17 Feb

El punto G

El punto G, ese espacio casi sacrosanto de la excitación sexual, puede que exista. O puede que no. Lo que sí existe es el punto G de la política. Y en este, el ginecólogo Ernst Gräfenberg tiene poco que decir.

El punto G de la política es el que nos excita para votar. Es el que nos empuja a las urnas, el que despierta nuestro interés por lo que dicen los candidatos. Es el que nos puede llevar a acaloradas discusiones en una mesa, a militar en un partido o a asistir a un mitin. El punto G de la política está alojado en la amígdala. Porque el punto G de la política está vestido de emociones.

Para encontrarlo, debemos ir hasta el sistema límbico, ya que, en él residen las emociones. Tanto el sistema emocional como el valorativo están ubicados en la misma parte del cerebro y juegan un papel básico en la toma de decisiones. Desde saltar o no al agua en una piscina a evitar el ahogo de un niño a ir o no a votar. Por ejemplo, el sistema valorativo es el resultado de la relación que existe entre los lóbulos pre-frontales y las amígdalas cerebrales en el llamado hipocampo.

El elemento clave del sistema límbico es la amígdala. Esta zona, que toma el nombre por su parecido con una almendra, corresponde al conjunto de núcleos de neuronas localizadas en la profundidad de los lóbulos temporales. Entre sus funciones está la de regular muchos procesos emocionales: identificar y responder expresiones emocionales de otros, crear intensidad de una experiencia emocional, generar y enlazar sentimientos a experiencias que nos asustan, etc. Clave en la inteligencia social y emocional. Juega un papel esencial en enlazar pensamiento y emoción, particularmente en usar reacciones emocionales para guiar el proceso de toma de decisiones. No sorprende que esté situada en una zona neuronal densa, en los circuitos emocionales frontales.

La amígdala no siempre responde de forma consciente a los estímulos que se reciben. Es el caso de los impactos subliminales, ya sea porque percibimos la imagen de algo que nos recuerda a una serpiente sin darnos cuenta y nuestro recuerdo evolutivo nos hace ponernos en guardia a realizar acciones bajo los efectos de la publicidad subliminal.

De hecho, tal y como señala Goleman, el autor de inteligencia Emocional, esta es una rémora de nuestra evolución: nuestro cerebro emocional procesa de forma más rápida la información que nos llega por el hipocampo y predispone nuestro cuerpo a una respuesta mucho más rápida que la que dará nuestro “cerebro pensante”.

Muchas de las decisiones que tomamos en nuestra vida están capitaneadas por nuestras emociones. Por lo que ocurre en esa almendra, en la amígdala. Por ello, si queremos ganar –que esto sí empieza por ge- debemos entender que es necesario excitar ese punto G de nuestro electorado a través de las emociones.

Por ello, es necesario invertir tiempo en entender cómo funciona nuestro cerebro, sobretodo entender qué emociones despliega nuestro candidato o candidata, nuestro mensaje. Nuestra política. La política de las emociones necesita tener un relato que nos lleve al estado emocional deseado y que tenga resonancia en este cerebro político que explica muchas de las acciones que llevamos a cabo en política. Después de todo, el punto G ya no es tan mito. Al menos, en política, sabemos dónde está. Otra cosa bien distinta es saber si los partidos saben excitarlo…

5 Feb

¿Son los partidos una religión?

“No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque está necesitado, y su vida depende de su jornal” Deuteronomio 24, 14-15

Este fue el versículo elegido por el presidente Zapatero para dirigirse a las más de 3.000 personas que se agolpaban en el Hilton de Washington D.C. para orar en el Desayuno Nacional de la Oración. Y no lo hizo mal. Un buen discurso, sin apelaciones a la tierra o al viento, plagado de potentes analogías en línea con su pensamiento político.

Resulta curioso que sea Zapatero el que se aproxime a la religión, al otro lado del charco, y sea en España el máximo defensor del laicismo. Aunque, quién sabe, quizás al presidente le vimos cómodo por varios motivos. No sólo porque acertara con la técnica discursiva; sino porque los partidos políticos guardan mucha relación con el sentido religioso.

