Palabras que funcionan: mejor

Cuando el Partido Laborista de Tony Blair se presentó a las elecciones del cambio de 1997, lo hizo usando hasta 23 veces la palabra mejor en su Manifesto. “New Labour because Britain deserves better” fue el eslogan elegido y esa idea mostraba la intención de los Laboristas de hacer un Reino Unido mejor tras casi dos décadas de gobiernos conservadores. Un país mejor. La clave está en el adjetivo: una palabra que funciona.

¿Quién puede negarse a soñar con un país mejor? ¿Quién puede decir no a vivir mejor? Es una palabra que funciona y cuando se usa en política se obtienen resultados favorables. Es como si nuestro cerebro respondiera al estímulo que nos brinda esa palabra.

“Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”. Esta frase nos acompañará toda la vida. Un recuerdo de infancia, una frase de éxito de Manuel Luque, por aquel entonces Director General de Camp, en el anuncio de Colón. Estamos constantemente comparando y cambiando por algo mejor. Por ello, esa cualidad en la oferta debe convencernos.

¿Vale con usarla, sin más? No. Es una palabra con riesgo. Tenemos muy interiorizada la comparación que se establece cuando hablamos de algo que es “mejor”. Así, realmente esperamos que cuando apostamos por algo “mejor”, efectivamente le sea. Por ejemplo, el PSOE de Zapatero no dudó en usar la palabra en su lema electoral en las elecciones de 2004: “Merecemos una España mejor”. Pero, ¿qué ocurre cuando al cabo de los años esa promesa no es tal?

Pero no solo desde el punto de vista racional: las percepciones sobre esas cualidades son básicas. Solo atendiendo a la importancia del entorno podemos entender la etiqueta que Artur Mas ha querido dar a su Gobierno desde que lanzó su candidatura con “el govern dels millors” (el gobierno de los mejores). Sin una sensación generalizada de hastío hacia el gobierno precedente –tal y como mostraron los resultados electorales- no puede entenderse la apuesta por esa diferenciación.

De este modo, la coherencia es el gran aliado de la apuesta por resaltar que se es mejor. La coherencia por una percepción que comparta el electorado y la coherencia por la existencia de un programa político que suponga cualitativamente una mejora respecto a otro. Si no es coherente, la palabra funcionará con fecha de caducidad. Como si de un hechizo se tratara. Ya saben, buscar, comparar y comprar otro mejor…

Rajoy marca el paso

Unir imagen, palabra y mensaje en una misma pieza, no es fácil. Aún menos si el protagonista de la pieza no da excesivamente bien en cámara o tiene problemas en el tono del mensaje. Por ello, cuando el resultado es bueno, su efecto se multiplica. Mariano Rajoy protagonizó una de estas piezas en la convención de su partido.

El vídeo de presentación que rompió el hielo para su discurso de clausura es buena muestra de ello. El concepto es sencillo: Rajoy diserta sobre la importancia de caminar, del paso, del camino… Camina en el vídeo y aparece en el escenario caminando. Idea de movimiento, de partido en marcha, de proyecto que se mueve hacia algún sitio.

Quizás por aquello que “el movimiento se demuestra andando”, el equipo de Rajoy ideó el modo de contar en menos de 100 palabras esa idea de estar en marcha. Analicemos el texto que narra Rajoy.

