Discurso de Emmeline Pankhurst por el derecho a voto femenino

La británica Emmeline Pankhurst fue una de las fundadoras del movimiento de las sufragistas británicas. Dedicó su vida a hacer real algo que hoy es normal en los países democráticos: la igualdad de derechos de hombre y mujeres en el voto.

En 1914 se dirigió uno de sus discursos más famosos en Hartford, Connecticut, Estados Unidos. En ese discurso, del que reproducimos una parte a continuación, Pankhurst se presentaba como un soldado y un prisionero que había abandonado temporalmente el campo de batalla.

Gracias a personas como Pankhurst, a su devoción, su liderazgo, su visión y sus sacrificios, muchas desigualdades se superaron. Una inspiración, sin duda, para tantas otras barreras que se erigen en nuestro mundo actual.

“No tengo demasiado aspecto de soldado ni de prisionero, pero soy las dos cosas”

No he venido aquí como abogada defensora, porque sea cual sea la posición que ocupe el movimiento por el sufragio en los Estados Unidos de América, en Inglaterra no se trata ya de defenderlo, el movimiento es ya parte de la vida política. Se ha convertido en el tema de la revolución y la guerra civil, y así que esta noche no estoy aquí para defender el sufragio femenino. Las sufragistas estadounidenses pueden hacer eso perfectamente. Estoy aquí en calidad de soldado que ha abandonado temporalmente el campo de batalla a fin de explicar -parece extraño que tenga que ser explicado- qué es la guerra civil cuando ésta la libran las mujeres. No sólo estoy aquí como un soldado temporalmente ausente del campo en la batalla; estoy aquí – y eso, creo, es lo más extraño de mi presencia- estoy aquí como una persona que, de acuerdo a lo que han decidido los tribunales de justicia de mi país, no tiene ningún valor para la comunidad; debido a mi estilo de vida se ha juzgado que soy una persona peligrosa, bajo pena de trabajos forzados en una prisión. Por tanto, algún interés debe tener escuchar a una persona tan peculiar como yo. Seguro que muchos de vosotros pensáis que no tengo demasiado aspecto de soldado ni de prisionero, pero soy las dos cosas. […]

Quiero decir a las personas que no creen que las mujeres podamos tener éxito, que hemos llevado al gobierno de Inglaterra a su situación actual y por tanto tiene que enfrentarse a esta alternativa: o las mujeres mueres u obtienen el derecho a voto. Les pregunto a los hombres norteamericanos que están en esta reunión, qué pensarían si vivieran una situación parecida en su Estado; ¿Mataríais a esas mujeres o les daríais la ciudadanía, mujeres a las que respetáis, mujeres que sabéis que han vivido vidas útiles, mujeres a las que conocéis, aunque no sea personalmente? Mujeres que buscan la libertad y el poder para desempeñar un útil servicio público. Bueno, sólo existe una respuesta a esta alternativa; sólo existe una salida, a menos que estéis dispuestos a retrasar el avance de la civilización dos o tres generaciones; debéis otorgar el derecho de voto a esas mujeres. Ése es el resultado de nuestra guerra civil.

Discurso completo (en inglés)

Fragmento extraído de “Palabras que cambiaron el mundo. 50 discursos que han hecho historia”

Las 10 mejores cosas de ser presidente de los Estados Unidos

  1. Tener un cine en casa
  2. Tener avión propio

  3. Y un helicóptero para los viajes cortos
  4. Te invitan a lanzar la pelota en los partidos de baseball
  5. Perdonar pavos para Acción de Gracias
  6. Ser el jefe de todo esto. Del Ejército también
  7. Que tu “sala de juegos” sea la Situation Room
  8. Trabajar en el despacho más famoso del mundo
  9. Firmar las leyes con una pluma distinta para cada letra de tu nombre
  10. Formar parte de un selecto grupo: presidentes de Estados Unidos
  11. Fotos del Flickr de la Casa Blanca

Veinte años retocando la realidad (política)

Una imagen vale más que mil palabras. Una imagen puede llegar a decir más que un discurso entero. Una imagen puede hundir una campaña… o puede llevar a alguien a la victoria en unas elecciones. Por ello, hace 20 años se creaba una de las mayores contribuciones al mundo de la comunicación política: un programa que permitía mejorar aquellas imágenes que no comunicaban lo que debían.

Photoshop vino para quedarse y la verdad, en 20 años ha dado mucho juego. De su mano llegaron políticos septuagenarios que podrían pasar por la cincuentena. Bajo su mando, desaparecieron manchas, objetos, y kilos de más. Se obró el milagro y los panes y los peces dejaron paso a la multiplicación de asistentes en un acto.

