15 series políticas imprescindibles

No están todas las que son ni son todas las que están. En este post te presento 15 series políticas que no debes perderte:

1. The West Wing

Si hablamos de series políticas, esta es LA serie. Sin duda. Ambientada en la Casa Blanca, muestra los entresijos de la administración de un presidente demócrata. Los protagonistas son el presidente -Josiah Bartlet- y sus asesores más cercanos. Fue creada por Aaron Sorkin con la ingente cantidad de material que había preparado para la película The American President (El presidente y Miss Wade). Se emitió de 1999 a 2006 por la NBC. Sus 7 temporadas recorren los dos mandatos de Bartlet en la Casa Blanca, con una gran cantidad de situaciones políticas y tramas personales. Cuando llegues a las séptima temporada recuerda esto: fue emitida en 2006.

La serie contó con un reparto de lujo: Martin Sheen encarna al presidente Bartlet y quizás es el actor que ha interpretado mejor a un presidente de Estados Unidos. Stockard Channing, la mítica Rizzo en Grease, es la primera dama. Otros pesos pesados de Hollywood como Alan Alda o John Goodman les acompañan en el reparto. Y Rob Lowe, Bradely Whitford, John Spencer, Janel Moloney, Joshua Malina, Dulé Hill, Allison Janney, Richard Schiff… son hoy los asesores presidenciales más famosos de la historia de la televisión.

2. Political Animals

Inspirada en la vida de Hillary Clinton, esta miniserie de 6 capítulos está protagonizada por una impresionante Sigourney Weaver. Fue emitida en 2012 por USA Network y fue creada por Greg Berlanti. En la serie se muestra el precio que pagan las familias que han habitado la Casa Blanca, mezclando la trama política con la personal de una Secretaria de Estado, ex Primera Dama, divorciada, con dos hijos -uno de ellos adicto al alcohol y a las drogas-, que tiene que decidir el rumbo de su vida política.

Buen guión, la serie se devora y tiene un final explosivo. Solo tiene una temporada. Y es una auténtica lástima que no exista una continuación. Muy recomendable.

3. House of Cards

El fenómeno de 2013. En este post ya hablaba de ella. En breve: la serie muestra el personal estilo de hacer política del congresista Francis Uderwood (interpretado por Kevin Spacey), un auténtico tiburón político que urde su venganza. La serie muestra el Washington más crudo, con envidias, sed de poder, sexo y corrupción.

A diferencia de otras series de esta lista, esta es una serie original de Netflix. Gracias a ella, Netflix ganó su primer Emmy. De hecho, fue una de las triunfadoras en los Emmy de este 2013. La serie es una adaptación de la serie original británica de la BBC en los noventa.

4. Homeland

Aunque muchos puedan pensar que Homeland no merece estar en esta lista, soy un firme defensor de incluir esta maravilla en ella. La serie muestra las consecuencias de la Guerra contra el Terror emprendida por la administración Bush y sitúa su trama en el rescate de un marine, prisionero de guerra de Al-Qaeda, al que todos daban por muerto. Pero el preso, el sargento Brody, es ahora un riesgo para la seguridad nacional.

Claire Danes se sale interpretando a Carrie Mathison, una agente de la CIA que protagoniza la lucha constante por salvar a Estados Unidos de un nuevo ataque terrorista. La serie tiene ya dos temporadas y en septiembre se estrena la tercera. Se emite desde 2011 por la cadena Showtime y ha conseguido robar el corazón de la crítica y de los espectadores de medio mundo.

5. Commander in Chief

A la estela del éxito de The Wes Wing, ABC lanzó esta serie en 2005. La serie muestra la presidencia de Mackenzie Allen, la primera presidenta de los Estados Unidos que llega al cargo tras la muerte del presidente Teddy Bridges. Geena Davis encarna a la presidenta, una independiente que llega a la política casi de casualidad.

La serie es pobre en decorados y los primeros capítulos son muy flojos en comparación con The West Wing. Pero es impresionante ver el ejercicio de política ficción y de teoría constitucional que muestra la serie. De hecho, la gran trama es su lucha con el presidente del Congreso, Nathan Templeton, por el poder. Ah, Mark-Paul Gosselaar, que interpreta a Zack Morris en “Salvados por la campana” es el spin doctor de la presidenta.

La serie tiene una sola temporada de 18 capítulos, que no está acabada, ya que ABC canceló la serie.

6. Borgen

Borgen es el cruce perfecto entre The West Wing y Commander in Chief… pero a la europea. O mejor, a la danesa. La serie muestra el improbable ascenso de una diputada moderada a primera ministra del reino de Dinamarca. Birgitte Nyborg se convierte en la primera mujer que ocupa el cargo. Cosa que pasó años después en la realidad.

Tras su llegada al poder, Nyborg debe hacer frente a una difícil coalición de gobierno, los problemas de la inexperiencia política y la difícil relación con los medios de comunicación en un entorno mediático hostil. De hecho, la serie podría muestra algo así como la Rosa Díez danesa.

La serie está muy bien ambientada, realizada e interpretada. La pega es tener que verla en danés y con subtítulos al inglés. Pero vale la pena. Tiene tres temporadas.

7. Boss

Tom Kane es el alcalde de Chicago. Y sus métodos para ejercer el poder no son precisamente ortodoxos. Adolecido de una enfermedad neurodegenerativa, Kane oculta su enfermedad para poder seguir en el cargo.

