Una chapuza con nombres y apellidos

Olga saca el tema. Estamos celebrando el cumpleaños de dos amigas y comenta con cierta estupefacción que el gobierno quiera cambiar el orden de los apellidos. No le parece mal que se termine con la prioridad del apellido del padre, pero no le gusta que sea por orden alfabético. Cristina responde que no acaba de entender porqué surge ahora. Tampoco ve la necesidad de terminar con una tradición aunque coincide con Olga en el fin de la medida. Entré en el debate y les cuento los supuestos en los que se aplicaría… y se abre la caja de Pandora.

Les cuento que la medida es solo una propuesta. Y que se limita a los casos en que, al registrar a los hijos, exista una disconformidad entre los dos progenitores. Solo en ese caso, el apellido se fijará por orden alfabético. “Ah, pues eso no lo contaron así en el informativo”, exclamó una de ellas. El gobierno, como en otras ocasiones, había lanzado un globo sonda al que los medios y los opinadores habían dado ya la vuelta.

La conversación se extinguió y llegaron las homenajeadas. El tema volvió a salir y la respuesta fue idéntica: el gobierno iba a cambiar el orden en todos los casos. No en los de tensión, en todos. Y salieron los argumentos de la tradición, la extinción de los apellidos con letras zeta, ye o uve… El gobierno no controlaba el mensaje.

Volví a casa tarde. Pero con mucha curiosidad por ver si realmente era yo quién estaba equivocado y el gobierno había optado finalmente por una reforma total… pero no era así. Mis amigas no son precisamente ese tipo de personas que no siguen la actualidad. Licenciadas universitarias, jóvenes, trabajadoras… y habían recibido el mensaje en términos completamente contrarios a los fijados por el gobierno. Un gran error de comunicación.

Sigo sin entender el gusto del gobierno de Zapatero por los globos sonda. Especialmente en un contexto mediático como el actual, con una auténtica trinchera digital terrestre (TDT) con voces cavernícolas en la televisión, en la radio y en la prensa. Opinadores que desprecian todo lo que les huela a cambio social –¿no es, a caso, un cambio sin paliativos el fin de la primacía por género, aunque sea solo en caso de tensión?-. Y opinadores que creen que sólo debería existir un ministerio –el de economía- y que el gobierno debería dejar de hacer todo lo que no esté relacionado con la crisis. Ante ese panorama, un globo sonda es la crónica de una muerte (comunicativa) anunciada.

Al final, las percepciones ganan. Y aunque la medida entre en vigor y finalmente se observe como no terminaremos todos con Abad como apellido, la mayoría de la población seguirá creyendo que así será. Creyendo que la reforma es innecesaria –cuando lo es, ¿qué pasa con los hijos de parejas homosexuales?- y que el gobierno no se ocupa de lo que realmente importa.

Cuando votemos en 2012 pensaremos en todas estas conversaciones de amigos. En todas estas ocasiones en qué lo hecho o lo propuesto murió de raíz por culpa de una estrategia de comunicación inadecuada. Plantear el debate en sus términos, liderar el mensaje y convencer es la otra batalla que debe librarse más allá de las puertas del parlamento. Conversaciones que, como las gotas de agua en una estalactita, van formando una afilada aguja que puede abrir una fuga de votos en cualquier momento. Olga y Cristina pueden estar tranquilas. No les preocupa el tema. En Moncloa deberían estar inquietos. No por esto. Por tanto…

Foto de Moultriecreek