La relación emocional de los seguidores de un partido con esta organización guarda muchas semejanzas con una religión. Y las religiones, a su vez, guardan muchas similitudes con las marcas que, en un contexto como el actual, evocan a la emoción y no a la razón para conseguir nuevos clientes. Según Martin Lindstrom, autor de uno de los grandes libros sobre neuromarketing “Buyology, truth and lies about why we buy what we buy”, las particularidades que compartirían las marcas, la religión y, podemos añadir, los partidos son:

  • Un sentido de pertenencia: formar parte de un grupo predispone al individuo a dar respuesta a muchas cosas. Formar parte de un grupo cohesiona la respuesta, pero también la acción. Además, como ocurre con las religiones, formar parte de una comunidad es algo más que estar presentes, incluye una búsqueda interior sobre los motivos.
  • Una visión: una idea o ideas sobre el mundo. Unos objetivos, principios y valores que son la marca de identidad del colectivo y su objetivo último. Ya sea el amor de las religiones o llevar a cabo políticas socialdemócratas. La misión que es capaz de merecer todo tipo de sacrificios.
  • Poder sobre los enemigos: no puede existir proyecto sin alguien a quien oponerse. Unas ideas que se contraponen a la de los otros y que son la munición de una batalla ideológica para sumar más voluntades. La concepción nosotros contra vosotros atrae a fans, incita a la controversia, crea lealtades y nos conduce a un debate y discusión que, queramos o no, aumenta la participación (no siempre, claro está).
  • Evoca a los sentidos: colores, música, olores, palabras, abrazos… en la política son, como hemos visto en alguna ocasión, claves para entender la comunicación. Las marcas y las religiones también lo hacen, desde los espacios sagrados a la música de las misas o el incienso.
  • Relato: desde el Nuevo Testamento a Apple, pasando por Nicolás Sarkozy, todos tienen un relato. Una historia que los identifica, los diferencia y que transmite unos valores con los que uno puede sentirse próximo.
  • Grandeur: al igual que el Vaticano, la política o el poder también tienen ese halo de grandeza que no sólo se refiere a los elementos físicos –sedes centrales impresionantes, mítines con miles de personas…- sino a la capacidad de reflejar esa grandeza con la presencia en todas las circunscripciones, actos en el territorio, etc.
  • Evangelización: la política y la comunicación guardan muchas similitudes con este concepto, salir a la calle para convencer a nuevos seguidores. El fenómeno NIMBY o grassroots articulan muchas campañas de este tipo, especialmente en Estados Unidos.
  • Símbolos: el logotipo, el puño en alto, los himnos, las canciones, los mitos fundacionales, los líderes históricos, son los símbolos que identifican a un partido.
  • Misterio y rituales: los congresos de los partidos, el modo de elegir sus líderes, sus tomas de decisiones, son elementos que comparten política, religión y marcas.

Estos aspectos, pues, ayudan a forjar la relación emocional con el elector. Junto a ello, los partidos deben ser capaces de involucrar a los votantes haciéndoles sentir y cómplices del relato emocional que se elija. Porque otra cosa es lo que ocurre con los electores, si no conseguimos hacerlos cómplices de ese relato. Especialmente cuando asistimos a ejercicios de cinismo como el vivido ayer en el Desayuno Nacional de la Oración en Washington D.C.

Los votantes son vulnerables a todo tipo de impactos irracionales y parece que son más proclives a mostrar su apoyo a algo por el sentido del deber que por saber qué y a quién están votando. Quizás por ello, la participación del presidente Zapatero en el Desayuno de la Oración no tenga efectos en su ya maltrecha situación. Pero tampoco va a ayudarle. Seguramente acabe de incurrir en una de sus mayores contradicciones: estar dispuesto a participar en un acto de los conservadores religiosos norteamericanos al otro lado del charco y defender una visión laicista de los poderes públicos en España. Por mucho que vistiera su discurso, bueno y razonable, de un humanismo anulado por lo religioso del evento.

La visita respondía a motivos de Estado, a cumplir con el protocolo. Incluso a la representación de la UE. Podemos incluso esgrimir la oportunidad de defender la economía del país ante potenciales inversores. Sí, justificaciones haberlas, haylas. Pero, ¿no ha sido el rezo de Zapatero un ejercicio de peligroso cinismo? ¿Un ejemplo más de la frivolidad del presidente?

Tendrá suerte: quizás este episodio no será en exceso recordado. La situación real de millones de españoles es tan dura, que muchos ni sabrán del viaje del inquilino de La Moncloa a la capital norteamericana para rezar junto a Obama. Y tendrá suerte porque Zapatero ha incurrido en una grave contradicción de su propio modo de entender las cosas. ¿Cómo reaccionará la derecha religiosa en España a lo vivido en Washington?

