La vida sigue igual

Nunca pensé que para hablar del mayor recorte de la historia de España, pudiera hacerlo citando a Julio Iglesias. Nunca. Pero al final, las obras quedan, las gentes se van. Y la vida sigue igual. Pero solo para algunos. No seguirá igual para esa clase media que está en vías de extinción. Ni seguirá igual para millones de desempleados. Ni seguirá igual para los millones de españoles que hacen malabares para llegar a fin de mes. Para los políticos, de ambas bancadas sí. Para ellos, la vida sigue igual.

Sin coherencia, no somos nada en esta vida. En el fondo, cuando buscamos el equilibrio en nuestras vidas, buscamos llegar a ese punto en que es coherente. Acompasar nuestras creencias con nuestras acciones. Lo que decimos, y lo que hacemos. Lo que sentimos, y lo que vivimos. Lo que hacemos con cómo lo hacemos. A eso se dedican miles de coaches, psicoanalistas y consultores.

La ministra italiana Elsa Fornero lloró cuando anunció a los medios los recortes que, un recién formado gobierno tecnócrata, había aprobado en Italia. Rajoy sale a hombros del Congreso, vitoreado y aplaudido por sus fieles diputados, tras anunciar un recorte de 65.000 millones de euros. Recortes que afectarán a desempleados, a funcionarios, al ciudadano de a pie. Al que paga sus impuestos religiosamente. Al que cumple con sus obligaciones. Al que, si tiene trabajo, cotiza como el que más.

Rajoy, el mismo que tras comparecer a regañadientes ante los medios tras el anuncio del rescate (incluya aquí el término en neolengua que quiera para negar la mayor, si le molesta el término rescate), se fue al fútbol porque “todo está solucionao”, el de la foto celebrando el gol de la Selección; aún no ha encontrado la coherencia. Ni la busca.

Ese es uno de los muchos males de la ya malograda política española. Porque no es solo Rajoy el que no es coherente con los brutales esfuerzos que pide a los ya ahogados ciudadanos; su oposición tampoco lo es.

El presidente acaba de anunciar el aumento del IVA, del 18 al 21% y del 8% al 10%. Miles de personas ya están removiendo las hemerotecas para mostrar los cientos de declaraciones de miembros del Partido Popular tras la subida del mismo impuesto que hizo el PSOE en la anterior legislatura. Y empezará el “y tu más”. Y no pasará nada. Volveremos a ver las imágenes de Esperanza Aguirre cuando montó la campaña de firmas contra esa subida. Y no pasará nada.

No pasará nada porque el PSOE se aferra a hacer oposición a golpe de hemeroteca. Y se hunde en las encuestas. No pasará nada porque el pasado no mueve votos. Ni provoca cambios. Y aunque muestre la incoherencia, parece que no la pedimos a nuestros gobernantes.

Rajoy está gobernando haciendo todo lo contrario a lo que prometió en campaña. Todo. Gobernando contra lo que dijo él y sus ministros semanas, días… incluso horas atrás. Pero no pasa nada. Porque para ellos, los políticos psicópatas, los que viven alejados de lo que pasa a pie de calle, la vida sigue igual. Y así nos va.

Gangrena comunicativa

Gangrena. Putrefacción. Del griego γάγγραινα. La muerte de células de la piel que lleva a la pérdida del tejido. Ese es el proceso que vive el aparato de comunicación del gobierno de Mariano Rajoy. En las últimas horas, más carne ha muerto por su falta de visión.

Cada vez que Mariano Rajoy ha huído, ha evitado responder o se ha escondido, su credibilidad se ha minado. En un tiempo récord, Rajoy parece haber evitado el síndrome de La Moncloa para iniciar un proceso cavernático -que no tiene nada que ver con la caverna mediática, que sigue lanzando capotes incomprensibles ante el momento más duro de la reciente historia española- hacia lo absurdo. Como si de un personaje de Los Otros se tratara. No quiere salir a la luz del sol. Se siente seguro a resguardo. Roza lo ridículo al huir de la prensa.