  • Cada día me levanto temprano para caminar. Hacer algo de ejercicio. Es mi momento de reflexión. Rompe con la imagen de Rajoy como un hombre perezoso y viejo. Hace ejercicio, sencillo, habla de los beneficios del deporte para la mente y cita la meditación, la reflexión. Nos movemos, pero con cabeza, parece decir.
  • Vivimos tiempos difíciles y sé cual es mi responsabilidad. Sé donde estamos y sé a donde hemos de llegar. Marca el contexto de crisis y se reivindica como líder. Tiene algo en mente.
  • Tengo claro que el camino es duro, es difícil. Pero no hay camino largo si la meta merece la pena. Reivindica el valor del objetivo y lo hace con realismo.
  • Porque en España, la gente normal puede hacer cosas extraordinarias. Mensaje al español medio, al ciudadano normal que cada día abre su negocio o acude a su puesto de trabajo.
  • Estamos unidos, preparados. Y con mucha ilusión. Mensaje interno, de partido. Lucha contra la imagen de desunión o de oposición perezosa.
  • Sabemos como hacerlo, y somos capaces. Reivindica un proyecto y la capacidad de acción demostrada en un pasado.
  • Voy a reunirme con mi equipo de confianza. Con mi gente. Explicación del porqué de la Convención de Sevilla.
  • Lo sé. En ellos, puedes confiar. Mensaje al elector, si Rajoy confía, el ciudadano puede hacerlo.

El vídeo juega con imágenes muy interesantes. Rápidas, atractivas, reforzando esa idea de movimiento. Juega con un Rajoy de paisano que pasa a vestirse con el mono de trabajo, en este caso el traje de presidente. Pisa fuerte, tanto a primera hora de la mañana como cuando se dirige al atril. Y ahí entra la imagen más interesante y más subliminal: la luz al final del túnel, como ya hizo Convergència i Unió en las pasadas elecciones catalanas. Un túnel que da paso a la entrada de Rajoy en el escenario, uniendo el vídeo con lo que ocurre en el auditorio.

Un gran trabajo del equipo de comunicación de Rajoy. No será el último. Rajoy afirma estar preparado en el vídeo, y a juzgar por el resultado de la Convención, el equipo de comunicación del candidato también lo está.

Artur Mas no es presidente electo

¿Podemos llamar a Artur Mas presidente electo de Catalunya? Esta reflexión surgía ya la propia noche electoral en espacios como Twitter. Pero por mucho que las fórmulas norteamericanas nos parezcan más o menos atractivas, lo cierto es que, por el momento, Artur Mas será uno de los 135 miembros de la cámara catalana cuando tome posesión de su escaño.

“Mas president, Mas president”. Los asistentes agolpados en el Hotel Majestic repetían a una sola voz este cántico. No ya proyectando, como habían hecho a lo largo de la campaña, sino afirmando lo que será una realidad a finales de mes. Artur Mas será, seguramente, el 129º presidente de la Generalitat de Catalunya. Así, en condicional. Para ello, aún se precisa de un trámite. Y por ello, solo podemos aventurarnos a llamarlo futuro presidente de la Generalitat.

Futuro presidente, presidente electo… pequeñas diferencias, casi imperceptibles en su significado para el ciudadano de a pie pero que, como toda palabra, no puede despegarse de sus importantes matices. Artur Mas, pero también José Luis Rodríguez Zapatero o cualquiera de los presidentes de comunidades autónomas solo son elegidos presidentes por sus respectivas cámaras. La sesión de investidura les convierte el presidentes y lo son oficialmente desde el momento en que el BOE y los diarios oficiales de cada comunidad publican su nombramiento.

Eso es así porque, a diferencia de regimenes presidenciales como el de Estados Unidos, la ciudadanía no elige directamente a su presidente. Aunque en ese mismo país los ciudadanos eligen a un colegio electoral que nombrará al presidente, es una elección de un candidato u otro. Así, Barack Obama fue designado presidente electo desde la noche del 4 de noviembre hasta que juró el cargo en la escalinata del Capitolio en Washington D.C.

El término president-elect se usa de este modo, aunque no siempre ha sido así. Se solía designar al presidente de ese modo cuando el colegio electoral lo había elegido formalmente y hasta su toma de posesión, pero la práctica se impuso. En sistemas parlamentarios como el británico, por ejemplo, tampoco existe la denominación de primer ministro electo. Resulta forzado, ya que es el jefe del Estado quien lo designa. Así, Prime Minister-designate, Prime Minister-in-waiting o incoming Prime Minister son términos usados similares al lacónico “futuro presidente”.

