Poner el acento en el acento

A Montserrat Nebrera, ex diputada del PP catalán, no le gustaba el acento de la ex ministra de Fomento, Magdalena Álvarez. Juan Soler, portavoz adjunto del PP en la Asamblea de Madrid, cree que el acento andaluz de Trinidad Jiménez no es el más apropiado para una candidata a presidir la comunidad. Y mientras, todos recordamos la facilidad de Aznar de imitar acentos. “Estamos trabajando en ello”. Le salió del alma en un auténtico deje tejano que dejó a todos asombrados. ¿Tienen, los de Génova, algún problema serio con los acentos?

Seguramente no. Son casos aislados que muestran como en el calor de la batalla política a veces la exaltación nos lleva a la crítica burda y vacía de contenido político. Una persona no es mejor ni peor en la tarea de gobernar por uno u otro acento. Pero si comentarios de este tipo llegan a levantar ampollas es porque los acentos tienen una gran importancia en el proceso comunicativo.

Los acentos escuecen porque son importantes en la comunicación. Lo hemos visto en más de una ocasión: cuando lanzamos un mensaje es casi más importante lo que lo rodea que el mensaje en sí. O sea, que cuando hablamos, nuestra voz, nuestro tono, el acento, el ritmo, etc. conforman elementos que son más importantes para nuestro interlocutor que lo que estamos diciendo. Damos más información sobre la intención real de nuestro mensaje con ello.

La misma Álvarez a la que criticaba Nebrera no dudó en exigir al diputado de ICV Joan Herrera que si la imitaba, lo hiciera correctamente. Antes partía que doblá no era lo mismo que partida o doblada. Artur Mas afirma en el libro de Pilar Rahola que desearía tener un acento particular, un defecto en el habla; algo característico que le hubiese evitado la sátira del programa Polònia. Y puede que Montilla vea en su enigmático acento un punto de sorpresa que puede hasta favorecerle: el cordobés que en Madrid tiene acento catalán y cuando habla en catalán, un marcado acento castellano. Pese a él, llegó a Presidente.

Recapitulemos. ¿Sería lo mismo Felipe González sin su acento sevillano? ¿Sería su oratoria, su carisma y su personalidad política lo mismo sin ese deje sureño? Seguramente no. ¿Tenerlo le convierte en peor o mejor político? No. ¿Le convierte en mejor orador? Ni sí, ni no. Pero le marca. ¿Quería decir Soler que un candidato a la presidencia de Madrid debe hablar como los madrileños? Parece que sí. Y si era eso lo que quería decir, se equivocaba.

Por eso, introducir esa arista en el debate tiene su parte de miga. Madrid tiene ese punto de eclosión de acentos, sensibilidades y procedencia. Un lugar en el que rápidamente sabes que eres diferente, pero tan diferente como todos los que te rodean. No importa tu marcado acento catalán, porque el que te hable seguramente lo hará con la impronta de sus raíces gallegas. Y el que nos escuche, guardará en sus adentros un deje gaditano inconfundible. Así es Madrid. El que vota a Esperanza Aguirre también. Millones de votos que no saben de laísmos.

El hecho está en que los madrileños y madrileñas, gatos o de adopción, de paso o echando raíces, poca importancia le dan a ello. Por ello, se equivocan los que quieren convertir eso en un debate sobre la identidad, los genes, y las raíces. Pero no se equivocan al intuir la importancia de un acento en política, en establecer vínculos emocionales con los ciudadanos. Un acento envuelve un mensaje, una idea, una propuesta. ¿Quizás teman la dulzura de Trinidad contra el seco acento de Esperanza?

La peineta de Aznar

Aznar no ha sorprendido a nadie. El gesto que dedicó a los estudiantes en Oviedo es algo que cabía esperar del ex presidente. Es la consecuencia lógica de la escalation que lleva experimentando durante los últimos seis años. Su imagen pública se nutre de ello: un personaje sin complejos que no se corta ni un pelo.

Lo de Aznar no es sólo la peineta. Son los ataques al país desde su posición. No lo olvidemos, un ex presidente sigue teniendo un papel clave en política. Sigue desplegando su influencia y sigue teniendo relevancia. Por ello, la agenda propia que ha intentado marcar es el propio origen del gesto.

