Busqué en Madrid el bolígrafo de Trump y esto es lo que pasó

Me quedé fascinado con el chorro de Trump. Con el chorro de tinta del bolígrafo con el que firma las órdenes ejecutivas que han desordenado el mundo. Las órdenes del odio. ¿Era una pluma? ¿Un bolígrafo? ¿Un rotulador? Quería saber con qué firmaba Trump. Cómo se conseguía ese grueso trazo. Y lo más importante, si podía conseguir uno para mi. Me puse a buscar el bolígrafo de Trump por Madrid y esto es lo que pasó.

Google tiene la respuesta. Una búsqueda rápida nos da los datos clave. Trump, como en administraciones anteriores, usa bolígrafos de la marca Cross. A.T. Cross es una empresa estadounidense fundada en Rhode Island. Una compañía clásica que fabrica bolígrafos clásicos para gente clásica. De hecho, cuando yo era un adolescente de lo más repelente, usaba estos bolígrafos para tomar mis apuntes de bachillerato. Si queréis saber más, hacemos un Deluxe.

http://zorrasbasicas.tumblr.com/post/155589291623

Al lío. Tenía ya la marca y el modelo. El Century II. Pero ese cartucho… ¿Cómo consigue Trump ese chorro? Con estos detalles lo tenía todo para mi aventura. Conseguir encontrar el bolígrafo de Trump en la capital de España. Ese va a ser mi plan de domingo.

Montado en un Cabify de camino a un acto empiezo por lo obvio: Wallapop. Varias búsquedas me llevan a Sara, una chica que vende un bolígrafo azul bastante similar pero no especifica el modelo. Otro usuario, en las afueras de Madrid, vende uno en metálico. Sara acepta ofertas, no pide un precio fijo. El otro usuario, lo vende muy por debajo de su precio de venta. Nuevo, cuesta unos 110€. Ese usuario lo vende por 40.

La Casa Blanca ha hecho ya un pedido de 150. Echad cuentas. El modelo que ha pedido es negro con apliques bañados en oro de 23 quilates. Ninguno de los dos que encuentro en Wallapop se ajustan a lo que busco.

Por la tarde me acerco a El Corte Inglés de Callao. En la primera planta está la sección de papelería y Cross tiene un stand. Presto mucha atención a las vitrinas con ademanes de “por favor que venga alguien que quiero comprar algo”. Nadie se acerca. Pasan los minutos y ya me sé de memoria toda la oferta. Tienen unos de Star Wars la mar de monos. Y la verdad es que a Trump, como Darth Vader oficial del planeta, le pegaría más firmar con uno de ellos. Pasan los minutos y finalmente me acerco a la caja a preguntar a una de las dependientas. Una mujer de unos cuarenta años que no espera que le saquen una pantalla de un iPhone con la firma de Trump y le pregunten “¿Tienen el recambio de Cross con el que se ha firmado esto?”.

La dependienta empieza a hurgar en los cajones y encuentra un cartucho rojo. De punta roller. Se da cuenta de que eso no es lo que busco y decide pedir ayuda. Se acerca una mujer de unos sesenta años y su compañera le comunica los antecedentes. Me dice que cree que ese cartucho ya está descatalogado. Según ella, es de fieltro. Se seca muy rápidamente y por eso dejaron de producirlos. No los tienen en El Corte Inglés.

Y justo antes de despedirme me suelta que no soy el primero que va preguntando por el bolígrafo de Trump. No estoy solo. Cuando ya casi estoy en la escalera mecánica me recomienda que, si quiero firmar como Trump, lo haga con un Carioca. Tiene un paquete en la mano.

Suspendo la misión. En domingo sólo los grandes almacenes abren en el centro de la ciudad. La tienda de estilográficas de la Calle Mayor está cerrada. Acudo otro día de la semana y vuelvo a desenfundar el teléfono. Muestro el chorro de tinta del magnate y pido por ese recambio. El señor que me atiende se pierde en el almacén y aparece con un recambio. Es azul, no negro. Pero es ese. Me lo voy a llevar. Ya tengo una parte de la ecuación resuelta.

