Palabras que funcionan: la caverna de Laporta

Hace unos días comentábamos el efecto que podrían tener en su futuro político las extravagancias del presidente del Barça, Joan Laporta. En aquella ocasión, observábamos como para una parte muy significativa de la prensa española, Laporta se había convertido en la nueva diana del independentismo catalán a quién dirigir todos los ataques. Ante ello, Laporta tiene su palabra que funciona, su expresión que le sirve para contestar a las acusaciones y ganarse apoyos entre sus seguidores: la caverna.

Para Laporta, pero también para una parte significativa del independentismo y catalanismo, por caverna entienden a los medios y opinadores españoles que dirigen ataques demagógicos, exacerbados y faltos de fundamento contra todo lo que se aleje de su visión de España. La caverna es, precisamente, uno de los causantes del aumento del independentismo en Catalunya. Aquellos a quien se les presupone la profesionalidad en su trabajo pero que, por contra, ofrecen a su público una pobre visión de la realidad. Una visión mezclada con un propio fanatismo muy próximo al que critican.

Esa caverna a la que elude Laporta es su carta de justificación. ¿Que alguien osa criticarle por mezclar política y deportes? La culpa es de la caverna. ¿Que alguien se pregunta por qué monopoliza la victoria contra el Madrid con su esperpéntica celebración malgastando en pocos minutos un centenar largo de euros en champagne? La culpa es de la caverna.

A Laporta le funciona. Pero tampoco le va mal a esa caverna formada por Losantos, Vidal, Curry Valenzuela o Isabel San Sebastián. No les va nada mal cuando pueden llamar nazis a los catalanes y mil barbaridades más sin que pierdan ni un espectador. Ya se sabe, en este país nos va la marcha…

La Gaceta mete un gol a Laporta

Hace unos días tenía una interesante conversación sobre Joan Laporta con un amigo. Sin duda, se ha convertido en un tema recurrente, una gran incógnita de la política catalana. No ya por su gestión al frente del Club, sino por lo que representa y lo que podría representar el presidente del Barça en el presente, pero sobretodo en el futuro, de la política catalana.

Laporta nunca ha escondido sus aspiraciones políticas, puesto que ha hecho de su propia gestión al frente del Club una herramienta de reivindicación política. Legítima, justa o no, es algo que compete única y exclusivamente a los socios del FCB. A ellos debe rendir cuentas y parece que si ha conseguido el respaldo mayoritario en varias ocasiones, será por algo.

El presidente del Barça encarna hoy el demonio que hace unos años era Josep Lluís Carod Rovira. Sólo así puede entenderse que personas como el propio presidente de una comunidad autónoma revele a la prensa el contenido de conversaciones privadas en un palco. O que hoy la Gaceta –el diario del grupo Intereconomía- publique un profuso reportaje fotográfico de Laporta celebrando la victoria del Barça en el derbi del domingo en una conocida discoteca de Barcelona.

Lo más sorprendente es la propia reacción de Laporta: no se achanta. Al contrario, alimenta aún más el mito y lo seguirá haciendo, pues sabe que sólo con ello puede alimentar una corriente de fondo –peligrosa- que vive la política catalana; el populismo.

De Laporta sólo conocemos que es marcadamente independentista. Que quiere un estado propio para Catalunya. Se le sitúa próximo a CiU, con tendencias liberales (recordemos que tiene a Sala i Martín en su junta), aunque en los últimos meses juega al gato y al ratón con otra incógnita de la política catalana, Reagrupament. Ante esa indefinición y que sólo un issue sea su bandera política, es comprensible su estrategia de posicionamiento.

Pero el problema lo tendrá el día que dé definitivamente el salto. Dejará tras de sí un reguero de situaciones que, si bien sirven para convencer, animar y motivar a los suyos; dudo que tengan un efecto beneficioso en la mayoría de un electorado que debería apoyarlo. Desde los pantalones bajados en un control aeroportuario a las fotos que hoy vemos en ese periódico. Si bien es una intromisión en la intimidad de una persona y carece de interés informativo; si Laporta piensa seriamente en dedicarse a la política no debería regalar este tipo de imágenes y anécdotas a los que algún día serán sus enemigos políticos.