El dedo de Aznar viene a reafirmar posiciones. Los que siempre le han defendido –incluso cuando el delirio de una guerra ilegal, el resultado de la famosa foto de las Azores- ven en esa reacción la natural de quién está cansado de los gritos de siempre. La defensa y empatía de los que creen que nadie puede ser objeto del insulto de otros. Pero en vez de defender su posición superior por no recurrir al insulto, aceptan que el ex presidente se ponga a la misma altura que los que tanto denuestan.

Para los contrarios al ex presidente, ésta es la expresión máxima de su desbocada presencia pública. La última consecuencia de un síndrome de La Moncloa demasiado agudo. Pero sobretodo, la falta de respecto de quien debe servir a su país incluso tras abandonar el cargo. Es parte esencial de su historia reciente y por ello, tiene una responsabilidad con el país.

Seguramente, la posición de partida marque mucho el análisis que unos y otros hagan de la peineta, por lo que, en el fondo, el gesto del ex presidente tampoco tendrá más consecuencias de las que ya ha tenido. Con la que está cayendo, no serán muchos los españoles los que se cuestionarán su apoyo al PP por el gesto de su antiguo líder. Los que ya iban a votar por ellos lo seguirán haciendo. Y los que no, no harán lo propio.

Cualquier persona tiene derecho a que nadie lesione su honor. También Aznar, evidentemente. Los insultos no pueden ser gratuitos, y en política lo son demasiado a menudo. Pero también en los campos de fútbol o a manos de un volante. Por ello, lo inconcebible es responder con la misma moneda. Ese fue el auténtico patinazo de Aznar que a los que están en el medio de la trifulca política, ha fallado.

Viene en el cargo. Por suerte o por desgracia, pero viene en el cargo. Por ello, ponerse a la altura de los que profieren los insultos no es la mejor salida. No ya por qué no se consigue nada con ello –bueno sí, una explosión personal de placer, de dopamina, por desahogarse-, sino por el daño que puede generar en los menos afectos a la figura del que dedica peinetas. Aunque sea el Jefe del Estado.

El PSOE del puño en alto

Rodiezmo siempre nos deja alguna imagen que comentar. Si el año pasado fue la excesiva gesticulación de Zapatero, que mostraba su enfado y su hastío, como si la situación le sobrepasara, este año ha sido la foto del puño en alto.

No por méritos propios de la plana mayor de los socialistas, sino por el uso del photoshop de El Mundo. Como suele decir Toni Aira, con una portada se puede hacer mucha política y sólo hay que ver la intención del rotativo con esta foto en portada: el PSOE sube los impuestos y se aferra a sus símbolos.

Dejo para otro día el análisis de la subida de impuestos y las mentiras de Zapatero (tanto el misterio de los clicks de la web del PP como las contradicciones del Gobierno), pero no puedo dejar de colgar esta foto. Si la estrategia socialista pasa por seducir a la izquierda, han encontrado en Pedro J. a un aliado. Aunque me pregunto si es lícito manipular una foto para conseguir tal efecto. Aunque claro, también manipulan con el photoshop las portadas de Men’s Health o Interviú, ¿no?

En todo caso, la foto entra en el debate político. Rajoy se ha expresado en estos términos en el encuentro con los lectores del diario que publicó la foto:

“Me parece antiguo y me parece triste que personas que apenas superan los 30 años estén con el puño en alto. ¿Qué pasaría si apareciese alguno con la mano extendida? Le diré que jamás he tenido un pariente franquista, aunque si lo hubiera tenido lo hubiera querido igual. Hay que mirar al futuro y dejarse de levantar el puño”.

Para Aguirre, el saludo de ideologías totalitarias.

¿Qué oponaís? ¿Tienen razón Aguirre y Rajoy? ¿Debería abandonar el PSOE el puño en alto? ¿Por qué los presidentes socialistas ya no lo levantan?

Sabíamos que la comunicación no verbal era importante, pero no imaginábamos que el curso político lo movería un sólo gesto…

¡Por las barbas del Rey!