Esa gangrena amenaza a la propia democracia. Un presidente que se niega a responder a la prensa es un presidente sin autoridad moral. Es un presidente cobarde. Jorge Cachinero lo expresa a la perfección: “los cobardes son gente peligrosa”. Rajoy, acaba de dar su primera rueda de prensa en solitario en seis meses. Lo ha hecho obligado por una presión sin precedentes. El presidente, en el momento más grave para la economía española de los últimos 30 años quería esconderse. Quería evitar dar explicaciones a los medios y a los españoles. Esa actitud condena a la democracia.

Ha comparecido. Lo ha hecho tarde y mal. Sumando más carne muerta a esa putrefacción general. Algo huele a podrido en Moncloa. Un hedor insoportable. El mismo que no pone orden a las contradicciones de sus ministros. El mismo hedor que se siente cuando un ministro, Soria, es capaz de negar el rescate dos horas antes de que De Guindos lo anuncie. El mismo hedor que llega cuando no se baraja la opción de dejar a De Guindos los detalles de la reunión del Eurogrupo, que para algo era él el que estaba ahí, y programar claramente un mensaje de fuerza y optimismo por parte del presidente del Gobierno. El patrón de la nave.

En 25 minutos. Tono agresivo. Incluso soberbio. Con una auténtica metáfora visual: una iluminación que languidecía al avanzar la comparecencia. Una metáfora de lo que ha sido, una oportunidad para crear auténtica confianza. Y digo auténtica porque el relato que está barajando el Gobierno tiene sus retos. El rescate –que no se llama así– es un triunfo. Algo muy bueno que no tendrá efectos para nadie. Que no afectará al déficit. Que los bancos devolverán religiosamente. No tardarán en justificar recortes en base a “lo que pasó ayer”.

Ha anunciado que va a ir al futbol -el partido de la selección española- porque tiene que ir. Es donde debe estar. Aunque se pierda a Nadal. Muchos creen que donde debía estar era dando explicaciones ayer. El día del rescate o llámalo x. Porque el presidente no ha querido entrar en debates nominalistas. La palabra lo es todo. Aunque Rajoy olvida que “it’s not what you say, it’s what people hear”.

Lo tenía todo a su favor. Una herencia nefasta. La peor crisis financiera de la historia. Una mayoría absolutísima. Incluso si hablamos del rescate. Pero ha dilapidado todo ese capital. Se ha cargado toda su credibilidad. Lo que empezó como un goteo de errores comunicativos al iniciar su mandato se ha convertido en gangrena comunicativa. Y, tras ver la primera rueda de prensa en seis meses, obligado, no parece que vaya a cambiar.

Mariano Rajoy no es presidente electo

¿Podemos llamar a Mariano Rajoy presidente electo de España Por mucho que las fórmulas norteamericanas nos parezcan más o menos atractivas, lo cierto es que, por el momento, Mariano Rajoy será uno de los 350 miembros del Congreso de los Diputados cuando tome posesión de su escaño.

Futuro presidente, presidente electo… pequeñas diferencias, casi imperceptibles en su significado para el ciudadano de a pie pero que, como toda palabra, no puede despegarse de sus importantes matices. Mariano Rajoy, como cualquiera de los presidentes de comunidades autónomas solo son elegidos presidentes por sus respectivas cámaras. La sesión de investidura les convierte el presidentes y lo son oficialmente desde el momento en que el BOE y los diarios oficiales de cada comunidad publican su nombramiento.

Eso es así porque, a diferencia de regimenes presidenciales como el de Estados Unidos, la ciudadanía no elige directamente a su presidente. Aunque en ese mismo país los ciudadanos eligen a un colegio electoral que nombrará al presidente, es una elección de un candidato u otro. Así, Barack Obama fue designado presidente electo desde la noche del 4 de noviembre hasta que juró el cargo en la escalinata del Capitolio en Washington D.C.

El término president-elect se usa de este modo, aunque no siempre ha sido así. Se solía designar al presidente de ese modo cuando el colegio electoral lo había elegido formalmente y hasta su toma de posesión, pero la práctica se impuso. En sistemas parlamentarios como el británico, por ejemplo, tampoco existe la denominación de primer ministro electo. Resulta forzado, ya que es el jefe del Estado quien lo designa. Así, Prime Minister-designate, Prime Minister-in-waiting o incoming Prime Minister son términos usados similares al lacónico “futuro presidente”.

Hasta su investidura, seguiremos escuchando ese efectivo apelativo.  Es, precisamente, la naturaleza de nuestro sistema político la que nos lleva a tener cuidado con las etiquetas. Los trámites parlamentarios están para las duras y para las maduras.