La serie, que cuenta con la producción ejecutiva de Gus Van Sant, tiene dos temporadas y fue estrenada por Starz en 2011.

8. Yes, Minister y Yes, Prime Minister

La serie favorita de Margaret Thatcher. Esta genial comedia muestra el funcionamiento de la administración británica. Tras ser nombrado ministro, James Hacker tendrá que hacer esfuerzos titánicos para domar al funcionario Sir Humphrey Appleby, el Secretario Permanente del ministerio que se encargara de que todo cambie para que nada cambie. La serie tuvo una secuela, Yes, Prime Minister, con la llegada de Hacker al 10 de Downing Street.

Escrita por Antony Jay y Jonathan Lynn, esta obra de referencia se emitió en la BBC entre 1980 y 1984.

9. The Kennedy’s

La historia de la familia política más trágica de América tuvo su miniserie emitida en Canadá en 2011. Durante 8 episodios, la serie muestra el ascenso y trágico final de la familia. Greg Kinnear, Katy Holmes, Barry Pepper y Tom Wilkinson la protagonizan.

10. Secret State

Ojo a esta serie británica estrenada en 2012 por Channel 4. En 4 episodios ponen toda la carne en el asador: la relación entre un gobierno elegido democráticamente, el ejército y las grandes empresas. No quiero contarte mucho, porque cuatro episodios son nada, pero piensa que de un día para el otro llegas al cargo de Primer Ministro y descubres un cacao impresionante. ¿Qué haces? A eso se enfrenta el protagonista. Muy recomendable.

11. John Adams

Te aviso: es densa. Esta serie de 7 episodios muestra la vida del segundo presidente de Estados Unidos, John Adams, desde los inicios de la Revolución Americana hasta su muerte. Tener conocimientos de la historia de Estados Unidos es importante aunque no necesario. Paul Giamatti interpreta a Adams. La serie fue producida por Tom Hanks.

12. Black Mirror

Aunque toda la serie en sí no está relacionada con la política, el primer capítulo sí. No quiero desvelarte nada… pero si quieres flipar ponte el primer capítulo de la primera temporada. Fue creada por Charlie Brooker y se emitió por primera vez en Channel 4.

13. Veep

Veep es una comedia emitida en HBO, mostrando la vida de la vicepresidenta de Estados Unidos. Se emite desde 2012 y actualmente aún está en emisión, renovada hasta 2014.

14. Spin City

Es una de las comedias políticas más míticas. Emitida entre 1996 y 2002, con Michael J. Foz como protagonista, muestra la alocada vida del gobierno de la ciudad de Nueva York.

15. Jack & Bobby

¿Te suenan de algo los nombres? Esta serie fue emitida entre 2004 y 2005. Muestra la vida de dos hermanos adolescentes y muestra el presente a través de entrevistas. Ahí descubrimos que uno de los dos llega a presidente.

¿Me he dejado alguna? No olvides comentar.

De aquellos polvos, señor presidente, estos lodos

“Luis. Lo entiendo. Se fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”. El Mundo había destapado en enero de 2013 las cuentas suizas de Luis Bárcenas. Y en el inicio de la mayor tormenta política de la democracia, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le envió este sms al extesorero Popular, que está ya entre rejas. Supuestamente. ¿Es Mariano Rajoy tan insensato cómo para mantener la comunicación con Bárcenas hasta marzo de 2013 ocupando su banco azul?

Sinceramente, no lo sé. Desconozco si los sms son ciertos o falsos. Ni he visto los originales de la contabilidad B del Partido Popular que Pedro J. Ramírez entregó al juez ni conozco la instrucción del caso que está en las manos del juez Ruz. No tengo acceso a pruebas ni a mayor información. Como cualquier otro ciudadano, me gobiernan las percepciones.

Y aquí viene el punto interesante de todo este embrollo. ¿Es Rajoy tan insensato cómo para mandarse sms con Bárcenas después del tremendo lío montado tras la publicación de los papeles de Bárcenas que hizo El País? ¿En serio? Si los envió, ¿en una época en la que la información fluye sin cesar Rajoy creía que podía mantener en secreto esos sms? No lo sé.

No lo sé. No puedo saber si son ciertos. Lo único que sé es que lo puedo llegar a creer. Me puede llegar a cuadrar al ver cómo ha reaccionado el presidente del Gobierno a este lío. Y ahí no puedo más que echar mano del refranero popular: de aquellos polvos, estos lodos.

Los esfuerzos de Rajoy y de su entorno para defenderle han sido un estrepitoso fracaso. Desde negarse a responder a los periodistas, responder con chulería (“La segunda ya tal”), a evitar las Cámaras, usar pantallas de plasma para aparecer ante los medios o esperar con auténtico pasotismo a que la tormenta escampe.

Rajoy no ha querido defenderse. Y si no lo ha hecho será por algo. Esa es la idea con la que nos hemos quedado muchos ciudadanos, y esta ausencia de acción la ocupa la ofensiva de Bárcenas. Marca el ritmo y nos empuja a creer al extesorero antes que al presidente del Gobierno.

Nadie puede discutir la legalidad: Rajoy ni está imputado ni parece que vaya a estarlo. Rajoy es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Por cierto, de unos delitos que ya habrían prescrito (pero bueno, ese es otro tema). Pero la legitimidad (no la de las urnas, sino la de que una persona que habría cometido delitos debería ocupar la presidencia) sí está en juego. La confianza sí está en jaque. No solo por la estrategia de Bárcenas, también por el pasotismo flagrante de Rajoy.

