagonista de una obra que tiene por objetivo conquistar el poder.

Uno de estos granes actores fue Richard Nixon. El único presidente dimisionario de los Estados Unidos entendió lo que suponía representar su papel hasta el final, pero como todos los grandes personajes, tenía un giro dramático final para no dejar a ningún espectador indiferente. Eso mismo recoge Àlex Rigola en su último trabajo en el Teatre Lliure de Barcelona.

Rigola adapta la obra de Peter Morgan que plasma la serie de entrevistas que el periodista británico David Frost realizó al presidente años después de dejar el Despacho Oval. Como novedad, Rigola presenta dos versiones de la misma obra: una con escenografía clásica y otra llamada “unplugged”, dónde una sobria puesta en escena se conjuga con el uso de elementos audiovisuales, que le dan a la obra un aire más televisivo. Y con subtítulos en castellano e inglés.

Precisamente la reflexión sobre el poder de la televisión sobre la política es una de las constantes en la obra que presenta a uno de las primeras víctimas de este medio: todos recordamos el debate electoral entre Nixon y JFK en 1960 que ganó el presidente asesinado por dar mejor en televisión. Aunque la televisión también nos dio lo que no pudo mostrar ningún tribunal, el gesto delator de la culpabilidad de Nixon, pese al perdón presidencial de Ford.

El Lliure muestra una gran obra. La soberbia actuación de los actores, especialmente de Lluís Marco que da vida a Nixon, la perfecta conjugación de la interpretación con los recursos audiovisuales, un montaje excelente y una historia apasionante son los elementos que hacen de “Nixon-Frost” uno de los éxitos de la temporada teatral barcelonesa.

Porque en el fondo queda esa idea que Richard Milhouse Nixon fue prisionero del propio papel que quiso o le tocó interpretar. El del malo… pero porque lo era. Quizás por ello, resultó tan creíble. Ya sabéis, teatro, lo tuyo es puro teatro…

¿Quién manda en el PP?

Ricardo Costa ha puesto en evidencia a Mariano Rajoy cómo pocas personas han hecho en los últimos años. Ayer el castellonense fue el director de una extraña puesta en escena que mantiene ha mantenido en vilo a gran parte del país.

Costa jugó muy bien sus papeles y demostró eso que la venganza es un plato que se sirve frío. Su retiro por el Camino de Santiago le ha permitido ser el contador de una gran historia que tendrá efectos graves en el Partido Popular.

Por lo pronto, muchos ciudadanos, especialmente los que serán decisivos para ganar las elecciones, se preguntaron “¿Quién manda en el PP?”, porque la cantidad de mensajes contradictorios que estan recibiendo les ha llevado sin duda alguna a esa reflexión. Y Costa fue el máximo instigador de esos mensajes, con un Francisco Camps que no sabe muy bien qué hacer.

A nivel comunicativo, el órdago de Costa rozó la perfección. Hizo valer como pocas veces se han visto la máxima de Clausewitz: la mejor defensa, es la defensa misma. Y urdió la trama que todos más o menos conocemos.

Pero me parecen especialmente interesantes algunos elementos del relato que nos presentó el ya ex-secretario general del PPCV:

El tempo

Ricardo Costa manejó a su antojo el tiempo informativo de los medios y la opinión online. El comunicado que leyó antes de la reunión que debía certificar su defunción política aumentó la temperatura política. Uno de esos giros inesperados cuando todo el mundo daba por sentado que su marcha era ya un mero trámite. Pero no, alimentó la tensión y revalorizó su propia persona en vistas a la reunión. Él no se marchaba, sino que le echaban. Y no estaba dispuesto a hacerlo sin llevarse a alguien por delante.

Tras la reunión, mantuvo el tempo. No sólo hizo una gran maniobra de distracción para evitar que la prensa acosara al president Camps, sino que tras la reunión compareció para informar que él no se marchaba. Y si lo hacía, era con varias condiciones.

La pelota en el tejado de Camps y Rajoy. Camps no ha hecho los deberes y Génova tiene que confirmar que Costa ya no es secretario general de los populares valencianos

El lenguaje no verbal

Costa comunicó perfectamente lo que quería hacer sin necesidad de decir nada. Su entrada a la sede del PP era toda una declaración de intenciones. Paso firme, sonrisa de oreja a oreja. Aparece sin corbata, relajado. Algo hace presagiar que no va a ser una presa fácil.