 

Adaptación del post “Artur Mas no es presidente electo” publicado en 2010.

Los peligros de la única historia

“Una única historia crea estereotipos. Y el problema de los estereotipos no es que sean falsos, es que son incompletos.” ¡Qué razón tiene Chimamanda Adichie! Estamos rodeados de únicas historias. Son fáciles, cómodas. En un mundo complejo, la complejidad es costosa. Pero la reducción nos lleva a visiones incompletas. Y peligrosas.

Chimamanda Adichie es una escritora africana de éxito. Una mujer nigeriana que ha vivido en su piel como una única historia sobre África determina la visión que tiene la gente de ella sin apenas conocerla. “Mi compañera de habitación en la universidad norteamericana sentía pena por mi antes de conocerme”. ¿Cuántos ámbitos de nuestra vida están regidos por únicas historias que determinan la interpretación de lo que nos rodea? Demasiados.

La comunicación tiene mucho de eso. Intentar contar únicas historias, que sean fáciles de consumir y de digerir. De pasar realidades complejas, llenas de matices, de grises, por un colador chino para dejar una única historia sin impurezas. Agradable al paladar, pero sin explosión de sabores.

Adichie da en el clavo. No solo la única historia nos pone en guardia. No solo esa única historia nos predispone a entender, abrazar, denostar u odiar un concepto, un país, una idea, una persona; el orden de la historia también nos marca el camino.

Así, juntando el orden y la historia, podemos comprender la debilidad de muchos argumentos. Podemos entender porque hay sacrificios que se hacen sin chistar y otros que encienden la indignación popular. Porque aceptamos, sin más, nuevo lenguaje como “copago”. O porque los discursos xenófobos sobre la inmigración, como el que representa el Partido Popular con Albiol a la cabeza, son aceptados con un espeso silencio.

No hay nunca una única historia. Y tenerlas todas, como dice Adichie, sería el paraíso.

El tamaño importa

Parece que el tamaño importa. En las nubes de tags, sin ir más lejos, donde la repetición de un concepto hace crecer su cuerpo. Si una idea tiene más o menos peso según su tamaño, las prioridades del Partido Popular quedan claras: mucho empleo y poca educación.

La realidad es tan compleja que necesitamos representarla para entenderla. Por eso las infografías son tan útiles. Representan temas complejos de manera que podamos entenderlo observando, por ejemplo, un gráfico. La representación nos ayuda a comprender. Y no es un arte fácil. Para muestra, el vídeo de la reciente convención del Partido Popular en Málaga.

En apenas un minuto, 15 personas -5 hombres y 10 mujeres- sostienen 13 mensajes en unas cartulinas. Los 13 mensajes del Partido Popular en esta precampaña. Empleo, pensiones, educación, administración, vivienda, la clase política… los temas se suceden mientras esas 15 personas levantan sus carteles.

Un vídeo de estas características es lo más parecido a una infografía en movimiento. A querer poner carne y hueso a los grupos target a los que se dirige una campaña. Y a querer poner por escrito las propuestas que deben hacer la diferencia con los competidores.

Y ahí es donde volvemos al tamaño. Esa infografía en movimiento no da a todos los mensajes la misma importancia según el tamaño. Si identificamos lo grande como lo más importante, la prioridad del Partido Popular es el empleo -que tiene tres mensajes con carteles muy grandes- y lo menos importante, la educación o que los políticos no engañen, ambos con carteles pequeños. Si el tamaño importa, quedan claros los temas que importan -y los que no- para el Partido Popular.

Cambio, esperanza y los conceptos clásicos de la campaña en positivo

“Empieza el cambio”. Así inicia el Partido Popular la campaña electoral para asaltar la Moncloa el próximo 20 de noviembre. El eslogan de precampaña, copiado del usado por Convergència i Unió en las pasadas elecciones catalanas, busca un clásico en las campañas electorales: construir y proyectar elementos positivos. Mover el marco y fijarlo en una idea esencial: algo va a cambiar. No son los primeros. Ni serán los últimos.

