El sello del Presidente de los Estados Unidos

“Bueno, todos sabéis quién soy, ¿no?”. El presidente Obama bromeaba la semana pasada con la audiencia tras la caída del sello presidencial del atril desde el que dirigía un discurso en el Fortune Most Powerful Women Summit. Con esa frase que pretendía quitar hierro al asunto, el mandatario ponía de manifiesto el cambio de la presidencia norteamericana a lo largo del siglo XX. El ejecutivo dejó de ser algo casi secundario a ser el gran poder del Estado. Y en eso, la comunicación tuvo algo que ver.

La tesis que desarrolla Stephen Graubard en su obra titulada “The Presidents: The Transformation of the American Presidency from Theodore Roosevelt to Barack Obama” es sumamente interesante. ¿Por qué el presidente deja de tener un perfil bajo desde Teddy Roosevelt? ¿Por qué la Casa Blanca deja de ser una mansión con apenas soldados a ser la gran fortificación actual? ¿Por qué la representación del poder deja la austeridad del siglo XIX para convertirse en una monarquía republicana? El siglo XX es la clave.

Y en ese proceso está la construcción de todo el imaginario relacionado con la presidencia, la profunda asunción de símbolos y ritos como el sello presidencial, el “Hail to the Chief” –el himno que anuncia la llegada del presidente-, el Air Force One, el Marine One, el America One… Camp David o ciertos aspectos de la ceremonia inaugural. Las dos primeras del siglo XIX, pero su uso se reafirma en el XX.

El siglo XX fue el siglo de la presidencia norteamericana. El auge de Estados Unidos como superpotencia, pero también el creciente interés por el presidente de los medios de comunicación y la cultura popular tienen mucho que ver. Y poco a poco, el miedo a replicar en Estados Unidos estructuras, ritos y símbolos de poder parecidos a las viejas monarquías europeas; se superó. A fuerza de aceptar la realidad. El ejecutivo dejó de ser algo de segunda fila en el siglo XX y los reparos de los Padres Fundadores y sus inmediatos sucesores fue desapareciendo.

Este tema da para mucho. Múltiples aristas. Centenares de ejemplos. Pero aprovechemos esa constatación de conocimiento general del presidente que hacía Obama para hablar de ese sello presidencial.

En un mundo sin televisión, con apenas fotografías, el inicio del uso del sello presidencial que empezó a usarse con más o menos asiduidad en 1850 tenía la función de identificar al Presidente. El presidente Hayes fue el primero en usarlo en invitaciones en 1877 y desde esos orígenes, se va ampliando su uso. Pese a ello, fue la presidencia de Truman la que reguló su uso con la orden ejecutiva 9646.

El sello, que es un sello como tal usado en correspondencia con el Congreso, tiene su base en el sello o escudo oficial de los Estados Unidos, aunque presenta varios cambios que lo hacen único. Veamos cómo es el sello presidencial:

El escudo tiene trece bandas verticales en plata y gules –rojo- que simbolizan las trece colonias originales, unidas bajo un único mando: el presidente.

Un águila americano lo sostiene y tiene en sus patas dos elementos: en su derecha –nuestra izquierda- una rama de olivo simbolizando la paz. En su izquierda –nuestra derecha- trece flechas que simbolizan la disposición a la lucha, a la guerra. Los poderes de la paz y la guerra. Existe cierto misticismo sobre la leyenda que sostiene que el águila mira a las flechas en tiempos de guerra y al olivo en tiempos de paz. Esa confusión se debe a que los cambios en del diseño se han producido tras las dos guerras mundiales, pero parece ser que cuando el águila miraba a las flechas, se cambió por una cuestión de tradición heráldica de no señalar a la izquierda lo que es considerado un hecho irrespectuoso.

Y sigamos con el trece. Tras la cabeza del águila, trece rayos de sol en oro, trece nubes en plata y una constelación de trece estrellas. Vuelta a la idea de constelación que ya vimos en este post.

Del pico del águila sale el texto “E Pluribus Unum”, de entre todos, uno. Se refiere tanto al país –de entre todos los estados, una nación-, pero también al propio presidente –de entre todos los ciudadanos, uno-.

Toda la composición es rodeada por 50 estrellas que representan la totalidad de los estados de la Unión, constelación que a su vez está rodeada por un borde en el que se puede leer “Seal of the President of the United States”.

Hoy el uso del sello es casi exclusivo en comunicación y en representación del Presidente. Así, lo vemos en atriles como del que cayó la semana pasada, en el Air Force One y en el Marine One, en la alfombra del Despacho Oval –en este caso, sólo las armas del Presidente, como en su bandera-, y en algunos espacios y usos más.

Los últimos cambios en el sello se produjeron por la inclusión de nuevas estrellas para nuevos estados, pero el diseño se ha mantenido como el actual desde 1960. La reproducción del sello o su venta es algo ilegal. Por ello, en el cine o la televisión o en los productos de merchandising, se modifica su diseño. Si tenéis un pack de dvd de El ala oeste de la Casa Blanca o alguien os ha traído algún souvenir de Washington DC, podréis observar que el diseño difiere en algún punto del original.

Caiga, o no, todos sabemos quién es el presidente de los Estados Unidos. Pero aunque lo hagamos, no está de más simbolizar ese poder con un sello codiciado. La presidencia americana cambió, y con ella el sello: el sello del Presidente de los Estados Unidos.

Anchoas en una biblioteca presidencial

Las declaraciones de Rita Barberá han dado lugar a todo tipo de comentarios y han alimentado decenas de tertulias: ¿está aceptando que Camps recibió regalos al equipararlo con las anchoas que recibió Zapatero de manos del presidente de Cantabria? ¿O la comparación no llega a tanto?

