Este jueves, otro año más, una fecha se marcó en un profundo negro en nuestro calendario. 11 de marzo. Otra vez. Y con ella, los recuerdos del día de la infamia. El dolor de una sociedad entera que asistió estupefacta al mayor atentado terrorista de la historia de España. Ese día, 192 familias rompieron de dolor y más de 40 millones de ciudadanos les acompañamos en ese duelo e intentamos darles nuestro apoyo.
Pero parece que, año tras año, sigue habiendo gente en este país que se preocupa más por mantener la insidia, las teorías de la conspiración que por dar apoyo a sus víctimas. Grupos mediáticos que abonan el campo a la división, al enfrentamiento. Que año tras año aumentan incluso el ya insuperable dolor de las víctimas.
Un año más, el 11 de marzo despertó gris y triste. Y se tornó aún más negro al ver, oír y leer según que cosas. Desde las portadas de ciertos periódicos al trato de una de las asociaciones de víctimas. De nada nos sirve rendir homenaje año tras año si aún existe voluntad de hacer de esto una arma arrojadiza.
Por ello, el discurso que Pilar Manjón dirigió a los diputados y diputadas de la comisión de investigación del 11M debe ser recordado. Porque ese día sus palabras helaron a los políticos y a un país entero. Y porque esa valentía le ha causado aún más dolor.
Seguiremos, al menos cuatro años más, hablando de desafección y del descrédito de la política. Seguramente las cifras de participación en las próximas elecciones catalanas seguirán mostrando un pasotismo generalizado en la ciudadanía. De poco nos servirá que apelen a la ilusión por empezar, a los tiempos difíciles que necesiten gente seria o la sempiterna promesa de la fragmentación parlamentaria con personajes como Laporta, Nebrera o los que vengan. Hemos perdido una oportunidad crucial para cambiar todo esto.
La mil veces prometida Ley Electoral de Catalunya debía ser parte fundamental para un resurgimiento de la política. Estaba llamada a serlo. La sociedad no hace nada más que presionar para que las cosas cambien. Sí, el aumento de la desafección es una muestra clara de que algo no anda bien y es necesario hacer ajustes. Y los partidos, otra vez, no han estado a la altura.
Especialmente en Internet, se vive esta presión por los cambios. Por una relación más directa con nuestros representantes. Con una capacidad más viva de elección. Pero los partidos se resisten a quedarse sin pastel. A quedarse sin su lugar preeminente. Hablar de listas abiertas ya no es descabellado. Hablar de cambios profundos no es una excentricidad. Pero si una utopía, vista la negativa de los partidos a desmontar su propia gallina de los huevos de oro.
Muchos soñamos con que un cambio en la Ley Electoral llevará a un necesario cambio en los partidos. Muchos creemos que un cambio es necesario para llevar el valor del mérito a los partidos. Pero tendremos que esperar, al menos, cuatro años más.
Según Punset, la política “es un mercado en donde las barreras de entrada son prácticamente infranqueables –todavía más en Europa que en Estados Unidos– y donde la competencia y, por lo tanto, la innovación no son posibles. Los economistas hemos aprendido desde que nos enseñaron el abecedario de la economía que sin libertad de entrada en cualquier mercado no hay competencia; sin competencia no existen incentivos para innovar, y sin innovación no hay progreso.” Parece que los partidos se resisten a dejar que nuevos actores formen parte de ese entramado. Tienen miedo a levantar la barrera de entrada. Ponen freno a la innovación.
Mientras, seguiremos buscando culpables. Encargaremos más informes y estudiaremos más concienzudamente el por qué del pasotismo de los ciudadanos. Quizás deberían empezar por estudiar por su propio pasotismo ante algo tan esencial. Quizás.
Vía varios blogs de miembros de “Las Ideas” he sabido que soy finalista en la tercera edición del Premio Enrique Padrós, que organiza la misma asociación. Sus miembros han estimado que debo llegar a la final con auténticos nombres propios de entre los blogs políticos de este país: Fernando Garea, Ignacio Escolar y al admirado Antoni Gutiérrez-Rubí.
No sé como agradecer a todos y cada uno de los votos recibidos. Me abruma y me llena de responsabilidad por seguir usando este espacio para conversar de la política desde otra perspectiva y, por qué no decirlo, con los ojos de otra generación. Gracias. Sinceras, plenas. Gracias.