Parece que la brunete mediática tiene un nuevo objetivo. Como ocurría con Carod, ya que no es reprobable que alguien defienda la independencia, el ataque debe ser personal. Si con Carod se urdió una mentira sobre su origen, incluso sus apellidos; con Laporta se busca asociar su imagen a la del independentismo catalán en su conjunto. Como si la dignidad de Catalunya se perdiera porque Laporta baile en una discoteca celebrando una victoria. O como si lo quisieran intuir.

La dignidad de Catalunya. La dignidad de la prensa catalana.

La prensa no está muerta. Ni estaba de parranda. Aunque sus resultados económicos muestren lo más crudo de una crisis profunda, del propio modelo, sigue siendo un generador esencial de opinión pública y esa voz de la consciencia que a veces es tan necesaria escuchar. Aunque la información sea cada día más parte del espectáculo, el sensacionalismo se expanda a una velocidad de vértigo; a veces, sabe jugar el papel que le corresponde.

Hoy, la prensa catalana ha dado un ejemplo de ello. Un buen ejemplo. Algo que no gustará a muchos más allá de las fronteras de Catalunya, pero que tampoco contará con el beneplácito de otros tantos que desean el hundimiento del Estatut. Fuera de Catalunya, porque creen que rompe España –tras dos años de aplicación de esta Ley Orgánica no parece que ocurra- o porque creen que si el Tribunal Constitucional tumba el Estatut, Catalunya proclamará la independencia al día siguiente. Algo más que improbable.

Lo importante del gesto de hoy es la escenificación más plausible de la unidad de medios muy diferentes –antagónicos incluso- por un mismo objetivo: defender lo que se aprobó tres veces. La editorial es sensato y respetuoso. No deslegitima al alto tribunal pero apunta a una anomalía que no es permisible en una sociedad democrática avanzada: que los miembros que deben decidir sobre una ley tres veces legítima sean objetos de la politización más burda. Un tribunal que debe decidir aunque el mandato de muchos miembros haya expirado ya.

La prensa catalana ha puesto de manifiesto un problema. No un problema catalán, sino un problema español. Algo que debería preocupar a todos. Si el Constitucional cercena el Estatut, ¿qué? ¿Qué pasa con el choque de legitimidades? ¿Qué pasa con el pacto político que supone el texto estatutario? ¿Y luego? En definitiva, algo que va directamente al corazón de la convivencia.

El momento político es apasionante, aunque sea cual sea la decisión, será dura. Catalunya se prepara para una sentencia que, si es negativa, se vivirá como una gran derrota. Pero el gesto de la prensa catalana demuestra que si eso ocurre, la sociedad civil, política y económica catalana está preparada para no quedarse de brazos cruzados. Lo muestran los gestos (la editorial, pero también la afrenta de Montilla, los avisos de Mas y CiU, las declaraciones de Saura…) pero también un ánimo generalizado de que se daría un enorme paso atrás que no todos están dispuestos a hacer.

Os dejo el texto íntegro de la editorial conjunta.

La dignidad de Catalunya

Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y han erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: “Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratificado en referéndum y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica”. Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el Alto Tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores.

La expectación es alta. La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación. De los doce magistrados que componen el tribunal, sólo diez podrán emitir sentencia, ya que uno de ellos (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido.

De los diez jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como el “corazón de la democracia”. Un corazón con las válvulas obturadas, ya que sólo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal –un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo– no haremos mayor alusión a las causas del retraso en la sentencia.

La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de “símbolos nacionales” (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia.

No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de esta. No sólo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, que no es otra que su carácter abierto e integrador.

El Tribunal Constitucional, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras). El Alto Tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años setenta transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posible los treinta años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga.

Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.

Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Tribunal Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos –que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo–, recordando que no existe la justicia absoluta sino sólo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referéndum.

Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable

Y en Catalunya –presuntamente- también había chorizos

La corrupción se ha tornado un bumerang para el PSC. Quizás por aquello del “dime de que presumes y te diré de lo que careces”, cuando saltó la noticia de la detención del alcalde socialista de Santa Coloma de Gramenet, todos teníamos a Nicaragua en el punto de mira. Pero sin duda, el hecho que Lluís Prenafeta y Macià Alavedra, antiguos altos cargos de gobiernos de Jordi Pujol –el primero secretario del gobierno y el segundo consejero de varias carteras en varios ejecutivos de CiU- hayan sido también detenidos en la misma operación, ha cambiado mucho las tornas y la manera de responder de los dos partidos políticos.

Estamos en la recta final de la legislatura en Catalunya. Si no ocurre nada extraño, en el otoño de 2010 se convocarán elecciones autonómicas. Unos comicios sobre los que planean muchas dudas: ¿podrá revalidar la confianza el tripartito? ¿podrá formar gobierno CiU? A la luz de tales disyuntivas, se comprende las estrategias emprendidas por ambos partidos en las últimas semanas.

Y la principal línea ha sido la corrupción. El escándalo del caso Millet abrió otra brecha entre ambos partidos a propósito de las ayudas que el Palau de la Música había otorgado a la fundación de CiU, la Ramón Trias Fargas. El PSC apuntó a un posible escándalo de financiación ilegal y los nacionalistas lo negaron. Aunque el president Pujol dijo horas antes de la detención de Prenafeta, Alavedra y el alcalde socialista de Santa Coloma de Gramenet sobre esta cuestión que si “entramos todos ahí, nos haremos mucho daño”.

El hecho es que este contexto ha pesado mucho en las reacciones de los partidos.

Por su parte, el PSC necesita despejar toda tela de juicio sobre el caso. Por ello, la respuesta ha sido rápida y efectiva: si el juez toma medidas, se exigirá la dimisión y se suspenderá la militancia a los imputados. Y se empezará la búsqueda de un nuevo alcalde en Santa Coloma. Quizás porque en las últimas semanas pusieron en marcha el llamado ventilador para sembrar dudas en el principal partido de la oposición, la respuesta socialista ha sido tan rápida y firme.

CiU respondió horas más tarde en una rueda de prensa ofrecida por Felip Puig. Pese a que dejó claro que ni Alavedra ni Prenafeta forman parte de la dirección y que se tomarán decisiones sobre su militancia a la luz de lo que muestren los jueces. Puig usó la rueda de prensa para resarcirse de los ataques socialistas a cuenta de Millet y la Trias Fargas y pidió celeridad al poder judicial para esclarecer el asunto.

Sin duda, las cosas hubieran sido muy distintas si Lluís Prenafeta y Macià Alavedra no fueran dos de los imputados en el caso de corrupción que ayer el juez Garzón desveló. Las cosas serían muy distintas si el caso de corrupción que tenemos sobre la mesa sólo llevara un color político. Y sí, las cosas serían muy distintas si el PSC no hubiese enarbolado la bandera de la transparencia en las últimas semanas. Porque si todo eso no hubiese ocurrido las respuestas políticas tendrían un aspecto muy distinto.

Pero en realidad, mucho me temo que en esto sólo habrá una clara vencedora: la apatía. Apatía manifestada en términos de cansancio, desafección o abstención. La apatía que llevará a menos gente a las urnas y que, quién sabe, quizás tenga pocos efectos electorales.

Tal y como reflexionábamos hace unos meses a propósito de Camps, este tipo de escándalos de corrupción refuerzan varias conductas de los seguidores de los partidos políticos. Se ponen en marcha mecanismos de defensa y justificación que son dignos de mención. ¿Qué consecuencias prácticas puede tener este caso en una localidad como Santa Coloma de Gramenet, dónde el PSC casi siempre obtiene más del 50% de los votos? Seguramente, pocas. Aunque las elecciones autonómicas son siempre la cita en la que tienen menos apoyos.