En todo caso, la comparación es muy desafortunada, independientemente de lo que quisiera decir. En el debate ya se ha introducido el primer análisis: la aceptación tácita de una ilegalidad y la defensa del presidente de la Generalitat con un débil argumento. En todo caso, las anchoas cántabras, en tanto que regalo institucional, me dan pie a introducir una costumbre americana.

Al finalizar el mandato de un presidente, la Oficina de Bibliotecas Presidenciales (Office of Presidential Libraries), órgano de los Archivos Nacionales, recopila y sistematiza la documentación y los regalos que un presidente ha recibido para ser archivados y expuestos en las llamadas Presidential Libraries.

No son bibliotecas strictu senso, pero si un espacio donde toda la documentación asociada a un presidente es conservada y puede ser consultada. En la actualidad existen 13 bibliotecas (generalmente en los estados natales de los presidentes) repartidas por todo el país y George W. Bush tendrá la suya construida hacia 2013, con un presupuesto de 200 millones de dólares, en el campus de la Universidad Metodista de Dallas. En ella, por cierto, se contendrá también la pistola de Sadam Hussein, uno de los 40.000 regalos recibidos durante su mandato.

Unas anchoas cántabras no pueden compararse a la pistola de Hussein, como tampoco a unos trajes recibidos por un particular con intereses en la actividad del gobierno de la Generalitat Valenciana. Por mucho que Barberá pretenda hacer pasar ese regalo por institucional.

No sé qué ocurre cuando un cargo público recibe un regalo institucional –más allá de unas perecederas anchoas que bien merecerán ser catadas con un poco de pa amb tomàquet- pero lo que seguro que no conllevan son contrapartidas. Aunque tampoco merezcan un archivo al estilo americano.

No sé hasta qué punto convendría adoptar un sistema como el americano para un problema –el de los regalos institucionales- que nunca hemos tenido. Lo que sí es conveniente es conservar la memoria y la actividad de los presidentes, más tras el fallecimiento de Calvo Sotelo o la enfermedad de Suárez. En Catalunya nuestros expresidentes cuentan con sendos centros de estudios, que mantienen la actividad institucional de estos servidores públicos. Aunque, claro está, nosotros no tendríamos nunca un Air Force One dentro de uno de estos centros.

El Falcon del Presidente

Si preguntamos así, a bote pronto, en una conversación de bar, cómo se llama el avión del presidente de los Estados Unidos, más de uno levantará la voz y exclamará “¡el Air Force One!”. No será porque tengamos una especial predilección a la figura del presidente americano, sino por la influencia del cine y las series norteamericanas. Conocemos mejor el Ala Oeste de la Casa Blanca que La Moncloa.

Quizás por eso somos más vulnerables a una polémica que ha tomado fuerza en esta campaña electoral. Vamos a los antecedentes: el Presidente Zapatero viajó en un avión “Falcon” de las Fuerzas Armadas para asistir a un mitin en Sevilla. Según el PP, esto supone un despilfarro de dinero público y afirma que el Presidente no debe usar un avión de las Fuerzas Armadas para su uso privado.

¿Qué es privado y qué deja de serlo en el ejercicio de un cargo? No es objeto de este post responderlo. Lo que sí vamos a comentar es la esfera simbólica que tiene un Air Force One y la que no tiene un Falcon.
Aunque el Air Force One (que no es un avión, sino cualquier avión que transporte al Presidente, aunque tenga los famosos Boieng 747) y el Falcon tengan sendas unidades militares que se encarguen de su mantenimiento, sirvan para transportar al Presidente, respondan a una serie de medidas de seguridad (¿sabiáis que el Air Force One siempre entra en un aeropuerto con público por el ala izquierda para no dejar al descubierto la zona presidencial?), no tienen el mismo valor para americanos que para españoles.

Para los americanos el Air Force One representa un tentáculo más de lo presidencial. Nadie se atreve a cuestionar su uso y entiende que, esencialmente por motivos de seguridad, el Presidente no puede volar en una línea regular, aunque vaya a un acto privado. Incluso en campaña electoral.

El simbolismo, no sólo del Falcon, sino de todo lo que rodea al Presidente del Gobierno español no es tan potente. No tiene la misma carga para los ciudadanos; es un político. Si bien es cierto que no es Jefe de Estado como sí lo es el de Estados Unidos, su papel es fundamental en la vida institucional del país. Por tanto, su seguridad es tan importante como la de su homólogo americano.

Estas cuestiones encuentran en esta ausencia de valor del trabajo que desempeña un presidente y en la crisis económica el caldo de cultivo perfecto para las críticas que pueden rallar la demagogia. Pasó con Benach, persona que pasa diariamente horas en su coche y que utiliza para trabajar. Y ahora pasa con Zapatero.
Seguramente si el simbolismo de los cargos estuviera más afianzado, a nadie se le ocurriría decir que la presidencia del país malgasta fondos públicos por usar un avión que mantiene seguro al presidente. Como tampoco cuestionaríamos que una persona como Mayor Oreja use su coche oficial y escolta para ir a misa los domingos (todos sabemos de su condición de amenazado por ETA) o que Aznar y Rajoy usaran los mismos Falcon para actos privados.

No sé cómo afectará esto realmente a una campaña que está siendo demasiado extraña. Una campaña sobre Europa que tiene en un avión gestionado por el Grupo 45 del Ejército del Aire, el aborto y las violaciones, los señores de traje a medida y la crisis económica sus pilares. No sé cómo afectará a la campaña, pero sí que va a dañar la imagen del Gobierno en algo que no debería estar en debate.

Quizás debamos ir pensando en pedirle a González-Sinde que vaya redactando un guión para una película que se titule “Falcon One: el avión del presidente”.