16 Ene

Invictus

A finales de mes se estrenará en España una de las películas del año: Invictus. Dirigida por Clint Eastwood y con un cartel de lujo. Morgan Freeman –sólo él podía hacerlo- da vida a Nelson Mandela en una película inspirada en el célebre libro de John Carlin “El factor humano”.

Mejor no os cuento el argumento, para eso tenéis el libro o el trailer, prefiero centrarme en un elemento que está tratado con genialidad en el trailer: inspirar esperanza. No es fácil hacerlo y por la historia, por el personaje –y porque, en el fondo, estamos hablando de cine- en nada nos sentimos dentro de lo que nos cuenta. Quizás la producción de oxitocina cuando nos cuentan una historia de estas características tenga mucho que ver…

Espero poder comentar algo más sobre esta película cuando la estrenen (si alguien tiene entradas para la première, le acompañaré encantado), pero todo apunta a que será una gran lección de liderazgo. Pero no de ese estricto, tradicional, masculino. No. Será una lección de liderazgo emocional, en donde las personas y sus sentimientos son el centro. Aunque se hable de rugby. Será una historia de como un liderazgo basado en la empatía, la esperanza y las emociones son la clave de los imposibles. Como la propia historia reciente de Suráfrica, la victoria del candidato alternativo como Obama o el Barça de las seis copas y el liderazgo emocional de Pep Guardiola.

Que vayan preparando las palomitas…

5 Ene

Millet sigue el ejemplo de Pinochet

Pinochet no sólo no expió sus crímenes antes de morir, sino que creó una macabra tendencia que parece que Fèlix Millet está aprendiendo con rapidez. Cuando el juez Baltasar Garzón ordenó el arresto del ex presidente chileno en 1998, desde el círculo cercano al dictador se empezaron a enviar mensajes que buscaban la empatía de la comunidad internacional hacia un enfermo y senil militar que había acudido a Londres a operarse.

Desde el otoño de ese 1998 hasta marzo de 2000, los mensajes incesantes sobre el deterioro de la salud del dictador se hicieron imparables. Tras más de 500 días de detención, Pinochet volvía a Chile y aparecía en la pista del aeropuerto ilusionado y caminando por su propio pie. Para muchos, esa demostración de fuerza fue un auténtico chasco por la imposibilidad de la justicia de rendir cuentas con el líder de un régimen opresor.

Fèlix Millet está ofreciendo una lección de la vía Pinochet. Son muchos los detalles sobre la vida que lleva el ex dirigente del Palau de la Música que buscan esa empatía que también reclamaba el dictador. La persona que ha confesado uno de los fraudes más grandes en la historia de Catalunya, ha aparecido sistemáticamente ante los medios con la misma americana de cuadros. Los buenos trajes de sastre se han quedado en el armario. También está a resguardo el lujoso Mercedes que protagonizó las imágenes de su salida del Palau tras los registros de los Mossos d’Esquadra. Desde entonces, a Millet se le puede ver paseando cerca de su casa y algunas grabaciones han recogido esos momentos. Pero sin duda, el último elemento de esa curiosa estrategia de comunicación es la barba.

Millet y su mano derecha, Montull, comparecieron esta semana en el juzgado. Lo harán cada primer día laborable de mes para demostrar que no hay riesgo de fuga. Una de las medidas adoptadas por el juez que no ha estimado oportuno encarcelar a ambos criminales confesos. En esta primera comparecencia del año, Millet lucía una barba que busca dulcificar su rostro, aportarle calor y romper con la imagen tradicional del ex director del Palau. Parecer entrañable.

Observamos esta sorprendente manera de querer reescribir con las percepciones una triste historia que ha manchado a una de las instituciones más importantes de Catalunya. Porque es precisamente ahí, en las percepciones que generamos, en las emociones que despertamos, donde se gana la auténtica batalla de la comunicación. Parece que Millet está bien asesorado. Quizás mejor que Montull, que no duda en pasar este retiro de oro a la espera de un juicio que, quien sabe, quizás no llegue en el corto plazo, jugando al tenis.

Pero por lo que Millet contó en esta carta y por lo que han descubierto jueces, fiscales y policía, tras la barba, los trajes de cuadros y el Mercedes en el garaje se esconde un criminal confeso. Como tras las súplicas humanitarias se escondía un cruel dictador que no dudó en levantarse de la silla de ruedas hace casi una década.