Clausewitz, el estratega militar prusiano que es uno de los autores más citados y estudiados desde el mundo castrense a Wall Street, defendía que en la guerra es más difícil construir que destruir. Defender que atacar. El mejor ataque es, para el prusiano, la propia defensa. Por ello, aunque la política del miedo sea quizás más fácil de enarbolar –una cosa bien distinta es valorar su efectividad según los casos- la política en positivo precisa de más elementos para su éxito: el entorno, el mensaje y el candidato.

Antes de plantear una campaña electoral en tono positivo es necesario atender al contexto político, social y económico en el que se va a desarrollar la campaña. En momentos de crisis, con una corriente de pesimismo, se deben calibrar muy bien los pasos a dar para no ser percibido como un proyecto frívolo o alejado de la realidad. Las encuestas nos aportan información sobre el sentir de la sociedad: ¿son optimistas sobre su futuro? ¿Creen que el país necesita un cambio? ¿Creen que alguien puede solucionar sus problemas? La campaña del PP o antes la de CiU muestran esa reflexión.

Atendiendo a este contexto, el mensaje debe ser lo suficientemente alentador como para sintonizar con él. En general, la política en positivo suele construirse alrededor de conceptos como el cambio, el progreso, la prosperidad o la esperanza. Las apelaciones al futuro también tienen un espacio muy considerable.

De hecho, 7 de los 24 eslóganes usados por los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos de ambos partidos han apelado a estos valores desde 1952 (como muestra Luntz en “Words that work: It ‘s not what you say, it’ s what people hear”). Del “A Leader, for a Change” de Jimmy Carter al “America needs a Change” de Mondale. Sin olvidar el famoso “Hope for the change we need” de Barack Obama. Obama supo dar significado a la palabra “Change” y la conjugó con un aliado inseparable “Hope”. Estos conceptos parecen ser talismanes, catalizadores de la voluntad existente, por ello es tan necesario saber leer bien el sentir general de la ciudadanía.

En España, ha sido tradicionalmente el PSOE quién ha hecho uso de este tipo de conceptos, incluso al plantear campañas de reelección. Si en 1982 González llegó a la presidencia con un escueto, pero lleno de significado “Por el cambio”, en 1989 llegó a defender “El cambio del cambio”. “La España en positivo” de 1996 o “Por el buen camino” de 1986 son otros ejemplos del uso de eslóganes en positivo que marcan esa concepción del modo de hacer campañas de los socialistas españoles.

La personalidad del candidato y las percepciones que genere son también esenciales para entender una política en positivo. Hay líderes que, bien por su experiencia personal y política o por su propia personalidad, tienden a evocar emociones negativas. Rajoy, con sus datos de baja valoración es ejemplo de ello. En cambio, algunos parecen dotados para desplegar al máximo esa política en positivo. No es extraño que a la vista de esto, los presidentes norteamericanos más recordados y admirados del siglo XX sean líderes que supieron inspirar a su generación y a las venideras con una mezcla casi perfecta de firmeza y esperanza. Teddy Roosevelt, Franklin Delano Roosevelt, John Fritzgerald Kennedy, Ronald Reagan o Bill Clinton supieron dar con un mensaje de cambio y esperanza en momentos difíciles, emocionando al electorado y con discursos positivos.

La idea de futuro, progreso y prosperidad es encarnada por estos líderes es el revulsivo de su mensaje. Franklin D. Roosevelt consiguió superar la peor crisis financiera del siglo XX con su New Deal cargado de esperanza –tal y cómo hemos visto, acuñó la famosa frase de “a lo único que debemos temer es al miedo”-. JFK puso una nueva frontera hacia el futuro. Reagan y Clinton supieron dar un empuje a la rica sociedad civil para renacer tras años de crisis en el liderazgo americano a nivel político y económico. Pero todos ellos supieron tender un puente al futuro. La política en positivo piensa en el futuro, no en el pasado, y supera los miedos y reticencias del presente. Felipe González fue uno de estos líderes, encarnando el cambio durante su presidencia y con constantes apelaciones al futuro. Así, durante la campaña de 1982 no dudó en cerrarla de este modo:

“Si hay un pasado que fue de ellos, el futuro es nuestro, de nuestra libertad consciente. El futuro es de la mayoría que quiere el cambio. Adelante. Conquistaremos el futuro en paz. Conquistaremos en libertad. Dejemos a nuestros hijos una España mejor, con el esfuerzo solidario de todos. Adelante y a ganar. España y el futuro es nuestro”.