Actuar o no actuar tiene sus costes. Y quizás la estrategia de Rajoy, más que el tiempo judicial, le cueste cara. No hay nada más fácil de perder que la confianza y a día de hoy el presidente del Gobierno va camino de perder incluso la de los propios. De aquellos polvos, señor presidente, estos lodos.

Soy finalista al Young Communicators Award de Europa

En julio de 2011 me lié la manta a la cabeza y decidí embarcarme en un reto electrizante: dirigir la comunicación de una plataforma de peticiones online. Sabía que trabajar en una plataforma así era algo único. El lugar en el que podía unir mi pasión por la comunicación con el empoderamiento ciudadano. Con la política de lo próximo. De lo cotidiano. Esta aventura no sólo me ha dado la satisfacción de crecer personal y profesionalmente, sinó que también me ha llevado a ser uno de los tres finalistas al premio Young Communicators Award que otorga la Asociación Europea de Directores de Comunicación (EACD).

El próximo 27 de junio defenderé mi candidatura en la final que se celebra en la Cumbre Europea de Comunicación. Mostraré como en menos de dos años hicimos unos esfuerzos enormes para crear una marca como Actuable. Y digo crear porque gracias al trabajo que realizamos, en España aún se conoce al hecho de iniciar una petición como “hacer un Actuable”. El sueño de cualquier profesional de la comunicación: que llamen a tu producto, las peticiones online en este caso, por el nombre de tu marca.

Pero por si fuera poco, mostraré que no construimos una marca, sinó dos. Lo hicimos dos veces. Porque en septiembre de 2011 anunciamos la unión con Change.org. Y en mayo de 2012, fusionamos las dos plataformas para crear la mayor plataforma de peticiones del mundo. Un año más tarde, más de 4 millones de usuarios en España inician y firman peticiones en la nueva plataforma: Change.org.

De todo esto -y perdonad que no me extienda, pero tampoco puedo hacer un spoiler de lo que contaré ese día- hablaré el próximo 27 de junio. Hasta entonces prepararé a conciencia la presentación y pensaré en que la clave de este reconocimiento es haber trabajado codo con codo con un grandísimo equipo para ayudar a la gente a cambiar el mundo. Y agradecer a la gente como Antoni, Carlos, Raquel, Adolfo, Juan Carlos, Iván o Francisco que me han acompañado a llegar hasta aquí desde mis primeros pasos en el mundo de la comunicación. Y a José, por animarme a presentar la candidatura. Solo puedo estar agradecido por por ser finalista, por el hecho de que haya quien me considere uno de los tres mejores comunicadores jóvenes de Europa. Crucemos los dedos.

Hijo de puta, hay que decirlo más

Lo decían en “La hora chanante”: hijo de puta, hay que decirlo más. Y es que al ver la primera temporada de la serie de Netflix “House of Cards”, no he podido evitar pensar en ellos. Porque esa es la historia de esta serie, la de un gran hijo de puta.

Con todas sus connotaciones. Con todas sus dimensiones. El personaje de Frank Underwood es uno de esos políticos que se mueven a sus anchas entre las cloacas de la política. De esos políticos que manejan como pocos los hilos del poder. Que saben maximizar los contextos y que crean oportunidades de las crisis.

“House of Cards” engancha. Y mucho. Quizás está a medio camino entre la visión interna de la política que hace “The West Wing” y la tensión dramática de “Homeland”. Eso sí, no hay buenismo alguno. Cinismo, hijoputismo y tensión por doquier.

Si te gusta la política, es la serie de la temporada. Si no te gusta la política, puede que también. Porque, política a parte, Kevin Spacey se sale interpretando a Underwood y la realización es impecable.

La serie de David Fincher, ofrecida en Netflix, acaba de terminar su primera temporada. La segunda, se empezará a rodar en primavera. Para mitigar la espera, encontrarás alternativas en la miniserie original de la BBC en la que está inspirada esta joya de la temporada.

Las cuatro veces de Obama

Cuando George Washington renunció a un tercer mandato, sentó precedente. Algunas fuentes afirman que lo hizo por el empeño de los padres fundadores de evitar a toda costa que el nuevo país se convirtiera en una monarquía. Otras, que estaba ya mayor para el cargo. El hecho fue que sus inmediatos predecesores siguieron la práctica.

Así, todos los presidentes, menos Franklin D. Roosevelt, han servido un máximo de dos mandatos. O lo que es lo mismo, un máximo de dos tomas de posesión. Tres si alguna de las dos del mandato caía en domingo. Pero Obama, habiendo servido solo dos mandatos, igualará este lunes las cuatro tomas de posesión de Roosevelt.

¿Por qué? ¿Sus dos tomas de posesión han caído en domingo? No, para nada. Obama juró el cargo como manda la vigésima enmienda el 20 de enero de 2009. Pero el juramento no fue del todo bien. John Roberts, el presidente del Tribunal Supremo inició el acto. Pero se equivocó. Cambio de orden la palabra “faithfully” del juramento. Obama hizo ademán, con la cara, para que se diera cuenta… pero no pasó. El error siguió y cambió una preposición, donde debería haber dicho “president of”, el juez dijo “president to”. Y Obama repitió lo que le dijo el magistrado. Aunque estaba mal.