2 Dic

Presidente por su cara bonita

Aunque en nuestra familia aún nos extrañamos, mi hermana es tremendamente presumida y puede tardar horas en peinarse, maquillarse, vestirse… Digo que nos extrañamos porque durante toda su infancia fue una defensora a ultranza del cabello bien corto, la ropa deportiva y el fútbol. Hoy, los tacones y los vestidos copan su armario. Quizás no haya leído ningún estudio, pero conoce a la perfección la importancia de causar una buena primera impresión.

Mi hermana trata diariamente con muchas personas. Sabe que su sonrisa o el modo de mirar a un nuevo cliente son tan claves como el producto que tiene entre manos. Aunque no haya leído nada que lo corrobore, lo sabe. Y no va desencaminada: la escuela de Palo Alto cifró en su mítico 80% la contribución de aspectos no verbales en la formación de un mensaje. Y en ese 80%, la cara tiene mucho que ver.

La cara es el espejo del alma. Sólo con ver la expresión de alguien podemos intuir que algo le pasa (indisposición o algún estado emocional como la ira, la rabia o la sorpresa). La información que nos aporta es valiosa y tiene un papel más relevante del que creemos en la toma de decisiones.

¿Influye el rostro de los candidatos a nivel político? ¿Podemos llegar a predecir la victoria de un candidato por su cara? Varias teorías apuntan a ello. Según Mark van Vugt, los electores tienden a buscar en el rostro de una persona mayor su candidato en las elecciones en periodos de estabilidad. En cambio, los candidatos con un rostro joven, sus rasgos y sus características faciales, tienden a aglutinar más apoyos en épocas de cambio. Quizás esa sea una de las explicaciones para el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas de 2008. Pero también sería la base para explicar el ascenso meteórico del entonces líder de la oposición en España, Rodríguez Zapatero. O de Cameron en el Reino Unido hoy.

Lo que apunta Van Vugt tiene mucho que ver con las atribuciones del propio liderazgo que muestran las características personales (y por tanto, las faciales) de los candidatos. En la misma línea va un interesante estudio de la Universidad de Princeton. Según éste, existe una fuerte correlación entre estos elementos y los resultados electorales. Los investigadores de esta prestigiosa universidad llevaron a cabo un estudio con los ganadores y perdedores a las elecciones a la Cámara de Representantes y Senado de los Estados Unidos durante las elecciones de 2000, 2002 y 2004. Se mostraron sólo fotografías, por pareja de ganador y perdedor, de circunscripciones desconocidas para los sujetos del estudio. Se les pedía que puntuaran a cada candidato según la competencia, credibilidad, honestidad, etc. que les profería cada imagen. Sólo visualizando una foto –no conocían el nombre, partido o resultado de cada uno de ellos- los resultados mostraron que podían predecir en un 70% de los casos los resultados reales de las diferentes contiendas. La cara es, sin duda, el gran aparador de los signos visuales.

No es sólo una cuestión de belleza –algo realmente subjetivo-, sino de lo que transmite el rostro de un político. De los atributos que es capaz de generar. O lo que es lo mismo, no vale con hacer un casting para buscar al político más guapo. Pero tengamos en cuenta que, a nivel general, no sólo valen los argumentos en un cara a cara. Nunca mejor dicho.

Enlaces interesantes

The New Yorker publica un interesante artículo interactivo sobre las fotos que hizo Platon en la última Asamblea General de Naciones Unidas. Estas fotos del poder, además de alucinantes, se acompañan de comentarios del fotógrafo. Los rostros del poder en un clic.

17 Nov

¿Cómo detectar si un político miente?

Si en alguna ocasión tu pareja te suelta un “Cariño, te juro que entre nosotros no ha pasado nada”, quizás sea el momento de pedirle a nuestros sentidos que presten más atención de la habitual a escudriñar toda la información no verbal que podamos para detectar si debemos empezar a desconfiar de la palabra dada. Quizás en eso, las relaciones de pareja y la política se parezcan más de lo que podamos creer.

En ambos casos se establece una relación de un enorme vínculo emocional que puede llevarnos a cambios muy importantes en nuestra percepción. Como ya comentábamos en este post, cuando una persona es simpatizante de un partido político, tiende a buscar el modo de justificar cualquier cosa, incluida la mentira. Algo muy parecido al síndrome de Estocolmo que podemos sentir cuando imaginamos que nos han sido infieles pero no queremos creerlo.