El programa de retoque fotográfico creado por Adobe, más allá de sus constantes actualizaciones y las enormes posibilidades, deja en manos de los expertos para convertir la realidad en una ilusión.

En estos 20 años hemos visto como Juan Carlos y Sofía reunían a todos sus nietos en un salón de la Zarzuela a golpe de clic. La felicitación de Navidad de los Reyes fue objeto de polémica, cuyo montaje no dudó en reconocer la Reina Sofía en las, también polémicas, entrevistas con Pilar Urbano.

A Sarkozy le desaparecieron los michelines y a su ministra de Justícia, los anillos. Aunque a Sarkozy no se le cayeron, los anillos, por intentar hacer photoshop con las fechas en una histórica foto con el Muro de Berlín en su Facebook. Aunque quizás quién hubiese necesitado aplicar el programa es el speechwriter de Obama, cuando salieron a la luz unas comprometedoras fotos de él jugando con una Hillary de cartón piedra.

Photoshop nos ha mostrado que si el desodorante falla, pasar el tampón de clonar puede borrar los estragos de los focos en un mitin. Angela Merkel y el president Montilla pueden dar buena cuenta de ello. Precisamente, la imagen de alguien sudoroso no genera las mejores percepciones en el electorado…

Aunque algunos acusan a Berlusconi de haber hecho de su agresión un montaje, lo cierto es que bajo la larga sombra de Il Cavaliere se esconden algunos intentos burdos de modificar la realidad. No ya la suya propia a base de operaciones de estética, sino del apoyo popular al polémico político italiano. El libro “Noi amiamo Silvio”, un conjunto de fotografías que mostraban el apoyo al premier, escondía un retoque en una instantánea en la piazza del Duomo de Milán: los asistentes se multiplicaban sin cesar.

El Mundo consiguió que Zapatero, Guerra, Pajín y Aído aparecieran todos juntos en primera página con el puño en alto, aunque esa imagen era imposible: la retocaron con la ayuda de los de Adobe.

Fraga retó a todos los que no le creían a ver el making-off de las fotos de una de sus campañas electorales. Según el ex presidente de la Xunta, no habían sido retocadas. Aunque las fotos parecían decir lo contrario. Pujol también aparecía con menos bolsas en los ojos en sus últimas campañas electorales. ¿Obra y gracia del programa?

Photoshop lleva 20 años retocando la realidad. Creando nuevas realidad. En Francia, algunos diputados quieren ponerle freno, por los efectos que genera en la idealización, por ejemplo, de cánones de belleza. Aunque su uso parezca cada vez más denostado, nadie se resiste a verse un poco más joven, esbelto o bello en una foto que será, por ejemplo, usada en una campaña electoral. ¿Fraude? ¿Engaño? Una imagen vale más que mil palabras. Juzguen ustedes.

Un asesor para Cospedal, ¡por favor!

Una mala tarde la puede tener cualquiera. Podríamos pensar eso de la primera pregunta que la senadora y secretaria general del PP, Maria Dolores de Cospedal, dirigió a la ministra de Defensa. Sí, una mala tarde la puede tener cualquiera. El problema es cuando las malas tardes son la tónica y no la excepción.

Quizás de Cospedal ha tenido un gran problema al no saber medir las expectativas generadas y cumplir con ellas. Apareció en un momento de crisis máxima en el seno del PP –la misma que a día de hoy no les permite despegar y sacar buena tajada de la crisis económica- y su nombramiento fue algo parecido a la nominación de John McCain: el PP se dotaba en un cargo tan importante como la secretaría general de una representante atípica del partido. Un mensaje de cambio y de aproximación al centro. Sin embargo, como McCain, no convenció a los del medio y tiene que buscar refugio en los extremos.

Por ello, las expectativas no se han cumplido y episodios recientes han terminado por minar su credibilidad. Si hace unos meses se inventó una teoria de la conspiración de jueces y policias contra su partido, ahora es el turno a las preguntas vacías de contenido en el Senado.

Ayer, de Cospedal preguntó a Carme Chacón sobre el uso militar por parte de Estados Unidos del aeropuerto de Ciudad Real. Lo había leído en la prensa. La respuesta de la ministra fue clara y dejó en evidencia la falta de preparación de la senadora, que basaba en la prensa su postura. Ante ello, Chacón desgranó argumentos y un afilado ataque que provocó la estupefacción de su compañero de escaño, Pío García Escudero.

