Muy orgullosos

A Matthew Shepard le mataron con 20 años. Por ser gay. Fue en 1998, en un pequeño pueblo de Wyoming. Un asesinato brutal: dos jóvenes de Laramie le golpearon hasta dejarlo inconciente. Dejaron su cuerpo moribundo abandonado en un prado desértico. Lo mataron por ser gay. Tuve la suerte de vivir una experiencia teatral maravillosa un domingo de invierno en el Teatro Español. El texto de Moisés Kaufman recogía la historia. La de Matthew y la de sus vecinos. La de aquellos que veían en su muerte el terrible crimen por odio y de los que lo justificaban. Una obra que te vapulea el corazón, te seca de lágrimas y te estruja el cerebro.

¿Orgullosos? Sí. Claro que sí. Por mucho que en no pocos comedores se escuche estos días eso de “Ya están otra vez los maricones subidos en las carrozas”. Por mucho que algunos, con la boca chica o a viva voz se pregunten como se puede estar orgulloso de ser un desviado. Aunque se obstinen en reclamar el orgullo de la “gente normal”.

Matthew Shepard no es una excepción. Es uno de muchos. Una de las miles de personas que han sufrido la intolerancia más absurda por querer diferente. Hay miles, millones de Matthew Shepard. Los hay en institutos de Chamberí, en bufetes de abogados en Barcelona, en cooperativas de Extremadura. Los hay en el piso con el que compartes pared.

Hay Shepards cada vez que alguien debe luchar lo que no está escrito por ser quién es. Hay Shepards cada vez que alguien no es libre para amar a quien quiere amar. Los hay cada vez que alguien debe esconderse. Matthew Shepard que morirán en vida. Y otros tantos que vivirán matando la homofobia que les rodea.

Hay motivos. Miles de motivos para salir a las calles. Millones de motivos para estar orgullosos. Cada vez que a alguien le impiden hacer lo que hacen tantas parejas. Cada vez que alguien hace gala de la homofobia con bravuconería. O cuando alguien receta remedios para curar a los desviados. Cada vez que alguien cuestiona la felicidad. Cada caso es un motivo. Y cada motivo, un orgullo.

Han cambiado muchas cosas desde Stonewall. Y deben seguir cambiando. Orgullosos de vivir en una sociedad cada vez más tolerante. Pero no todo está hecho. Aún hay quién cree que no debemos tener los mismos derechos, que los ciudadanos no deben ser iguales. La meta es una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Lo conseguiremos.

Pasqual Maragall y el nuevo Estatut

El 18 de junio de 2006, los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya estaban llamados a las urnas para ratificar en referéndum el nuevo Estatut. Suponía la culminación de un camino largo, tortuoso y crispado que había empezado con la demanda de los partidos progresistas catalanes por su reforma y terminaba con la expulsión de los consejeros de ERC del gobierno catalán por su voto contrario al texto.

Por el camino, ríos de tinta, un Estatut aprobado en el Parlament y otro muy cercenado aprobado por las Cortes Generales. Firmas contra el Estatut por parte del Partido Popular y un entorno mediático crítico con el proceso. Tensión entre los partidos catalanes y dentro de los partidos nacionales. Marcado por una promesa de un Zapatero candidato a la presidencia del Gobierno.

Ese día de junio de 2006, el 48,85% de los ciudadanos censados acudieron a las urnas y respaldaron mayoritariamente, con un 73,24% de los votos, el texto estatutario. Tras el escrutinio de los votos de los catalanes, el president de la Generalitat se dirigió al país:

Estimados conciudadanos,

Tenemos Estatut. Catalunya tiene el nuevo Estatut que deseábamos. La victoria del Sí ha sido rotunda. Inapelable. Y por tanto, Catalunya está de enhorabuena.

Quiero, de entrada, dar las gracias al pueblo de Catalunya. Catalunya ha hablado claro.

Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido. Y lo que Catalunya ha dicho. Los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya han escrito esta página de nuestra historia, expresándose en libertad.

La jornada electoral ha sido una nueva lección de civismo y de madurez democrática. Y creo que nos debemos felicitar todos.

Hemos ganado el reto que nos habíamos puesto nosotros mismos como país. Los votos negativos de derecha y de izquierda no pasan de una quinta parte de los votantes. El país ha ganado, todo el mundo ha ganado. Los que han votado una cosa y los que han votado otra. En poco tiempo se comenzará a percibir hasta qué punto era importante que Catalunya dispusiera de un nuevo instrumento de gobierno.

El futuro, de Catalunya, no había sido nunca tan esperanzador como lo es ahora, ni el destino del país tan prometedor como lo puede ser en adelante.

Como Presidente de todos, me corresponde también reconocer la legítima contribución democrática de aquellos que no han votado sí, de aquellos que querían más. De la misma manera que quiero reconocer la legitimidad democrática también de aquellos que han coincidido con esta opción negativa desde el otro extremo. Los unos y otros les invito a integrarse en el consenso y alejarse de la práctica irritada de la política que nunca debería producirse en nuestra sociedad.