Parece que es noticia que Su Majestad el Rey se haya dejado barba. Aunque tiene pinta de ser la típica barba que se deja uno durante las vacaciones, y que junto al bronceado, son las más vivas señales exteriores de haber pasado unos días de descanso al volver a la ciudad. De hecho, hoy en muchas oficinas del país aparecerá un compañero luciendo una estupenda barba que será su recompensa post-vacacional.

Más allá de la noticia, para algunos frívola y para otros una gran noticia (en nada os cuento el por qué), vamos a dar un paso más: no es fácil decidirse. ¿Me dejo la barba? ¿Qué tipo? Preguntas de obligada respuesta porque nuestro aspecto, ya sabéis, dice mucho más de nosotros de lo que creemos.

Si atendemos a lo que nos cuenta la escuela de comunicación de Palo Alto, las palabras son sólo el 20% de un mensaje, el resto es nuestro cuerpo, nuestro rostro, nuestra postura, la entonación, la voz, los gestos… O sea, que la decisión de optar por una barba (sea cual sea, siempre bien cuidada) es, en gran medida, trascendental.

Algunos de nosotros nos la dejamos para aparentar más años –más experiencia-, otros para tapar alguna cicatriz facial –la Casa de Su Majestad ha negado que ese sea el motivo- y otros, porque quieren formar parte de algún grupo social o por exigencias culturales –hippies, algunas ramas del judaísmo, etc.-. Pero no olvidemos que en ciertos momentos históricos y en algunas culturas, la barba era una muestra de virilidad, poder, fuerza; justamente la imagen que los monarcas siempre han querido transmitir a sus súbditos.

Como es natural, dejarse crecer el vello facial tiene implicaciones, y más si eres el Jefe del Estado. No porque le influya en su cargo, sino por el eco social de cualquier cambio en una institución que debe transmitir siempre estabilidad –aunque sea a costa del look personal-, aunque no es la primera vez que Juan Carlos I la luce. También lo hizo el príncipe, la lució en el pasado y en esta ocasión, ha seguido a su padre en la elección de una de final de verano.

El tipo de implicaciones que conlleva optar por ella son varias. Por ejemplo, hará casi un año que me dejo barba, de estas llamas de “dos días” de forma regular. En Barcelona, es más habitual este tipo de look que, por ejemplo en Madrid. Incluso en el mundo de los negocios y la política. Al llegar a Madrid tuve mis dudas, pero quizás el hecho que el Rey opte por ella nos dé algún tipo de tregua… he aquí la buena noticia.

En todo caso, las especulaciones sobre su decisión son muchas y variadas, algo habitual en lo que tiene que ver con la Casa Real. Pero quizás no hay nada más que el deseo de un hombre de perpetuar en su rostro, por unos días más, la sensación de unas vacaciones en familia y cerca del mar. Porque en el fondo, no deja de ser ni grave ni nimio que el Rey luzca una barba. Otras personalidades del Estado, desde presidentes de partidos políticos, a diputados, senadores, alcaldes y cargos autonómicos la lucen. Desde Rajoy a Benach, pasando por Nacho Uriarte.

Pero, por las barbas del Rey, ¿qué opináis vosotros?

Gestos cumbre (y II)

Si ayer atendíamos al lenguaje no verbal y al tacto, hoy veremos los gestos de las cumbres.

Cumbres llenas de gestos. Los gestos son una importante fuente de información del estado de ánimo y se forma de modo espontáneo respondiendo a un estímulo. La expresión facial, con tres zonas esenciales para la formación del gesto (frente y cejas, ojos y el resto del rostro) responde de forma fidedigna a lo que estamos sintiendo en un momento determinado y suele ser una respuesta de nuestro cerebro emocional. Quizás por ello, la respuesta de la Reina Isabel II al comportamiento de Berlusconi durante la foto de familia en palacio sea el que es. Reacción que, por cierto, se ha valido una respuesta oficial de Palacio.

Pero los gestos también nos han comunicado la buena sintonía existente, como muestra la foto de Berlusconi, Obama y Medvedev que abrió algunas ediciones de prensa el viernes. La cara de felicidad del presidente Zapatero también es más que expresiva.