Su pose, ya con corbata, mientras lee el comunicado es otro libro abierto. De frente, con firmeza, en la primera línea de fuego. Y tras ello, las fotos que trascienden del cónclave popular, con francas sonrisas, rostro relajado y otra vez sin corbata. Una contradicción enorme entre la historia oficial y lo que comunicaba su persona.

El mensaje

El mensaje de Costa ha sido muy claro. No se va, le echan. Y no sólo eso, sino que amenaza de facto con tirar de la manta. La comisión de investigación que ha propuesto va por ese camino, y el vericueto relatado tras la reunión sobre tal comisión y su suspensión sólo si ésta se forma, es una forma única de enviar un mensaje claro: él tiene la sartén por el mango.

Pero también es un mensaje de la propia situación del PP, en que Camps anuncia su destitución a Génova, pero Costa niega que esto haya ocurrido. Un mensaje en toda regla de qué la nave popular no sabe quien la gobierna. Aunque el PPCV se esfuerce en mostrar en la home de su web un mensaje como “El PPCV sale más unido y reforzado tras la celebración del CER”, con una foto de Camps y Costa sonrientes.

Tras analizar estos elementos, el lío Gürtel se enreda más de lo que se podía esperar. No sólo se evita una acción contundente que dé aire a Rajoy y Camps, sino que la acción tiene los efectos contrarios: sembrar más dudas. ¿Por qué Camps sigue apoyando a Costa mientras anuncia a Rajoy que todo terminó?

El efecto más inmediato es la demostración pública de la fortaleza de Costa. Ha sabido jugar muy bien sus cartas y ha demostrado una sangre fría que asusta. Si alguien es capaz de escenificar así su muerte política ¿de qué no será capaz?

La factura pendiente de Rajoy

Hace algún tiempo, cuando la construcción aún vivía su momento álgido y los anuncios en radio los protagonizaban empresas auxiliares de este sector, una conocida marca ofrecía las bondades de sus sistema de aislamiento de tejas. Bajo teja para evitar filtraciones, para aguantar el chaparrón… ¿habrá instalado ese sistema el PP en su sede central en Génova?

La tormenta no ha estallado, hace ya demasiado tiempo que llueve sobre mojado aunque en el PP no se haya movido nadie. Lo que sí ha cambiado es la táctica –que no estrategia, pues sigue siendo la misma: evitar que la tormenta se lleve al patrón por la borda-, desapareció de sopetón la manía persecutoria que este verano enarboló María Dolores de Cospedal –sin aportar ni una sola prueba, ni una sola dimisión- pero no desapareció el oscurantismo para con los ciudadanos.

Si por algo se caracterizó el PP al llegar al Gobierno en 1996 fue de acabar con la corrupción socialista que tanto había escandalizado al país a mediados de los 90. Prometieron regeneración y se apropiaron, no sólo del centro ideológico, sino de la concepción de ser un partido limpio y honrado. Hoy, las portadas de todos los periódicos, los titulares de todos los noticiarios y los comentarios en todas las tertulias muestran que la sombra de duda es ya una acusación vox populi a que algo huele a podrido en el PP.

Pese a todo, la estrategia de comunicación del PP está siendo exitosa: tras más de 9 meses de trama nadie se ha movido de la silla. Los cambios en el discurso están tan pensados que la sociedad aún no se ha plantado. Y eso es lo grave.

  • Primero fue el mensaje de que los trajes de Camps no eran importantes y que la justicia lo exculparía. Así fue.
  • Luego vino lo de la conspiración que no ha sido, pero para muchos ciudadanos siempre quedara la idea que todo esto es capricho de algún juez…
  • Vino la reunión secreta de Camps y Rajoy. Para “hablar de Madrid 2016”. Sin informar a Cospedal o al partido.
  • Y ahora la percepción que los Gürtel parecen los Dalton, yerno de un presidente incluído.

La estrategia de salvar los muebles etapa por etapa parece que funciona, pero también es el motivo por el que las encuestas no muestran una victoria por goleada en intención de voto. Esta manera de entender la gestión de una crisis es la que explica el apabullante suspenso de Rajoy en los sondeos.

La pregunta es, ¿hasta cuándo podrá aguantar Rajoy sin exigir, al menos, una dimisión? ¿Hasta cuándo podrá permanecer inmóvil el PP cuando las investigaciones apuntan a que la red de financiación ilegal es más profunda de lo que parece y más extendida por la geografía española? Rajoy aún puede reaccionar. Aún puede apuntalar su liderazgo con un golpe contundente encima de la mesa. Pero, ¿está dispuesto a hacerlo? ¿Puede hacerlo? ¿Tiene alguna factura pendiente con los Gürtel?

