3 Mar

El Montilla más católico

En mayo de 2005, el presidente de la Generalitat Pasqual Maragall visitó de forma oficial Israel junto al, por aquel entonces, líder de ERC Josep-Lluís Carod-Rovira. Ese fue un viaje polémico por varias cuestiones, entre ellas, la famosa fotografía protagonizada por Maragall, Carod y Castells con una corona de espinas que se vendía como recuerdo en la ciudad. Muchos católicos y la jerarquía eclesiástica española y catalana mostraron su indignación por aquella instantánea.

Un año más tarde, el candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat se desplazaba al monasterio de Poblet en su primer acto como candidato. José Montilla dibujó en ese momento una dirección muy distinta a la de su predecesor –aunque más allá de la polémica Maragall tampoco se distinguió por un enfrentamiento extremo a la religiosidad-. Pero esa no era ni la primera ni la última señal que enviaría el hoy president de la Generalitat hacía la Iglesia y sus fieles: tras dejar el ministerio no dudó en visitar Montserrat, uno de los símbolos más potentes del catolicismo y la catalanidad.

Guiño o estrategia, Montilla ha tenido un perfil más cercano a Pujol  que a Maragall, especialmente en lo que a relaciones con los estamentos religiosos se refiere, ya que a diferencia del president Pujol, Montilla se declara no practicante. Pero el president es consciente de la importancia del voto católico y de cómo la actitud mantenida sostiene su propia imagen de seriedad y centralidad. Si Maragall protagonizaba momentos como el de la corona de espinas, Montilla acude a beatificaciones, a la misa de Sant Jordi en el Palau, funerales o evita que su gobierno apruebe cambiar el nombre de las vacaciones escolares para borrar cualquier mención religiosa.

De hecho, según el último barómetro del CEO, el 62% del electorado del PSC en 2006 se declara católico –aunque sólo el 10% se declara practicante-. Mantener la postura que Montilla defiende es coherente con su base, pero especialmente importante si pretende atacar la bolsa de votos del partido más votado en aquellas elecciones, CiU. La base católica de los nacionalistas es mayor, el 87% de los votantes se declaran católicos y los practicantes suben hasta el 29%.

Si el PSC quiere jugar el partido sabe que debe enviar mensajes muy segmentados a una gran variedad de públicos. Otra cosa será que lo consiga. Pero en todo caso, la línea mantenida por Montilla contrasta con lo que se percibe de la acción de gobierno de sus colegas socialistas en Moncloa. Mientras que el gobierno de Zapatero ha buscado el enfrentamientos con los prelados, Montilla defiende que es un error. Pese a ello, está de acuerdo con el gobierno y el PSOE en las cuestiones que más han tensado la cuerda con la Iglesia: el aborto y la muerte digna.

Montilla no duda en recomendar la lectura de la Biblia “se tiene que leer por un tema de cultura general, al margen de si se es creyente o no”. Todo un mensaje a ese electorado con la piel más fina. Por algo, el primer secretario de los socialistas catalanes y president de la Generalitat sostiene que las tensiones con la Iglesia han dañado al PSOE. Seguramente cree que es un error, porque sabe que hay votos que se alejan por esas cuestiones. Y justo ahora, lo que se precisa, es multiplicar los panes y los peces. Vamos, los votos.

2 Mar

Laporta, gol en propia puerta

Si, tal como afirmaba McLuhan, el medio es el mensaje, el de Laporta no deja de ser un mensaje tan indefinido como su nuevo medio. De hecho, un mensaje tan indefinido como su propia postura. Porque tras meses de marear (y seguir mareando) la perdiz, el medio ha vuelto a ser el mensaje, aunque seguramente no el deseado.

La web personal de Joan Laporta inició su andadura con una caída del servidor. Sin duda, fruto del interés despertado por una inteligente campaña de expectativas que lleva meses gestionando con su extraña ambigüedad: claro para decir ciertas cosas, pero no lo suficiente para ir con toda la verdad de frente. El servidor sufrió de ese hambre que parecen tener miles de personas fuera y dentro de Catalunya por conocer los planes exactos de Laporta. O sea, escuchar de una vez por todas que sí, se presenta a las elecciones y de mano de quién.

