Blanco, el ministro brujo que sabía de comunicación

Muchas personas en este país, especialmente aquellos que se sientan diariamente en una tertulia de las que no escasean en radio y televisión, no acabaron de digerir eso de ver a un ministro sin estudios universitarios al frente de una cartera tan importante como la de Fomento. Las infraestructuras del país en manos de un bachiller al que, para más inri, apodaban brujo, o bruxo de Palas de Rei. No lo acababan de ver. Aunque al cabo de muy poco tiempo, su opinión cambió. ¿Fue cosa de la magia?

En realidad, la única magia que ha aplicado el gallego ha sido entender lo que supone ser ministro. Y actuar como tal. Desde el primer día, se puso el traje de miembro del Consejo de Ministros y no ha cesado en su empeño por ser lo más parecido a la imagen que los españoles esperan de un ministro. Como bien apuntaba Pau Canaleta a las pocas semanas de su nombramiento, Blanco cambió su manera de vestir. Pero también desde ese momento empezó a tejer su propia historia personal.

Pero quizás la parte que algunos podrían considerar magia negra –aunque sólo es entender el valor estratégico de la comunicación- es su dominio del relato. Un relato con un protagonista –el ministro- y un antagonista –los controladores aéreos-. Un relato con episodios –en enero ya tuvo su gran enfrentamiento, cuando les acusó de ser una casta laboral-, una historia que avanza y que ahora llega a su momento clave: la supuesta huelga encubierta en plenas vacaciones.

Y justo en esa situación aparece la magia de la comunicación en estado puro. El farol –o no, ya veremos si llega a cumplirse- de la movilización del ejército para cubrir los puestos de esos controladores que están faltando a su puesto de trabajo y están fastidiando los pocos días de descanso de muchos españoles en un año especialmente gris por la situación económica. Ahí, justo ahí, la gran metáfora del sacrificio del ministro en aras del bien de los ciudadanos que sólo quieren llegar a su destino.

Así se forja un mito. Quizás el gallego se haya inspirado en el presidente Reagan, que en agosto del año 1981 llegó a despedir de forma fulminante a los casi 11.400 controladores aéreos que habían declarado una huelga ilegal.

Blanco aplica además lo que tan bien resume Luntz: no es lo que dices, es lo que la gente oye. O en este caso, no es lo que haces, es lo que la gente ve que haces. Y ante una huelga encubierta cuando todos deseamos ir de viaje durante nuestras vacaciones, nos es muy fácil ponernos en la piel del ministro y apoyarle. Aunque los controladores digan que su propuesta no es viable.

Es curioso porque Blanco comparte ese don por el relato personal con otra de las personalidades que mejor dominan la escena política y de la comunicación, Esperanza Aguirre. La presidenta también sufrió una huelga, aunque su reacción no está en la misma división que la del ministro. Aguirre tiene la suerte de tener una oposición débil y el dominio de la opinión pública que tapó algunos de los aspectos más polémicos de la huelga del Metro de Madrid, como la falta de previsión ante el parón general o la triste realidad que la huelga ha costado más dinero que el recorte que la presidenta proponía.

Quizás el relato tenga un final feliz para Blanco. Como en los cuentos, quizás consiga ser el inquilino de Moncloa –o al menos eso creen muchos-. Pero más allá del resultado, la realidad es que Blanco demuestra tener algo que no todos los ministros y políticos con carreras universitarias tienen: olfato político e inteligencia emocional. El ex ministro Boyer decía hace unas semanas que a este ritmo sólo llegarían al poder ministros analfabetos. Blanco no será universitario pero demuestra estar más que alfabetizado en la gestión de situaciones tensas y difíciles. Algo que no se aprende en muchas aulas. Quizás por ello, hoy ya nadie cuestiona al héroe de la historia.

El PSOE desprecia a Rajoy

El ministro de Fomento, José Blanco, no quería hablar de Rajoy. Lo dijo el pasado sábado en Zaragoza: «Vengo con la intención de no hablar de Mariano Rajoy, que dice que hablo demasiado de él, y no lo voy a hacer para no darle ni una excusa para que no participe en el acuerdo». Pero lo hizo, vaya si lo hizo.

Blanco volvió sobre una tesis bastante extendida entre las filas socialistas: ojalá Rajoy sea el candidato del PP en las próximas elecciones generales. Es más, desean que ni Gürtel, ni Losantos ni Aznar puedan con el líder del PP. Creen que Rajoy es un rival que se puede derrotar, pese a estar sumidos en la mayor crisis económica. De hecho, afirman, no ha ganado nada. Que las debilidades de Rajoy son tan profundas que se puede borrar de un plumazo el debe en números rojos de la gestión socialista.

Pero este argumento no es nuevo. En Ferraz se mostraban contentos el pasado 7 de junio pese haber sido derrotados en las elecciones europeas. Uno de los efectos de la primera victoria popular en años era mantener a Rajoy en el puesto. Y eso era motivo de celebración. Pero las encuestas que mes tras mes llegan a los despachos de Génova y Ferraz no son motivo para la celebración en esta última.

Por ello, sigue sorprendiendo la tesis socialista. Aunque lo que más sorprende es que Blanco lo cuente ante los medios sin ningún tipo de rubor. No sé que diría Rosa Díez de este ataque de sinceridad… En todo caso, quizás en Ferraz deban hacer más caso a uno de los principios que el publicista Joaquín Lorente recoge en su libro «Piensa, es gratis».

Para Lorente, “a la competencia siempre hay que odiarla, pero jamás despreciarla”. En el PSOE llevan mucho tiempo despreciando al ex vicepresidente y, aunque muchos aspectos puedan inducirles a hacerlo, el desprecio que muestran es una vulnerabilidad para los socialistas.

Quizás para el electorado más movilizado y convencido, el poco valor atribuido a Rajoy, incluso con sorna o sarcasmo, les reafirme en lo que creen. Pero para el votante que lo tiene menos claro, esa postura de los socialistas puede incluso ser mala para su imagen. A nadie le gusta percibir la falsa modestia, la soberbia. Los que miran por encima del hombro no gustan. Y en esto, muchas opiniones socialistas van en esa dirección.

Sólo el tiempo y las urnas pondrán a todos en su lugar, pero hay una realidad sobre la mesa: aunque Rajoy no guste, hoy ganaría unas elecciones. Aunque en Ferraz se alegren de que siga al mando, si todo sigue a este ritmo, podría ser el próximo presidente. Como diría Laporta, ¡al loro!