Aunque en las cumbres también hubieron otro tipo de gestos que comunicaban una cosa diametralmente opuesta…

Y otros gestos que no son sensoriales sino políticos, como el plantón de Berlusconi durante la cumbre de la OTAN. O gestos curiosos, como el regalo de Obama a la Reina Isabel, un iPod personalizado con fotos de su última visita a Estados Unidos.

Smile! Sin olvidar las sonrisas. Suelen ser un complemento inseparable del político y de su imagen. Pero como siempre, hay sonrisas que muestran sinceridad y otras que son forzadas. Para forzada, la de Gordon Brown en la foto de familia con Su Graciosa Majestad, o con el mandatario chino. Pero en general, hemos visto francas sonrisas.

Y si atendemos al hecho que la sonrisa estimula la producción de beta-endorfinas que actúan como neurotransmisores cerebrales que tienen un efecto analgésico al dolor, ayudan a regular el sistema inmunológico y encima, crean un cierto bienestar físico durante unas 24 horas, podemos mostrarnos confiados que es mejor que la crisis mundial se enfrente con una buena predisposición que con un ambiente negativo.

No hay mejor comunicación que la que se produce en persona, el uno frente al otro. Quizás por esperada, tras años de estancamiento con el presidente Bush, estas han sido las cumbres de la reconciliación. Quedan heridas abiertas y enfrentamientos importantes, pero atendiendo a los elementos de comunicación no verbal, algo ha cambiado.

Gestos cumbre (I)

Las recientes cumbres del G20 en Londres y de la OTAN en Estrasburgo han sido una fuente inconmensurable de elementos de comunicación no verbal. Podríamos afirmar que han sido una experiencia para los sentidos, y evidentemente no me refiero a las dotes culinarias de este tipo de eventos. Veremos en este y otro post los gestos de las cumbres.

La primera visita de Barack Obama a Europa como presidente ha derivado en algunas curiosas situaciones que muestran como el cambio en política no se circunscribe únicamente a la dirección de las decisiones, sino en la afectividad mostrada en esta luna de miel con rango de jefes de estado. Algo ha cambiado en las relaciones entre Europa y Estados Unidos, y no sólo lo muestran las conclusiones de ambas cumbres.

El lenguaje no verbal lo ha corroborado. La postura corporal nos aporta mucha información y en esta ocasión hemos visto como las posturas abiertas han predominado. Estas muestran una mayor voluntad de cooperación y son las que muestran que no hay separación entre interlocutores por brazos o piernas. Pasó con Brown y pasó con Sarkozy.

Claro que esto no sólo vale entre líderes: Sarkozy se mostró más que cariñoso con su esposa durante la recepción a Obama en Estrasburgo acariciando sus nalgas.

Esto no se toca. La piel es la superficie receptora más grande del cuerpo humano y los receptores sensoriales nos aportan mucha información, y la región somatoestática de la corteza cerebral puede asociarse a cada parte del cuerpo, teniendo más peso aquellas que son más sensibles. Reparto que, por cierto, depende de cada persona y de su desarrollo sensorial; como muestra de la plasticidad de nuestro cerebro.

Bien, en estas cumbres, el tacto ha tenido un papel importante. Michelle Obama dio todo su calor a la Reina de Inglaterra con un abrazo que, según dicen los expertos, contradijo el rígido protocolo de Buckingham Palace. Aunque Isabel II correspondió a ese gesto pasándole la mano sobre el hombro. Obama, a su vez, ha evitado dar besos: en el saludo a Carla Bruni no le dio los dos besos de rigor en la mejilla… aunque fue exhortado por Sarkozy a corresponder a una fan en Estrasburgo.

Mañana, los gestos de las cumbres.

Los diez primeros segundos

Primeras impresiones, algo esencial a lo largo de nuestra vida. Los expertos en comunicación lo saben bien. Todos lo sabemos bien (¿quién no ha tenido una primera cita?). Primeras impresiones hoy en La Vanguardia.

Los diez primeros segundos

Nunca tendremos una segunda oportunidad para crear una primera impresión. Y el cabal de información que transmitimos en un primer contacto es inmenso. Son muchos los consejos que encontramos en medios o internet para causar una buena impresión la primera vez que conocemos a alguien, especialmente en el mundo de los negocios y en la búsqueda de empleo -más en liza que nunca con los 3.600.000 parados en España-; pero esto también cuenta en política.