Porcentaje de voto al PSC en los comicios del período 1995-2009

Resultó que Catalunya no era un oasis. Que aquí también llegaba la corrupción urbanística y los grandes escándalos de grandes señores de Barcelona. Resultó que no se podía mirar por encima del hombro a nadie y que nadie estaba libre de sospecha. Resultó que ese parásito que amenaza al sistema hace el mismo daño. Y ya veremos si, al igual que en otros lugares, al final la sociedad en su conjunto acabará bajando otra vez la cabeza, mirará hacia otro lado y el día que toque pedir responsabilidades en las urnas, optará por irse de fin de semana.

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!”

Hace ya 32 años que la ciudad de Barcelona se paralizó para recibir al presidente de la Generalitat. Josep Tarradellas volvía de un largo exilio en el que había encarnado –y sufrido- la presidencia de la Generalitat durante los oscuros años del franquismo. Su vuelta era la imagen más fidedigna de la recuperación de la institución de gobierno de los catalanes.

Ese domingo 23 de octubre, a bordo de un DC-9 de Iberia, el presidente restituido llegaba a Barcelona dónde le esperaba todo un pueblo. El acto fue protocolario a la vez que popular, la antesala a su toma de posesión el día siguiente. De ese acto todos recordamos las imágenes vistas mil veces de su discurso desde el balcón de la Generalitat. Ese en el que pronunció unas palabras que quedaran para siempre en el imaginario colectivo catalán:

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!”.

Improvisó un discurso que tuvo mucho significado para la sociedad catalana del otoño de 1977:

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí! Ja sóc aquí! Perquè jo també vull l’Estatut! Ja sóc aquí! Per compartir les vostres penes, els vostres sacrificis i les vostres joies per Catalunya. Ja sóc aquí! Per treballar amb vosaltres per una Catalunya pròspera, democràtica i plena de llibertat. Ja sóc aquí!”

“Ciudadanos de Catalunya: ¡ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! ¡Porque yo también quiero el Estatut! ¡Ya estoy aquí! Para compartir vuestras penas, vuestros sacrificios y vuestras alegrías por Catalunya. ¡Ya estoy aquí! Para trabajar con vosotros por una Catalunya próspera, democrática y llena de libertad. ¡Ya estoy aquí!”

Con el tiempo, hemos ido recuperando la memoria histórica, de momentos cruciales como este. Una lucha que conoce muy bien el president Maragall. Esta semana ha presentado el proyecto de investigación biomédica BarcelonaBeta que investigará sobre las causas de enfermedades como la que él sufre, el alzhéimer. Decía en una reciente entrevista que “no hay mal que cien años dure, podemos olvidar dónde hemos dejado las llaves, pero no olvidamos las poesías, las canciones, los refranes…” Y en ese orden de cosas, añado, no debemos olvidar a las personas que han contribuido a vertebrar el país. De Tarradellas a Maragall, pasando por Pujol. Sin olvidar a Macià, a Companys y a tantos otros.

El president Pujol tampoco se da por vencido. Sus memorias pretenden que no olvidemos lo que costó recobrar el autogobierno y defenderlo. Y también este mes, el gobierno de la Generalitat ha pedido una vez más que se anule el juicio al president Companys –el único presidente democrático asesinado por el fascismo- y junto al gobierno español, han entregado a la familia un documento de reparación.