El artículo segundo de la Constitución establece el juramento. Así que el presidente Obama no había jurado como es debido. Aunque no era el primer error en la historia, la Casa Blanca decidió repetir el juramento. El consejo legal de la Casa Blanca pidió al juez que volviera a administrar el juramento. Así, en la tarde del 21 de enero de 2009, Roberts fue a la Casa Blanca y tomó juramento a Obama en la Sala de Mapas (Map Room). Fue una ceremonia con pocos asistentes, el fotógrafo oficial de la Casa Blanca tomó unas instantáneas y se grabó el audio del juramento. El error del primero suscitó cierto debate entre expertos de derecho constitucional.


Aunque en un primer momento la Casa Blanca negó que ese segundo juramento iba a tomar lugar, los asesores del presidente decidieron ser muy cautos ante la gran cantidad de rumores que siempre han rodeado al presidente.

Hoy Obama jurará el cargo en una ceremonia privada en el Salón Azul de la Casa Blanca. Será un acto con su familia y pocos asistentes más durante el servicio religioso del domingo. El mismo juez que se equivocó en 2009 le tomará juramento para cumplir con lo que dice la Constitución en su vigésima enmienda.

El lunes 21 se volverán a ver las caras. Desde que en 1947 entró en vigor la vigesimosegunda enmienda -la que prohíbe que los presidentes estén más de dos mandatos en el cargo- Obama es el único presidente en jurar el cargo en cuatro ocasiones. Esta vez Roberts tiene dos oportunidades más para no equivocarse. Y con esta nota termino: cuando Obama era senador y el presidente Bush propuso a Roberts para presidir el Supremo, el hoy presidente votó en contra del nombramiento. Pero no haremos sangre: un mal día lo puede tener cualquiera.

Los mejores discursos inaugurales de la historia

En 2005, con motivo de la segunda toma de posesión de George W. Bush, el Washington Post publicó un artículo sobre los mejores y los peores discursos inaugurales de la historia. Hoy mostramos los 10 mejores discursos de la historia.

1. Discurso inaugural de Abraham Lincoln, 4 de marzo de 1865

“With malice toward none, with charity for all, with firmness in the right as God gives us to see the right, let us strive on to finish the work we are in, to bind up the nation’s wounds”

2. Discurso inaugural de Franklin D. Roosevelt, 4 de marzo de 1933

“Let me assert my firm belief that the only thing we have to fear is fear itself—nameless, unreasoning, unjustified terror which paralyzes needed efforts to convert retreat into advance.”

3. Discurso inaugural de Theodore Roosevelt, 4 de marzo de 1905

“We wish peace, but we wish the peace of justice, the peace of righteousness.”


4. Discurso inaugural de Ronald Reagan, 20 de enero de 1981

“In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem.”


5. Discurso inaugural de Harry S. Truman, 20 de enero de 1949

“The supreme need of our time is for men to learn to live together in peace and harmony.”

6. Discurso inaugural de Abraham Lincoln, 4 de marzo de 1861

“The mystic chords of memory, stretching from every battlefield and patriot grave to every living heart and hearthstone all over this broad land, will yet swell the chorus of the Union, when again touched, as surely they will be, by the better angels of our nature.

7. Discurso inaugural de James A. Garfield, 4 de marzo de 1881

“The supremacy of the nation and its laws should be no longer a subject of debate.”

8. Discurso inaugural de Thomas Jefferson, 4 de març de 1801

“Sometimes it is said that man can not be trusted with the government of himself. Can he, then, be trusted with the government of others?

9. Discurso inaugural de William Howard Taft, 4 de marzo de 1909

“We cannot permit the possible failure of justice, due to local prejudice in any State or municipal government.”

10. Discurso inaugural de John F. Kennedy, 20 de enero de 1961

“And so, my fellow Americans: ask not what your country can do for you—ask what you can do for your country.”

El juramento presidencial

Son 35 palabras. Quizás, una de las fórmulas más conocidas. La tradición, el cine y la televisión han hecho de esas 35 palabras todo un símbolo de la presidencia. A mediodía del 20 de enero, el presidente electo de los Estados Unidos debe jurar o prometer el cargo para poder acceder a él. Eso es así por dos artículos de la constitución de Estados Unidos. La fecha, por la vigésima enmienda. El juramento, por el artículo dos.

Antes del discurso inaugural, el presidente electo jura o promete el cargo. Lo hace con esta fórmula recogida en la constitución: “I do solemnly swear that I will faithfully execute the Office of President of the United States, and will to the best of my Ability, preserve, protect and defend the Constitution of the United States.”

Generalmente lo hace cuando el presidente del Tribunal Supremo le pregunta si está preparado para hacerlo. Tras ello, el presidente electo pone la mano izquierda encima de la Biblia que sostiene su esposa y levanta la mano derecha. El presidente del Tribunal Supremo empezará a recitar el juramento, que será repetido por el candidato electo. Tras ello, lo rematará con un “So help me God”. El presidente electo ya es presidente en ese momento.

Veamos algunas curiosidades del momento que acabamos de describir:

La presencia del presidente del Tribunal Supremo
La constitución no habla de quién debe administrar el juramento. Así, a lo largo de la historia varios cargos han tenido ese honor. Washington fue investido en presencia del canciller de Nueva York en 1789. Collidge, por ejemplo, fue investido por su padre, notario del estado de Vermont. Desde John Adams ningún presidente del Tribunal Supremo se ha perdido una toma de posesión.