En Génova saben que tienen el camino allanado para ese asalto a la presidencia del Gobierno. Precisamente por ello, el back to the basics es una apuesta segura. Poco arriesgada. No innova en los conceptos ni mucho menos en el eslogan, pero esa apuesta segura muestra el deseo de no querer hacer de la campaña un elemento de riesgo. La niña de Rajoy costó disgustos en su momento. El cambio empieza por no caer en errores pasados.

 

Muy recomendable el post de Xavier Peytibí “Empieza el cambio, el eslogan”

En el fondo, la fortaleza de Rajoy

Fortaleza. Robustez. Seguridad. En tiempos de crisis, buscamos esto. En todo lo que hacemos y en todo lo que pensamos. Un cambio laboral: ¿es seguro? Un nuevo coche: ¿es robusto? Una nueva relación: ¿será fuerte? La incertidumbre de la crisis nos lleva a elegir aquellas opciones que nos aportan seguridad. Que nos hacen sentir seguros. No es extraño que Rajoy inicie curso político a los pies de un castillo.

En más de una ocasión hemos discutido la importancia de cuidar los fondos desde los que realizamos un acto. Como el fondo puede ser un espacio de distracción, contradicción o, por el contrario, un elemento que refuerce el mensaje. La elección del castillo de Soutomaior (Galicia) para el inicio de curso del PP es uno de esos ejemplos en que el entorno comunica tanto o más que el propio mensaje.

Rajoy tiene el reto de parecer robusto y seguro en dos ámbitos distintos: en el programático y en el de campaña. Carlos E. Cué y Luis R. Aizpolea lo analizaban ayer en El País: la victoria popular está ya tan digerida que el resultado solo puede empeorar. Para ello, vender seguridad es una prioridad. Rajoy ha salido fortalecido, gracias a la reforma constitucional, en el primer ámbito. En el segundo, la campaña dirá.

Por ello, la estampa de Soutomaior envuelve el mensaje y lo refuerza. A modo heráldico, el castillo gallego viene a representar la fortaleza, la grandeza y la virtud. Conceptos ambiciosos que el Partido Popular aspira a asociar a su oferta política.

La situación no es parecida en las filas socialistas. Ni fuertes, ni robustos, ni seguros. La marca PSOE cotiza a la baja y va camino de ser la marca blanca –Rubalcaba- la que compita por neutralizar el previsible descalabro electoral. Rubalcaba no busca ser fuerte –ya lo es-, quiere ser claro. Tan claro como los dos fondos elegidos por su campaña para enmarcar sus apariciones. Azules, otrora blancos, con su eslogan de precampaña omnipresente.

Pero el PSOE tiene otro fondo menos controlado. No es el de los actos ni el de las intervenciones. Es el fondo del partido. De la militancia. Un complicado fondo tejido por las reacciones a la reforma constitucional, los anuncios de ministros y diputados que no irán en las listas o la propia estampa de Rodiezmo. Empieza una larga y atípica campaña. Y empieza cargada –o cargándose- símbolos. Esto no ha hecho más que empezar.

¿Cuánto valen tus valores?

Es una cuestión de pasta. ¿Qué precio tienen tus principios? ¿Cuánto cuesta asociar tu marca a algo que no está en línea con tus valores? Esta es la cuestión principal del patrocinio. Del endorsement de una figura pública a una marca, ya sea comercial o política. Es una cuestión de dinero. De beneficios. Fiscales, monetarios o electorales. No busquen más.

Como diría Madonna, vivimos en un mundo material. Y somos hombres, mujeres o empresas materiales. Nos mueve el beneficio. No hay nada malo en ello. Es más, es bueno saberlo. Especialmente cuando personas, partidos políticos o empresas ondean la bandera de ciertos valores que chocan con lo que apoyan. La coherencia es un bien preciado y escaso.

El patrocinio de lo polémico

Política, futbol y religión. Son los temas más polémicos por excelencia. Cuando un político muestra públicamente sus colores futbolísticos, no les sale gratis. ¿La ausencia de Zapatero de las últimas finales del Barça se deben solo a temas de agenda o en Moncloa son conscientes del desgaste del apoyo? ¿Cuándo Rubalcaba los muestra públicamente en su primer discurso como candidato, lo hace de forma gratuita?