Hoy es un día para celebrar lo que nos une a todos. Lo que nos une como ciudadanos y ciudadanas de Catalunya. Aunque como demócratas, nos hubiera gustado una participación más alta, esta ha sido muy notable, prácticamente el 50%.

Visto ahora, son difícilmente comprensibles objeciones judiciales a las que hemos tenido que hacer frente para fomentar la participación desde el Gobierno. Pero la participación es muy destacable. Se corresponde prácticamente a la votación del Estatut de Sau si tenemos en cuenta que se celebró en día laborable.

¿Ahora qué hace falta? Ahora falta determinación para encarar nuestro futuro colectivo. Con el nuevo Estatut en las manos, creo ciertamente que podemos afirmar que en Catalunya se ha acabado el victimismo, que no puede haber. Lo que seamos a partir de ahora, lo que hagamos a partir de ahora, dependerá de nosotros mismos, más que nunca.

Ahora ya está en nuestras manos el mejor Estatut que hemos tenido en siglos. Que hemos tenido nunca. De ahora en adelante nos esperan todas las oportunidades que, como país, nos hemos ganado y que como ciudadanos acabamos de refrendar.

Catalunya ha hablado. Catalunya ha dicho SÍ. Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido.

El futuro, de Catalunya, no había sido nunca tan esperanzador como lo es ahora, ni el destino del país tan prometedor como lo puede ser en adelante.

Al resto de España quiero decirle que con con la victoria rotunda del Sí en el referéndum, Catalunya va a iniciar una nueva etapa de apoyo autogobierno, que será larga y positiva.

Será también una etapa en la que Catalunya se sentirá más cómoda y mejor comprendida por la España plural que avanza.

Cuando recibí el honor y la responsabilidad de presidir la Generalitat de Catalunya hablé de determinación. Aquel día prometí y pedí paciencia, tenacidad y determinación a raudales. Y durante los dos últimos años, cuando las dificultades podrían habernos hecho desfallecer, siempre he tenido presente ese compromiso personal.

El objetivo de dar a nuestro pueblo una esperanza de futuro exigía justamente perseverar y mantener el compromiso contraído como Presidente de la Generalitat de Catalunya, es decir: mejorar el Estatuto y hacerlo más allá de intereses partidarios, bien legítimos , es cierto, porque la política está hecha de legitimidades compartidas y a veces, incluso, contrapuestas. Pero hay causas nobles, el Estatut es una, que exigen de todos altura de miras y ambición de país.

Mi determinación por una Catalunya posible, la Catalunya del progreso y del Sí exigente es muy viva, y ésta determinación es lo que me impulsa a dar pleno apoyo a un proyecto que sigo pensando que es el proyecto más digno que un país puede imaginar .

Catalunya ha hablado. Catalunya ha dicho SÍ. Ahora todos tenemos que estar a la altura de lo que hemos decidido.

Agotar la legislatura

A la espera de saber si Zapatero agotará la legislatura o convocará elecciones anticipadas, yo sí anuncio que la agoto. Mi legislatura particular: hace cuatro años que, casi sin querer, empecé a escribir este blog. Tras más de 800 posts escritos, son muchas las ideas, los aciertos y los errores acumulados. Cuatro años acumulando satisfacción por lo que se siente al romper el blanco de la caja de edición de las entradas.

Pero, a diferencia de Zapatero, opto a la reelección. A seguir plasmando en unas líneas ideas, reflexiones, análisis y debates. Opto a poder seguir conociendo a tantas y tantas personas de las que os acercáis a menudo a este sitio. Puede sonar a tópico, pero la Red tiene muy poco de virtual. En todo este tiempo no hemos dejado de conocernos.

No quiero alargarme mucho en un post que tiene por objetivo darte las gracias. Sí, a ti, que estás leyendo este post. A ti, que has entrado muchas veces, que has comentado. A ti, que te has indignado con lo que he escrito. A ti, que lo has compartido. A ti, que te ha servido para comprender algo…

En las entrañas del poder

El poder desde dentro. En primera fila. Como espectadores privilegiados. Ese es el mayor reclamo de las cuentas oficiales de políticos, gobiernos y jefaturas de Estado en espacios como Flickr o Instagram. El modo de mostrar con transparencia lo que hacen los líderes a través de una imagen. Una realidad cada vez más extendida.

La Casa Blanca abrió su cuenta en Flickr en febrero de 2009, bajo la recién estrenada presidencia de Barack Obama. La elección del espacio y el hecho de optar por Souza como fotógrafo del presidente, dieron al canal motivos para su crecimiento. De hecho, ha sido fuente de noticia para los medios en más de una ocasión, cuando la interpretación sobre una instantánea presidencial ha llegado al debate público.

Pero la madurez del canal llegó con la operación que terminó con el asesinato de Ossama Bin Laden. Según Wired, el número de visionados que alcanzó la foto –en el momento de redacción de este artículo 2.531.100 la han visto- más famosa de la operación. El mismo artículo cita el éxito de las fotografías del enlace entre el príncipe Guillermo y Kate Middleton, alojadas en el Flickr de la corona británica.