El servidor de la nueva web de Laporta –un error técnico lo puede sufrir cualquiera, pero no puedes hacer que todos tus discípulos tiren al monte y luego no obres el milagro de los panes y los peces- se ha convertido en la imagen más clara de su propio mensaje: falla. No está a la altura cuando se le necesita. El mensaje enviado hoy por Laporta no deja de ser la misma retórica de siempre con el mismo fin de siempre. El presidente del Barça pide aunar esfuerzos para la independencia de Catalunya, pero sin explicar ni el cómo ni con quién. Un mensaje que produce el mismo efecto que esa caída del servidor: tras la espera, el jarro de agua fría. El coitus interruptus.

En muchos círculos de la política catalana el fantasma de la irrupción de Laporta en el Parlament este otoño se atisba en un sentido y en otro. Para muchos, la carrera de Laporta en política se parecerá a la del PI, el partido que en los 90 acabó políticamente con Rahola y Colom (aunque este último, tras pasar por ERC y el PI ha encontrado cobijo en CiU). Para otros, será un huracán político que los situará como tercera fuerza en el Parlament. Pero si Laporta acaba haciendo todo igual, quizás su participación electoral nos acabe dejando templados.

Por lo pronto, Laporta nos deja una declaración de intenciones. Quiere la independencia y quiere actuar, aunque no especifica cómo. Quiere hablar con la gente, pero en su web nos pide el correo (que será un puntal, seguramente, de su no campaña). Quiere empezar una nueva vía, pero lo hace con casi tanto oscurantismo como los políticos tradicionales. Dice querer el bien del país, pero muchos se huelen oportunismo y egoísmo. Esto no ha hecho más que empezar, pero el medio es el mensaje y el mensaje enviado hoy es más un acto de fe que una propuesta seria.

16 Feb

Los partidos, parte del problema. No de la solución

Seguiremos, al menos cuatro años más, hablando de desafección y del descrédito de la política. Seguramente las cifras de participación en las próximas elecciones catalanas seguirán mostrando un pasotismo generalizado en la ciudadanía. De poco nos servirá que apelen a la ilusión por empezar, a los tiempos difíciles que necesiten gente seria o la sempiterna promesa de la fragmentación parlamentaria con personajes como Laporta, Nebrera o los que vengan. Hemos perdido una oportunidad crucial para cambiar todo esto.

La mil veces prometida Ley Electoral de Catalunya debía ser parte fundamental para un resurgimiento de la política. Estaba llamada a serlo. La sociedad no hace nada más que presionar para que las cosas cambien. Sí, el aumento de la desafección es una muestra clara de que algo no anda bien y es necesario hacer ajustes. Y los partidos, otra vez, no han estado a la altura.

Especialmente en Internet, se vive esta presión por los cambios. Por una relación más directa con nuestros representantes. Con una capacidad más viva de elección. Pero los partidos se resisten a quedarse sin pastel. A quedarse sin su lugar preeminente. Hablar de listas abiertas ya no es descabellado. Hablar de cambios profundos no es una excentricidad. Pero si una utopía, vista la negativa de los partidos a desmontar su propia gallina de los huevos de oro.

Muchos soñamos con que un cambio en la Ley Electoral llevará a un necesario cambio en los partidos. Muchos creemos que un cambio es necesario para llevar el valor del mérito a los partidos. Pero tendremos que esperar, al menos, cuatro años más.

Según Punset, la política “es un mercado en donde las barreras de entrada son prácticamente infranqueables –todavía más en Europa que en Estados Unidos– y donde la competencia y, por lo tanto, la innovación no son posibles. Los economistas hemos aprendido desde que nos enseñaron el abecedario de la economía que sin libertad de entrada en cualquier mercado no hay competencia; sin competencia no existen incentivos para innovar, y sin innovación no hay progreso.” Parece que los partidos se resisten a dejar que nuevos actores formen parte de ese entramado. Tienen miedo a levantar la barrera de entrada. Ponen freno a la innovación.

Mientras, seguiremos buscando culpables. Encargaremos más informes y estudiaremos más concienzudamente el por qué del pasotismo de los ciudadanos. Quizás deberían empezar por estudiar por su propio pasotismo ante algo tan esencial. Quizás.