Hasta su investidura, seguiremos escuchando ese efectivo apelativo. Ni en 2003 ni en 2006 la etiqueta tomó tanto sentido. Pero es, precisamente, la naturaleza de nuestro sistema político la que nos lleva a tener cuidado con las etiquetas. Los trámites parlamentarios están para las duras y para las maduras. Mas tiene la lección aprendida.

Aquí no paga ni Dios… será catalán. Votos y tópicos en campaña

Al llegar a Madrid descubrí dos cosas. La primera, que tenía –o mejor dicho, tengo- acento catalán. La segunda, que además de polaco, era un gafapasta catalán. ¡Y yo sin conocer este genial modo de definir a los modernos de Barcelona que campan por Madrid! Compartir mesa con una gallega. Maloserá. Y una auténtica gata con raíces en Navalcarnero. Más de un valenciano campa por la oficina y discutir sobre nación, soberanía e independencia con un granadino tiene su qué. Eso sí, con una caña en la mano. ¿Tópicos? Unos cuantos. ¿Y qué?

Hay dos maneras de tener en cuenta esos tópicos cuando los queremos usar en comunicación. Es arriesgado hacerlo. Con ellos, se rasga algo de los sentimientos de muchos. Será por eso de haber nacido en una familia charnega y de botiguers (que mezcla más buena) que siempre he creído que su uso no es lo más recomendado para hacer llegar un mensaje. El que los usa acaba generando el efecto contrario. Sí, los adeptos lo aplaudirán, pero el resto lo verá con desprecio.

“Tenemos la Agencia Tributaria instalada en Cataluña. Y mientras tanto, Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga ni Dios”. Con esta frase, el candidato de Esquerra Joan Puigcercós quitaba el polvo al mito del andaluz vago y subvencionado. Es la magia del uso del lenguaje: por mucho que la matización a las declaraciones del mitin en La Seu d’Urgell vengan acompañadas de datos que puedan, en cierto modo, justificar lo dicho; la parte emocional del mensaje ya ha hecho su trabajo.

El riesgo viene, precisamente, en las consecuencias incontrolables de lanzar un mensaje que depende del grosor de la piel de quien lo recibe. Parte de su electorado apoyará sus declaraciones. Otra lo reprobará. Pero otra gran parte del electorado, el que puede apoyar a su socio de gobierno, puede movilizarse. Por un exceso verbal. Aunque también por un exceso verbal, Puigcercós debe haber subido algunos puntos en su nivel de conocimiento por parte de los ciudadanos. Si el 15,5% de los catalanes no lo conocía hace unos días, seguro que ahora lo hace. Para bien o para mal.

Aunque para ser justos, deberíamos tirar de hemeroteca y observar como el despertar de los tópicos no es un caso único de Puigcercós o del nacionalismo catalán –como algunos intentan hacer-. Sin ir más lejos, el ex presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra soltó lindezas sobre eso de que los catalanes somos agarrados. Llegó a acusar a Maragall de no querer pagar una invitación y pidió a su colega de partido que, respecto a la financiación autonómica, se metiera “los cuartos donde les quepa” o “Quizá Maragall está acostumbrado a negociar siempre pidiendo la peseta y ha pensado que él le pediría al ministro pantanos, presas y encauzamientos y al tiempo le pediría algo más”. Sin olvidar que en la campaña electoral de 2003 habló de catalanes de primera y de segunda… a cuenta de su origen.

Aunque quizás lo más sonado vino de un concejal de ICV en Torredembarra publicó en su blog un montaje en el que pedía a los catalanes que apadrinaran a un niño extremeño para denunciar el déficit fiscal que las balanzas, publicadas en su día por el Ministerio de Economía y Hacienda, ponían de manifiesto.