Ahora falta el bolígrafo. En Wallapop siguen sin responder y le pregunto si tiene el Century II. Yo no tengo un máster en bolígrafos. Siempre uso una estilográfica Lamy como la que usa la líder del PDeCAT, Marta Pascal. Mientras, el señor de la tienda vuelve del almacén con un bolígrafo fino. Cuando ve mi ademán de querer introducir el cartucho me dice que yo estoy buscando otra cosa, no eso. Vuelve a desaparecer y le oigo refunfuñar a lo lejos “la gente, comprando el bolígrafo del gilipollas ese”. Me trae uno dorado. No me lo voy a quedar. Y le cuento que estoy en una misión. No llega a disculpa.

Me voy a casa con mi cartucho. Pero sigue sin ser el cartucho negro. Ahí empieza la última parte de la misión. Como no había caído antes en Amazon. Amazon lo tiene todo. Pero sin referencias. Hago una primera compra de lo que se supone que son rotuladores. Llegan al día siguiente. Pero no son todos rotuladores. Solo uno lo es… pero fino. Vuelvo a Amazon y sigo la búsqueda. Mientras, vuelvo a El Corte Inglés y finalmente me hago con un Century II lacado negro con apliques en oro. Ya tengo el bolígrafo. Ya tengo el cartucho localizado. Ahora solo falta esperar.

Casi una semana más tarde por fin llega el repartidor a la oficina con el cartucho del chorro del odio. Al llegar a casa lo monto. Ya tengo el bolígrafo del gilipollas ese. Como diría el sabio tendero. Y ya puedo firmar como Trump:

Buy American, hire American

En su discurso inaugural, Trump dijo iniciar una nueva era para su país guiado por esta regla: compra americano, contrata americano. Cross es una empresa estadounidense… pero no todo lo fabrica en Estados Unidos. De hecho, los Century II se hacen con partes fabricadas en China.

Los bolígrafos se compraron a un distribuidor local y están personalizados con la firma del presidente en el capuchón.

¿Qué lío se llevan en Estados Unidos con los bolígrafos presidenciales?El bolígrafo presidencial es uno de los souvenirs políticos más preciados de Estados Unidos. Más que los M&M’s del Air Force One. La Casa Blanca de Trump pidió 150 bolígrafos porque estos bolígrafos se regalan una vez los ha usado el presidente para firmar órdenes ejecutivas o leyes.

Es costumbre que en los actos de firma de órdenes ejecutivas o leyes varias personalidades acompañen al presidente. Pueden ser miembros de su equipo, personas que han inspirado una ley o los congresistas que la han hecho posible. Cuando el presidente los firma, regala esos bolígrafos.

Las órdenes ejecutivas suelen ser firmadas una sola vez, pero en las leyes, el presidente firma letra por letra para poder regalar esos bolígrafos. No está muy clara de dónde viene la tradición, pero parece que ya Franklin D. Roosevelt solía utilizar varias estilográficas para firmar las leyes y así poder regalar esas plumas a personas que hubiesen hecho algo relevante por la consecución de esas políticas. Así, el presidente entregaba un detalle de gran valor histórico, político y sentimental a personas clave.

A veces, el número de bolis coincide con las letras del nombre del presidente. Otras no. Por ejemplo, Obama tuvo que hacer dos trazos por letra para poder completar su firma con todos los bolígrafos cuando firmó la reforma sanitaria con 22 bolígrafos. En esa ocasión, 20 personas –los otros dos bolis fueron a los archivos- fueron las elegidas para conservar los bolígrafos con los que se firmó una de las leyes más importantes de la Administración Obama. Que ahora se está desmantelando.

Se desconoce el número máximo de bolígrafos usados en una ley, pero Bill Clinton parece ostentar el récord: llegó a usar 41 en una firma durante su presidencia. En cuanto lo sepa Trump, que se prepare.

El acto de rúbrica de una ley es todo un acontecimiento político y mediático en Estados Unidos. Trascendencia en los medios y en conseguir ese preciado tesoro; muy alejada de la firma de las leyes, como acto debido, del rey Felipe VI.

Discurso inaugural de Bill Clinton, 1993

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before.