Hay más juramentos que tomas de posesión
Se considera que la toma de posesión solo es aquella que se produce según marca la constitución y el ininterrumpido calendario electoral estadounidense. Mientras que con la del próximo día 21 se habrán celebrado 57 tomas de posesión, en total se contarán ese día 73 juramentos. ¿La razón? Las ocasiones en que el vicepresidente ha jurado el cargo tras la muerte del presidente o las veces en las que un presidente ha jurado el cargo en domingo antes de la toma de posesión, donde repite el juramento. Hayes (1877), Arthur (1881), Wilson (1917), Coolidge (1923), Eisenhower (1957), Reagan (1985), Obama (2009 y 2013) han tenido que repetir sus juramentos.

Un juramento en el Air Force One
Tras el asesinato del presidente Kennedy en Dallas en 1963, el vicepresidente Lyndon B. Johnson juró el cargo de presidente a bordo del Air Force One. Una mujer, Sarah T. Hughes, administró el juramento a Johnson. Hasta la fecha, ha sido la única mujer en hacerlo. El juramento tuvo lugar en el aeropuerto Love Field de Dallas, dos horas y ocho minutos después del asesinato de Kennedy. Johnson no usó una Biblia -no había en el Air Force One- y lo hizo sobre un libro de oraciones que el presidente tenía en su despacho.

Jurar o prometer
Solo un presidente, Franklin Pierce, prometió el cargo. El resto, lo ha jurado.

“So help me God”
Esta frase no está escrita en la Constitución. George Washington añadió esta frase al terminar su juramento en 1789 y desde entonces se ha repetido en el resto de ocasiones.

…and repeat after me
Desde 1929, el juramento se plantea de forma afirmativa, no se pregunta. Es decir, el presidente electo repite lo que le dice el presidente del Tribunal Supremo. O sea, Obama dirá lo siguiente los próximos días 20 y 21: “I Barack Obama do solemny swear…”. No siempre se añade el nombre del presidente electo -Franklin D. Roosevelt fue el primero-.

Pero no ha sido siempre así. Desde el primer juramento, se preguntaba al presidente electo: “Do you George Washington solemnly swear…” y al terminar, el presidente electo se limitaba a decir “I do” o “I swear”.

El juramento de los presidentes reelectos
Técnicamente no sería necesario que el presidente electo volviera a jurar el cargo, sin embargo, todos los presidentes lo han hecho.

Discurso inaugural de Bill Clinton, 1993

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before.

“My fellow citizens, today we celebrate the mystery of American renewal. This ceremony is held in the depth of winter, but by the words we speak and the faces we show the world, we force the spring, a spring reborn in the world’s oldest democracy that brings forth the vision and courage to reinvent America. When our Founders boldly declared America’s independence to the world and our purposes to the Almighty, they knew that America, to endure, would have to change; not change for change’s sake but change to preserve America’s ideals: life, liberty, the pursuit of happiness. Though we marched to the music of our time, our mission is timeless. Each generation of Americans must define what it means to be an American.

On behalf of our Nation, I salute my predecessor, President Bush, for his half-century of service to America. And I thank the millions of men and women whose steadfastness and sacrifice triumphed over depression, fascism, and communism.

Today, a generation raised in the shadows of the cold war assumes new responsibilities in a world warmed by the sunshine of freedom but threatened still by ancient hatreds and new plagues. Raised in unrivaled prosperity, we inherit an economy that is still the world’s strongest but is weakened by business failures, stagnant wages, increasing inequality, and deep divisions among our own people.

When George Washington first took the oath I have just sworn to uphold, news traveled slowly across the land by horseback and across the ocean by boat. Now, the sights and sounds of this ceremony are broadcast instantaneously to billions around the world. Communications and commerce are global. Investment is mobile. Technology is almost magical. And ambition for a better life is now universal.

Raised in unrivaled prosperity, we inherit an economy that is still the world’s strongest but is weakened by business failures, stagnant wages, increasing inequality, and deep divisions among our own people

We earn our livelihood in America today in peaceful competition with people all across the Earth. Profound and powerful forces are shaking and remaking our world. And the urgent question of our time is whether we can make change our friend and not our enemy. This new world has already enriched the lives of millions of Americans who are able to compete and win in it. But when most people are working harder for less; when others cannot work at all; when the cost of health care devastates families and threatens to bankrupt our enterprises, great and small; when the fear of crime robs law-abiding citizens of their freedom; and when millions of poor children cannot even imagine the lives we are calling them to lead, we have not made change our friend.

We know we have to face hard truths and take strong steps, but we have not done so; instead, we have drifted. And that drifting has eroded our resources, fractured our economy, and shaken our confidence. Though our challenges are fearsome, so are our strengths. Americans have ever been a restless, questing, hopeful people. And we must bring to our task today the vision and will of those who came before us. From our Revolution to the Civil War, to the Great Depression, to the civil rights movement, our people have always mustered the determination to construct from these crises the pillars of our history. Thomas Jefferson believed that to preserve the very foundations of our Nation, we would need dramatic change from time to time. Well, my fellow Americans, this is our time. Let us embrace it.

Our democracy must be not only the envy of the world but the engine of our own renewal. There is nothing wrong with America that cannot be cured by what is right with America. And so today we pledge an end to the era of deadlock and drift, and a new season of American renewal has begun.