Estamos, como decía Sebastià Serrano, sin lugar a dudas, en uno de los grandes momentos de la comunicación: el arte de la mentira, el engaño, el disimulo… para algunos la política es el arte de estas malas prácticas. Quizás porque es tan antiguo como el ser humano, mentir sea pecado en varias religiones y la honestidad una virtud en tantas otras culturas. Y quizás por ello también, tal y como señala Eduard Punset, estamos más preparados para descubrir a un mentiroso que para encontrar la verdad.

De hecho, esa virtud que, según Punset, tenemos los humanos, no es una especie de radar o sexto sentido, sino la capacidad de detectar cambios en los estados emotivos en el discurso verbal de la persona que miente. Algo así como lo que hacen los detectores de mentiras tan explotados en televisión: observar los cambios fisiológicos que nuestras emociones generan.

Aunque la distancia física con nuestros políticos suela ser insalvable y solo la televisión o internet nos abran una ventana a estos líderes, muchas veces sus reacciones nos dan una información muy valiosa. Aunque por si alguna vez –especialmente en campaña electoral- algún político te da la mano y conversa contigo, te sugiero que prestes atención a estos cambios fisiológicos:

  • Cuando una persona miente, su tono de voz cambia. Algunos expertos señalan que la subimos una octava, más o menos.
  • El ritmo de respiración se acelera.
  • En algunas ocasiones, el color de la cara puede cambiar. Es muestra de embarazo por la posibilidad de ser descubierto, así como reacción al mayor ritmo de respiración.
  • La mirada suele delatarnos, ya que se suele dar un cambio en ella, en el movimiento de los ojos.
  • Disminuyen los gestos, ya que nuestro cerebro está más ocupado en dar consistencia al mensaje verbal y dedica menos atención a nuestra gesticulación.

Además de estas señales de alerta, la cara suele ser un reflejo muy claro de lo que estamos haciendo. Quizás por miedo, vergüenza o culpa, nuestro rostro suele cambiar y estas emociones pueden generar una contradicción aparente entre lo que decimos y lo que creemos.

Hablando del poder de esos gestos, para muchos el que hizo Richard Nixon durante las entrevistas con el periodista británico Frost en 1977 fue tan revelador como un proceso de impeachment. En el minuto 1:27 del siguiente vídeo se muestra el poder de un gesto:

Quizás, la próxima vez que escuchemos a un político afirmar que “yo sólo dije la verdad” debamos atender a estas pistas. O a las hemerotecas, que nunca fallan –quizás por ello, el régimen del Gran Hermano de Orwell tenía tanto interés en corregir las noticias para que nunca se mostraran los errores. Y así finalmente, no saber qué era cierto y que no. Por si las moscas, estos consejos.

15 Sep

Cuando la política se lleva en los genes

Manuel Bustos y Paco Bustos son hermanos. A su vez, son alcalde y concejal en Sabadell. Josep Lluís Carod Rovira es el vicepresidente de la Generalitat y su hermano Apel·les es el delegado de la Generalitat en Francia. Pasqual Maragall fue presidente de la Generalitat mientras su hermano Ernest, hoy conseller de educación, era el secretario del gobierno. Lech y Jaroslaw Kaczyński fueron al mismo tiempo presidente y primer ministro de Polonia. Hermanos gemelos. ¿Sólo es nepotismo o venimos marcados genéticamente para tener los mismos valores políticos que nuestros hermanos?

La respuesta a esta pregunta es compleja, con un hermano podemos compartir muchas cosas pero no estamos predestinados a compartir también la visión política del mundo. Eso sí, el hecho de compartir el mismo entorno familiar, escolar y social son determinantes en el proceso de socialización política. Así lo muestran numerosa literatura y así se constata en la experiencia: más o menos se comparten ciertos valores políticos en el seno de nuestras famílias. Desde la familia de Leire Pajín a la de los Oreja. Pasando por auténticas dinastias políticas como los Kennedy, los Bush o los Clinton.