El riesgo existe, pero se puede construir algo potente a cuenta de los tópicos. Gadis, una cadena gallega de supermercados, ha sabido construir su imagen de marca a través de todo lo que envuelve el hecho de ser gallego. Lo bueno, y lo malo. Sus anuncios son más que conocidos en Galicia y acaban de presentar el spot de este año. ¿Quién no quiere ser supergallego?

Aunque no vaya de mitos, sino de sensaciones, Cruzcampo y Damm son el ejemplo de cómo dos cerveceras buscan la identificación con el territorio. La magia de Andalucía y la cálida naturalidad del Mediterráneo.

Del extremo de la declaración incendiaria al publirreportaje con todo lo bueno de un territorio, el camino intermedio está en el humor y en el tratamiento de los tópicos sin complejos. Los asturianos de Litoral se atrevieron con catalanes, vascos y madrileños. Alta tensión. Y su campaña publicitaria no les quedó nada mal. Poner a uno catalanes en Montserrat a cortar troncos o a unos vascos a bailar chotis solo podía superarse con unos madrileños haciendo castells.

El discurso de Charles de Gaulle el 18 de junio de 1940

El 18 de junio de 1940, el joven y recién ascendido a general, Charles de Gaulle, se dirigió a Francia desde su exilio en Londres. Había llegado un día antes y gracias a la intervención de Churchill, primer ministro británico, pudo decir al pueblo francés que Francia no estaba aún derrotada, pese al armisticio del gobierno colaboracionista de Pétain. Las palabras que cambiaron la historia tomaron cuerpo en un breve pero intenso discurso:

Los líderes que, desde hace muchos años, están a la cabeza de los ejércitos franceses, han formado un gobierno. Este gobierno alegando la derrota de nuestros ejércitos, se ha puesto en contacto con el enemigo para el cese de las hostilidades.

Es cierto que hemos sido y seguimos estando sumergidos por la fuerza mecánica terrestre y aérea al enemigo. Infinitamente más que su número, son los carros, los aviones y la táctica de los alemanes, los que nos hacen retroceder. Son los carros, los aviones y la táctica de los alemanes, los que han sorprendido a nuestros líderes hasta el punto de llevarle a donde ahora se encuentran.

Pero ¿se ha dicho la última palabra? ¿Debe perderse la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡No!

Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria.

¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! ¡No está sola! Tiene un vasto imperio tras ella. Puede formar un bloque con el Imperio británico que domina los mares y continua la lucha. Puede, como Inglaterra, utilizar ilimitadamente la inmensa industria de Estados Unidos.

Esta guerra no está limitada al desdichado territorio de nuestro país. Esta guerra no ha quedado decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todas las faltas, todos los retrasos, todos los padecimientos no impiden que existan, en el universo, todos los medios para aplastar un día a nuestros enemigos. Fulminados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro por una fuerza mecánica superior: va en ello el destino del mundo.

Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará.

Ni Zapatero es Roosevelt ni Sarkozy, De Gaulle. No obstante, en el Elíseo han sabido encontrar en la conmemoración del 70º aniversario del famoso discurso del general De Gaulle una oportunidad para hacer frente a la crisis económica… al menos a nivel discursivo.

Si el “Appel du 18 juin” del presidente fue un momento cumbre en la política francesa, si ese discurso dio entidad al que posteriormente sería presidente de la República y dio cuerpo al propio relato de Francia; no es inteligente prescindir de lo que, 70 años más tarde, puede aportar el General –su discurso- al ánimo general del país.

Ante ello, la pregunta parece clara: ¿a quién puede desempolvar Zapatero? ¿A qué líder podemos remitirnos? ¿A qué punto de resistencia y unidad puede referirse el Gobierno? Ahí nuestra historia nos vuelve a poner en nuestro sitio. Aunque sea una exageración y no represente a lo que opinan realmente los españoles, no es extraño escuchar en airadas conversaciones eso de “esto con Franco no pasaba”. O “todos los políticos son unos chorizos, necesitamos un dictador”. Calentones del momento, sin duda. Pero ahí están.