De Cospedal necesita urgentemente un asesor. Que le diga que no puede lanzar acusaciones desde la playa. Que le diga que no puede presentarse en su primera pregunta en el Senado tras 22 meses de legislatura con un sólo recorte de prensa. Que le aconseje que la coherencia y la sinceridad son los mejores atributos que debe tener un político. Y que debe comunicar. Quién sabe, quizás ese asesor pueda ayudarla y conseguir que tras unas expectativas tan dañadas, su imagen y su trabajo puedan salir a flote.

Una mala tarde la puede tener cualquiera, pero el espectáculo en el Senado merece una reflexión profunda en el equipo de Cospedal.

El vídeo completo de la intervención, en el blog de Francisco Polo.

Canciones de campaña

En Estados Unidos existe una ya larga tradición de dotar a sus campañas electorales con canciones de campaña. Temas, algunos populares y otros menos conocidos, que vienen a apoyar el mensaje y la imagen del propio candidato. Si en España existiera esa tradición, quizás Zapatero escogería el hit eurovisivo de Remedios Amaya y cantaría aquello de “ay quién maneja mi barca, que a la deriva me lleva”. Rajoy podría atrevirse con el Aserejé de las Ketchup: una canción festiva y alegre –ya se ven en Moncloa- pero inteligible, como sus promesas de mejora sin saber bien qué hará.

Para algunos esto puede ser una tontería. Un amago de genialidad más de asesores políticos que no tiene ningún fundamento, pero la realidad es que, vistos los efectos que la música tiene en las personas, parece no ser una tontería el hecho de atender a ella. Es el íntimo juego de la música y la comunicación política, entender que algo tan básico en la vida como la música puede y debe ser un elemento más de campaña.

Pitágoras enseñaba a sus alumnos algo genial y casi mágico: cambiar los comportamientos de las personas, sus respuestas –incluso acelerar procesos de curación- a través de la música. Hace unos meses reflexionaba sobre el papel de la música en los anuncios electorales, como un determinado ritmo puede crear o sostener estados emocionales en la dirección del mensaje político y de los objetivos de comunicación. Reflexión que hicieron muchas campañas electorales.

En todo caso, la elección de temas de campaña no está exento de polémica. Dos candidatos –y presidentes- republicanos recibieron quejas de los artistas a quienes tomaron prestadas las canciones. Ronald Reagan, tras su famoso “California here we come” usado en la campaña que le llevó a la Casa Blanca, no dudó en hacerse con el hit de 1984 para su reelección. El “Born in the USA” de Bruce Springsteen fue el himno del antiguo actor. Por su parte, George W. Bush se opuso a Al Gore con el tema de un fan del vicepresidente más ecologista: “I won’t back down” de Tom Peety. Ambos artistas, reconocidos demócratas.

Aunque otro tipo de polémicas no viene tanto por la filiación política del artista sino por su nacionalidad. Si Bill y Hillary Clinton hacían de actores emulando a Los Soprano para presentar el tema de la campaña de ésta, la recepción del tema fue menos halagüeña que el propio vídeo. Hillay hechó mano de una mujer, la titanizada Céline Dion, que le prestó el tema “You and I”. Muchos americanos se preguntaron el por qué de la elección de una canadiense… y otros tantos, el sentido político de la canción.

Mejor sintonia tuvieron los Fletwood Mac con Bill Clinton. Incluso hoy el ex gobernador de Arkansas es reconocido por el “Don’t stop thinking about tomorrow”. Aún puede escucharse esa canción como presentación del presidente en actos como las Convenciones demócratas. La asociación, pues, entre tema y candidato puede llegar a ser muy íntima.

Otros candidatos han puesto toda la carne en el asador y han aprovechado todas las aristas emocionales y de comunicación de la música. Barack Obama apeló a la América que debe renacer tras el 11S con el hit de U2 “The city of blinding lights”, que le acompañó en momentos mágicos de su campaña, como en su salida al atril durante su discurso de aceptación en la Convención. El timbre y la potencia de Aretha Franklin contribuyó con su “Think”, que sonó en numerosos mítines, como al finalizar el célebre discurso de New Hampshire. Sinnerman de Nina Simone, Gimme Shelter de los Rolling Stones o la conocida versión musical del propio discurso de New Hampshire son otras piezas de la banda sonora de la campaña del presidente.