24 Ene

Una CiU naífe se presenta en sociedad

Durante la presentación de su libro “Democràcia a sang freda”, David Madí dio unos sugerentes titulares a la prensa. Recuerdo especialmente uno en que afirmaba que el no había “matado a Kennedy”. Aquella mente fría, calculadora y agresiva, que al dar ese titular quería desempolvarse de esa imagen negativa tras el famoso DVD de CiU en las últimas elecciones al Parlament; quería rebelarse.

Y su turno llegó ayer. En el cine. CiU convocó a sus principales figuras –a excepción del candidato de la coalición, Artur Mas-, periodistas y bloggers al acto de presentación de su nueva imagen en Cinesa Diagonal. David Madí y Joana Ortega (la responsable de comunicación de Unió y diputada en el Parlament) presentaron la imagen más soft para estas elecciones.

Cualquiera diría que David Madí, la cabeza pensante del DVD que dibujó el caos en el país hace algo más de tres años, lideraría la presentación del look más blando y amable de CiU. Pero así fue. La coalición ha entendido que lo único que debe hacer para ganar las elecciones es no meterse en líos y para ello se dispone a ser la opción amable. Aunque corren el riesgo de vaciarse de contenido si se quedan en lo naíf. En lo superficial.

En todo caso, manteniendo la tipografía, han optado por la pureza del blanco y el poder de una sonrisa para evolucionar su logotipo a un símbolo. Una CiU que sonríe a todos para acoger a todos. Incluso al diseñador del logotipo de Obama, pues el círculo con la bandera catalana recuerda sospechosamente a las barras de la bandera americana que el presidente incluía en su símbolo.

Sería necesario reflexionar sobre un punto esencial. La política de las emociones no se consigue sólo con el uso de un símblo. No se consigue con sonrisas tipográficas o corazones con la bandera catalana como ya vimos en las últimas elecciones. La política de las emociones es alguna cosa más compleja y por mucho que se repita, esta no es una opción emocional. De momento.

Para CiU, esta precampaña de la precampaña se asemeja a empezar el colegio, el curso. Porque “Començar il·lusiona”, y con ello quiere enviar un mensaje optimista a la sociedad, aunque el contenido brille por su ausencia. Pero toman posiciones muy sólidas como lo que pretenden ser: un nuevo estilo de catch-all party que no se cierra a pactos con nadie. Aunque el mensaje pueda parecerse a este:

Durante la jornada de ayer también se presentó la gran arma de la coalición en la Red. CiU se adelanta a todos en Catalunya y es el primer partido político catalán con una Red Social propia. Cativistes.cat es el punto de referencia para todos aquellos nacionalistas que quieren hacer algo por su país desde la Red. La plataforma, elaborada por Cink, supondrá un antes y un después en la política catalana y quizás por ello, en CiU no han dudado en darle a su presentación aires épicos a lo Braveheart.

La campaña está ya en marcha y CiU se apropia de los mejores puestos. Los próximos meses serán los clave, tanto para CiU como para ver si su versión amable, soft y con un cierto aire naíf triunfan. Si ayudan a vertebrar esa alternativa política o si por el contrario, la falta de mensaje puede alimentar el efecto Carlos Sainz.

10 Dic

Palabras que funcionan: la caverna de Laporta

Hace unos días comentábamos el efecto que podrían tener en su futuro político las extravagancias del presidente del Barça, Joan Laporta. En aquella ocasión, observábamos como para una parte muy significativa de la prensa española, Laporta se había convertido en la nueva diana del independentismo catalán a quién dirigir todos los ataques. Ante ello, Laporta tiene su palabra que funciona, su expresión que le sirve para contestar a las acusaciones y ganarse apoyos entre sus seguidores: la caverna.

Para Laporta, pero también para una parte significativa del independentismo y catalanismo, por caverna entienden a los medios y opinadores españoles que dirigen ataques demagógicos, exacerbados y faltos de fundamento contra todo lo que se aleje de su visión de España. La caverna es, precisamente, uno de los causantes del aumento del independentismo en Catalunya. Aquellos a quien se les presupone la profesionalidad en su trabajo pero que, por contra, ofrecen a su público una pobre visión de la realidad. Una visión mezclada con un propio fanatismo muy próximo al que critican.

Esa caverna a la que elude Laporta es su carta de justificación. ¿Que alguien osa criticarle por mezclar política y deportes? La culpa es de la caverna. ¿Que alguien se pregunta por qué monopoliza la victoria contra el Madrid con su esperpéntica celebración malgastando en pocos minutos un centenar largo de euros en champagne? La culpa es de la caverna.