El gesto contundente de Camps

Aunque no lo tengamos presente, el tacto tiene un papel importante en política. No somos conscientes, ya que no solemos tener la ocasión de charlar directamente con nuestros representantes, cara a cara, pudiendo estrecharle la mano o observar si el discurso de preocupación por la crisis lo acompaña con algún gesto de recogimiento y comprensión. Pese a ello, el lenguaje político está repleto de expresiones que nos evocan a este vital sentido.

Coincidimos en la necesidad de tener tacto en la dirección de la política exterior y la diplomacia. Mano izquierda en la lucha contra el crimen. Tender la mano al adversario político para los temas de Estado. Abrazar una medida que ayude a las familias a mejorar su bienestar… También el tacto se evoca al pedir, con tacto, medidas sobre algo concreto. Por ejemplo, un gesto contundente a Camps.

Aunque la causa contra el president de la Generalitat valenciana se archivó hace unos meses, el cerco a su entorno y al Partido Popular de esa comunidad no ha terminado. Con un gesto de fuerza, la dirección nacional del partido fijó el rumbo hacia la negación de todo lo ocurrido y la afirmación, casi desesperada, de una trama organizada por el Gobierno para perseguir a su partido en los tribunales. Ya sea por ello, o porque los cuerpos y fuerzas de seguridad y la Justicia hacen su trabajo, los nuevos informes aparecidos apuntan directamente al exculpado Ricardo Costa y al mismo Camps. Y los nubarrones de un Filesa en el PPCV amenazan lluvia. No lo digo yo, lo dice El Mundo, ni más ni menos.

Ante un aumento de la tensión en las últimas horas y con el debate sobre el estado de la región en marcha, desde Génova se ha pedido un gesto contundente. Una muestra inequívoca de que lo que se dice es falso, incluso la búsqueda de un nuevo modo de explicar las cosas pero… ¿cómo pueden explicarse mejor las cosas si las filtraciones son tan crudas? ¿Puede explicarse mejor un presunto caso de financiación ilegal?

El tacto es un sentido que nos da una cantidad de información muy rica y que podemos procesar de modo eficiente. La presión de las manos al tocarnos, una caricia… información en tiempo real del estado de ánimo de una persona. El gesto que pide Rajoy, ¿qué información nos debe dar?

Descendemos de unos primates que dedicaban el 15% de su tiempo a tocarse. Gracias a ello no podemos entender un mundo sin tacto. Quizás haya llegado el momento de que ese gesto contundente sea real y claro para los valencianos y valencianas, pero también para la política en general. Un gesto que promueva la producción de endorfinas, que nos encienda las áreas sensibles de la piel y que nos haga creer otra vez en la política. De un modo contundente debe encontrarse una salida a una cuestión que puede lastrar a Rajoy… aunque con una subida de impuestos, dirimir lo que ocurre con Orange Market seguramente pase a un segundo plano.

¿El PP comparte asesor con Belén Esteban?

Rajoy comparte asesor con Belén Esteban. Estoy convencido. Sólo así puede entenderse que tanto el PP como la Esteban hayan iniciado este verano una estrategia de lo más esperpéntica para captar la atención de los medios: y lo han conseguido. Poco importa a costa de qué, pero lo han conseguido.

No es ni casual ni fortuito que la rocambolesca teoría de la inquisición al principal partido de la oposición aparezca en verano, en pleno agosto. No es fruto de un descuido que María Dolores de Cospedal haga unas de las declaraciones más graves de la democracia en la playa y en agosto. No es un error. Sabían muy bien lo que hacían: asegurarse el dominio mediático en el momento del año en que la política tiene menor actividad.

No fue casual, tampoco, que el tema Watergate estallara en el verano de 1973 y no durante las elecciones: hacer según que cosas en verano te asegura mantener viva la llama de tu historia. Y así ha sido. Pero, ¿a costa de qué?

El Partido Popular se ha propuesto dinamitar los puentes con todos. Saben muy bien lo que hacen, ser un mártir en política vende, y mucho. Poco importa que hayan deslegitimado a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado –sí, los mismos a los que felicitan por desmantelar zulos de ETA-, a jueces y fiscales –que raro que no los deslegitimaran con tanta fuerza ante tantos errores o polémicas judiciales, como el magistrado homófobo y alguno de los machistas, por decir algo- y a todo el que se atreva a apuntarles con el dedo.