Son temas que las empresas intentan evitar. Saben que sus ventas pueden disminuir en las hinchadas de los equipos rivales al equipo que lleva su logo estampado en el pecho de los jugadores. Pero a veces la polémica es rentable. El impacto en una mayoría sufraga los costes en una minoría.

Los patrocinadores de la Jornada Mundial de la Juventud son buen ejemplo de ello. Casi 4.000 personas pidieron en Actuable a Coca-Cola que retirara su apoyo a la JMJ y se manifestara sobre si comparía las opiniones del Papa y la Iglesia Católica sobre la homosexualidad. Coca-Cola, que es la marca de la felicidad, no se desmarcó todavía de las opiniones de Benedicto XVI.

Así, el apoyo a la JMJ –por motivos económicos, con exenciones fiscales de casi el 90%– incluye de forma velada un apoyo a lo que ahí se dice. Por mucho que se oponga a tus valores corporativos. Pero el impacto económico, a juicio de las empresas, sufraga esos costes reputacionales. Paga la incoherencia con lo que vendes.

El patrocinio en la política

Los partidos no suelen ser los que usen la fórmula del patrocinio para mejorar su imagen o llegar a nuevos votantes, pero sí que se pueden ver beneficiados por el apoyo –el famoso endorsement de la política estadounidense- de personajes de relieve. Si pensamos en un caso claro, el apoyo de Oprah Winfrey a Obama en las elecciones de 2008. O el de Chuck Norris, con todo lo que ello conlleva, a Mike Huckabee durante las primarias republicanas de esas mismas elecciones.

En España, personajes como Julio Iglesias o Norma Duval han apoyado públicamente a candidatos del Partido Popular, teniendo un papel activo en las campañas presidenciales de José María Aznar. El PSOE ha tenido en Rosa Mª Sardá, Joan Manuel Serrat o Antonio Banderas, entre otros, sus apoyos mediáticos. Ejemplo de ello es el vídeo de la Plataforma de Apoyo a Zapatero con la canción “Defender la Alegría” en las pasadas elecciones generales.

El precio de los patrocinios

Pero, ¿es efectivo este apoyo? Entra dentro del espacio personal de celebridades que, deciden apoyar a un partido. Con los riesgos que conlleve más para su carrera personal que para el partido o el candidato. Aquí el binomio razón – emoción vuelve a tener mucho que decir. El mejor de los apoyos debería venir de aquellas asociaciones, profesionales o personalidades de cada ámbito. Pero cuando una celebridad lo hace, el votante responde al hecho de ver a alguien admirado abrazar una opción. No por sus conocimientos, sino por el vínculo emocional con el gran público.

En el terreno comercial, conseguir que una celebridad apoye la marca o apoyar un evento tiene por objetivo trasladar su valor positivo a la marca o producto. Converger en ello. Cuando una celebridad o un evento son polémicos, esa polémica se traslada a la marca. Los beneficios económicos a corto plazo son los que cuentan. Pero no se tiene en cuenta que, a largo plazo, elegir una serie de apoyos incómodos puede tener un coste en el liderazgo en su sector.

En el fondo, todo se reduce en definir cuanto valen tus valores. Cuanto estás dispuesto a pagar por ello. Cuando se tocan temas polémicos la cruda realidad salta a la vista: vivimos en un mundo material. Dicen que todos tenemos un precio. El mundo de los patrocinios lo demuestra.

La huella de Nixon en el discurso de dimisión de Francisco Camps

Más de 900 días separan las primeras informaciones sobre los trajes de Camps y su dimisión. Casi 37 años separan la dimisión de Richard Nixon de la de Francisco Camps. Dos figuras marcadas por la corrupción, la lucha por mantenerse en el cargo y la creación de un universo de enemigos paralelo. Y no es lo único que les une.

El 8 de agosto de 1974 Richard Nixon se dirigió a la nación desde el Despacho Oval para anunciar su dimisión. En aquel discurso, el presidente usó tres recursos discursivos, como señala Jeffrey Feldman, para articular su intervención y enmarcar su mensaje: el cambio de dirección en el marco, jactarse de lo conseguido y la asociación con terceros. Esas técnicas también se vieron en el discurso que dirigió Camps en su renuncia.