A Laporta le funciona. Pero tampoco le va mal a esa caverna formada por Losantos, Vidal, Curry Valenzuela o Isabel San Sebastián. No les va nada mal cuando pueden llamar nazis a los catalanes y mil barbaridades más sin que pierdan ni un espectador. Ya se sabe, en este país nos va la marcha…

1 Dic

La Gaceta mete un gol a Laporta

Hace unos días tenía una interesante conversación sobre Joan Laporta con un amigo. Sin duda, se ha convertido en un tema recurrente, una gran incógnita de la política catalana. No ya por su gestión al frente del Club, sino por lo que representa y lo que podría representar el presidente del Barça en el presente, pero sobretodo en el futuro, de la política catalana.

Laporta nunca ha escondido sus aspiraciones políticas, puesto que ha hecho de su propia gestión al frente del Club una herramienta de reivindicación política. Legítima, justa o no, es algo que compete única y exclusivamente a los socios del FCB. A ellos debe rendir cuentas y parece que si ha conseguido el respaldo mayoritario en varias ocasiones, será por algo.

El presidente del Barça encarna hoy el demonio que hace unos años era Josep Lluís Carod Rovira. Sólo así puede entenderse que personas como el propio presidente de una comunidad autónoma revele a la prensa el contenido de conversaciones privadas en un palco. O que hoy la Gaceta –el diario del grupo Intereconomía- publique un profuso reportaje fotográfico de Laporta celebrando la victoria del Barça en el derbi del domingo en una conocida discoteca de Barcelona.

Lo más sorprendente es la propia reacción de Laporta: no se achanta. Al contrario, alimenta aún más el mito y lo seguirá haciendo, pues sabe que sólo con ello puede alimentar una corriente de fondo –peligrosa- que vive la política catalana; el populismo.

De Laporta sólo conocemos que es marcadamente independentista. Que quiere un estado propio para Catalunya. Se le sitúa próximo a CiU, con tendencias liberales (recordemos que tiene a Sala i Martín en su junta), aunque en los últimos meses juega al gato y al ratón con otra incógnita de la política catalana, Reagrupament. Ante esa indefinición y que sólo un issue sea su bandera política, es comprensible su estrategia de posicionamiento.

Pero el problema lo tendrá el día que dé definitivamente el salto. Dejará tras de sí un reguero de situaciones que, si bien sirven para convencer, animar y motivar a los suyos; dudo que tengan un efecto beneficioso en la mayoría de un electorado que debería apoyarlo. Desde los pantalones bajados en un control aeroportuario a las fotos que hoy vemos en ese periódico. Si bien es una intromisión en la intimidad de una persona y carece de interés informativo; si Laporta piensa seriamente en dedicarse a la política no debería regalar este tipo de imágenes y anécdotas a los que algún día serán sus enemigos políticos.

Parece que la brunete mediática tiene un nuevo objetivo. Como ocurría con Carod, ya que no es reprobable que alguien defienda la independencia, el ataque debe ser personal. Si con Carod se urdió una mentira sobre su origen, incluso sus apellidos; con Laporta se busca asociar su imagen a la del independentismo catalán en su conjunto. Como si la dignidad de Catalunya se perdiera porque Laporta baile en una discoteca celebrando una victoria. O como si lo quisieran intuir.

26 Nov

La dignidad de Catalunya. La dignidad de la prensa catalana.

La prensa no está muerta. Ni estaba de parranda. Aunque sus resultados económicos muestren lo más crudo de una crisis profunda, del propio modelo, sigue siendo un generador esencial de opinión pública y esa voz de la consciencia que a veces es tan necesaria escuchar. Aunque la información sea cada día más parte del espectáculo, el sensacionalismo se expanda a una velocidad de vértigo; a veces, sabe jugar el papel que le corresponde.

Hoy, la prensa catalana ha dado un ejemplo de ello. Un buen ejemplo. Algo que no gustará a muchos más allá de las fronteras de Catalunya, pero que tampoco contará con el beneplácito de otros tantos que desean el hundimiento del Estatut. Fuera de Catalunya, porque creen que rompe España –tras dos años de aplicación de esta Ley Orgánica no parece que ocurra- o porque creen que si el Tribunal Constitucional tumba el Estatut, Catalunya proclamará la independencia al día siguiente. Algo más que improbable.