Y la historia nos devuelve a nuestro lugar por la ausencia de esas figuras que encarnen la lucha democrática. Corrijo, no es ausencia: porque las tenemos. Es olvido, indiferencia. Que recordemos antes las frases lapidarias de Roosevelt –sólo debemos tener miedo del propio miedo-, Kennedy –no preguntes lo que tu país puede hacer por ti: pregúntate qué puedes hacer tú por tu país– o al propio De Gaulle –la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará-.

Los grandes líderes trascienden a su tiempo. Siguen inspirando a generaciones futuras. El discurso inaugural de Obama era un reconocimiento a Lincoln, Roosevelt, Kennedy y Clinton. ¿A quién reconocía Aznar? ¿A quién lo hacía Zapatero? No lo harán de Companys, que tiene en una de sus citas más famosas el canto a la resistencia que esta crisis exige: “Volveremos a luchar, volveremos a sufrir y volveremos a vencer”.

Palabras que funcionan: Dragon Khan

Los que me conocen saben que alto, lo que se dice alto, no soy. De hecho, cuando en 1995 se inauguró el parque temático Port Aventura, no pude subir a su atracción estrella, el Dragon Khan. Quizás por ello, cuando conseguí superar la barrera del metro y cuarenta centímetros, disfruté de sus ocho vueltas de campana como nadie. Poco podía imaginar que, la primera vez que sobreviví a la montaña rusa, el nombre de esa atracción tendría algo que ver con la comunicación política.

A veces, poner la vista atrás, te vas dando cuenta que en realidad lo tuyo es vocacional. Que conservas en la memoria una imagen muy preciada de la comunicación política en Catalunya. Y conversando con un amigo, esa imagen explota en algún resorte de la memoria: la inauguración de la atracción por parte de Jordi Pujol. El president no dudó en subir y sufrir los loopings el 1 de mayo de 1995. Lo hizo junto a su esposa y el ministro de comercio y TV3 conserva en sus archivos el momento.

Esas imágenes son una gran lección, tanto de las cualidades que debe proyectar un buen líder como de las dificultades de gestionar una situación así. Creo que puedo imaginar las discusiones en el gabinete del president sobre la idoneidad de subirle a la montaña rusa. Y la cuestión no era para menos: ¿y si el president de mareaba? ¿Y si alguien vomitaba y deslucía la inauguración? ¿Y si una mala experiencia arruinaba la atracción? El momento fue un éxito y Pujol mostró algo tan propio en su carácter: cercanía y valentía. De hecho, no todos los políticos se han atrevido con ella

Tras 15 años, esa montaña rusa es un referente: 30 millones de visitantes, de los cuales muchos catalanes, han sentido la adrenalina desde sus vagones. Es un referente del ocio. Una experiencia vivida por muchos y comprensible para muchos. Por ello, cuando el primer gobierno tripartito mostró su inestabilidad, la comparación con la atracción fue un éxito de comunicación.

Un éxito porque era capaz de describir la realidad política con una experiencia palpable. No era necesario entrar en valoraciones, matices o detalles sobre si lo que se decía  del gobierno o la política era cierto: la comparación ya llevaba una potente connotación. Era un Dragon Khan. Una palabra, o mejor, una combinación de palabras, que funciona.

Foto de tico24.

Palabras que funcionan: la caverna de Laporta

Hace unos días comentábamos el efecto que podrían tener en su futuro político las extravagancias del presidente del Barça, Joan Laporta. En aquella ocasión, observábamos como para una parte muy significativa de la prensa española, Laporta se había convertido en la nueva diana del independentismo catalán a quién dirigir todos los ataques. Ante ello, Laporta tiene su palabra que funciona, su expresión que le sirve para contestar a las acusaciones y ganarse apoyos entre sus seguidores: la caverna.