Saben muy bien lo que hacen al crear una enorme cortina de humo para tapar quien sabe qué a costa de mucho. Eso sí, cuando se habla de la previsible sentencia del Tribunal Constitucional sobre el recurso que ellos mismos presentaron contra el Estatut, entonces habrá que acatar a pies juntillas la sentencia. Cuando va contra nosotros, son malos. Cuando van con nosotros, son buenos.

Y digo que el PP me recuerda a la Esteban porque se ha pasado el verano hablando de lo suyo, de lo de siempre (su ex-novio, la mujer de su ex-novio, su hija), con un baile de acusaciones sin pruebas, sin presentarse en un juzgado. Y es que parece ser que acusar a todos de contra todo es gratis en este país.

Parece como si, como sociedad, nos hubieran puesto algún anestésico en el agua de las playas y piscinas para que nadie se levante y diga basta. No se puede ser una alternativa seria de gobierno en este país tras haber deslegitimado sin una sola prueba a la médula espinal de nuestra convivencia. Ya no es una cuestión de ideología política, es una cuestión de decencia: si lo que ha denunciado el PP es cierto, pruébenlo de una vez y yo seré el primero en pedir que dimita en bloque el gobierno.

Pero el PP tendrá suerte. Nuestra memoria colectiva es débil y cuando lleguen las elecciones ya no pensaremos en eso. Cospedal no habrá dimitido. Tampoco lo habrá hecho Camps (los tribunales le han absuelto, de momento, pero como ciudadano me preocupa eso de ver como nuestros políticos reciben regalos a cambio de Dios sabe qué), y ni siquiera lo habrá hecho Rajoy.

Tampoco habrá desaparecido la Esteban de la televisión. Como tantos otros personajes de la televisión que también contribuyen al descrédito de la justicia con demandas arriba y abajo. Pero bueno, quizás el anestésico social lo estará aplicando la Esteban, que aconsejada por el mismo asesor popular, sabe que el pan y circo minimiza la irresponsabilidad popular… y si la Esteban por Andreíta ma-ta, ¿que no estará dispuesto a hacer Rajoy por ser presidente?

(Atención a lo que dice la Esteban en el minuto 4:15…)

El día que Camps no fue Nixon

¿Y los que no son ni del PP ni del PSOE, qué? Esta es la pregunta que me hago tras el alud de reacciones a la decisión del TSJV de archivar la causa por cohecho contra Francisco Camps. ¿Qué pasa con ellos?

Llego a este punto porque lo que podemos aprender de lo ocurrido durante estos meses son varias cosas, pero todas nos llevan a un mismo punto, la importancia de las percepciones. Nuestra manera de recibir, elaborar e interpretar las informaciones y los estímulos que recibimos para formarnos una opinión y, en última instancia, actuar.

Para los populares, se demuestra que la estrategia de aguantar hasta las últimas consecuencias, funciona. Que da igual de donde vengan los envites, lo importante es mantenerse, sembrar dudas y esperar que la justicia no vea indicio de delito en recibir unos caros regalos.

Para los socialistas, confiar en que por unos trajes se podría hacer caer a uno de los varones populares en, quizás, el territorio más abonado para la perpetuidad del poder es, cuanto menos, ingenuo. Ingenuo, como lo fue su estrategia durante los meses iniciales del escándalo: el centro de la cuestión no eran los trajes, sino esclarecer a cambio de qué se regalaron. Justo lo que el Tribunal no ha investigado. ¿Qué hubiese ocurrido si los socialistas hubieran hecho de esto el centro de la batalla desde el primer momento?

Tal y como expliqué en este post, los partidarios de una u otra opción política responden del mismo modo a las mismas situaciones. Da igual que nuestro líder se vea envuelto en un caso de corrupción, en una contradicción grave (como decir que te pagaste tus trajes y luego saber que no lo hiciste), etc. nuestro cerebro tendirá a reafirmar lo que creemos y a activar respuestas positivas a nuestro líder que nos reafirmen. También ha pasado con Chaves en el bando socialista, no lo olvidemos.

¿Y a los que están en el centro de la batalla política? ¿Los indecisos? Pues para ellos todo esto es un berenjenal que demuestra las debilidades de la Justicia en nuestro país. No pongo en tela de duda la decisión acordada por el Tribunal, las decisiones judiciales se acatan, pero para una persona que no quiera ver esto con tintes partidistas, saber que uno de los jueces encargados del caso es “más que un amigo” de Francisco Camps no sólo le sorprende, sino que le repugna.