Pero no olvidemos los clásicos. JFK apeló a las grandes esperanzas de los americanos con el “High hopes” de Frank Sinatra. Y otro clásico entre los clásicos, Neil Diamond, prestó su “Coming to America” a Dukakis… aunque perdió. Bruce Springsteen puso su grano de arena en otra campaña que no llegó a buen puerto. Kerry tuvo “No Surrender” entre sus canciones de campaña y la presencia del artista en numerosos conciertos de apoyo al cambio que no llegó.

Seguramente Pitágoras echaba mano de otro tipo de recursos, pero en una sociedad plagada de información y de impactos como la actual, los artistas ayudan a comunicar proyectos. Más allá de las canciones que pudiesen elegir hoy Rajoy o Zapatero -aunque no se rodearían de John Cobra-, aquí también sabemos de qué va eso de la música. Quizás con menos tradición, pero no olvidemos que Tequila pedía que “no, no, que el tiempo no te cambie”. Algo que los socialistas entendieron era el mensaje de la juventud a Zapatero. Rajoy nos pedía el voto con el ballenato y… ¿a quién no se le ha pegado el himno del PP?

Enlaces de interés:
Escucha algunas de las canciones de este post en esta lista de Spotify.

La peineta de Aznar

Aznar no ha sorprendido a nadie. El gesto que dedicó a los estudiantes en Oviedo es algo que cabía esperar del ex presidente. Es la consecuencia lógica de la escalation que lleva experimentando durante los últimos seis años. Su imagen pública se nutre de ello: un personaje sin complejos que no se corta ni un pelo.

Lo de Aznar no es sólo la peineta. Son los ataques al país desde su posición. No lo olvidemos, un ex presidente sigue teniendo un papel clave en política. Sigue desplegando su influencia y sigue teniendo relevancia. Por ello, la agenda propia que ha intentado marcar es el propio origen del gesto.

El dedo de Aznar viene a reafirmar posiciones. Los que siempre le han defendido –incluso cuando el delirio de una guerra ilegal, el resultado de la famosa foto de las Azores- ven en esa reacción la natural de quién está cansado de los gritos de siempre. La defensa y empatía de los que creen que nadie puede ser objeto del insulto de otros. Pero en vez de defender su posición superior por no recurrir al insulto, aceptan que el ex presidente se ponga a la misma altura que los que tanto denuestan.

Para los contrarios al ex presidente, ésta es la expresión máxima de su desbocada presencia pública. La última consecuencia de un síndrome de La Moncloa demasiado agudo. Pero sobretodo, la falta de respecto de quien debe servir a su país incluso tras abandonar el cargo. Es parte esencial de su historia reciente y por ello, tiene una responsabilidad con el país.

Seguramente, la posición de partida marque mucho el análisis que unos y otros hagan de la peineta, por lo que, en el fondo, el gesto del ex presidente tampoco tendrá más consecuencias de las que ya ha tenido. Con la que está cayendo, no serán muchos los españoles los que se cuestionarán su apoyo al PP por el gesto de su antiguo líder. Los que ya iban a votar por ellos lo seguirán haciendo. Y los que no, no harán lo propio.

Cualquier persona tiene derecho a que nadie lesione su honor. También Aznar, evidentemente. Los insultos no pueden ser gratuitos, y en política lo son demasiado a menudo. Pero también en los campos de fútbol o a manos de un volante. Por ello, lo inconcebible es responder con la misma moneda. Ese fue el auténtico patinazo de Aznar que a los que están en el medio de la trifulca política, ha fallado.

Viene en el cargo. Por suerte o por desgracia, pero viene en el cargo. Por ello, ponerse a la altura de los que profieren los insultos no es la mejor salida. No ya por qué no se consigue nada con ello –bueno sí, una explosión personal de placer, de dopamina, por desahogarse-, sino por el daño que puede generar en los menos afectos a la figura del que dedica peinetas. Aunque sea el Jefe del Estado.

Discurso de despedida del General MacArthur

Su visión sobre la Guerra de Corea le llevo a mostrar en público sus discrepancias con el presidente Harry S. Truman. Por ello, el héroe de la Segunda Guerra Mundial fue revelado. Acudió al Congreso para dirigir unas palabras de despedida a las cámaras, el 19 de abril de 1951.

El militar estadounidense más condecorado de la historia, que fue uno de los cinco generales en la historia del país, se dirigió al Congreso y al país para dejar clara su visión de la Guerra de Corea y resumir los cambios, los retos y las oportunidades que tenía ante sí el poder militar de Estados Unidos.

Parte 2, parte 3 y parte 4.