Para Laporta, pero también para una parte significativa del independentismo y catalanismo, por caverna entienden a los medios y opinadores españoles que dirigen ataques demagógicos, exacerbados y faltos de fundamento contra todo lo que se aleje de su visión de España. La caverna es, precisamente, uno de los causantes del aumento del independentismo en Catalunya. Aquellos a quien se les presupone la profesionalidad en su trabajo pero que, por contra, ofrecen a su público una pobre visión de la realidad. Una visión mezclada con un propio fanatismo muy próximo al que critican.

Esa caverna a la que elude Laporta es su carta de justificación. ¿Que alguien osa criticarle por mezclar política y deportes? La culpa es de la caverna. ¿Que alguien se pregunta por qué monopoliza la victoria contra el Madrid con su esperpéntica celebración malgastando en pocos minutos un centenar largo de euros en champagne? La culpa es de la caverna.

A Laporta le funciona. Pero tampoco le va mal a esa caverna formada por Losantos, Vidal, Curry Valenzuela o Isabel San Sebastián. No les va nada mal cuando pueden llamar nazis a los catalanes y mil barbaridades más sin que pierdan ni un espectador. Ya se sabe, en este país nos va la marcha…

El impuesto de la muerte

CiU no conseguirá suprimir el impuesto de sucesiones hasta que gobierne… o hasta que consiga cambiar el marco conceptual de muchos ciudadanos que expresen mayoritariamente su deseo de acabar con este impuesto. Y quizás dotarse de una estrategia un poco menos contradictoria.

Es evidente que hay una cuestión ideológica de fondo que no se puede atajar sólo con una estrategia de comunicación, pero la experiencia americana es muy clara al respecto. La población a favor de eliminar el impuesto de sucesiones no era el mismo que quién quería terminar con el impuesto de la muerte. Más del 70% estaban a favor de este último, muchos más que en opciones similares a la primera. ¿Por qué hay un cambio tan grande respecto al mismo concepto?

La explicación es los conceptos que evoca una palabra. El marco en el que se desenvuelve. Y eso es básico. Cuándo hablamos de muerte, pensamos en alguna experiencia personal, en el entierro, el funeral, los trámites. En el dolor, el desconsuelo. El negro del luto. ¿Quién no quiere suprimir un impuesto que se asocia a algo tan doloroso?

El término deja de ser neutral y, de golpe, desaparece la imagen de señores del tipo Millet celebrando la supresión de un impuesto para todos los patrimonios, incluido el de los súper ricos.

El debate en el Parlament de ayer –uno de los más vibrantes de los últimos acontecidos-, CiU no usó una aproximación de este tipo. El concepto empieza a aparecer en algunos comentarios en medios y blogs, pero el mensaje político sigue fijado en términos clásicos. Y las fuerzas de izquierda las rebaten de un modo más próximo y emocional, con una apelación directa: si suprimimos el impuesto, ¿de dónde sacamos los 800 millones de euros que faltaran en el presupuesto? ¿Cómo dejamos de construir hospitales y escuelas para que unos señores con millones dejen de pagar un impuesto? Es simplificado, lo sé, pero es lo que muchos ciudadanos pueden creer.

El lenguaje es fundamental, hay que elegir bien cada palabra. Sobretodo si luego se incluyen estrategias distorsionadoras. Si el impuesto es una competencia autonómica, ¿por qué CiU llevó el tema al Congreso? ¿No ha introducido ruido en un debate que, queramos o no, es básicamente emocional?

Palabras que funcionan: desorden

¿Cómo conseguimos reflejar en una palabra que la gestión de nuestro adversario político es un auténtico desastre? ¿Cómo podemos hacer que esa palabra funcione especialmente en España? Por lo pronto, emulando al presidente Aznar.

Aznar es un experto en conseguir plasmar en un par de palabras el sentir general, dar fuerza a lo que muchos consideran verdades como puños y, aunque la mitad del país se mofe de ello, conseguir que los suyos lo defiendan con uñas y dientes y que muchos indecisos acaben concediéndole la razón.