Desde dentro. Para todos. Donde están muchos

Ni la Casa Blanca ni Buckingham Palace son los únicos en poner fotografías de los líderes a disposición del gran público. Jefaturas de gobierno y de Estado, presidentes de comunidades autónomas, alcaldes y partidos usan sus webs para subir sus fotos oficiales. Aunque no consigan generar el vínculo e intimidad que Souza crea en sus fotos, son un modo de acercarnos a su trabajo. Pero no lo hacen en el lugar más transitado.

Espacios como Flickr, que ha mejorado su capacidad de propagación en medios sociales integrando botones en la página de visionado de fotos, o Instagram, concebidos para compartir momentos a través de la Red, son los lugares en los que se encuentra la gente. Espacios concebidos para compartir. Los políticos, partidos o instituciones que se asoman, lo hacen allí donde está la gente.

Esa naturaleza es clave. Como lo es la facilidad de propagar el contenido. De hecho, actualizaciones con fotografías o vídeos en Facebook, son más leídas y compartidas que aquellas que no las llevan.

Participar en estos canales logra dar con tres objetivos: comunicar lo que pasa en la institución, hacerlo para todos y en el lugar donde están muchos.

El reto de generar contenido

Apostar por la transparencia y el acercamiento a las instituciones, a través de la propagación de imágenes en estos canales, tiene sus retos. El mayor de ellos, la generación de contenido y la actualización de los espacios.

Ser la sombra de Obama, como es el caso de Souza, permite tener un gran número de instantáneas de forma regular. Pero no solo existe la opción del fotógrafo de cabecera. El lehendakari (o lendakari, según la RAE) Patxi López actualiza su cuenta de Instagram desde el teléfono de su teléfono. Ya sean actos oficiales o instantáneas de su faceta más personal. Esta fotografía de la reunión de los barones territoriales del PSOE previa al Comité Federal que encumbró a Rubalcaba es una prueba de ello.

De hecho, la continuidad es casi más importante que la presencia. Si en las últimas elecciones autonómicas 23 candidaturas tenían una galería en Flickr (ya fuera personal o de partido), solo 9 siguen actualizando. Pero de esas 23, 9 dejaron de hacerlo incluso meses antes de los comicios.

Lo recogíamos en este artículo, “Un fotógrafo para Zapatero”: llegar a la ciudadanía a través del poder de una imagen debe ser tenido en cuenta. A muchos nos puede el deseo por estar en las entrañas del poder. Canales como los actuales, lo permiten.

Las ideas por las que Nelson Mandela estaba dispuesto a morir

El 12 de junio de 1964, la justicia surafricana condenaba a Nelson Mandela a cadena perpetua por sabotaje y otros cargos. Con esa sentencia, el que luego sería pieza clave del fin del appartheid en ese país, iniciaba un largo período entre rejas.

Los largos años de cautiverio fueron clave para el futuro político de Mandela. Tal y como relata en su biografía y en otras obras como “El Factor Humano”, el líder surafricano consiguió conocer al enemigo y reflexionar sobre las futuras acciones. Una larga historia de seducción de los enemigos y del difícil equilibrio con todas las partes.

El proceso que finalmente condenó a Mandela se inició en abril de ese mismo año. Este discurso fue su alegato inicial ante el Tribunal:

«I have cherished the ideal of a democratic and free society in which all persons live together in harmony and with equal opportunities. It is an ideal which I hope to live for and to achieve. But if needs be, it is an ideal for which I am prepared to die.»

I am the first accused. I hold a bachelor’s degree in arts and practised as an attorney in Johannesburg for a number of years in partnership with Oliver Tambo. I am a convicted prisoner serving five years for leaving the country without a permit and for inciting people to go on strike at the end of May 1961.

At the outset, I want to say that the suggestion that the struggle in South Africa is under the influence of foreigners or communists is wholly incorrect. I have done whatever I did because of my experience in South Africa and my own proudly felt African background, and not because of what any outsider might have said. In my youth in the Transkei I listened to the elders of my tribe telling stories of the old days. Amongst the tales they related to me were those of wars fought by our ancestors in defence of the fatherland. The names of Dingane and Bambata, Hintsa and Makana, Squngthi and Dalasile, Moshoeshoe and Sekhukhuni, were praised as the glory of the entire African nation. I hoped then that life might offer me the opportunity to serve my people and make my own humble contribution to their freedom struggle.

Some of the things so far told to the court are true and some are untrue. I do not, however, deny that I planned sabotage. I did not plan it in a spirit of recklessness, nor because I have any love of violence. I planned it as a result of a calm and sober assessment of the political situation that had arisen after many years of tyranny, exploitation, and oppression of my people by the whites.