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before. We must invest more in our own people, in their jobs, and in their future, and at the same time cut our massive debt. And we must do so in a world in which we must compete for every opportunity. It will not be easy. It will require sacrifice, but it can be done and done fairly, not choosing sacrifice for its own sake but for our own sake. We must provide for our Nation the way a family provides for its children.

To renew America, we must be bold. We must do what no generation has had to do before.

Our Founders saw themselves in the light of posterity. We can do no less. Anyone who has ever watched a child’s eyes wander into sleep knows what posterity is. Posterity is the world to come: the world for whom we hold our ideals, from whom we have borrowed our planet, and to whom we bear sacred responsibility. We must do what America does best: offer more opportunity to all and demand more responsibility from all. It is time to break the bad habit of expecting something for nothing from our Government or from each other. Let us all take more responsibility not only for ourselves and our families but for our communities and our country.

To renew America, we must revitalize our democracy. This beautiful Capital, like every capital since the dawn of civilization, is often a place of intrigue and calculation. Powerful people maneuver for position and worry endlessly about who is in and who is out, who is up and who is down, forgetting those people whose toil and sweat sends us here and pays our way. Americans deserve better. And in this city today there are people who want to do better. And so I say to all of you here: Let us resolve to reform our politics so that power and privilege no longer shout down the voice of the people. Let us put aside personal advantage so that we can feel the pain and see the promise of America. Let us resolve to make our Government a place for what Franklin Roosevelt called bold, persistent experimentation, a Government for our tomorrows, not our yesterdays. Let us give this Capital back to the people to whom it belongs.

To renew America, we must meet challenges abroad as well as at home. There is no longer a clear division between what is foreign and what is domestic. The world economy, the world environment, the world AIDS crisis, the world arms race: they affect us all. Today, as an older order passes, the new world is more free but less stable. Communism’s collapse has called forth old animosities and new dangers. Clearly, America must continue to lead the world we did so much to make.

Americans deserve better. And in this city today there are people who want to do better. And so I say to all of you here: Let us resolve to reform our politics so that power and privilege no longer shout down the voice of the people.

While America rebuilds at home, we will not shrink from the challenges nor fail to seize the opportunities of this new world. Together with our friends and allies, we will work to shape change, lest it engulf us. When our vital interests are challenged or the will and conscience of the international community is defied, we will act, with peaceful diplomacy whenever possible, with force when necessary. The brave Americans serving our Nation today in the Persian Gulf, in Somalia, and wherever else they stand are testament to our resolve. But our greatest strength is the power of our ideas, which are still new in many lands. Across the world we see them embraced, and we rejoice. Our hopes, our hearts, our hands are with those on every continent who are building democracy and freedom. Their cause is America’s cause.

The American people have summoned the change we celebrate today. You have raised your voices in an unmistakable chorus. You have cast your votes in historic numbers. And you have changed the face of Congress, the Presidency, and the political process itself. Yes, you, my fellow Americans, have forced the spring. Now we must do the work the season demands. To that work I now turn with all the authority of my office. I ask the Congress to join with me. But no President, no Congress, no Government can undertake this mission alone.

My fellow Americans, you, too, must play your part in our renewal. I challenge a new generation of young Americans to a season of service: to act on your idealism by helping troubled children, keeping company with those in need, reconnecting our torn communities. There is so much to be done; enough, indeed, for millions of others who are still young in spirit to give of themselves in service, too. In serving, we recognize a simple but powerful truth: We need each other, and we must care for one another.

Today we do more than celebrate America. We rededicate ourselves to the very idea of America, an idea born in revolution and renewed through two centuries of challenge; an idea tempered by the knowledge that, but for fate, we, the fortunate, and the unfortunate might have been each other; an idea ennobled by the faith that our Nation can summon from its myriad diversity the deepest measure of unity; an idea infused with the conviction that America’s long, heroic journey must go forever upward.

Our hopes, our hearts, our hands are with those on every continent who are building democracy and freedom. Their cause is America’s cause.

And so, my fellow Americans, as we stand at the edge of the 21st century, let us begin anew with energy and hope, with faith and discipline. And let us work until our work is done. The Scripture says, “And let us not be weary in well doing: for in due season we shall reap, if we faint not.” From this joyful mountaintop of celebration we hear a call to service in the valley. We have heard the trumpets. We have changed the guard. And now, each in our own way and with God’s help, we must answer the call.

Thank you, and God bless you all”.

Discurso inaugural de Ronald Reagan, 1981

 

“In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem.”

Senator Hatfield, Mr. Chief Justice, Mr. President, Vice President Bush, Vice President Mondale, Senator Baker, Speaker O’Neill, Reverend Moomaw, and my fellow citizens:

To a few of us here today this is a solemn and most momentous occasion, and yet in the history of our nation it is a commonplace occurrence. The orderly transfer of authority as called for in the Constitution routinely takes place, as it has for almost two centuries, and few of us stop to think how unique we really are. In the eyes of many in the world, this every 4-year ceremony we accept as normal is nothing less than a miracle.

Mr. President, I want our fellow citizens to know how much you did to carry on this tradition. By your gracious cooperation in the transition process, you have shown a watching world that we are a united people pledged to maintaining a political system which guarantees individual liberty to a greater degree than any other, and I thank you and your people for all your help in maintaining the continuity which is the bulwark of our Republic.

The business of our nation goes forward. These United States are confronted with an economic affliction of great proportions. We suffer from the longest and one of the worst sustained inflations in our national history. It distorts our economic decisions, penalizes thrift, and crushes the struggling young and the fixed-income elderly alike. It threatens to shatter the lives of millions of our people.