En una comida esta semana comentábamos la necesidad de no olvidar lo que muchos hicieron por nuestra sociedad. De reclamar un poco de ese deseo de países como los Estados Unidos para recordar la tarea, los valores y los ideales de los que ocuparon los mayores cargos de responsabilidad de un país. Los monumentos, las calles y los monolitos son ejemplo de ello, pero también el recuerdo vivo de sus palabras. Y ahí tenemos un problema. Buscar en Internet discursos de Macià o Tarradellas es casi tan difícil como de Suárez, Calvo Sotelo, González o el propio Aznar. Mientras, Washington, Jefferson o Lincoln no sólo están a un clic de distancia, sino que son ampliamente citados en la retórica política habitual.

Recordando la vuelta de Tarradellas, intento recordar cosas que no he vivido, pero que no me gustaría olvidar…

El impuesto de la muerte

CiU no conseguirá suprimir el impuesto de sucesiones hasta que gobierne… o hasta que consiga cambiar el marco conceptual de muchos ciudadanos que expresen mayoritariamente su deseo de acabar con este impuesto. Y quizás dotarse de una estrategia un poco menos contradictoria.

Es evidente que hay una cuestión ideológica de fondo que no se puede atajar sólo con una estrategia de comunicación, pero la experiencia americana es muy clara al respecto. La población a favor de eliminar el impuesto de sucesiones no era el mismo que quién quería terminar con el impuesto de la muerte. Más del 70% estaban a favor de este último, muchos más que en opciones similares a la primera. ¿Por qué hay un cambio tan grande respecto al mismo concepto?

La explicación es los conceptos que evoca una palabra. El marco en el que se desenvuelve. Y eso es básico. Cuándo hablamos de muerte, pensamos en alguna experiencia personal, en el entierro, el funeral, los trámites. En el dolor, el desconsuelo. El negro del luto. ¿Quién no quiere suprimir un impuesto que se asocia a algo tan doloroso?

El término deja de ser neutral y, de golpe, desaparece la imagen de señores del tipo Millet celebrando la supresión de un impuesto para todos los patrimonios, incluido el de los súper ricos.

El debate en el Parlament de ayer –uno de los más vibrantes de los últimos acontecidos-, CiU no usó una aproximación de este tipo. El concepto empieza a aparecer en algunos comentarios en medios y blogs, pero el mensaje político sigue fijado en términos clásicos. Y las fuerzas de izquierda las rebaten de un modo más próximo y emocional, con una apelación directa: si suprimimos el impuesto, ¿de dónde sacamos los 800 millones de euros que faltaran en el presupuesto? ¿Cómo dejamos de construir hospitales y escuelas para que unos señores con millones dejen de pagar un impuesto? Es simplificado, lo sé, pero es lo que muchos ciudadanos pueden creer.

El lenguaje es fundamental, hay que elegir bien cada palabra. Sobretodo si luego se incluyen estrategias distorsionadoras. Si el impuesto es una competencia autonómica, ¿por qué CiU llevó el tema al Congreso? ¿No ha introducido ruido en un debate que, queramos o no, es básicamente emocional?

La doctrina “Belén Esteban” no vale para todo

Últimamente estoy escuchando mucho el argumento “Belén Esteban”. Si ocurre el episodio de la fotografía de las hijas de Zapatero, es por su culpa. Si a un diputado le fotografían un mensaje privado, es por su culpa. Es por su culpa y el problema es que se exponen. Como son personajes públicos, todo vale… Pero nada más lejos de la realidad, el argumento “Belén Esteban” no debería ser válido en estos ejemplos.

Esta semana medios como Público o Avui han mostrado en sus portadas, ya sea en papel o en la versión online, las fotografías de dos correos electrónicos enviados por Blackberry entre diputados del Parlament de Catalunya. El primero en salir a la palestra fue el mensaje del conseller de Interior de la Generalitat, Joan Saura. El ecosocialista se cruzó un mensaje con el portavoz de su grupo dónde decía que el discurso de Montilla en el debate de política general era un “tostón”. Que un miembro del gabinete diga eso tenía su morbo, pese a que se violará completamente la privacidad de comunicaciones de una persona.

