Aquí no paga ni Dios… será catalán. Votos y tópicos en campaña

Al llegar a Madrid descubrí dos cosas. La primera, que tenía –o mejor dicho, tengo- acento catalán. La segunda, que además de polaco, era un gafapasta catalán. ¡Y yo sin conocer este genial modo de definir a los modernos de Barcelona que campan por Madrid! Compartir mesa con una gallega. Maloserá. Y una auténtica gata con raíces en Navalcarnero. Más de un valenciano campa por la oficina y discutir sobre nación, soberanía e independencia con un granadino tiene su qué. Eso sí, con una caña en la mano. ¿Tópicos? Unos cuantos. ¿Y qué?

Hay dos maneras de tener en cuenta esos tópicos cuando los queremos usar en comunicación. Es arriesgado hacerlo. Con ellos, se rasga algo de los sentimientos de muchos. Será por eso de haber nacido en una familia charnega y de botiguers (que mezcla más buena) que siempre he creído que su uso no es lo más recomendado para hacer llegar un mensaje. El que los usa acaba generando el efecto contrario. Sí, los adeptos lo aplaudirán, pero el resto lo verá con desprecio.

“Tenemos la Agencia Tributaria instalada en Cataluña. Y mientras tanto, Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga ni Dios”. Con esta frase, el candidato de Esquerra Joan Puigcercós quitaba el polvo al mito del andaluz vago y subvencionado. Es la magia del uso del lenguaje: por mucho que la matización a las declaraciones del mitin en La Seu d’Urgell vengan acompañadas de datos que puedan, en cierto modo, justificar lo dicho; la parte emocional del mensaje ya ha hecho su trabajo.

El riesgo viene, precisamente, en las consecuencias incontrolables de lanzar un mensaje que depende del grosor de la piel de quien lo recibe. Parte de su electorado apoyará sus declaraciones. Otra lo reprobará. Pero otra gran parte del electorado, el que puede apoyar a su socio de gobierno, puede movilizarse. Por un exceso verbal. Aunque también por un exceso verbal, Puigcercós debe haber subido algunos puntos en su nivel de conocimiento por parte de los ciudadanos. Si el 15,5% de los catalanes no lo conocía hace unos días, seguro que ahora lo hace. Para bien o para mal.

Aunque para ser justos, deberíamos tirar de hemeroteca y observar como el despertar de los tópicos no es un caso único de Puigcercós o del nacionalismo catalán –como algunos intentan hacer-. Sin ir más lejos, el ex presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra soltó lindezas sobre eso de que los catalanes somos agarrados. Llegó a acusar a Maragall de no querer pagar una invitación y pidió a su colega de partido que, respecto a la financiación autonómica, se metiera “los cuartos donde les quepa” o “Quizá Maragall está acostumbrado a negociar siempre pidiendo la peseta y ha pensado que él le pediría al ministro pantanos, presas y encauzamientos y al tiempo le pediría algo más”. Sin olvidar que en la campaña electoral de 2003 habló de catalanes de primera y de segunda… a cuenta de su origen.

Aunque quizás lo más sonado vino de un concejal de ICV en Torredembarra publicó en su blog un montaje en el que pedía a los catalanes que apadrinaran a un niño extremeño para denunciar el déficit fiscal que las balanzas, publicadas en su día por el Ministerio de Economía y Hacienda, ponían de manifiesto.

El riesgo existe, pero se puede construir algo potente a cuenta de los tópicos. Gadis, una cadena gallega de supermercados, ha sabido construir su imagen de marca a través de todo lo que envuelve el hecho de ser gallego. Lo bueno, y lo malo. Sus anuncios son más que conocidos en Galicia y acaban de presentar el spot de este año. ¿Quién no quiere ser supergallego?

Aunque no vaya de mitos, sino de sensaciones, Cruzcampo y Damm son el ejemplo de cómo dos cerveceras buscan la identificación con el territorio. La magia de Andalucía y la cálida naturalidad del Mediterráneo.

Del extremo de la declaración incendiaria al publirreportaje con todo lo bueno de un territorio, el camino intermedio está en el humor y en el tratamiento de los tópicos sin complejos. Los asturianos de Litoral se atrevieron con catalanes, vascos y madrileños. Alta tensión. Y su campaña publicitaria no les quedó nada mal. Poner a uno catalanes en Montserrat a cortar troncos o a unos vascos a bailar chotis solo podía superarse con unos madrileños haciendo castells.