Idle industries have cast workers into unemployment, human misery, and personal indignity. Those who do work are denied a fair return for their labor by a tax system which penalizes successful achievement and keeps us from maintaining full productivity.

But great as our tax burden is, it has not kept pace with public spending. For decades we have piled deficit upon deficit, mortgaging our future and our children’s future for the temporary convenience of the present. To continue this long trend is to guarantee tremendous social, cultural, political, and economic upheavals.

You and I, as individuals, can, by borrowing, live beyond our means, but for only a limited period of time. Why, then, should we think that collectively, as a nation, we’re not bound by that same limitation? We must act today in order to preserve tomorrow. And let there be no misunderstanding: We are going to begin to act, beginning today.

The economic ills we suffer have come upon us over several decades. They will not go away in days, weeks, or months, but they will go away. They will go away because we as Americans have the capacity now, as we’ve had in the past, to do whatever needs to be done to preserve this last and greatest bastion of freedom.

In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem. From time to time we’ve been tempted to believe that society has become too complex to be managed by self-rule, that government by an elite group is superior to government for, by, and of the people. Well, if no one among us is capable of governing himself, then who among us has the capacity to govern someone else? All of us together, in and out of government, must bear the burden. The solutions we seek must be equitable, with no one group singled out to pay a higher price.

We hear much of special interest groups. Well, our concern must be for a special interest group that has been too long neglected. It knows no sectional boundaries or ethnic and racial divisions, and it crosses political party lines. It is made up of men and women who raise our food, patrol our streets, man our mines and factories, teach our children, keep our homes, and heal us when we’re sick—professionals, industrialists, shopkeepers, clerks, cabbies, and truck drivers. They are, in short, “We the people,” this breed called Americans.

Well, this administration’s objective will be a healthy, vigorous, growing economy that provides equal opportunities for all Americans, with no barriers born of bigotry or discrimination. Putting America back to work means putting all Americans back to work. Ending inflation means freeing all Americans from the terror of runaway living costs. All must share in the productive work of this “new beginning,” and all must share in the bounty of a revived economy. With the idealism and fair play which are the core of our system and our strength, we can have a strong and prosperous America, at peace with itself and the world.

So, as we begin, let us take inventory. We are a nation that has a government—not the other way around. And this makes us special among the nations of the Earth. Our government has no power except that granted it by the people. It is time to check and reverse the growth of government, which shows signs of having grown beyond the consent of the governed.

It is my intention to curb the size and influence of the Federal establishment and to demand recognition of the distinction between the powers granted to the Federal Government and those reserved to the States or to the people. All of us need to be reminded that the Federal Government did not create the States; the States created the Federal Government.

Now, so there will be no misunderstanding, it’s not my intention to do away with government. It is rather to make it work–work with us, not over us; to stand by our side, not ride on our back. Government can and must provide opportunity, not smother it; foster productivity, not stifle it.

If we look to the answer as to why for so many years we achieved so much, prospered as no other people on Earth, it was because here in this land we unleashed the energy and individual genius of man to a greater extent than has ever been done before. Freedom and the dignity of the individual have been more available and assured here than in any other place on Earth. The price for this freedom at times has been high, but we have never been unwilling to pay that price.

It is no coincidence that our present troubles parallel and are proportionate to the intervention and intrusion in our lives that result from unnecessary and excessive growth of government. It is time for us to realize that we’re too great a nation to limit ourselves to small dreams. We’re not, as some would have us believe, doomed to an inevitable decline. I do not believe in a fate that will fall on us no matter what we do. I do believe in a fate that will fall on us if we do nothing. So, with all the creative energy at our command, let us begin an era of national renewal. Let us renew our determination, our courage, and our strength. And let us renew our faith and our hope.

We have every right to dream heroic dreams. Those who say that we’re in a time when there are not heroes, they just don’t know where to look. You can see heroes every day going in and out of factory gates. Others, a handful in number, produce enough food to feed all of us and then the world beyond. You meet heroes across a counter, and they’re on both sides of that counter. There are entrepreneurs with faith in themselves and faith in an idea who create new jobs, new wealth and opportunity. They’re individuals and families whose taxes support the government and whose voluntary gifts support church, charity, culture, art, and education. Their patriotism is quiet, but deep. Their values sustain our national life.

Now, I have used the words “they” and “their” in speaking of these heroes. I could say “you” and “your,” because I’m addressing the heroes of whom I speak—you, the citizens of this blessed land. Your dreams, your hopes, your goals are going to be the dreams, the hopes, and the goals of this administration, so help me God.

We shall reflect the compassion that is so much a part of your makeup. How can we love our country and not love our countrymen; and loving them, reach out a hand when they fall, heal them when they’re sick, and provide opportunity to make them self-sufficient so they will be equal in fact and not just in theory?

Can we solve the problems confronting us? Well, the answer is an unequivocal and emphatic “yes.” To paraphrase Winston Churchill, I did not take the oath I’ve just taken with the intention of presiding over the dissolution of the world’s strongest economy.

In the days ahead I will propose removing the roadblocks that have slowed our economy and reduced productivity. Steps will be taken aimed at restoring the balance between the various levels of government. Progress may be slow, measured in inches and feet, not miles, but we will progress. It is time to reawaken this industrial giant, to get government back within its means, and to lighten our punitive tax burden. And these will be our first priorities, and on these principles there will be no compromise.