I admit immediately that I was one of the persons who helped to form Umkhonto we Sizwe. I deny that Umkhonto was responsible for a number of acts which clearly fell outside the policy of the organisation, and which have been charged in the indictment against us. I, and the others who started the organisation, felt that without violence there would be no way open to the African people to succeed in their struggle against the principle of white supremacy. All lawful modes of expressing opposition to this principle had been closed by legislation, and we were placed in a position in which we had either to accept a permanent state of inferiority, or to defy the government. We chose to defy the law.

We first broke the law in a way which avoided any recourse to violence; when this form was legislated against, and then the government resorted to a show of force to crush opposition to its policies, only then did we decide to answer violence with violence.

The African National Congress was formed in 1912 to defend the rights of the African people, which had been seriously curtailed. For 37 years – that is, until 1949 – it adhered strictly to a constitutional struggle. But white governments remained unmoved, and the rights of Africans became less instead of becoming greater. Even after 1949, the ANC remained determined to avoid violence. At this time, however, the decision was taken to protest against apartheid by peaceful, but unlawful, demonstrations. More than 8,500 people went to jail. Yet there was not a single instance of violence. I and 19 colleagues were convicted for organising the campaign, but our sentences were suspended mainly because the judge found that discipline and non-violence had been stressed throughout.

«In 1960 the government held a referendum which led to the establishment of the republic. Africans, who constituted approximately 70% of the population, were not entitled to vote, and were not even consulted.»

During the defiance campaign, the Public Safety Act and the Criminal Law Amendment Act were passed. These provided harsher penalties for protests against [the] laws. Despite this, the protests continued and the ANC adhered to its policy of non-violence. In 1956, 156 leading members of the Congress Alliance, including myself, were arrested. The non-violent policy of the ANC was put in issue by the state, but when the court gave judgment some five years later, it found that the ANC did not have a policy of violence.

In 1960 there was the shooting at Sharpeville, which resulted in the declaration of the ANC as an unlawful organisation. My colleagues man and I, after careful consideration, decided that we would not obey this decree. The African people were not part of the government and did not make the laws by which they were governed. We believed in the words of the Universal Declaration of Human Rights, that «the will of the people shall be the basis of authority of the government», and for us to accept the banning was equivalent to accepting the silencing of the Africans for all time. The ANC refused to dissolve, but instead went underground.

In 1960 the government held a referendum which led to the establishment of the republic. Africans, who constituted approximately 70% of the population, were not entitled to vote, and were not even consulted. I undertook to be responsible for organising the national stay-at-home called to coincide with the declaration of the republic. As all strikes by Africans are illegal, the person organising such a strike must avoid arrest. I had to leave my home and family and my practice and go into hiding to avoid arrest. The stay-at-home was to be a peaceful demonstration. Careful instructions were given to avoid any recourse to violence.

The government’s answer was to introduce new and harsher laws, to mobilise its armed forces, and to send Saracens, armed vehicles, and soldiers into the townships in a massive show of force designed to intimidate the people. The government had decided to rule by force alone, and this decision was a milestone on the road to Umkhonto. What were we, the leaders of our people, to do? We had no doubt that we had to continue the fight. Anything else would have been abject surrender. Our problem was not whether to fight, but was how to continue the fight.

We of the ANC had always stood for a non-racial democracy, and we shrank from any action which might drive the races further apart. But the hard facts were that 50 years of non-violence had brought the African people nothing but more and more repressive legislation, and fewer and fewer rights. By this time violence had, in fact, become a feature of the South African political scene.

There had been violence in 1957 when the women of Zeerust were ordered to carry passes; there was violence in 1958 with the enforcement of cattle culling in Sekhukhuneland; there was violence in 1959 when the people of Cato Manor protested against pass raids; there was violence in 1960 when the government attempted to impose Bantu authorities in Pondoland. Each disturbance pointed to the inevitable growth among Africans of the belief that violence was the only way out – it showed that a government which uses force to maintain its rule teaches the oppressed to use force to oppose it.

I came to the conclusion that as violence in this country was inevitable, it would be unrealistic to continue preaching peace and non-violence. This conclusion was not easily arrived at. It was only when all else had failed, when all channels of peaceful protest had been barred to us, that the decision was made to embark on violent forms of political struggle. I can only say that I felt morally obliged to do what I did.

Four forms of violence were possible. There is sabotage, there is guerrilla warfare, there is terrorism, and there is open revolution. We chose to adopt the first. Sabotage did not involve loss of life, and it offered the best hope for future race relations. Bitterness would be kept to a minimum and, if the policy bore fruit, democratic government could become a reality. The initial plan was based on a careful analysis of the political and economic situation of our country. We believed that South Africa depended to a large extent on foreign capital. We felt that planned destruction of power plants, and interference with rail and telephone communications, would scare away capital from the country, thus compelling the voters of the country to reconsider their position. Umkhonto had its first operation on December 16 1961, when government buildings in Johannesburg, Port Elizabeth and Durban were attacked. The selection of targets is proof of the policy to which I have referred. Had we intended to attack life we would have selected targets where people congregated and not empty buildings and power stations.

The whites failed to respond by suggesting change; they responded to our call by suggesting the laager. In contrast, the response of the Africans was one of encouragement. Suddenly there was hope again. People began to speculate on how soon freedom would be obtained.

