La vuelta a la política de Aznar

El bigote de Aznar es una metáfora sobre su personaje político: parece que no está, pero ahí sigue, como comentaba alguien en Twitter este fin de semana. Por ello, deberíamos preguntarnos si realmente Aznar se fue alguna vez de la política. Ha sido, sin duda, el ex presidente más incómodo de la democracia española. Es más, cada vez que entra en escena, no deja a nadie indiferente. No deja de ser relevante preguntarse hasta qué punto le beneficia al Partido Popular que el ex presidente se cuele en la foto. Como tampoco deja de ser un juego político preguntarse qué pasaría si volviera a presentarse ¿El Aznar de 2010 ganaría como en 1996?

Es más lo que se puede perder (o no ganar) el Partido Popular que lo que puede aportar el presidente de la FAES. El discurso de Aznar no es, en absoluto, moderado. Es un discurso profundamente ideológico, duro, conservador y nacionalista. Justo aquello de lo que se desprendió para conquistar el poder. El Aznar de los noventa consiguió doblar los votos del partido (de los cinco millones en 1989 a casi diez en 1996) gracias a la unión del voto conservador y un viaje al centro.

La unión del electorado de derechas, fragmentado durante los ochenta, es lo que le ha permitido al Partido Popular mantener el nivel alcanzado por Aznar. Por ello, a ese electorado, que Aznar hable o calle ya le importa poco. Sus valores se identifican totalmente con los del partido. Pero… ¿qué pasa con aquellos que llegaron por el viaje al centro?

Esos son los electores clave. Llegaron en 1996 y muchos lo hicieron llegando del PSOE. Y se fueron en 2004. La moderación de la primera legislatura de Aznar y la crisis en el PSOE se tradujo en un aumento de la abstención y en los mejores resultados hasta la fecha del Partido Popular. Aznar gobernó con una mayoría absoluta que le fue alejando de esa mágica combinación.

El Aznar que hemos visto esta semana poco tiene de moderado. Y la historia electoral en España ha mostrado como es necesaria la conquista del centro para ganar unas elecciones. Carles Castro lo muestra con maestría en su “Relato Electoral de España 1977-2007”, un análisis en profundidad de la historia electoral española que muestra como la conquista de ese centro político, de esa moderación es la clave de la victoria en España.

Aznar dejó la presidencia con un elevado grado de desconfianza por parte de los españoles. Según el CIS, en enero de 2004, meses antes de las elecciones que llevaron al PSOE al gobierno y antes de los trágicos sucesos del 11M, el 60% de los españoles tenía poca o ninguna confianza en él. Apunte a pie de página, en el barómetro de octubre de 2010, el 81% de los españoles desconfiaba del presidente Rodríguez Zapatero. Rajoy le superaba por medio punto.

Ante ese contexto, Aznar refuerza los votos conservadores. Compacta un voto ya fiel y movilizado –no debemos olvidar que Rajoy obtuvo más votos en 2008 que en 2004, superando los diez millones de electores- Pero no atrae a nuevos votos. No atrae el centro. De hecho, los atrae la propia situación económica del país y el desatino en las políticas del gobierno. No Aznar.

Lo que sí puede hacer Aznar es despertar a un electorado en shock: el socialista. Las duras reformas emprendidas por Zapatero, en contra de lo dicho y lo esperado por los suyos, ve en Aznar el enemigo común que despierta a mucho votante atolondrado.

Rajoy lo tiene todo de cara. Tiene el partido más o menos controlado y no parece que los escándalos de corrupción hagan mella en el electorado. Si las encuestas no mienten, el 22 de mayo será un contundente rechazo al PSOE y el PP encarará la recta final de las elecciones de 2012 más reforzado que nunca. Solo queda esa metáfora de Aznar sobre el aire. Ese bigote que está y no está… pero que cuando aparece despierta los temores de desandar lo andado.

Albert Medrán

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