“My fellow citizens, today we celebrate the mystery of American renewal. This ceremony is held in the depth of winter, but by the words we speak and the faces we show the world, we force the spring, a spring reborn in the world’s oldest democracy that brings forth the vision and courage to reinvent America. When our Founders boldly declared America’s independence to the world and our purposes to the Almighty, they knew that America, to endure, would have to change; not change for change’s sake but change to preserve America’s ideals: life, liberty, the pursuit of happiness. Though we marched to the music of our time, our mission is timeless. Each generation of Americans must define what it means to be an American.

On behalf of our Nation, I salute my predecessor, President Bush, for his half-century of service to America. And I thank the millions of men and women whose steadfastness and sacrifice triumphed over depression, fascism, and communism.

Today, a generation raised in the shadows of the cold war assumes new responsibilities in a world warmed by the sunshine of freedom but threatened still by ancient hatreds and new plagues. Raised in unrivaled prosperity, we inherit an economy that is still the world’s strongest but is weakened by business failures, stagnant wages, increasing inequality, and deep divisions among our own people.

When George Washington first took the oath I have just sworn to uphold, news traveled slowly across the land by horseback and across the ocean by boat. Now, the sights and sounds of this ceremony are broadcast instantaneously to billions around the world. Communications and commerce are global. Investment is mobile. Technology is almost magical. And ambition for a better life is now universal.

Raised in unrivaled prosperity, we inherit an economy that is still the world’s strongest but is weakened by business failures, stagnant wages, increasing inequality, and deep divisions among our own people

We earn our livelihood in America today in peaceful competition with people all across the Earth. Profound and powerful forces are shaking and remaking our world. And the urgent question of our time is whether we can make change our friend and not our enemy. This new world has already enriched the lives of millions of Americans who are able to compete and win in it. But when most people are working harder for less; when others cannot work at all; when the cost of health care devastates families and threatens to bankrupt our enterprises, great and small; when the fear of crime robs law-abiding citizens of their freedom; and when millions of poor children cannot even imagine the lives we are calling them to lead, we have not made change our friend.

We know we have to face hard truths and take strong steps, but we have not done so; instead, we have drifted. And that drifting has eroded our resources, fractured our economy, and shaken our confidence. Though our challenges are fearsome, so are our strengths. Americans have ever been a restless, questing, hopeful people. And we must bring to our task today the vision and will of those who came before us. From our Revolution to the Civil War, to the Great Depression, to the civil rights movement, our people have always mustered the determination to construct from these crises the pillars of our history. Thomas Jefferson believed that to preserve the very foundations of our Nation, we would need dramatic change from time to time. Well, my fellow Americans, this is our time. Let us embrace it.

Our democracy must be not only the envy of the world but the engine of our own renewal. There is nothing wrong with America that cannot be cured by what is right with America. And so today we pledge an end to the era of deadlock and drift, and a new season of American renewal has begun.

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before. We must invest more in our own people, in their jobs, and in their future, and at the same time cut our massive debt. And we must do so in a world in which we must compete for every opportunity. It will not be easy. It will require sacrifice, but it can be done and done fairly, not choosing sacrifice for its own sake but for our own sake. We must provide for our Nation the way a family provides for its children.

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before.

Our Founders saw themselves in the light of posterity. We can do no less. Anyone who has ever watched a child’s eyes wander into sleep knows what posterity is. Posterity is the world to come: the world for whom we hold our ideals, from whom we have borrowed our planet, and to whom we bear sacred responsibility. We must do what America does best: offer more opportunity to all and demand more responsibility from all. It is time to break the bad habit of expecting something for nothing from our Government or from each other. Let us all take more responsibility not only for ourselves and our families but for our communities and our country.

To renew America, we must revitalize our democracy. This beautiful Capital, like every capital since the dawn of civilization, is often a place of intrigue and calculation. Powerful people maneuver for position and worry endlessly about who is in and who is out, who is up and who is down, forgetting those people whose toil and sweat sends us here and pays our way. Americans deserve better. And in this city today there are people who want to do better. And so I say to all of you here: Let us resolve to reform our politics so that power and privilege no longer shout down the voice of the people. Let us put aside personal advantage so that we can feel the pain and see the promise of America. Let us resolve to make our Government a place for what Franklin Roosevelt called bold, persistent experimentation, a Government for our tomorrows, not our yesterdays. Let us give this Capital back to the people to whom it belongs.