En Kenia hay un esquiador que tiene obama, o sea, esperanza. Quizás pueda parecer extraño unir en la misma frase dos conceptos antagónicos como nieve y Kenia, pero en ese país, un soñador quería ser feliz sobre la nieve. Ese soñador se llama Philip Boit y se hizo un hueco en la historia al participar en los Juegos Olímpicos de Nagano en 1998.
Boit puso esfuerzo y empeño y no tiró la toalla cuando Nike le ofreció un puesto en su programa de deportes de invierno en 1996 y aprendió a esquiar en Finlandia junto a otro compatriota. La persecución de su sueño le llevó a la clasificación para los Juegos que se celebraron en la ciudad japonesa y terminó la prueba. Último.
Pese a ello, sus contrincantes le felicitaron. El campeón olímpico también lo hizo y el keniano puso el nombre de éste, su héroe, al hijo que tuvo. Y siguió entrenando y practicando, incluso cuando Nike le abandonó a su suerte.
En unas semanas, Boilt volverá a participar en unos Juegos Olímpicos. De hecho, no ha dejado de hacerlo desde Nagano. Se entrena en Kenia, corriendo mucho durante las horas más frías de un país con una media de 28 grados, y espera mejorar su marca.
El liderazgo político debería ser algo parecido a la historia de este inusual esquiador. El esfuerzo debería primar sobre escalar cargos en un partido. El obstáculo de Boit es la falta de nieve, pero para la política quizás el gran obstáculo es el propio poder de los partidos. Y quizás en el fondo de ello está la respuesta a la creciente preocupación de los ciudadanos hacia la política y de la grave desafección. Quizás los políticos han dejado de perseguir sueños de cambio por perseguir cargos que ocupar.
A finales de mes se estrenará en España una de las películas del año: Invictus. Dirigida por Clint Eastwood y con un cartel de lujo. Morgan Freeman –sólo él podía hacerlo- da vida a Nelson Mandela en una película inspirada en el célebre libro de John Carlin “El factor humano”.
Mejor no os cuento el argumento, para eso tenéis el libro o el trailer, prefiero centrarme en un elemento que está tratado con genialidad en el trailer: inspirar esperanza. No es fácil hacerlo y por la historia, por el personaje –y porque, en el fondo, estamos hablando de cine- en nada nos sentimos dentro de lo que nos cuenta. Quizás la producción de oxitocina cuando nos cuentan una historia de estas características tenga mucho que ver…
Espero poder comentar algo más sobre esta película cuando la estrenen (si alguien tiene entradas para la première, le acompañaré encantado), pero todo apunta a que será una gran lección de liderazgo. Pero no de ese estricto, tradicional, masculino. No. Será una lección de liderazgo emocional, en donde las personas y sus sentimientos son el centro. Aunque se hable de rugby. Será una historia de como un liderazgo basado en la empatía, la esperanza y las emociones son la clave de los imposibles. Como la propia historia reciente de Suráfrica, la victoria del candidato alternativo como Obama o el Barça de las seis copas y el liderazgo emocional de Pep Guardiola.
En 2010 veremos tantos avances como el “I like Ike“. Y los podremos compartir.
A algunos, quizás el año les siente tan mal como a Nixon las cámaras. Y para otros, los retos se tomarán con un “Yes, we can!“. Y los podremos compartir.
Por unas fiestas en paz y alegría. Y por un año cargado de HOPE.
No, no es cuestión de ir a Washington a visitar directamente al presidente de los Estados Unidos. Es una opción, pero dudo mucho que el Servicio Secreto os permita llegar hasta él. Tampoco me refiero a la típica visita a las dependencias de la Casa Blanca, también en la capital americana. Ni a Oslo para ver como le dan el Nobel a Obama o a protestar por este hecho. En esta ocasión, os propongo una visita un poco más exótica.
Este destino requiero de un avión y de unas cuantas-muchas horas de avión, porque Obama, además de ser el presidente de los Estados Unidos, es el nombre de una ciudad portuaria japonesa que tiene unos 32.000 habitantes.
Puede ser un pintoresco complemento a las típicas visitas a Tokio, el monte Fuji u Osaka, por lo curioso del nombre y por el hecho de poner los pies en una típica localidad de costa japonesa.