On the eve of our struggle for independence a man who might have been one of the greatest among the Founding Fathers, Dr. Joseph Warren, president of the Massachusetts Congress, said to his fellow Americans, “Our country is in danger, but not to be despaired of . . . . On you depend the fortunes of America. You are to decide the important questions upon which rests the happiness and the liberty of millions yet unborn. Act worthy of yourselves.”

Well, I believe we, the Americans of today, are ready to act worthy of ourselves, ready to do what must be done to ensure happiness and liberty for ourselves, our children, and our children’s children. And as we renew ourselves here in our own land, we will be seen as having greater strength throughout the world. We will again be the exemplar of freedom and a beacon of hope for those who do not now have freedom.

To those neighbors and allies who share our freedom, we will strengthen our historic ties and assure them of our support and firm commitment. We will match loyalty with loyalty. We will strive for mutually beneficial relations. We will not use our friendship to impose on their sovereignty, for our own sovereignty is not for sale.

As for the enemies of freedom, those who are potential adversaries, they will be reminded that peace is the highest aspiration of the American people. We will negotiate for it, sacrifice for it; we will not surrender for it, now or ever.

Our forbearance should never be misunderstood. Our reluctance for conflict should not be misjudged as a failure of will. When action is required to preserve our national security, we will act. We will maintain sufficient strength to prevail if need be, knowing that if we do so we have the best chance of never having to use that strength.

Above all, we must realize that no arsenal or no weapon in the arsenals of the world is so formidable as the will and moral courage of free men and women. It is a weapon our adversaries in today’s world do not have. It is a weapon that we as Americans do have. Let that be understood by those who practice terrorism and prey upon their neighbors.

I’m told that tens of thousands of prayer meetings are being held on this day, and for that I’m deeply grateful. We are a nation under God, and I believe God intended for us to be free. It would be fitting and good, I think, if on each Inaugural Day in future years it should be declared a day of prayer.

This is the first time in our history that this ceremony has been held, as you’ve been told, on this West Front of the Capitol. Standing here, one faces a magnificent vista, opening up on this city’s special beauty and history. At the end of this open mall are those shrines to the giants on whose shoulders we stand.

Directly in front of me, the monument to a monumental man, George Washington, father of our country. A man of humility who came to greatness reluctantly. He led America out of revolutionary victory into infant nationhood. Off to one side, the stately memorial to Thomas Jefferson. The Declaration of Independence flames with his eloquence. And then, beyond the Reflecting Pool, the dignified columns of the Lincoln Memorial. Whoever would understand in his heart the meaning of America will find it in the life of Abraham Lincoln.

Beyond those monuments to heroism is the Potomac River, and on the far shore the sloping hills of Arlington National Cemetery, with its row upon row of simple white markers bearing crosses or Stars of David. They add up to only a tiny fraction of the price that has been paid for our freedom.

Each one of those markers is a monument to the kind of hero I spoke of earlier. Their lives ended in places called Belleau Wood, The Argonne, Omaha Beach, Salerno, and halfway around the world on Guadalcanal, Tarawa, Pork Chop Hill, the Chosin Reservoir, and in a hundred rice paddies and jungles of a place called Vietnam.

Under one such marker lies a young man, Martin Treptow, who left his job in a small town barbershop in 1917 to go to France with the famed Rainbow Division. There, on the western front, he was killed trying to carry a message between battalions under heavy artillery fire.

We’re told that on his body was found a diary. On the flyleaf under the heading, “My Pledge,” he had written these words: “America must win this war. Therefore I will work, I will save, I will sacrifice, I will endure, I will fight cheerfully and do my utmost, as if the issue of the whole struggle depended on me alone.”

The crisis we are facing today does not require of us the kind of sacrifice that Martin Treptow and so many thousands of others were called upon to make. It does require, however, our best effort and our willingness to believe in ourselves and to believe in our capacity to perform great deeds, to believe that together with God’s help we can and will resolve the problems which now confront us.

And after all, why shouldn’t we believe that? We are Americans.
God bless you, and thank you.

El discurso inaugural más corto de la historia

El 4 de marzo de 1793, en el Independence Hall de Filadelfia, George Washington tomó posesión de su cargo por segunda vez. Antes de jurar el cargo, se dirigió a los asistentes en el que es el discurso más corto de la historia: tiene solo 135 palabras.

¿Por qué tan corto? Para algunos historiadores, los motivos podrían ser el propio hecho de tener que volver a pasar por una ceremonia así. Washington preguntó a su gabinete si era necesario acudir. La brevedad y, especialmente, el tono del discurso hace pensar que refleja también los sentimientos de Washington por verse forzado a permanecer en el poder cuatro años más.

La segunda toma de posesión fue rápida, directa y nada pomposa. Tras jurar el cargo por segunda vez, volvió a su residencia. Este es el discurso:

Fellow Citizens:
I am again called upon by the voice of my country to execute the functions of its Chief Magistrate. When the occasion proper for it shall arrive, I shall endeavor to express the high sense I entertain of this distinguished honor, and of the confidence which has been reposed in me by the people of united America.
Previous to the execution of any official act of the President the Constitution requires an oath of office. This oath I am now about to take, and in your presence: That if it shall be found during my administration of the Government I have in any instance violated willingly or knowingly the injunctions thereof, I may (besides incurring constitutional punishment) be subject to the upbraidings of all who are now witnesses of the present solemn ceremony.