Lo importante del gesto de hoy es la escenificación más plausible de la unidad de medios muy diferentes –antagónicos incluso- por un mismo objetivo: defender lo que se aprobó tres veces. La editorial es sensato y respetuoso. No deslegitima al alto tribunal pero apunta a una anomalía que no es permisible en una sociedad democrática avanzada: que los miembros que deben decidir sobre una ley tres veces legítima sean objetos de la politización más burda. Un tribunal que debe decidir aunque el mandato de muchos miembros haya expirado ya.

La prensa catalana ha puesto de manifiesto un problema. No un problema catalán, sino un problema español. Algo que debería preocupar a todos. Si el Constitucional cercena el Estatut, ¿qué? ¿Qué pasa con el choque de legitimidades? ¿Qué pasa con el pacto político que supone el texto estatutario? ¿Y luego? En definitiva, algo que va directamente al corazón de la convivencia.

El momento político es apasionante, aunque sea cual sea la decisión, será dura. Catalunya se prepara para una sentencia que, si es negativa, se vivirá como una gran derrota. Pero el gesto de la prensa catalana demuestra que si eso ocurre, la sociedad civil, política y económica catalana está preparada para no quedarse de brazos cruzados. Lo muestran los gestos (la editorial, pero también la afrenta de Montilla, los avisos de Mas y CiU, las declaraciones de Saura…) pero también un ánimo generalizado de que se daría un enorme paso atrás que no todos están dispuestos a hacer.

Os dejo el texto íntegro de la editorial conjunta.

La dignidad de Catalunya

Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y han erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: “Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratificado en referéndum y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica”. Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el Alto Tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores.

La expectación es alta. La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación. De los doce magistrados que componen el tribunal, sólo diez podrán emitir sentencia, ya que uno de ellos (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido.

De los diez jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como el “corazón de la democracia”. Un corazón con las válvulas obturadas, ya que sólo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal –un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo– no haremos mayor alusión a las causas del retraso en la sentencia.

La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de “símbolos nacionales” (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia.

No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de esta. No sólo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, que no es otra que su carácter abierto e integrador.

El Tribunal Constitucional, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras). El Alto Tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años setenta transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posible los treinta años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga.

Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.

Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Tribunal Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos –que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo–, recordando que no existe la justicia absoluta sino sólo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referéndum.

Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable

28 Oct

Y en Catalunya –presuntamente- también había chorizos

La corrupción se ha tornado un bumerang para el PSC. Quizás por aquello del “dime de que presumes y te diré de lo que careces”, cuando saltó la noticia de la detención del alcalde socialista de Santa Coloma de Gramenet, todos teníamos a Nicaragua en el punto de mira. Pero sin duda, el hecho que Lluís Prenafeta y Macià Alavedra, antiguos altos cargos de gobiernos de Jordi Pujol –el primero secretario del gobierno y el segundo consejero de varias carteras en varios ejecutivos de CiU- hayan sido también detenidos en la misma operación, ha cambiado mucho las tornas y la manera de responder de los dos partidos políticos.

Estamos en la recta final de la legislatura en Catalunya. Si no ocurre nada extraño, en el otoño de 2010 se convocarán elecciones autonómicas. Unos comicios sobre los que planean muchas dudas: ¿podrá revalidar la confianza el tripartito? ¿podrá formar gobierno CiU? A la luz de tales disyuntivas, se comprende las estrategias emprendidas por ambos partidos en las últimas semanas.

Y la principal línea ha sido la corrupción. El escándalo del caso Millet abrió otra brecha entre ambos partidos a propósito de las ayudas que el Palau de la Música había otorgado a la fundación de CiU, la Ramón Trias Fargas. El PSC apuntó a un posible escándalo de financiación ilegal y los nacionalistas lo negaron. Aunque el president Pujol dijo horas antes de la detención de Prenafeta, Alavedra y el alcalde socialista de Santa Coloma de Gramenet sobre esta cuestión que si “entramos todos ahí, nos haremos mucho daño”.

El hecho es que este contexto ha pesado mucho en las reacciones de los partidos.