“España va bien”, “¡Váyase señor González!”, etc. son algunos ejemplos, pero el último va camino de convertirse en una palabra ganadora. En una palabra que funciona: desorden.

El desorden es algo que no gusta. Nuestra infancia y adolescencia ha estado acompañada en todo momento de este marco: tu habitación no puede estar desordenada, porque si lo está vienen los castigos y te quedas sin cine con ese chico o chica especial. Si hay desorden, no encuentras los deberes, pierdes la cartera o acabas tirando las llaves de casa a la basura. Sin orden no se puede vivir.

Así que al inferir ese concepto tan básico a la política, el resultado es asombroso. Si estamos en un contexto de desorden, no podemos salir de la crisis. Si este desorden viene por culpa de las autonomías, la crisis es culpa de ellas y, entonces, hay que reforzar al Estado que es quién puede poner orden. El reflejo de un modo de entender España en una sola frase. Vean como se expresa Aznar:

“hay una evidente sensación de desorden. El pacto de la Transición no consistió en el aplazamiento de la ruptura, sino que fue la expresión de una política intregradora. Y reabrir el modelo de Estado ha sido uno de los mayores errores que se han cometido”.

“Nadie puede defender seriamente que las comunidades estaban diseñadas para abrir embajadas, para prohibir la enseñanza de la lengua común, para cambiar derechos individuales por derechos territoriales, para volver a los privilegios o para confundir derecho a la diferencia con la diferencia de derechos. Si están en eso, la responsabilidad nacional es corregirlo.”

Desorden funciona porque además de apelar a algo que todos podemos entender, da pie a una solución. Si te acuso de desorden, yo soy el ordenado. Así que no solo propicia un golpe al adversario por la acusación, sino que le da otra estocada con el planteamiento de una alternativa.

Foto original

Palabras que funcionan: improvisación

Acusar a tu adversario político de improvisar, y que la gente tenga la misma percepción que tu, es uno de los mejores escenarios que puedas desear. La improvisación es a la política lo que las nubes son a un día de playa.

Improvisar en política supone poner de relieve la falta de estrategia, de reflexión en las decisiones que se toman y, por tanto, de todos los datos que deben recopilarse antes de tomar una decisión. O sea, fallar en el principal cometido de un gobierno, gestionar los problemas y aportar soluciones.

Por ello, cuando la oposición usa de forma intensiva esa idea, si la realidad acompaña, los resultados pueden ser muy claros. Porque a veces las políticas pueden salir mejor o peor, pero si los ciudadanos creen que se ha hecho lo que se ha podido no caerán en la idea que los resultados negativos son por culpa del trabajo, si no del contexto.

El poder de la palabra es su capacidad de evocarnos experiencias propias. ¿Quién no se ha presentado a un examen sin casi haber estudiado y ha confiado en su capacidad de improvisar ante un folio en blanco? ¿Y esa presentación en una clase, tu jefe o ante un cliente a la espera de que algún recurso funcione? Y sí, todos sabemos qué resultados suele tener una improvisación.

Por ello, no es extraño que el PSOE lo tenga tan crudo ante la gestión de la crisis económica. Para muchos ciudadanos, esta está siendo la legislatura de la improvisación, desde el anuncio de la retirada de Kosovo al propio Plan E. No digo que sea cierto, pero esa es la concepción para muchos. Y el último caballo de Troya para los socialistas ha sido la ayuda de los 420€ a parados, una acción que no puede recibir las críticas frontales de la oposición (en este contexto, es difícil defender que no se ayude a quien lo necesita), pero que está siendo percibida como un gran parche.

Cuando no se pueden rentabilizar las acciones de una decisión política, el problema es grande. Y si esta victoria de tus adversarios se hace a través de una palabra que funciona, el efecto puede ser demoledor.

Con esta palabra, inauguro una nueva categoría de este blog, con las palabras que funcionan, inspirado en el libro de Frank Lutz “Words that Work. It’s not what you say it’s what people hear”. Próximamente, más palabras que funcionan.