To renew America, we must meet challenges abroad as well as at home. There is no longer a clear division between what is foreign and what is domestic. The world economy, the world environment, the world AIDS crisis, the world arms race: they affect us all. Today, as an older order passes, the new world is more free but less stable. Communism’s collapse has called forth old animosities and new dangers. Clearly, America must continue to lead the world we did so much to make.

Americans deserve better. And in this city today there are people who want to do better. And so I say to all of you here: Let us resolve to reform our politics so that power and privilege no longer shout down the voice of the people.

While America rebuilds at home, we will not shrink from the challenges nor fail to seize the opportunities of this new world. Together with our friends and allies, we will work to shape change, lest it engulf us. When our vital interests are challenged or the will and conscience of the international community is defied, we will act, with peaceful diplomacy whenever possible, with force when necessary. The brave Americans serving our Nation today in the Persian Gulf, in Somalia, and wherever else they stand are testament to our resolve. But our greatest strength is the power of our ideas, which are still new in many lands. Across the world we see them embraced, and we rejoice. Our hopes, our hearts, our hands are with those on every continent who are building democracy and freedom. Their cause is America’s cause.

The American people have summoned the change we celebrate today. You have raised your voices in an unmistakable chorus. You have cast your votes in historic numbers. And you have changed the face of Congress, the Presidency, and the political process itself. Yes, you, my fellow Americans, have forced the spring. Now we must do the work the season demands. To that work I now turn with all the authority of my office. I ask the Congress to join with me. But no President, no Congress, no Government can undertake this mission alone.

My fellow Americans, you, too, must play your part in our renewal. I challenge a new generation of young Americans to a season of service: to act on your idealism by helping troubled children, keeping company with those in need, reconnecting our torn communities. There is so much to be done; enough, indeed, for millions of others who are still young in spirit to give of themselves in service, too. In serving, we recognize a simple but powerful truth: We need each other, and we must care for one another.

Today we do more than celebrate America. We rededicate ourselves to the very idea of America, an idea born in revolution and renewed through two centuries of challenge; an idea tempered by the knowledge that, but for fate, we, the fortunate, and the unfortunate might have been each other; an idea ennobled by the faith that our Nation can summon from its myriad diversity the deepest measure of unity; an idea infused with the conviction that America’s long, heroic journey must go forever upward.

Our hopes, our hearts, our hands are with those on every continent who are building democracy and freedom. Their cause is America’s cause.

And so, my fellow Americans, as we stand at the edge of the 21st century, let us begin anew with energy and hope, with faith and discipline. And let us work until our work is done. The Scripture says, “And let us not be weary in well doing: for in due season we shall reap, if we faint not.” From this joyful mountaintop of celebration we hear a call to service in the valley. We have heard the trumpets. We have changed the guard. And now, each in our own way and with God’s help, we must answer the call.

Thank you, and God bless you all”.

Canciones de campaña

En Estados Unidos existe una ya larga tradición de dotar a sus campañas electorales con canciones de campaña. Temas, algunos populares y otros menos conocidos, que vienen a apoyar el mensaje y la imagen del propio candidato. Si en España existiera esa tradición, quizás Zapatero escogería el hit eurovisivo de Remedios Amaya y cantaría aquello de “ay quién maneja mi barca, que a la deriva me lleva”. Rajoy podría atrevirse con el Aserejé de las Ketchup: una canción festiva y alegre –ya se ven en Moncloa- pero inteligible, como sus promesas de mejora sin saber bien qué hará.

Para algunos esto puede ser una tontería. Un amago de genialidad más de asesores políticos que no tiene ningún fundamento, pero la realidad es que, vistos los efectos que la música tiene en las personas, parece no ser una tontería el hecho de atender a ella. Es el íntimo juego de la música y la comunicación política, entender que algo tan básico en la vida como la música puede y debe ser un elemento más de campaña.