Más le repugna al ciudadano de a pie el uso más que partidista de los medios. De las filtraciones interesadas al Grupo Prisa a la inexistencia de cobertura del caso en Canal 9 –excepto ayer, claro está-, a las editoriales de hoy en los medios de la derecha mediática. Más de lo mismo, si la decisión es buena para los que me gustan, la Justicia funciona. Si no, es un desastre. ¿Dónde está el papel de los medios? ¿Cómo pueden acusar, investigar, informar si sirven a intereses partidistas?

Ojalá esto nos llevará a una reflexión más profunda sobre el caso. Dudo que ocurra, pero ojalá estuviera en nuestra mano hacerlo. No se pueden recibir trajes y no investigar a cambio de qué. No se puede afirmar alegremente que es normal que los políticos reciban regalos. No se puede tolerar que los amigos juzguen a los amigos. Y esto debería ser defendido no sólo por los no partidistas, sino por las muchas personas en ambos partidos que entienden que todo esto mina el sistema democrático.

Hace unos días Obama almorzó con los CEO de varias grandes compañías. Al finalizar el ágape, el camarero pidió las tarjetas de crédito de los asistentes: cada uno se pagó lo suyo para que nunca se diga que el presidente adoptó una u otra decisión. Si en Estados Unidos por una comida hay dudas, ¿unos trajes, unos bolsos Louis Vuiton, los regalos a la consejera de Turismo… no son motivos suficientes para creer que había algo más?

En marzo de 1974 el Gran Jurado Federal de los Estados Unidos consideró que el presidente Nixon había sido copartícipe del caso de espionaje en la sede del partido Demócrata del hotel Watergate. Nixon no tuvo cargos formales. El 8 de agosto de ese mismo año, dimitía mediante este famoso discurso.

Francisco Camps ha sido imputado y su credibilidad debería estar minada. Algunos medios dicen que ya hablarán las urnas. Ni él, ni Costa ni muchos otros se han atrevido a hacer lo mismo que Nixon. Que luego no nos vengan con que la gente se separa de la política o que la gente no cree en la política. Cosas así no ayudan.

Anchoas en una biblioteca presidencial

Las declaraciones de Rita Barberá han dado lugar a todo tipo de comentarios y han alimentado decenas de tertulias: ¿está aceptando que Camps recibió regalos al equipararlo con las anchoas que recibió Zapatero de manos del presidente de Cantabria? ¿O la comparación no llega a tanto?

En todo caso, la comparación es muy desafortunada, independientemente de lo que quisiera decir. En el debate ya se ha introducido el primer análisis: la aceptación tácita de una ilegalidad y la defensa del presidente de la Generalitat con un débil argumento. En todo caso, las anchoas cántabras, en tanto que regalo institucional, me dan pie a introducir una costumbre americana.

Al finalizar el mandato de un presidente, la Oficina de Bibliotecas Presidenciales (Office of Presidential Libraries), órgano de los Archivos Nacionales, recopila y sistematiza la documentación y los regalos que un presidente ha recibido para ser archivados y expuestos en las llamadas Presidential Libraries.

No son bibliotecas strictu senso, pero si un espacio donde toda la documentación asociada a un presidente es conservada y puede ser consultada. En la actualidad existen 13 bibliotecas (generalmente en los estados natales de los presidentes) repartidas por todo el país y George W. Bush tendrá la suya construida hacia 2013, con un presupuesto de 200 millones de dólares, en el campus de la Universidad Metodista de Dallas. En ella, por cierto, se contendrá también la pistola de Sadam Hussein, uno de los 40.000 regalos recibidos durante su mandato.

Unas anchoas cántabras no pueden compararse a la pistola de Hussein, como tampoco a unos trajes recibidos por un particular con intereses en la actividad del gobierno de la Generalitat Valenciana. Por mucho que Barberá pretenda hacer pasar ese regalo por institucional.

No sé qué ocurre cuando un cargo público recibe un regalo institucional –más allá de unas perecederas anchoas que bien merecerán ser catadas con un poco de pa amb tomàquet- pero lo que seguro que no conllevan son contrapartidas. Aunque tampoco merezcan un archivo al estilo americano.