Por su parte, el PSC necesita despejar toda tela de juicio sobre el caso. Por ello, la respuesta ha sido rápida y efectiva: si el juez toma medidas, se exigirá la dimisión y se suspenderá la militancia a los imputados. Y se empezará la búsqueda de un nuevo alcalde en Santa Coloma. Quizás porque en las últimas semanas pusieron en marcha el llamado ventilador para sembrar dudas en el principal partido de la oposición, la respuesta socialista ha sido tan rápida y firme.

CiU respondió horas más tarde en una rueda de prensa ofrecida por Felip Puig. Pese a que dejó claro que ni Alavedra ni Prenafeta forman parte de la dirección y que se tomarán decisiones sobre su militancia a la luz de lo que muestren los jueces. Puig usó la rueda de prensa para resarcirse de los ataques socialistas a cuenta de Millet y la Trias Fargas y pidió celeridad al poder judicial para esclarecer el asunto.

Sin duda, las cosas hubieran sido muy distintas si Lluís Prenafeta y Macià Alavedra no fueran dos de los imputados en el caso de corrupción que ayer el juez Garzón desveló. Las cosas serían muy distintas si el caso de corrupción que tenemos sobre la mesa sólo llevara un color político. Y sí, las cosas serían muy distintas si el PSC no hubiese enarbolado la bandera de la transparencia en las últimas semanas. Porque si todo eso no hubiese ocurrido las respuestas políticas tendrían un aspecto muy distinto.

Pero en realidad, mucho me temo que en esto sólo habrá una clara vencedora: la apatía. Apatía manifestada en términos de cansancio, desafección o abstención. La apatía que llevará a menos gente a las urnas y que, quién sabe, quizás tenga pocos efectos electorales.

Tal y como reflexionábamos hace unos meses a propósito de Camps, este tipo de escándalos de corrupción refuerzan varias conductas de los seguidores de los partidos políticos. Se ponen en marcha mecanismos de defensa y justificación que son dignos de mención. ¿Qué consecuencias prácticas puede tener este caso en una localidad como Santa Coloma de Gramenet, dónde el PSC casi siempre obtiene más del 50% de los votos? Seguramente, pocas. Aunque las elecciones autonómicas son siempre la cita en la que tienen menos apoyos.

Porcentaje de voto al PSC en los comicios del período 1995-2009

Resultó que Catalunya no era un oasis. Que aquí también llegaba la corrupción urbanística y los grandes escándalos de grandes señores de Barcelona. Resultó que no se podía mirar por encima del hombro a nadie y que nadie estaba libre de sospecha. Resultó que ese parásito que amenaza al sistema hace el mismo daño. Y ya veremos si, al igual que en otros lugares, al final la sociedad en su conjunto acabará bajando otra vez la cabeza, mirará hacia otro lado y el día que toque pedir responsabilidades en las urnas, optará por irse de fin de semana.

23 Oct

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!”

Hace ya 32 años que la ciudad de Barcelona se paralizó para recibir al presidente de la Generalitat. Josep Tarradellas volvía de un largo exilio en el que había encarnado –y sufrido- la presidencia de la Generalitat durante los oscuros años del franquismo. Su vuelta era la imagen más fidedigna de la recuperación de la institución de gobierno de los catalanes.

Ese domingo 23 de octubre, a bordo de un DC-9 de Iberia, el presidente restituido llegaba a Barcelona dónde le esperaba todo un pueblo. El acto fue protocolario a la vez que popular, la antesala a su toma de posesión el día siguiente. De ese acto todos recordamos las imágenes vistas mil veces de su discurso desde el balcón de la Generalitat. Ese en el que pronunció unas palabras que quedaran para siempre en el imaginario colectivo catalán:

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!”.

Improvisó un discurso que tuvo mucho significado para la sociedad catalana del otoño de 1977:

“Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí! Ja sóc aquí! Perquè jo també vull l’Estatut! Ja sóc aquí! Per compartir les vostres penes, els vostres sacrificis i les vostres joies per Catalunya. Ja sóc aquí! Per treballar amb vosaltres per una Catalunya pròspera, democràtica i plena de llibertat. Ja sóc aquí!”

“Ciudadanos de Catalunya: ¡ya estoy aquí! ¡Ya estoy aquí! ¡Porque yo también quiero el Estatut! ¡Ya estoy aquí! Para compartir vuestras penas, vuestros sacrificios y vuestras alegrías por Catalunya. ¡Ya estoy aquí! Para trabajar con vosotros por una Catalunya próspera, democrática y llena de libertad. ¡Ya estoy aquí!”