Esta ciudad supo aprovechar el tirón el presidente. De hecho, si no fuera por él no estarías leyendo estas líneas y yo no las hubiese escrito. Eso lo supo muy bien Seiji Fukiwara, un vecino de la localidad que no dudo en organizar un grupo local de apoyo al, por entonces, candidato demócrata en las primarias.
Puede ser interesante contactar con Fukiwara y tomarse unos makis o unos fideos en algún local típico mientras os cuenta cómo logró organizar a sus vecinos e intentar averiguar si recibieron respuesta a la invitación que le hicieron llegar a Obama para que visitar su ciudad homónima, con folletos turísticos y palillos de comer incluidos. Decidle que vais de mi parte…
La celebración del día de la Constitución de este año se empaña por la muerte de uno de sus padres, Jordi Solé Tura. Fue uno de los siete ponentes de la Constitución y ministro de Cultura durante los años 1991 y 1993, en uno de los gobiernos de Felipe González.
Una de las piezas clave de la Transición. Uno de esos hombres excepcionales que supieron encontrar el entendimiento. Uno de esos políticos que tanto echamos de menos. Y tal y como expresaba su hijo, fue una persona que vivió dos exilios en su vida: el marcado por su lucha contra el régimen fascista que gobernó España durante 40 años y el que vivió por culpa del Alzheimer. Os recomiendo el documental que le dedicó su hijo “Bucarest, la memoria perduda”.
Hace unos días tenía una interesante conversación sobre Joan Laporta con un amigo. Sin duda, se ha convertido en un tema recurrente, una gran incógnita de la política catalana. No ya por su gestión al frente del Club, sino por lo que representa y lo que podría representar el presidente del Barça en el presente, pero sobretodo en el futuro, de la política catalana.
Laporta nunca ha escondido sus aspiraciones políticas, puesto que ha hecho de su propia gestión al frente del Club una herramienta de reivindicación política. Legítima, justa o no, es algo que compete única y exclusivamente a los socios del FCB. A ellos debe rendir cuentas y parece que si ha conseguido el respaldo mayoritario en varias ocasiones, será por algo.
El presidente del Barça encarna hoy el demonio que hace unos años era Josep Lluís Carod Rovira. Sólo así puede entenderse que personas como el propio presidente de una comunidad autónoma revele a la prensa el contenido de conversaciones privadas en un palco. O que hoy la Gaceta –el diario del grupo Intereconomía- publique un profuso reportaje fotográfico de Laporta celebrando la victoria del Barça en el derbi del domingo en una conocida discoteca de Barcelona.
Lo más sorprendente es la propia reacción de Laporta: no se achanta. Al contrario, alimenta aún más el mito y lo seguirá haciendo, pues sabe que sólo con ello puede alimentar una corriente de fondo –peligrosa- que vive la política catalana; el populismo.
De Laporta sólo conocemos que es marcadamente independentista. Que quiere un estado propio para Catalunya. Se le sitúa próximo a CiU, con tendencias liberales (recordemos que tiene a Sala i Martín en su junta), aunque en los últimos meses juega al gato y al ratón con otra incógnita de la política catalana, Reagrupament. Ante esa indefinición y que sólo un issue sea su bandera política, es comprensible su estrategia de posicionamiento.
Pero el problema lo tendrá el día que dé definitivamente el salto. Dejará tras de sí un reguero de situaciones que, si bien sirven para convencer, animar y motivar a los suyos; dudo que tengan un efecto beneficioso en la mayoría de un electorado que debería apoyarlo. Desde los pantalones bajados en un control aeroportuario a las fotos que hoy vemos en ese periódico. Si bien es una intromisión en la intimidad de una persona y carece de interés informativo; si Laporta piensa seriamente en dedicarse a la política no debería regalar este tipo de imágenes y anécdotas a los que algún día serán sus enemigos políticos.
Parece que la brunete mediática tiene un nuevo objetivo. Como ocurría con Carod, ya que no es reprobable que alguien defienda la independencia, el ataque debe ser personal. Si con Carod se urdió una mentira sobre su origen, incluso sus apellidos; con Laporta se busca asociar su imagen a la del independentismo catalán en su conjunto. Como si la dignidad de Catalunya se perdiera porque Laporta baile en una discoteca celebrando una victoria. O como si lo quisieran intuir.