But we in Umkhonto weighed up the white response with anxiety. The lines were being drawn. The whites and blacks were moving into separate camps, and the prospects of avoiding a civil war were made less. The white newspapers carried reports that sabotage would be punished by death. If this was so, how could we continue to keep Africans away from terrorism?

We felt it our duty to make preparations to use force in order to defend ourselves against force. We decided, therefore to make provision for the possibility of guerrilla warfare. All whites undergo compulsory military training, but no such training was given to Africans. It was in our view essential to build up a nucleus of trained men who would be able to provide the leadership which would be required if guerrilla warfare started.

At this stage it was decided that I should attend the Conference of the Pan-African Freedom Movement which was to be held early in 1962 in Addis Ababa, and after the conference, I would undertake a tour of the African states with a view to obtaining facilities for the training of soldiers. My tour was a success. Wherever I went I met sympathy for our cause and promises of help. All Africa was united against the stand of white South Africa, and even in London I was received with great sympathy by political leaders, such as Mr Gaitskell and Mr Grimond.

I started to make a study of the art of war and revolution and, whilst abroad, underwent a course in military training. If there was to be guerrilla warfare, I wanted to be able to stand and fight with my people and to share the hazards of war with them.

On my return I found that there had been little alteration in the political scene save, that the threat of a death penalty for sabotage had now become a fact.

Another of the allegations made by the state is that the aims and objects of the ANC and the Communist party are the same. The creed of the ANC is, and always has been, the creed of African nationalism. It is not the concept of African nationalism expressed in the cry, «Drive the white man into the sea.» The African nationalism for which the ANC stands is the concept of freedom and fulfilment for the African people in their own land. The most important political document ever adopted by the ANC is the «freedom charter». It is by no means a blueprint for a socialist state. It calls for redistribution, but not nationalisation, of land; it provides for nationalisation of mines, banks, and monopoly industry, because big monopolies are owned by one race only, and without such nationalisation racial domination would be perpetuated despite the spread of political power. Under the freedom charter, nationalisation would take place in an economy based on private enterprise.

As far as the Communist party is concerned, and if I understand its policy correctly, it stands for the establishment of a state based on the principles of Marxism. The Communist party sought to emphasise class distinctions whilst the ANC seeks to harmonise them. This is a vital distinction.

It is true that there has often been close cooperation between the ANC and the Communist party. But cooperation is merely proof of a common goal – in this case the removal of white supremacy – and is not proof of a complete community of interests. The history of the world is full of similar examples. Perhaps the most striking is the cooperation between Great Britain, the United States and the Soviet Union in the fight against Hitler. Nobody but Hitler would have dared to suggest that such cooperation turned Churchill or Roosevelt into communists. Theoretical differences amongst those fighting against oppression is a luxury we cannot afford at this stage.

What is more, for many decades communists were the only political group in South Africa prepared to treat Africans as human beings and their equals; who were prepared to eat with us; talk with us, live with us, and work with us. They were the only group which was prepared to work with the Africans for the attainment of political rights and a stake in society. Because of this, there are many Africans who, today, tend to equate freedom with communism. They are supported in this belief by a legislature which brands all exponents of democratic government and African freedom as communists and bans many of them (who are not communists) under the Suppression of Communism Act. Although I have never been a member of the Communist party, I myself have been imprisoned under that act.

I have always regarded myself, in the first place, as an African patriot. Today I am attracted by the idea of a classless society, an attraction which springs in part from Marxist reading and, in part, from my admiration of the structure of early African societies. The land belonged to the tribe. There were no rich or poor and there was no exploitation. We all accept the need for some form of socialism to enable our people to catch up with the advanced countries of this world and to overcome their legacy of extreme poverty. But this does not mean we are Marxists.

I have gained the impression that communists regard the parliamentary system of the west as reactionary. But, on the contrary, I am an admirer. The Magna Carta, the Petition of Right, and the Bill of Rights are documents held in veneration by democrats throughout the world. I have great respect for British institutions, and for the country’s system of justice. I regard the British parliament as the most democratic institution in the world, and the impartiality of its judiciary never fails to arouse my admiration. The American Congress, that country’s separation of powers, as well as the independence of its judiciary, arouses in me similar sentiments.

I have been influenced in my thinking by both west and east. I should tie myself to no particular system of society other than of socialism. I must leave myself free to borrow the best from the west and from the east.

Our fight is against real, and not imaginary, hardships or, to use the language of the state prosecutor, «so-called hardships». Basically, we fight against two features which are the hallmarks of African life in South Africa and which are entrenched by legislation. These features are poverty and lack of human dignity, and we do not need communists or so-called «agitators» to teach us about these things. South Africa is the richest country in Africa, and could be one of the richest countries in the world. But it is a land of remarkable contrasts. The whites enjoy what may be the highest standard of living in the world, whilst Africans live in poverty and misery. Poverty goes hand in hand with malnutrition and disease. Tuberculosis, pellagra and scurvy bring death and destruction of health.