Con el tiempo, hemos ido recuperando la memoria histórica, de momentos cruciales como este. Una lucha que conoce muy bien el president Maragall. Esta semana ha presentado el proyecto de investigación biomédica BarcelonaBeta que investigará sobre las causas de enfermedades como la que él sufre, el alzhéimer. Decía en una reciente entrevista que “no hay mal que cien años dure, podemos olvidar dónde hemos dejado las llaves, pero no olvidamos las poesías, las canciones, los refranes…” Y en ese orden de cosas, añado, no debemos olvidar a las personas que han contribuido a vertebrar el país. De Tarradellas a Maragall, pasando por Pujol. Sin olvidar a Macià, a Companys y a tantos otros.

El president Pujol tampoco se da por vencido. Sus memorias pretenden que no olvidemos lo que costó recobrar el autogobierno y defenderlo. Y también este mes, el gobierno de la Generalitat ha pedido una vez más que se anule el juicio al president Companys –el único presidente democrático asesinado por el fascismo- y junto al gobierno español, han entregado a la familia un documento de reparación.

En una comida esta semana comentábamos la necesidad de no olvidar lo que muchos hicieron por nuestra sociedad. De reclamar un poco de ese deseo de países como los Estados Unidos para recordar la tarea, los valores y los ideales de los que ocuparon los mayores cargos de responsabilidad de un país. Los monumentos, las calles y los monolitos son ejemplo de ello, pero también el recuerdo vivo de sus palabras. Y ahí tenemos un problema. Buscar en Internet discursos de Macià o Tarradellas es casi tan difícil como de Suárez, Calvo Sotelo, González o el propio Aznar. Mientras, Washington, Jefferson o Lincoln no sólo están a un clic de distancia, sino que son ampliamente citados en la retórica política habitual.

Recordando la vuelta de Tarradellas, intento recordar cosas que no he vivido, pero que no me gustaría olvidar…

15 Oct

El impuesto de la muerte

CiU no conseguirá suprimir el impuesto de sucesiones hasta que gobierne… o hasta que consiga cambiar el marco conceptual de muchos ciudadanos que expresen mayoritariamente su deseo de acabar con este impuesto. Y quizás dotarse de una estrategia un poco menos contradictoria.

Es evidente que hay una cuestión ideológica de fondo que no se puede atajar sólo con una estrategia de comunicación, pero la experiencia americana es muy clara al respecto. La población a favor de eliminar el impuesto de sucesiones no era el mismo que quién quería terminar con el impuesto de la muerte. Más del 70% estaban a favor de este último, muchos más que en opciones similares a la primera. ¿Por qué hay un cambio tan grande respecto al mismo concepto?

La explicación es los conceptos que evoca una palabra. El marco en el que se desenvuelve. Y eso es básico. Cuándo hablamos de muerte, pensamos en alguna experiencia personal, en el entierro, el funeral, los trámites. En el dolor, el desconsuelo. El negro del luto. ¿Quién no quiere suprimir un impuesto que se asocia a algo tan doloroso?

El término deja de ser neutral y, de golpe, desaparece la imagen de señores del tipo Millet celebrando la supresión de un impuesto para todos los patrimonios, incluido el de los súper ricos.

El debate en el Parlament de ayer –uno de los más vibrantes de los últimos acontecidos-, CiU no usó una aproximación de este tipo. El concepto empieza a aparecer en algunos comentarios en medios y blogs, pero el mensaje político sigue fijado en términos clásicos. Y las fuerzas de izquierda las rebaten de un modo más próximo y emocional, con una apelación directa: si suprimimos el impuesto, ¿de dónde sacamos los 800 millones de euros que faltaran en el presupuesto? ¿Cómo dejamos de construir hospitales y escuelas para que unos señores con millones dejen de pagar un impuesto? Es simplificado, lo sé, pero es lo que muchos ciudadanos pueden creer.

El lenguaje es fundamental, hay que elegir bien cada palabra. Sobretodo si luego se incluyen estrategias distorsionadoras. Si el impuesto es una competencia autonómica, ¿por qué CiU llevó el tema al Congreso? ¿No ha introducido ruido en un debate que, queramos o no, es básicamente emocional?