La regla de los 10 primeros segundos puede extrapolarse al mundo de la política. Evidentemente, con todas las salvedades respecto al irremplazable contacto físico, pero también se da. Por eso los equipos de comunicación y telegenia tienen mucho cuidado en presentar a los políticos ante los medios –el intermediario, hasta ahora, en la relación de políticos y ciudadanos- y causar una buena impresión. Aunque esto también vale en las relaciones entre políticos.

¿Qué impresión causó ayer el presidente Zapatero cuando conoció, por fin, a Obama? ¿Estaría nervioso? ¿Hizo amago de comprobar si necesitaba un chicle de menta? ¿Intentó dar brillo a la punta de sus zapatos con la pernera trasera? ¿Cómo logró comunicarse con él si no habla inglés? Muchas preguntas nos asaltan tras el anuncio a bombo y platillo del primer encuentros entre ambos presidentes. Sin duda, la noticia del día; aunque en realidad lo importante es lo que se está discutiendo en Londres. Especialmente tras las esperanzas que media humanidad y parte de la otra ha puesto en este ciclo de reuniones para hacer frente al apocalipsis contemporáneo. Pero la noticia en clave interna es ese breve encuentro.

Aunque ya saben que lo breve, si es bueno, dos veces bueno. Porque con Bush esa brevedad no conllevaba nada bueno per se. Pero en este caso, la brevedad va asociada a una –se espera- larga y fructífera relación. Por el momento, en Moncloa vuelven a tener línea directa y segura con la Casa Blanca; de ahí a compartir mesa donde reposar los pies hay solo un paso. O quizás a compartir la cancha de básquet en la mansión más segura del mundo. Todo se andará.

En todo caso, es una buena noticia que la sintonía entre los dos líderes sea tal. Buena, porque como en tantos ámbitos de la vida, las cosas son más fáciles si no existen barreras entre las personas. Porque ante todo, los líderes políticos son personas que más allá de sus cargos institucionales establecen relaciones personales entre ellos. Y la relación entre Bush y Aznar es el fiel reflejo de ellos.

Esperemos que esa primera impresión, esos diez primeros segundos hayan sido lo suficientemente potentes para recomponer nuestra imagen tras los primeros diez segundos políticos mal consumidos: nuestra retirada de Kosovo. O si andamos hasta el propio origen de la relación, al telegrama enviado por Zapatero en un país en el que ya no existen.

Tengo una respuesta para usted

 

¿Zapatero sale reforzado de su aparición en televisión? ¿Debilitado? ¿Revertirá el ritmo a la baja de las encuestas? Es difícil aclarar esto, por mucho que el 74% de los espectadores encuestados por la agencia EFE aprueben la comparecencia del presidente.

Lo que está claro es que entre el Zapatero que hace más de un año hablaba de cafés a 80 céntimos y el que ayer habló de la crisis hay cambios. Cambios que se perciben a simple vista: un rostro más áspero y cansado, unos gestos más virulentos y un tono más tosco. Precisamente es esta violencia con las preguntas la que sorprende, abandonando el famoso “talante” del que hacía gala en la anterior edición.

Pero frente a estos aspectos, prevalece uno importante: es difícil enfrentarse a las preguntas directas de los ciudadanos en un contexto como el actual. Es difícil. El mismo Zapatero lo reconoció, venía a dar la cara. Porque es muy delicado responder a los ciudadanos que cuentan dramas personales, situaciones concretas que dañan los proyectos de vida de más de 3 millones de personas. Este es uno de los cambios que hemos visto en los últimos años: un aumento de los ejercicios de accountability y transparencia.

No obstante, constatamos un alejamiento bien palpable entre el discurso de los políticos y la concepción que tiene el ciudadano medio. Para muestra, un botón: todas las preguntas de los ciudadanos en relación a la crisis, apoyadas en dramas personales de los asistentes, tenían como respuesta un mensaje políticamente correcto del presidente con datos, contexto internacional y el famoso terremoto financiero como punto álgido.