The complaint of Africans, however, is not only that they are poor and the whites are rich, but that the laws which are made by the whites are designed to preserve this situation. There are two ways to break out of poverty. The first is by formal education, and the second is by the worker acquiring a greater skill at his work and thus higher wages. As far as Africans are concerned, both these avenues of advancement are deliberately curtailed by legislation.

The government has always sought to hamper Africans in their search for education. There is compulsory education for all white children at virtually no cost to their parents, be they rich or poor. African children, however, generally have to pay more for their schooling than whites.

Approximately 40% of African children in the age group seven to 14 do not attend school. For those who do, the standards are vastly different from those afforded to white children. Only 5,660 African children in the whole of South Africa passed their junior certificate in 1962, and only 362 passed matric.

This is presumably consistent with the policy of Bantu education about which the present prime minister said: «When I have control of native education I will reform it so that natives will be taught from childhood to realise that equality with Europeans is not for them. People who believe in equality are not desirable teachers for natives. When my department controls native education it will know for what class of higher education a native is fitted, and whether he will have a chance in life to use his knowledge.»

The other main obstacle to the advancement of the African is the industrial colour-bar under which all the better jobs of industry are reserved for whites only. Moreover, Africans who do obtain employment in the unskilled and semi-skilled occupations open to them are not allowed to form trade unions which have recognition. This means that they are denied the right of collective bargaining, which is permitted to the better-paid white workers.

The government answers its critics by saying that Africans in South Africa are better off than the inhabitants of the other countries in Africa. I do not know whether this statement is true. But even if it is true, as far as the African people are concerned it is irrelevant.

Our complaint is not that we are poor by comparison with people in other countries, but that we are poor by comparison with the white people in our own country, and that we are prevented by legislation from altering this imbalance.

The lack of human dignity experienced by Africans is the direct result of the policy of white supremacy. White supremacy implies black inferiority. Legislation designed to preserve white supremacy entrenches this notion. Menial tasks in South Africa are invariably performed by Africans.

When anything has to be carried or cleaned the white man will look around for an African to do it for him, whether the African is employed by him or not. Because of this sort of attitude, whites tend to regard Africans as a separate breed. They do not look upon them as people with families of their own; they do not realise that they have emotions – that they fall in love like white people do; that they want to be with their wives and children like white people want to be with theirs; that they want to earn enough money to support their families properly, to feed and clothe them and send them to school. And what «house-boy» or «garden-boy» or labourer can ever hope to do this?

«The lack of human dignity experienced by Africans is the direct result of the policy of white supremacy. White supremacy implies black inferiority.»

Pass laws render any African liable to police surveillance at any time. I doubt whether there is a single African male in South Africa who has not had a brush with the police over his pass. Hundreds and thousands of Africans are thrown into jail each year under pass laws.

Even worse is the fact that pass laws keep husband and wife apart and lead to the breakdown of family life. Poverty and the breakdown of family have secondary effects. Children wander the streets because they have no schools to go to, or no money to enable them to go, or no parents at home to see that they go, because both parents (if there be two) have to work to keep the family alive. This leads to a breakdown in moral standards, to an alarming rise in illegitimacy, and to violence, which erupts not only politically, but everywhere. Life in the townships is dangerous. Not a day goes by without somebody being stabbed or assaulted. And violence is carried out of the townships [into] the white living areas. People are afraid to walk the streets after dark. Housebreakings and robberies are increasing, despite the fact that the death sentence can now be imposed for such offences. Death sentences cannot cure the festering sore.

Africans want to be paid a living wage. Africans want to perform work which they are capable of doing, and not work which the government declares them to be capable of. Africans want to be allowed to live where they obtain work, and not be endorsed out of an area because they were not born there. Africans want to be allowed to own land in places where they work, and not to be obliged to live in rented houses which they can never call their own. Africans want to be part of the general population, and not confined to living in their own ghettoes.

African men want to have their wives and children to live with them where they work, and not be forced into an unnatural existence in men’s hostels. African women want to be with their menfolk and not be left permanently widowed in the reserves. Africans want to be allowed out after 11 o’clock at night and not to be confined to their rooms like little children. Africans want to be allowed to travel in their own country and to seek work where they want to and not where the labour bureau tells them to. Africans want a just share in the whole of South Africa; they want security and a stake in society.

Above all, we want equal political rights, because without them our disabilities will be permanent. I know this sounds revolutionary to the whites in this country, because the majority of voters will be Africans. This makes the white man fear democracy. But this fear cannot be allowed to stand in the way of the only solution which will guarantee racial harmony and freedom for all. It is not true that the enfranchisement of all will result in racial domination. Political division, based on colour, is entirely artificial and, when it disappears, so will the domination of one colour group by another. The ANC has spent half a century fighting against racialism. When it triumphs it will not change that policy.