No sé hasta qué punto convendría adoptar un sistema como el americano para un problema –el de los regalos institucionales- que nunca hemos tenido. Lo que sí es conveniente es conservar la memoria y la actividad de los presidentes, más tras el fallecimiento de Calvo Sotelo o la enfermedad de Suárez. En Catalunya nuestros expresidentes cuentan con sendos centros de estudios, que mantienen la actividad institucional de estos servidores públicos. Aunque, claro está, nosotros no tendríamos nunca un Air Force One dentro de uno de estos centros.

Si eres partidario de Camps tu cerebro te ordenará que le votes

En algún punto del camino se unieron los trajes de sastre y las bellas chicas de televisión. El algún punto, un valenciano, un milanés y un checo compartieron el foco de atención de la opinión pública. En algún momento, el hilo y las agujas se mezclaron con el champagne y las maduras erecciones. Ese momento unió las historias de Silvio Berlusconi y Francisco Camps, y por caprichos del destino, ambos tuvieron el mismo resultado: ser salvados por las urnas.

Poco pareció importar a los italianos que su primer ministro organizara fiestas repletas de jóvenes bellezas en su mansión de Cerdeña. Tampoco importó que los aviones oficiales sirvieran para transportar a los invitados de estas fiestas. Los valencianos respondieron al planteamiento de su Molt Honorable presidente: o estáis conmigo o contra mí. La palabra de un presidente que aseguraba haber comprado siempre su ropa contra la de un sastre que denunciaba lo que más tarde supondría la acusación de cohecho del presidente de la Generalitat.

Las elecciones europeas sirvieron para dar respuesta a la gran pregunta que todos teníamos en mente en Italia y aquí: ¿mostrarán las urnas un castigo a las conductas de ambos presidentes? Y las urnas hablaron con victorias aplastantes de los partidos de los dos presidentes en unas elecciones en las que no figuraban en el cartel pero a las que de facto se presentaban.

Quizás la explicación más plausible a la conducta del electorado la encontremos en una respuesta de nuestras emociones, ya que no actuamos del mismo modo cuando nos sentimos muy próximos a los líderes a cuando nos sentimos alejados. Para entendernos, las urnas no hubieran dicho lo que dijeron si entre los electores no existiera un amplio sentido de pertenencia a esa opción política.

Tanto el PP en la Comunitat Valenciana como el partido de Berlusconi han sabido tejer a lo largo de los años una relación muy cercana a su electorado, de este modo la mayoría de la sociedad se han vuelto auténticos partidarios de sus opciones política. Y ese es el elemento clave: el grado de partidismo existente.

¿Por qué? Porque algunas investigaciones han demostrado que la respuesta de los partidarios políticos a cuestiones como la corrupción o la contradicción es inversamente proporcional a la razón. Es decir, dan una respuesta emocional a este envite.

Según estos estudios, cuando un partidario (en este caso, un votante del PP valenciano) es expuesto a un supuesto delito de cohecho de su presidente, en vez de castigarlo electoralmente lo justificará y activará partes de su cerebro que permitirán una respuesta positiva junto a la defensa del sujeto. Así se demostró en partidarios de Kerry y Bush simulando contradicciones graves en sus discursos, y seguramente sería una respuesta plausible a lo vivido en las últimas elecciones.

El hecho es que el magistrado que instruye la causa contra Camps, Flors, ha observado suficientes indicios racionales que pueden ser constitutivos de un delito de cohecho. Por ello, sentará a Camps otra vez en el banquillo de los acusados al presidente. Eso será el próximo 15 de julio y podremos ver si la moral de los partidarios sigue intacta.

Porque a juzgar por la respuesta del PP en las últimas horas, esta batalla no se dejará hasta tener una sentencia en firme (una sentencia que, por otra parte no lo llevaría a la cárcel, ya que el delito está tipificado con un máximo de 6 meses de prisión y ante la ausencia de antecedentes se vería eximido) o sólo cuando la proximidad de esa sentencia afectase al partido.

Hace unas semanas señalábamos el extraordinario estado de forma de Rajoy respecto a hace un año. Por ello, los movimientos que sigan a esta cuestión serán esenciales para ver si la mantiene o si le afecta el nuevo escenario. En todo caso, pase lo que pase se pondrán otra vez de manifiesto los errores de manual cometidos en la comunicación de esta crisis; para ello os recomiendo este post del compañero Carlos Ruiz. Unos errores de manual que no han afectado a los partidarios, pero que quizás hayan marcado el camino que, hace 35 años, llevó a Nixon a subir por última vez al Marine One.