No obstante, ¿qué ocurre con los gemelos? En el primer parágrafo citábamos el caso de los hermanos Kaczyński, que con férreo control y con su visión conservadora de la vida y la política, se hicieron famosos más allá de sus fronteras. Según han revelado recientes estudios de genética, se ha demostrado que hay actitudes políticas que se heredan genéticamente y que en el caso de los gemelos, el 32% de estas actitudes se pueden atribuir a la herencia. El dato puede ser sorprendente ya que parte de la visión tradicional de la ciencia política se refería al contexto en qué uno crece y se forma, no tanto al propio funcionamiento de nuestro cerebro ante según qué cosas.

En el fondo de esta concepción está la de entender que nuestras emociones juegan un papel más destacado en política de lo que creemos. Así, los niveles genéticos de oxitocina o dopamina, que son muy importantes para entender nuestras decisiones y reacciones, serían determinantes para entender porque los Kaczyński no sólo comparten partido, sino que también comparten ambiciones.

Si bien los valores comparten, pues, una explicación algo más profunda de lo esperado, ¿el nepotismo también seguiría el mismo patrón? ¿Son nuestros genes los que nos llevan a elegir a un hermano antes que a otra persona para un cargo? A falta de estudios sobre ello, seguramente algún tipo de influencia habrá. Quizás no en la genética, sino en la gestión de ciertos componentes de la inteligencia emocional, aspectos clave como la empatía o la confianza de alguien próximo para un cargo de especial importancia. Leyendo la biografía de Pasqual Maragall podemos entender su relación con Ernest, por ejemplo.

No obstante, no se tomen esto como dogma. Seguramente Leire Pajín hubiese deseado no compartir genes con su madre esta semana tras lo ocurrido en Benidorm. Y los primos Trinidad Jiménez y Alberto Ruiz-Gallardón comparten poco más que el hecho de haber sido rivales en unas elecciones por la alcaldía de Madrid. Los genes son importantes, aunque no estamos ante una ciencia exacta…

3 Sep

Los políticos tienen mucho cuento

Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia son los cuentos que mi madre nos contaba cada noche. La mayoría de las veces no era la lectura de alguno de los cuentos más famosos de nuestra cultura, sino que se los inventaba ella misma para darnos alguna moralina sobre, seguramente, la enésima pelea del día con mi hermana.

Cuando me tocaba dormir en casa de mis abuelos, un tío de mi madre solía contarme cuentos también, casi siempre los grandes clásicos: los tres cerditos, caperucita… Clásicos que hemos compartido generación tras generación y que son unos grandes trasmisores de valores.

Lo que en ellos se cuenta,  ha ayudado a forjar nuestro sistema de valores. Sabemos que debemos decir siempre la verdad y ser creíbles, para que no nos dejen solos con el lobo cuando finalmente aparezca. Tenemos consciencia de la necesidad de trabajar duro durante el verano, como la hormiga o ser incansables trabajadores como el cerdito de la casa robusta. Los cuentos han hecho mucho por nosotros, aunque no seamos conscientes.

Según el psicólogo Drew Westen, apelar a los mismos valores que hemos heredado de nuestros padres a través de los cuentos, debe ser una prioridad en el discurso político. En primer lugar, porque al tenerlos interiorizados nos es más fácil apelar al centro de esos valores. En segundo lugar, porque facilita la comprensión, al ser algo ya aprendido y familiar y, en tercer lugar, por las virtudes narrativas que tienen este tipo de historias.

No es que los políticos deban contar cuentos como si fuéramos niños a punto de acostarnos, sino que debemos adaptarlos siempre que sea posible.

No sé si conocéis la narrativa americana, pero uno de los grandes cuentos infantiles es una bonita historia llamada “The little engine that could”. Este verano pude echarle un vistazo en una librería americana en Amsterdam que me quitó el sentido, y estuve a punto de comprarlo. El cuento, con muchos dibujos y poca letra, viene a contar la historia de un pequeño tren de mercancías que transporta juguetes, muñecos, caramelos, etc. para hacer felices a los niños y niñas de un valle próximo. El tren, cargado de sueños e ilusión se dispone a llegar a allí, pero mientras sube la montaña, la máquina se rompe.

Esa carga tan especial ve pasar a un gran tren de pasajeros (el equivalente a un AVE, para entendernos) y le piden que les lleven, que los niños están esperando recibir todas esas cosas. El tren les dice que no, que es demasiado importante para llevarles. Tras él, pasa un enorme y fuerte tren de mercancías, que al ser requerido a hacer lo mismo, les rechaza apelando a que es una máquina demasiado buena para ello, y que además, está ya cansada. Finalmente, aparece una maquinucha azul, pequeña, insignificante… La carga es demasiado grande para ella, pero acepta llevarles al valle.