Ya en los últimos coletazos del debate, el turno fue para el denostado popular Daniel Sirera. El ex líder de los populares catalanes comentaba con la diputada Mejías que su partido era “una mierda” y otras lindezas. Tras ello, las peticiones de dimisión o expulsión no han cesado. La fotografía de su correo electrónico no dejó a nadie indiferente.

En ambos casos, los medios han decidido publicar el contenido de comunicaciones privadas, en portada y a todo color, supongo que bajo el precepto del interés general. ¿Pero realmente es de interés general unas conversaciones privadas que sólo se pueden interceptar bajo autorización judicial? ¿Hasta dónde llega la ética de los medios al entender que la privacidad debe prevalecer?

Una cosa es ser un personaje público y estar expuesto a un micrófono abierto cuando lanzas una lindeza como el “Manda huevos” de Trillo o el “coñazo del desfile” de Rajoy. Otra muy diferente es interceptar un mensaje privado, pensado, escrito y enviado para permanecer en la privacidad. Y ahí, no hay tutía.

El presidente del Parlament lanzó un aviso para navegantes en la entrega de los premios Blocs Catalunya el pasado viernes en Vic. Benach avisó que si en casi 30 años de normal funcionamiento del Parlament, los medios y los diputados se han respetado, quizás no sea el momento de dejar de hacerlo.

En todo caso, la ética periodística debería prevalecer sobre todo y todos. Una cosa es ser conscientes de no decir algo a micrófono abierto y la otra es que una persona no pueda ni ejercer sus derechos más fundamentales. No todo vale. No todo debería valer. Ni Zapatero, ni Saura ni Sirera han expuesto nada a los medios como la sempiterna historia de la Esteban, no nos dejemos imbuir por esa escalada que no nos llevará a ningún lado.

Catalunya: ¿más cerca de la independencia?

El nacionalismo catalán siempre ha mirado con una cierta envidia a Quebec. En primer lugar, porque Canadá ha sabido expresar mejor su plurinacionalidad que España y, en segundo lugar, porque ha sido un estado capaz de organizar sin traumas varios referéndum preguntando directamente sobre la secesión o no de este territorio francófono. Claro está que el hecho de reconocer la plurinacionalidad, y que ese término no levante ni ampollas ni miedos, es una ventaja comparativa de los canadienses frente a España.

El independentismo crece en Catalunya y, de hecho, es una consecuencia lógica y natural. Por demografía, nuevas generaciones nacidas y crecidas ya en democracia y en una sociedad donde el catalán o la cultura catalana no son clandestinas, donde no existen ni miedos ni reparos a plantear una alternativa. Así lo muestra el CEO -el CIS catalán- en sus barómetros: desde 2005, un 6% más de la población aboga por la independencia. Así, el 19% de los catalanes y catalanas es partidario de dotar a Catalunya de un estado propio.

Pero no es sólo ese recambio demográfico. Mucho hay de percepciones, de gestos y de acciones que alimentan ese sentimiento de no querer formar parte de España. Algo que no se entiende más allá de las fronteras catalanas. Del mismo modo que no se entiende que en Arenys de Munt se organizara ayer una consulta sobre la independencia, tampoco se entiende desde aquí el acoso de las instituciones del Estado o que su abogado sea un ex candidato de Falange. Quizás sea la anécdota, pero este tipo de percepciones acrecientan la leyenda negra de que las acciones del estado las sigue moviendo una profunda concepción franquista de lo que es España.

Lo cierto es que los puntos de entendimiento son difíciles. Mientras unos no pueden comprender como se queman banderas españolas o fotos de los reyes en Catalunya, los otros no pueden entender declaraciones como las del Rey o que a día de hoy el Senado aún no sea una auténtica cámara de representación territorial, que en el Congreso no se permita el uso de las lenguas cooficiales o que se tardarán casi 20 años en incluirlas en DNIs y sellos. O que aún no lo sean en Europa. No obstante, el punto interesante de la cuestión es que cada vez hay más catalanes que ya no quieren eso: simplemente quieren la independencia.