Pitágoras enseñaba a sus alumnos algo genial y casi mágico: cambiar los comportamientos de las personas, sus respuestas –incluso acelerar procesos de curación- a través de la música. Hace unos meses reflexionaba sobre el papel de la música en los anuncios electorales, como un determinado ritmo puede crear o sostener estados emocionales en la dirección del mensaje político y de los objetivos de comunicación. Reflexión que hicieron muchas campañas electorales.

En todo caso, la elección de temas de campaña no está exento de polémica. Dos candidatos –y presidentes- republicanos recibieron quejas de los artistas a quienes tomaron prestadas las canciones. Ronald Reagan, tras su famoso “California here we come” usado en la campaña que le llevó a la Casa Blanca, no dudó en hacerse con el hit de 1984 para su reelección. El “Born in the USA” de Bruce Springsteen fue el himno del antiguo actor. Por su parte, George W. Bush se opuso a Al Gore con el tema de un fan del vicepresidente más ecologista: “I won’t back down” de Tom Peety. Ambos artistas, reconocidos demócratas.

Aunque otro tipo de polémicas no viene tanto por la filiación política del artista sino por su nacionalidad. Si Bill y Hillary Clinton hacían de actores emulando a Los Soprano para presentar el tema de la campaña de ésta, la recepción del tema fue menos halagüeña que el propio vídeo. Hillay hechó mano de una mujer, la titanizada Céline Dion, que le prestó el tema “You and I”. Muchos americanos se preguntaron el por qué de la elección de una canadiense… y otros tantos, el sentido político de la canción.

Mejor sintonia tuvieron los Fletwood Mac con Bill Clinton. Incluso hoy el ex gobernador de Arkansas es reconocido por el “Don’t stop thinking about tomorrow”. Aún puede escucharse esa canción como presentación del presidente en actos como las Convenciones demócratas. La asociación, pues, entre tema y candidato puede llegar a ser muy íntima.

Otros candidatos han puesto toda la carne en el asador y han aprovechado todas las aristas emocionales y de comunicación de la música. Barack Obama apeló a la América que debe renacer tras el 11S con el hit de U2 “The city of blinding lights”, que le acompañó en momentos mágicos de su campaña, como en su salida al atril durante su discurso de aceptación en la Convención. El timbre y la potencia de Aretha Franklin contribuyó con su “Think”, que sonó en numerosos mítines, como al finalizar el célebre discurso de New Hampshire. Sinnerman de Nina Simone, Gimme Shelter de los Rolling Stones o la conocida versión musical del propio discurso de New Hampshire son otras piezas de la banda sonora de la campaña del presidente.

Pero no olvidemos los clásicos. JFK apeló a las grandes esperanzas de los americanos con el “High hopes” de Frank Sinatra. Y otro clásico entre los clásicos, Neil Diamond, prestó su “Coming to America” a Dukakis… aunque perdió. Bruce Springsteen puso su grano de arena en otra campaña que no llegó a buen puerto. Kerry tuvo “No Surrender” entre sus canciones de campaña y la presencia del artista en numerosos conciertos de apoyo al cambio que no llegó.

Seguramente Pitágoras echaba mano de otro tipo de recursos, pero en una sociedad plagada de información y de impactos como la actual, los artistas ayudan a comunicar proyectos. Más allá de las canciones que pudiesen elegir hoy Rajoy o Zapatero -aunque no se rodearían de John Cobra-, aquí también sabemos de qué va eso de la música. Quizás con menos tradición, pero no olvidemos que Tequila pedía que “no, no, que el tiempo no te cambie”. Algo que los socialistas entendieron era el mensaje de la juventud a Zapatero. Rajoy nos pedía el voto con el ballenato y… ¿a quién no se le ha pegado el himno del PP?

Enlaces de interés:
Escucha algunas de las canciones de este post en esta lista de Spotify.

Una campaña en vídeos: la Convención Demócrata

La tradición marca que el partido que no está en el poder celebre su convención antes. De esta manera, la última semana de agosto, Denver alojó la fiesta de los demócratas, que nos dejaron un buen puñado de buenos discursos…

Acceptación de Barack Obama

Acceptación de Joe Biden

Discurso del Presidente Clinton

Discurso de Hillary Clinton

Discurso de Michelle Obama

Discurso de Al Gore