Los daños colaterales del desfile

Abucheos, broncas y ausencias. Esas parecen ser las tres tradiciones del desfile militar que se celebra cada 12 de octubre en el Paseo de la Castellana de Madrid. Tres tradiciones políticas que son los daños colaterales de la principal celebración del día nacional: lo que ocurre en las aceras del paseo, allí donde no llega el asfalto ni el paso de los ejércitos, tiene sus efectos políticos.

¡Zapatero dimisión!

Un año más, y ya van seis, el presidente Zapatero ha sido abucheado en el desfile militar del 12 de Octubre. Es ya una tradición más, como la de ver a la cabra o carnero de la Legión desfilando, la llegada de la bandera desde el cielo o ver las nubes madrileñas teñidas de rojo y gualda. Una tradición que se ha impuesto. O como el presidente afirma, “forma parte del guión”.

No le falta razón al presidente: los abucheos son algo por lo que los políticos, de todos los colores políticos, pasan tarde o temprano. A lo largo de la vida política son muchas las situaciones en las que un dirigente se ve rodeado por una tosca banda sonora de desaprobación. Y además, acaba copando los titulares de la prensa.
Una sonora bronca a un dirigente, y más si este es jefe de Estado o de Gobierno, lleva implícita otro sonoro impacto en los medios. Le ha pasado a todo hijo de vecino, bueno, a todo presidente, ministro, consejero, concejal… Y todos se han visto en la tesitura de dar respuesta a esa pitada. Esa segunda oleada es más imprevisible, la primera arrecia; la segunda puede no hacerlo.

El presidente del Gobierno cuenta con dos aspectos a su favor para encarar lo que pueda venir ahora en los medios y la opinión pública tras lo sucedido ayer en la Plaza de Lima. El primero, el descontento del Rey y el Príncipe por lo ocurrido. Lo ocurrido tiene trascendencia política, pero la oposición ser va a ver limitada en su capacidad de explotar el caso por ese disgusto personal del Jefe del Estado.

El segundo, la tradición. Las pitadas en el 12 de Octubre son ya habituales. La opinión pública está ya algo anestesiada ante un hecho predecible y habitual. Precisamente la sorpresa es algo necesario en la guerra de guerrillas en la que puede convertirse un acto de oposición y protesta. Lo de ayer era todo menos una sorpresa.

La bronca en la final de la Copa del Rey de 2009, las caceroladas en España por su participación en la guerra de Irak, las protestas en Oviedo contra Aznar… fueron actos que no sólo se colaron en los medios por el hecho de la protesta, sino que tuvieron más efecto por la sorpresa que generaron. Las del 12 de Octubre son de todo menos novedosas.

Aunque el efecto pueda ser limitado, nadie duda del enorme espacio que han conseguido hoy… como en otros años. Son una forma de expresión más y como tal, tiene su peso político.

Conversaciones poco privadas

La espera a la llegada de los Reyes, los corrillos que se forman a su partida o los que acaban creándose en la recepción del Palacio Real son espacios perfectos para generar hechos relevantes para la opinión pública en forma de confesiones, conversaciones pilladas al vuelo o retos poco difíciles para ávidos lectores de labios. Este año los protagonistas han sido el presidente Zapatero y el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón.

El dirigente popular recriminó al jefe del ejecutivo la situación “asfixiante” en financiación local. Adjetivo que ya usó hace unos años Esperanza Aguirre en el desfile, cuando recriminó a Pasqual Maragall, por aquel entonces president de la Generalitat, el “intervencionismo” del Estatut que el Parlament de Catalunya había aprobado días antes, el 30 de septiembre de 2005.

La jornada de ayer también dejó uno de esos momentos de micrófono abierto, cuando la ministra Chacón comentó con los Duques de Palma que el tiempo había respetado la celebración del desfile. Sin más trascendencia. Sí la tendrá la de Gallardón… ¿O es casual que el día en qué más cámaras se fijan en estos detalles sea Gallardón y no Rajoy o Aguirre los que pongan el presidente en entredicho?