Que el Tribunal Constitucional pueda declarar nulos algunos artículos del Estatut, empezando por usar el término nación sobre Catalunya –aunque alguien deberá explicarme algún día por qué si en la Constitución se habla de nacionalidades, en plural, sólo hay una nación, en singular-, es una perfecta explicación de por qué durante esta primera década del siglo XXI los esfuerzos de España para llegar a un nuevo pacto político con Catalunya llegan tarde. Y si la crisis institucional por la sentencia llega, además de tarde, mal.

En realidad, el problema es de una profunda incomunicación por las dos partes. Como si, desde hace mucho tiempo, ya hubiesen perdido el mutuo interés. Sólo así puede entenderse el abandono que el estado dio a Catalunya –y especialmente a Barcelona- en temas como las infraestructuras. Por ejemplo, también debe entenderse el crecimiento del independentismo al ver el pasotismo en temas como el de Cercanías. Ni muchos catalanes quieren saber de España, ni muchos españoles de Catalunya. Y si no, vean Alto y Claro en Telemadrid, los carteles de muchos salmantinos en las manifestaciones por los papeles de Salamanca o la mítica respuesta de quiénes firmaban contra el Estatuto: “no, firmamos contra Catalunya”.

Cuando el hastío llega a las dos partes, no hay modo posible de comunicar lo que a veces realmente es. No hay modo de mostrar que los catalanes no son ni agarrados ni insolidarios. No hay modo de explicar qué son las balanzas fiscales ni por qué se necesitaba una nueva financiación. No hay modo de explicar por qué los catalanes amamos nuestra lengua –sin amenazar al castellano, que goza de una excelente salud en Catalunya-. Y tampoco hay modo de desbaratar los clichés del otro bando.

Ante este entuerto necesitamos líderes, más que nunca. El independentismo catalán necesita líderes que den sensatez a su proyecto y que no sea una amalgama de preconcepciones, lemas usados y vacíos de contenido. Si los catalanes quieren un estado propio, que sea un estado decente y responsable. También los que no lo quieran necesitaran líderes que entiendan el valor del diálogo, la comprensión y el esfuerzo por tender puentes. Líderes que no coloquen una manifestación de Falange el mismo día de una consulta o un ex candidato de esta formación a defender lo inalterable del estado. Líderes que entiendan que es la suma y no la resta.

Sólo así pueden entenderse todos los votos afirmativos de la consulta de ayer en Arenys. Sólo así pueden entenderse todas las consultas que vendrán a partir de ahora. ¿Sólo así puede entenderse? ¿Qué opináis?

¿Cómo debe ser la Catalunya del futuro?

Esta es la pregunta que hemos respondido 18 catalanes y catalanas con motivo de la Diada Nacional. Ahora faltas tú.

A menudo, esta jornada es el centro de la batalla política y tiene la actualidad como nota predominante. Pero, ¿qué hay de los hitos que nos debemos marcar? ¿Qué hay de lo que esperamos de nuestro país? Puedes dar tu opinión en los comentarios o seguir el hashtag en Twitter # diada11s

¿Cómo debe ser la Cataluña del futuro?

“Cataluña debe ser un país libre, abierto, currante y perspicaz a la vez, creador de riqueza y oportunidades, integrador y un referente de paz.” Ernest Benach, President del Parlament de Catalunya

“Segura de sí misma, dinámica, creativa, integradora, justa y proyectada al mundo y nacionalmente fuerte.”Artur Mas, Presidente de CiU

“” Haz que sean seguros los puentes del diálogo e intenta comprender y amar las razones y las hablas diversas de tus hijos. “Salvador Espriu”Antoni Gutiérrez-Rubí

“Un país donde las personas disfruten de la igualdad y la justicia con oportunidades laborales, personales y de ocio que la hagan un lugar ideal para la felicidad de las personas.” Lourdes Muñoz, diputada del PSC en el Congreso de los Diputados