Mr. President, Mr. Speaker, and Distinguished Members of the Congress:

I stand on this rostrum with a sense of deep humility and great pride — humility in the wake of those great American architects of our history who have stood here before me; pride in the reflection that this forum of legislative debate represents human liberty in the purest form yet devised. Here are centered the hopes and aspirations and faith of the entire human race. I do not stand here as advocate for any partisan cause, for the issues are fundamental and reach quite beyond the realm of partisan consideration. They must be resolved on the highest plane of national interest if our course is to prove sound and our future protected. I trust, therefore, that you will do me the justice of receiving that which I have to say as solely expressing the considered viewpoint of a fellow American.

I address you with neither rancor nor bitterness in the fading twilight of life, with but one purpose in mind: to serve my country. The issues are global and so interlocked that to consider the problems of one sector, oblivious to those of another, is but to court disaster for the whole. While Asia is commonly referred to as the Gateway to Europe, it is no less true that Europe is the Gateway to Asia, and the broad influence of the one cannot fail to have its impact upon the other. There are those who claim our strength is inadequate to protect on both fronts, that we cannot divide our effort. I can think of no greater expression of defeatism. If a potential enemy can divide his strength on two fronts, it is for us to counter his effort. The Communist threat is a global one. Its successful advance in one sector threatens the destruction of every other sector. You can not appease or otherwise surrender to communism in Asia without simultaneously undermining our efforts to halt its advance in Europe.

Beyond pointing out these general truisms, I shall confine my discussion to the general areas of Asia. Before one may objectively assess the situation now existing there, he must comprehend something of Asia’s past and the revolutionary changes which have marked her course up to the present. Long exploited by the so-called colonial powers, with little opportunity to achieve any degree of social justice, individual dignity, or a higher standard of life such as guided our own noble administration in the Philippines, the peoples of Asia found their opportunity in the war just past to throw off the shackles of colonialism and now see the dawn of new opportunity, a heretofore unfelt dignity, and the self-respect of political freedom.

Mustering half of the earth’s population, and 60 percent of its natural resources these peoples are rapidly consolidating a new force, both moral and material, with which to raise the living standard and erect adaptations of the design of modern progress to their own distinct cultural environments. Whether one adheres to the concept of colonization or not, this is the direction of Asian progress and it may not be stopped. It is a corollary to the shift of the world economic frontiers as the whole epicenter of world affairs rotates back toward the area whence it started.

In this situation, it becomes vital that our own country orient its policies in consonance with this basic evolutionary condition rather than pursue a course blind to the reality that the colonial era is now past and the Asian peoples covet the right to shape their own free destiny. What they seek now is friendly guidance, understanding, and support — not imperious direction — the dignity of equality and not the shame of subjugation. Their pre-war standard of life, pitifully low, is infinitely lower now in the devastation left in war’s wake. World ideologies play little part in Asian thinking and are little understood. What the peoples strive for is the opportunity for a little more food in their stomachs, a little better clothing on their backs, a little firmer roof over their heads, and the realization of the normal nationalist urge for political freedom. These political-social conditions have but an indirect bearing upon our own national security, but do form a backdrop to contemporary planning which must be thoughtfully considered if we are to avoid the pitfalls of unrealism.

Of more direct and immediate bearing upon our national security are the changes wrought in the strategic potential of the Pacific Ocean in the course of the past war. Prior thereto the western strategic frontier of the United States lay on the littoral line of the Americas, with an exposed island salient extending out through Hawaii, Midway, and Guam to the Philippines. That salient proved not an outpost of strength but an avenue of weakness along which the enemy could and did attack.

The Pacific was a potential area of advance for any predatory force intent upon striking at the bordering land areas. All this was changed by our Pacific victory. Our strategic frontier then shifted to embrace the entire Pacific Ocean, which became a vast moat to protect us as long as we held it. Indeed, it acts as a protective shield for all of the Americas and all free lands of the Pacific Ocean area. We control it to the shores of Asia by a chain of islands extending in an arc from the Aleutians to the Mariannas held by us and our free allies. From this island chain we can dominate with sea and air power every Asiatic port from Vladivostok to Singapore — with sea and air power every port, as I said, from Vladivostok to Singapore — and prevent any hostile movement into the Pacific.

*Any predatory attack from Asia must be an amphibious effort.* No amphibious force can be successful without control of the sea lanes and the air over those lanes in its avenue of advance. With naval and air supremacy and modest ground elements to defend bases, any major attack from continental Asia toward us or our friends in the Pacific would be doomed to failure.