This then is what the ANC is fighting. Their struggle is a truly national one. It is a struggle of the African people, inspired by their own suffering and their own experience. It is a struggle for the right to live. During my lifetime I have dedicated myself to this struggle of the African people. I have fought against white domination, and I have fought against black domination. I have cherished the ideal of a democratic and free society in which all persons live together in harmony and with equal opportunities. It is an ideal which I hope to live for and to achieve. But if needs be, it is an ideal for which I am prepared to die.

¿Cómo plantear una entrevista? 10 pasos para el éxito

 

 

Una oportunidad. Tanto si eres grande como pequeño, una entrevista es una oportunidad. El lugar en el que podemos explicar nuestra historia. Hacer llegar nuestros mensajes a las personas que deben decidir votarnos, comprarnos nuestro producto o apoyar nuestro movimiento. Aprovecharlo, es crucial.

No siempre se tiene en mente el valor de la entrevista. Del mismo modo, no siempre se tiene en cuenta el valor de la comunicación y su contribución a los resultados. No es una cuestión de tamaño ni de recursos: es cuestión de preparación.

Por ello, observamos en este decálogo los diez pasos para salir airoso de una entrevista:

  1. Piensa qué quieres decir: define tu mensaje. De hecho, define tus mensajes. ¿Qué quieres comunicar? ¿Qué opinión quieres que tengan los espectadores? En el fondo, ¿qué quieres conseguir con esta entrevista?
  2. Prepárate a fondo: nunca sabes qué te van a preguntar. Por ello, es necesario plantear varias preguntas hipotéticas y anticipar respuestas, especialmente para aquellos temas que son una debilidad. Pero no olvides preparar bien las preguntas que pueden ser una oportunidad para propagar tu mensaje.
  3. Infórmate: antes de aceptar una entrevista, debes informarte sobre muchos aspectos importantes como el formato de la entrevista, el tiempo, el momento de emisión, quién la hará…
  4. Conoce los temas de la entrevista: cada entrevista es un mundo, cada medio es distinto y cada ocasión es única. Pero siempre que sea posible, es necesario conocer de qué se va a hablar. Qué temas se van a tocar y si hay algunos temas fuera del acuerdo.
  5. Ensaya antes de la entrevista: tanto si es en televisión como en radio o un encuentro chat, es necesario ensayar para poder controlar al máximo el lenguaje no verbal. Entender que el cuerpo habla por ti es básico para no enviar mensajes contradictorios.
  6. No estrenes ropa: si la entrevista es en televisión, no estrenes ropa para ella. Deben ser prendas que ya hayas usado para que se adapten a tu cuerpo.
  7. Colócate bien: cuando te sientes procura que la ropa no haga arrugas y que no tengas sombras. Tu posición corporal es importante, debes lograr transmitir seguridad y predisposición al diálogo. Además, una buena postura ayudará a que hables mejor.
  8. Habla con propiedad: no uses palabras extrañas, altisonantes o que no estén en tu vocabulario habitual. Caer en errores absurdos, contradicciones o usar una palabra incorrecta –como “aberradora” en el vídeo de este artículo-, puede minar nuestra credibilidad y hacer que nos desviemos del objetivo de la entrevista.
  9. Ten claro lo que quieres decir: las entrevistas no siempre son plácidas. No siempre puedes contar lo que quieres. Por ello, debes tener en mente cuando una pregunta puede ser peligrosa y como sortearla. Del mismo modo, entender el objetivo y tener claros los mensajes, ayuda a aprovechar todas las oportunidades.
  10. Que te entienda tu abuela: no hables demasiado rápido, sé claro en tus planteamientos y procura que te entiendan públicos diversos.

Recuerda que una entrevista bien aprovechada puede tener un gran valor. Pero cometer errores puede perseguirte durante mucho tiempo. Para muestra, la entrevista a Deyanira, del Movimiento Unidad del Pueblo Canario, durante la pasada campaña electoral:

El último discurso de Bobby Kennedy

 

El 4 de junio de 1968, Robert Kennedy ganaba las primarias demócratas de California y Dakota del Sur. Ya en la madrugada del 5 de junio, el hermano del presidente asesinado se dirige a sus seguidores en un discurso de victoria. Es un momento importante en su carrera hacia la presidencia.

Al finalizar el discurso, el senador es atacado. Sirhan Bishara Sirhan le dispara a quemarropa. Hiere a varias personas. Un día más tarde, Kennedy moría de madrugada. Estos dos vídeos muestran ese último discurso de Bobby Kennedy y los minutos de caos que se vivieron en la sala del hotel Ambassador de Los Angeles.

Lo llaman política 2.0 y no lo es

¿De dónde salieron? Las miles de personas que llenaron las plazas, ¿quiénes son? ¿Por qué están y estaban ahí? ¿En qué momento decidieron salir a la calle y consiguieron captar toda la atención? Los partidos y los líderes políticos buscan respuestas y no logran encontrarlas. O quizás no quieran hacerlo. Pero en realidad, las tienen delante de sus narices.