El cambio de dirección en el marco

Nixon justificó su renuncia por un tema de dedicación.

“America needs a full-time president and a full-time Congress”.

La lógica de evitar un proceso para permitir el funcionamiento de las instituciones. Para Camps, ese cambio en la dirección está en el servicio al Partido Popular, a Rajoy y a España. Tal y como expresa en esta frase del discurso:

“ofrezco este sacrificio personal para que Mariano Rajoy sea el próximo presidente del gobierno, para que el Partido Popular gobierne España y para que España sea esa gran nación que los españoles queremos.”

El tema del sacrificio es una constante en el discurso de Camps. Lo hace de forma expresa en tres ocasiones: un sacrificio personal, de partido y por España. El sacrificio de Nixon se expresa de forma velada en esa lógica del funcionamiento de las instituciones.

 

Jactarse de lo conseguido

Nixon presentaba, a las puertas del estallido del caso Watergate, una buena hoja de servicios. Reelegido para el cargo, había puesto fin a la Guerra de Vietnam y tenía índices de popularidad parecidos a los de Kennedy. Esos logros fueron puestos de manifiesto en su discurso. Esa técnica busca poner encima de la mesa lo logrado por lo desgastado.

Camps también usó esa técnica:

“Paco Camps es un gran presidente, es el mejor presidente para nuestra tierra”
“Ser los mejores, los primeros, el mejor ejemplo de gobierno y de proyecto colectivo”
“Somos los mejores, eso es lo que quiero decirle a todos los valencianos. Somos los mejores, este es el mejor territorio, esta es la más grande comunidad de España y la mejor región de Europa y por eso han ocurrido las cosas que han ocurrido.”

 

Asociación con terceros

Nixon invoca a Theodore Roosevelt en su discurso. Camps no lo hace. No cita a terceros que sean referencia para él. Pero sí que asocia lo ocurrido con terceros. Es lo que él llama “el sistema”. Ese enemigo a su figura y al Partido Popular que encarna el PSOE. Ejemplos de ello los encontramos en frases como:

“Hemos luchado contra un sistema, un sistema duro y brutal.”
“Un sistema que ha traído paro, desconcierto, tensión y crispación a todo nuestro país.”

 

Y algunas diferencias…

Nixon y Camps son plenamente conscientes de la importancia de ese discurso. Saben que fijará el marco con el que muchos interpreten sus dimisiones. Nixon, más centrado en el legado, es plenamente consciente del fin de su carrera política. Camps, por el contrario, dedica gran parte del discurso a defender su honorabilidad. ¿Con ese gesto Camps señala que está dispuesto a volver?

No es la única diferencia entre los dos. Nixon habla más de la nación que del partido. Camps, habla sobretodo del partido y centra su dimisión en un sacrificio por el partido. Un sacrificio por Rajoy.

 

El discurso infográfico de dimisión

España, mejor o proyecto. Son las palabras más repetidas por Camps. Comunidad Valenciana, Partido Popular… forman parte también de ese ranking. Detalles como ese, así como los titulares o los momentos en que Camps fuerza su voz; se contienen en la infografía del discurso de dimisión que mostramos a continuación.

Discurso Infográfico de la dimisión de Francisco Camps

Agotar la legislatura

A la espera de saber si Zapatero agotará la legislatura o convocará elecciones anticipadas, yo sí anuncio que la agoto. Mi legislatura particular: hace cuatro años que, casi sin querer, empecé a escribir este blog. Tras más de 800 posts escritos, son muchas las ideas, los aciertos y los errores acumulados. Cuatro años acumulando satisfacción por lo que se siente al romper el blanco de la caja de edición de las entradas.

Pero, a diferencia de Zapatero, opto a la reelección. A seguir plasmando en unas líneas ideas, reflexiones, análisis y debates. Opto a poder seguir conociendo a tantas y tantas personas de las que os acercáis a menudo a este sitio. Puede sonar a tópico, pero la Red tiene muy poco de virtual. En todo este tiempo no hemos dejado de conocernos.

No quiero alargarme mucho en un post que tiene por objetivo darte las gracias. Sí, a ti, que estás leyendo este post. A ti, que has entrado muchas veces, que has comentado. A ti, que te has indignado con lo que he escrito. A ti, que lo has compartido. A ti, que te ha servido para comprender algo…