La pequeña locomotora azul se repite todo el camino “I think I can” –creo que puedo- y lo va diciendo todo el tiempo, haciendo gala de confianza y fe en lo que está haciendo. “I think I can, I think I can, I think I can, I think I can, I think I can…” repite sin cesar, hasta que cruza el monte y llega al valle donde los niños esperan la recompensa.

En pocas páginas, toda una historia de superación de dificultades, de creer en uno mismo, de hacer el bien, de ayudar al prójimo, de orgullo, de superar las divisiones, de combatir a los que miran por encima del hombro… Un gran conjunto de mensajes a transmitir.

Y esta historia del pequeño tren azul que podía, ¿no os recuerda mucho a una campaña que decía “Yes, we can” todo el tiempo? ¿No os recuerda a un candidato que era el peor posicionado para ganar unas elecciones presidenciales? ¿No os recuerda a un mensaje político que decía que era preciso arrimar el hombro por un bien común? ¿La pequeña locomotora no es Barack Obama?

¿Y nuestros políticos, representan a alguno de nuestros personajes de los cuentos?

25 Jun

La política necesita sentido del humor

Siempre me he preguntado por qué en nuestros bares y restaurantes la televisión que suele estar encendida no tiene subtítulos: en lugares con tanto ruido ambiente o con el aparato silenciado, es imposible seguir la actualidad. Eso sí, nos permite hacer un excelente ejercicio de lenguaje no verbal.

Si alguna vez os veis en esta tesitura, observaréis como la expresión de políticos de otros países suele ser más agradable. La política americana es la decana de ello, el recurso al humor como forma de comunicación tiene mucho que ver.

Sabemos que el humor es una forma de comunicación humana más. Se suele afirmar que es una herencia de la evolución: la risa es algo que nos separa del resto de animales, a excepción de algunos homínidos. ¿Por qué somos diferentes al resto de animales? ¿Por qué tenemos sentido del humor? Parece ser que es una respuesta de nuestro cuerpo similar a las lágrimas, tiene un punto catártico. Y como ya sabéis, existen muchos tipos de humor distintos: no todos reímos de lo mismo ni del mismo modo.

En todo caso, no es extraño observar claramente que los políticos americanos están, muchas veces, de buen humor. El uso recurrente a algunos chistes, a respuestas que incluyan algún chascarrillo o alguna autocrítica envuelta con una gracia; no sólo defienden a quién habla sino que genera empatía.

Este último punto es especialmente relevante, ya que algunos estudios muestran como nuestro humor condiciona la percepción de nuestro cerebro. En otras palabras, si estamos de mejor humor, percibimos más detalles, prestamos más atención a ciertas cosas y nuestro cerebro recoge más información. Por el contrario, si estamos de peor humor, percibimos menos información.

¿Significa eso que la política debe comunicarse de forma banal y cómica? No, ni mucho menos. Pero sí que observamos la necesidad de tener en cuenta esta situación. En multitud de ocasiones el mensaje político del día nos llega a través de una tremenda bronca en una sesión parlamentaria. Si el emisor está airado, la efectividad del mensaje no será la misma que si lo realiza generando un clima agradable.

Cabe decir que esta situación no puede darse siempre: el protocolo, las ocasiones, la realidad piden al quién se asoma a una tribuna hacerlo con el rigor que la situación merece.

Pero quedémonos con la copla: los rictus crispados no ayudan a que nuestro mensaje llegue. Debemos tener en cuenta el humor en la comunicación, sin forzar tampoco lo que no se tiene. Por ejemplo, no sería aconsejable dejar a Montilla solo ante una audiencia de corresponsales de prensa haciendo un discurso como el de Barack Obama este fin de semana.

Aunque algunos podrán asegurar que los límites entre humor y política no quedan muy claros en países como Estados Unidos, es bien cierto que el humor puede (y debe) ser más un aliado que una amenaza. Algunos lo verán como el abrazo de lo frívolo para captar la atención en un contexto muy concurrido, pero la realidad es que lo necesitamos. El risueño Berlusconi venció al gris Veltroni. La empatía de Obama se sobrepuso a la convencional Hillary.

Aunque en los bares no podamos leer lo que dicen, ver cómo dicen lo que dicen, no pasamos por alto, todos, sin distinción, el poder de comunicar con una sonrisa.