Banderas y ausencias

Si las banderas de estados invitados al desfile ya fueron noticia en 2003, cuando un Zapatero líder de la oposición no se levantó al paso del estandarte norteamericano por su rechazo a la guerra de Irak, ayer lo volvieron a ser. Como lo fueron también en 2006, cuando con Zapatero como presidente, la bandera de Estados Unidos volvió a desfilar por la Castellana.

Ayer el protagonista fue el abanderado de Venezuela, cuya indisposición supuso no contar con la bandera de este país entre el resto de estandartes de repúblicas latinoamericanas que celebran este año el bicentenario de su independencia, como México o Colombia. La ausencia de Venezuela, tras la tensión de estas últimas semanas a propósito de la cobertura a terroristas de ETA en el país bolivariano, es un plantón en toda regla de Chávez.

Aunque en cada desfile hay otro tipo de ausencias –y por ende, presencias- que hacen correr ríos de tinta. El president de la Generalitat era un ausente a este tipo de desfiles hasta la llegada a la presidencia de Pasqual Maragall. José Montilla, ahora en el cargo y ex ministro del Gobierno, ha seguido asistiendo -con algunas ausencias durante el mandato- y ayer no fue una excepción. Esta presencia ha disgustado a sus socios de gobierno y ha marcado aún más el perfil españolista que está adoptando el PSC en esta pre campaña, en contraposición a CiU.

El lehendakari vasco también es un habitual ausente. Lo era con el PNV en el gobierno y también lo es con el PSE. Patxi López no asistió en 2009 ni lo hizo ayer… aunque eso no tengo el mismo peso en los medios nacionales que las ausencias de Ibarretxe. Faltaron también los presidentes de Murcia, Andalucía, Baleares, La Rioja y Canarias. Una ausencia y una presencia dicen, políticamente, tanto con un solo gesto…

Tal y como un general suele despedir al Rey, todo transcurrió “sin novedad, Señor”.

No les pagamos para esto

Podemos diseñar estrategias de comunicación eficientes. Dar con mensajes. Explicar bien las cosas. O podemos hacer justo lo contrario y convertir el hemiciclo en un ruedo y dejar que los ciudadanos sigan creyendo que la política no sirve para nada.

No. No les pagamos para esto.

La comunicación no es coerción

Echar una bronca es contraproducente. Ya lo comentaba Borja Vilaseca en un artículo homónimo en El País. El liderazgo actual no puede construirse en base a la bronca, pues mina la credibilidad del que da la reprimenda y, seguramente, no consiga su objetivo. Pero, ¿qué pasa cuando una bronca se emite por televisión?

Quizás esta pregunta rondaba la cabeza del director de comunicación del Ministerio de Trabajo, Manel Fran i Trenchs, antes de dirigirse así a un periodista:

Si echar una bronca es contraproducente, hacerlo ante una cámara, más. Y que el vídeo esté en YouTube, más todavía. Sobre lo que hemos visto podremos discutir muchas cosas: que el periodista no hiciera las preguntas por el cauce pactado (si es que hay tal pacto), que Fran debería haberse callado y elevar la queja al medio que este periodista representa… podríamos seguir, pero de poco nos serviría ahora.

Lo importante es aprender la lección: nunca protagonices una bronca así con una cámara delante. Nunca. No ya por el daño que le vas a hacer a la institución a la que representas, no ya porque dañas la credibilidad de tu ministro, sino por ti.

La norma de oro del Director de Comunicación es el respeto. Hacia tus colaboradores, hacia los medios, hoy en día, hacia los usuarios de Internet… saltársela tiene efectos muy negativos.

Casi siempre el papel de un Director de Comunicación se queda en la sombra. Teje, trabaja, se esfuerza para conseguir los objetivos de comunicación. Que te pillen con algo así no es bueno, porque en realidad deberíamos tener muy interiorizado que la bronca no es buena. Nunca.