Cuando Reagan aconsejó a Belén Esteban

Lo prometido es deuda. Tras el post de política ficción sobre el salto a la política de Belén Esteban viene el análisis. Hoy publico en La Vanguardia este artículo.

Cuando Reagan aconsejó a Belén Esteban

“Debes contar las cosas de manera simple. Que te entiendan.” “¿Y cómo se hace eso?” “Te contaré mi secreto: yo siempre imagino que hablo con mi viejo barbero de Santa Bárbara. Si Jack puede entenderlo, todo el país lo hará.” Si Belén Esteban pidiera consejo a Ronald Reagan para cimentar su hipotética carrera política, este sería el consejo que le daría el viejo presidente. Para ello, el 40º presidente de los Estados Unidos debería estar vivo. Y Belén Esteban debería tener intenciones de cambiar los platós por el Congreso de los Diputados.

Es improbable que sucedan ambas cosas. Pero el “Gran Comunicador” le habría dado un valioso consejo que no le costaría aplicar. La de San Blas sabe contar cosas cómo pocas para que todos la entiendan. Lo hará de forma histriónica. Soez, incluso. Pero todos la entienden. Es efectiva: su comunicación es efectiva. Seguramente esa sea una de las claves de su popularidad.

Si Reagan y Esteban se sentaran en una mesa para planear ese salto en la política, quizás podrían partir de un punto común: ambos llegaron a millones de hogares antes que a los escaños y las vetustas moquetas de los centros de poder. Y esa sería una poderosa clave que explica, en caso del primero, la enorme popularidad y cariño que consiguió en vida. Y de la segunda, que a día de hoy se especule con una posibilidad poco plausible.

Es más que conocido el pasado de Ronald Reagan, un presidente que de joven había paseado su voz y su carisma por estudios de radio en Iowa, su porte por los estudios de Hollywood y, ya en su asentada vida de adulto, su oratoria por 38 estados de la Unión gracias a su conversión en estrella televisiva en el programa General Electric Theater. Una época que le llevó a millones de hogares a través de la vieja caja de madera… pero también a visitar 135 plantas de la General Electric y dirigirse a más de 250.000 empleados con 9.000 discursos –escritos de su puño y letra- a lo largo de ocho años. Esos fueron sus primeros pasos en política.

Durante la década de los 50 empezó a comulgar con las ideas del Partido Republicano y se convirtió en una poderosa voz de los conservadores… aunque no ejerciera la política. Pero todo ese bagaje le fue de gran utilidad cuando decidió dar pasos hacia la Casa Blanca; primero como Gobernador de California y años más tarde ya como Presidente.

El “Gran Comunicador” se llevó de esa época las enseñanzas para ganarse ese apodo que tan bien le describía. Alguien que aprendió a vestir con palabras los telex que informaban de resultados de béisbol y que era capaz de dibujar jugadas con su oratoria, entendía mejor que nadie el poder de la comunicación. Del cine y la televisión aprendió el arte de aparecer en millones de hogares. Y su profunda determinación ideológica le llevó a hacer realidad su política.

Si el presidente Reagan se sentara mañana con Belén Esteban una tarde de otoño, clavando la vista en el Pacífico, le confesaría que ese pasado de estrella del cine e icono de la juventud le sirvió de mucho en su carrera política. Seguramente le diría a Belén que lo aprovechara para llegar a millones de personas. Aunque seguramente a media tarde el presidente se daría cuenta de que a la Esteban le falta la profunda determinación que él sí tenía.

Reagan se plantó en la Casa Blanca tras largos años de trabajo, luchas , espera… y un plan. Una visión estratégica que le llevó a presentarse en el momento adecuado y ser el heredero no esperado de Ford. La oposición a Carter… la voz de un conservadurismo forjado a fuego durante las décadas de los 60 y los 70. Esteban de eso no sabe. Ni quiere saberlo. No es su vocación ni su intención.

Belén Esteban no quiere ser política. Reagan quería cambiar el mundo y vencer al comunismo. Ahí sus caminos se separan y nos lleva a la profunda realidad de la política española: no es fácil conseguir representación en nuestro sistema electoral… y no todo se soluciona con salir en la tele. Pero por encima de todo está el sentido común del electorado que, en el fondo, quiere a personas serias en los puestos de mando. La notoriedad no es, per se, la garantía necesaria para una carrera política.

Pese a ello, Cicciolina, Romario o Jesús Gil son excepciones de esos asaltos de los famosos a la política. Haciendo valer, sin duda, su derecho democrático a presentarse y ejercer un cargo público. Ejemplos de que algo se aprende en el mundo de la farándula, los flashes y las cámaras para la vida política.

Belén Esteban no es la Reagan española. Ni quiere serlo. Pero sólo el dato de intención de voto en una encuesta –con todas las salvedades- debería llevarnos a una reflexión conjunta. Si los personajes del mundo del corazón son más deseados que los propios profesionales de la política, ¿qué está haciendo mal la política? ¿Qué soluciones para recobrar la confianza se están llevando a cabo?

La respuesta estará, quizás, en un momento extremadamente complejo. De gran desconfianza. Momentos de crisis económica, de valores… y de fe en lo público y en la capacidad de acción de la política. El arte de la política que hace veinte años unificó Alemania. Que en Brasil ha reducido el número de personas en la pobreza. ¿Conseguiría eso una respetable presentadora de televisión cuyo mérito fue salir de “Ambiciones” con la cabeza bien alta y la ropa en bolsas de basura?

Albert Medrán

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