“Equirable a todos aquellos estados de la UE plenamente avanzados … Y como tal, deberá disponer de los mismos mecanismos: económicos y políticos” Nacho Corredor

“Adaptaré la cita mítica. Cada día veo más claro que necesitamos una Catalunya nacionalmente libre, socialmente justa y espiritualmente plena … ya” Toni Aira

“Catalunya será logísitca, tecnológica y turística o no será.” Marc Teixidor

“Me gustaría una Catalunya que compagine su identidad con la globalidad, que genere y aloje empresas de referencia en innovación, lo tenemos todo!”Dídac Lee

“Catalunya debe ser innovadora y emprendedora en todos sus ámbitos, especialmente en el de la preparación de sus niños y jóvenes, en el sistema educativo desde la guardería hasta la universidad.” Trina Milan

“Una Catalunya más preparada, más ambiciosa, más creativa, menos dogmática, más culta, más digna. Menos táctica, más estratégica”Pau Canaleta

“Espero una Catalunya no nacionalista. El coste de oportunidad (en vez de escuelas o mejor justicia) de las políticas nacionalistas es altísimo, y su efecto, en un mundo globalizado, más que discutible.” Ismael Peña-López

“Un país optimista, que mire al futuro sin miedo. Con talento, empuje y un auténtico espacio de libertad y responsabilidad.” Albert Medrán

“Con una ciudadanía más implicada, optimista, abierta y participativa, y con unos políticos más interesados por los ciudadanos que los partidos” Gemma Urgell

“Con capacidad de sorprenderse: colaborativa, intuitiva, proyectual, abierta, receptiva, sincera, solidaria y. .. sin miedo a equivocarse.” Ricard Espelt

“La Catalunya del futuro debe ser libre, democrática, con unas instituciones fuertes y respetadas y con el objetivo de ser el mejor país del mundo” Sergi Sabaté

“Vamos a buscar la utopía. Deberíamos ser una sola voz, remar en una misma dirección y conseguir todo lo que nos proponemos como país” Xavier Peytibí

“Un país ambicioso, dinámico, innovador y meritocrático. Socialmente justo y nacionalmente libre. Que te lo puedas mirar y decir orgullosamente: ¡es el mío!” Vicent Martínez

“Catalunya debe luchar para tener muchos más valores que le permitan progresar y demostrar su potencialidad” Eduard Batlle

“Sería independiente o estaría ajustada en un marco federal, pero nadie hablaría de la” libertad de la nación “sino de la libertad de los catalanes. La Generalitat gobernaría tan poco que la gente no reconocería los políticos por la calle.” Albert Esplugas

El papel comunicativo de la desalinizadora del Prat

Hace poco más de un año le dábamos vueltas a la comunicación del Gobierno de la Generalitat tras el episodio de sequía vivido durante esos meses. La desalinizadora del Prat estaba en camino y se barajaban opciones que finalmente, gracias a la intermediación de la Moreneta, quedaron en el cajón.

El lunes se inauguró la planta del Prat y Catalunya cuenta con una nueva infraestructura llamada a jugar un papel importante en el abastecimiento de un elemento tan esencial como el agua. Pero además, esta planta estaba llamada a jugar su rol en la escenografía política catalana.

Hace unos meses veíamos como el tripartito catalán celebraba el ecuador de la legislatura con una visita conjunta de los líderes de los tres partidos que lo forman, el president Montilla, el vicepresidente Carod y el conseller de Interior Joan Saura; a la planta. En aquel momento, Pau Canaleta acertó en su análisis de que la imagen de los tres líderes bajo sendos cascos no era el mejor modo de presentar a un gobierno que ha mostrado un bajo perfil comunicativo.

Sin embargo, la foto de la inauguración del lunes es la que se puede ver sobre estas líneas. El president Montilla, la ministra Espinosa y el conseller Baltasar beben agua obtenida por los procesos de la planta. Una foto que me recuerda a esta…