A medida que el movimiento 15M avanza, podemos tomar distancia para destilar el fondo y la forma. Los objetivos, los éxitos y los fracasos. En ello, la respuesta del origen es casi tan importante como lo que pueda conseguir. Y el origen no está solo en una situación concreta, llamémosle crisis, ley electoral o el sistema financiero. El origen quizás debamos buscarlo en la relación de los ciudadanos con sus representantes, siempre en tensión. Y en la aparición de un medio de comunicación que ha cambiado ya demasiadas cosas. Y no va a dejar de hacerlo.

Las listas cerradas y bloqueadas, el papel de los partidos políticos y las barreras de entrada al espacio político, la imposibilidad durante años de contactar con los representados, la personalización de la política… son elementos importantes para entender como la llegada de un medio de comunicación como internet, puede tener efectos de calado en una relación que había caído en la rutina.

Reconozcámoslo: la política no gusta. Se puede entender su valor, pero no es algo que guste o despierte pasiones. Para la mayoría de la población, la participación cada cuatro años es más que suficiente y tampoco tienen pasión por introducir cambios. Pero el entorno de aquellos ciudadanos que sienten la política, la viven y, lo más importante, ven en ella la vía para cambiar las cosas; tienen en la red un aliado.

Organizaciones, asociaciones, grupos de interés y ciudadanos de a pie han entendido mejor que los políticos lo que se puede conseguir con internet. Son conscientes de la capacidad de propagación y organización. De cómo una buena idea, puede sumar seguidores. Conscientes de la posibilidad de terminar con las rémoras más pesadas de organizaciones y rutinas.

Acciones como estas desconciertan al poder tradicional. Actores más pequeños, más volátiles y menos reconocibles tienen capacidad para modificar la agenda.

Mientras muchos políticos se quedaron en la dimensión más básica de la política 2.0 –abrir un Twitter o un Facebook, participar lo justo o dejarlo en manos del becario-, muchos ciudadanos han entendido que se puede hacer política. Y vaya si lo han hecho.

La sorpresa llega a los centros de poder. Más cuando consiguen algo tan notorio como conseguir llenar las plazas de varias ciudades españolas antes de las elecciones. Acciones como estas desconciertan al poder tradicional. Actores más pequeños, más volátiles y menos reconocibles tienen capacidad para modificar la agenda.

Ahí viene el reto de los políticos y la política. ¿Cómo hacer frente a ello? Escuchar debe ser el primer paso. Escuchar las demandas y observar tanto el fondo como la forma. Escuchar para conocer si, aunque no se venga de la forma tradicional de participar en política, la política puede dar respuestas a tantas preguntas.

El movimiento 15M debió atragantar el desayuno de más de un líder político. ¿De dónde vienen? ¿Por qué protestan? ¿Qué quieren? Seguramente, se sintieron como cuando el profesor pone en un examen el tema que no te preparaste. No les falta razón cuando hablan de las formas tradicionales de hacer política y citan las reglas del juego existentes. Pero se quedan en la superficie.

La política 2.0 no puede quedarse en la mera apertura de canales. ¿De qué sirve que Mariano Rajoy tenga una página en Facebook si no escucha lo que proponen los ciudadanos?

Quizás esa superficie sea la que evita que las cosas cambien. La que hace que nuestros políticos ni escuchen ni vean los movimientos que nacen de la red como algo relevante. Sin ir más lejos, a las puertas de las elecciones municipales y autonómicas, Actuable y Avaaz recogieron más de 100.000 firmas para exigir a los partidos listas limpias de imputados por corrupción. Ningún dirigente de PP o PSOE se dignó a recogerlas y escuchar los motivos de los promotores.

No todos son así. En el Reino Unido, el viceprimer ministro Nick Clegg recibió y escuchó los argumentos de la gente que había apoyado la petición de 38 Degrees en defensa de la sanidad pública. Y se llevó, con sus propias manos, las cajas con las peticiones firmadas. Maneras distintas de entender que las cosas están cambiando.

Las cosas están cambiando. La política 2.0 no puede quedarse en la mera apertura de canales. ¿De qué sirve que Mariano Rajoy tenga una página en Facebook si no escucha lo que proponen los ciudadanos? La ciudadanía ha entendido el valor de las herramientas. Ha movilizado a miles de personas. Quizás de forma anárquica. Quizás con números pequeños.

Algunos políticos siguen diciendo que lo ocurrido con el 15M debe interpretarse. Debe estudiarse. En futuro. Sin ganas de atajarlo. Como si fueran animalitos que emiten sonidos extraños. Pero el tiempo apremia y no pueden demorarse más. Cuando las plazas se llenan, cuando más de 200.000 personas se unen en la red con una de las mayores peticiones online de la historia española; es que algo está cambiando.

Mientras los ciudadanos se movilizan, muchos políticos se escandalizan. La oportunidad de mejorar nuestra democracia está sobre el tapete. Está en la agenda de la calle. Tienen un Twitter, un Facebook y un blog. Hablan de ellos. Solo de ellos. Lo llaman política 2.0 y no lo es.

 

Entrada relacionada: «Manifiesto: Los límites del 2.0 en los procesos políticos»

 

Fotografía de Olmovich en Flickr.