Los asistentes y los telespectadores encontraron un Zapatero también muy diferente al que cuando, hace un año, se iniciaba la campaña electoral, tenía por objetivo el pleno empleo. Muy difícil buscar el beneficio propio en un contexto como el que se vivía en los estudios de TVE. Hábil, por parte del presidente, evitar capitalizar nada. Fue lo suficientemente hábil en evitar el ataque directo (más allá de un par de comentarios) al principal partido de la oposición, por mucho que abusan del chivo expiatorio de esta crisis: el contexto financiero internacional.

Sin embargo, las respuestas vagas, largas, adornadas con retórica y la poca convicción que desprendía su mensaje fueron elementos que jugaron en contra del presidente Zapatero. Un Zapatero más cómodo con preguntas sobre la guerra de Iraq, la integración o la violencia machista que con la economía.

En el fondo, todos los “Tengo una pregunta para usted” dejan el mismo sabor: la falta de respuestas concretas pero la satisfacción por poner en contacto a ciudadanos con políticos, milagros de la Demoscopia.

Política, cuestión de imagen

Sé que los ojos de la gente que comparte el vagón de FGC queme lleva a casa se han fijado en la portada de la revista que tengo en las manos. Y es para fijarse. Un sonriente Rajoy en mangas de camisa sostiene un cuchillo en una mano y un bocadillo en la otra. La imagen es, como mínimo, curiosa.

Leo el Magazine del diario El Mundo del pasado fin de semana. En una entrevista que, a juzgar por las fotografías y el tono, sería más digna de Hola; acaba siendo en realidad un tesoro político, con un Rajoy de lengua suelta, algún que otro dardo envenenado y mensajes políticos en toda regla. Lectura más que recomendable.

Me resulta curioso especialmente un punto que copio a continuación:
Dice, sin complejos: «Yo creo que lo de la imagen es irrelevante a efectos del voto de la gente. Absolutamente irrelevante». Le contradigo: «Si es lo primero que se suele comentar, yo estaba con los compañeros de redacción…». «Sí, sí, ya sé lo que se dice en El Mundo y otras muchas redacciones. Insisto: lo que yo me ponga o como me peine es irrelevante desde el punto de vista de los votos».”

Y es que al leerlo me ha venido a la cabeza una conversación de este mediodía mientras comía, alrededor de la imagen, los asesores, los consultores… Y precisamente hablábamos de Rajoy y de su “imponente” puesta en escena en los debates electorales de la pasada campaña electoral.

Mi interlocutor comentaba que el trabajo de los asesores convierte al candidato en un robot y que esto es una manera de manipularlo , de no dejar ver la autenticidad de quien pide el voto.

Bien, ni poco ni demasiado. Pero por lo que comenta Rajoy quizás  podemos entender el porqué de las reacciones de mucha gente tras los debates. Y aun cuándo no podamos explicar por esto su derrota, sí que me atreveré a decir algo al respecto.

El electorado no es tonto. Ni imbécil. Hace falta respetarlo, y una manera de hacerlo es aparecer siempre de forma correcta. Con una imagen correcta. Por imagen entendemos no sólo la ropa, sino el “porte”, la “pose”, la manera de hablar, de mirar, de actuar… Si una persona parece que, ejerciendo su cargo, está pasando una de los ratos más aburridos de su vida, que se marche, porque nos falta al respeto.

A veces, cosas como estas pasan, aunque el político en cuestión lo esté pasando genial. Nuestro cuerpo es un misterio y a veces por mucho que lo intentamos, no exteriorizamos bien lo qué sentimos. Y esto afecta a nuestra imagen.

Y en política, dónde las percepciones son tan importantes, esto cuenta.

Rajoy no perdió por ir con un traje pequeño. Pero quizás si hubiera escuchado a algún asesor, este le hubiera dicho que su ojo aumentado por el zoom lo hacía parecer monstruoso y que esto hacía que muchos no lo percibieran como un hombre sensato, preparado. Quizás alguien le hubiera dicho que la agresividad y la babilla le daban un aire histiónico. Y esto al otro lado de la pantalla se percibe.

Y si Richard Nixon hubiera hecho uso del maquillaje y camisas para televisión, a lo mejor el curso de la historia hubiera sido diferente.