Under such conditions, the Pacific no longer represents menacing avenues of approach for a prospective invader. It assumes, instead, the friendly aspect of a peaceful lake. Our line of defense is a natural one and can be maintained with a minimum of military effort and expense. It envisions no attack against anyone, nor does it provide the bastions essential for offensive operations, but properly maintained, would be an invincible defense against aggression. The holding of this littoral defense line in the western Pacific is entirely dependent upon holding all segments thereof; for any major breach of that line by an unfriendly power would render vulnerable to determined attack every other major segment.

This is a military estimate as to which I have yet to find a military leader who will take exception. For that reason, I have strongly recommended in the past, as a matter of military urgency, that under no circumstances must Formosa fall under Communist control. Such an eventuality would at once threaten the freedom of the Philippines and the loss of Japan and might well force our western frontier back to the coast of California, Oregon and Washington.

To understand the changes which now appear upon the Chinese mainland, one must understand the changes in Chinese character and culture over the past 50 years. China, up to 50 years ago, was completely non-homogenous, being compartmented into groups divided against each other. The war-making tendency was almost non-existent, as they still followed the tenets of the Confucian ideal of pacifist culture. At the turn of the century, under the regime of Chang Tso Lin, efforts toward greater homogeneity produced the start of a nationalist urge. This was further and more successfully developed under the leadership of Chiang Kai-Shek, but has been brought to its greatest fruition under the present regime to the point that it has now taken on the character of a united nationalism of increasingly dominant, aggressive tendencies.

Through these past 50 years the Chinese people have thus become militarized in their concepts and in their ideals. They now constitute excellent soldiers, with competent staffs and commanders. This has produced a new and dominant power in Asia, which, for its own purposes, is allied with Soviet Russia but which in its own concepts and methods has become aggressively imperialistic, with a lust for expansion and increased power normal to this type of imperialism.

There is little of the ideological concept either one way or another in the Chinese make-up. The standard of living is so low and the capital accumulation has been so thoroughly dissipated by war that the masses are desperate and eager to follow any leadership which seems to promise the alleviation of local stringencies.

I have from the beginning believed that the Chinese Communists’ support of the North Koreans was the dominant one. Their interests are, at present, parallel with those of the Soviet. But I believe that the aggressiveness recently displayed not only in Korea but also in Indo-China and Tibet and pointing potentially toward the South reflects predominantly the same lust for the expansion of power which has animated every would-be conqueror since the beginning of time.

The Japanese people, since the war, have undergone the greatest reformation recorded in modern history. With a commendable will, eagerness to learn, and marked capacity to understand, they have, from the ashes left in war’s wake, erected in Japan an edifice dedicated to the supremacy of individual liberty and personal dignity; and in the ensuing process there has been created a truly representative government committed to the advance of political morality, freedom of economic enterprise, and social justice.

Politically, economically, and socially Japan is now abreast of many free nations of the earth and will not again fail the universal trust. That it may be counted upon to wield a profoundly beneficial influence over the course of events in Asia is attested by the magnificent manner in which the Japanese people have met the recent challenge of war, unrest, and confusion surrounding them from the outside and checked communism within their own frontiers without the slightest slackening in their forward progress. I sent all four of our occupation divisions to the Korean battlefront without the slightest qualms as to the effect of the resulting power vacuum upon Japan. The results fully justified my faith. I know of no nation more serene, orderly, and industrious, nor in which higher hopes can be entertained for future constructive service in the advance of the human race.

Of our former ward, the Philippines, we can look forward in confidence that the existing unrest will be corrected and a strong and healthy nation will grow in the longer aftermath of war’s terrible destructiveness. We must be patient and understanding and never fail them — as in our hour of need, they did not fail us. A Christian nation, the Philippines stand as a mighty bulwark of Christianity in the Far East, and its capacity for high moral leadership in Asia is unlimited.

On Formosa, the government of the Republic of China has had the opportunity to refute by action much of the malicious gossip which so undermined the strength of its leadership on the Chinese mainland. The Formosan people are receiving a just and enlightened administration with majority representation on the organs of government, and politically, economically, and socially they appear to be advancing along sound and constructive lines.

With this brief insight into the surrounding areas, I now turn to the Korean conflict. While I was not consulted prior to the President’s decision to intervene in support of the Republic of Korea, that decision from a military standpoint, proved a sound one, as we — as I said, proved a sound one, as we hurled back the invader and decimated his forces. Our victory was complete, and our objectives within reach, when Red China intervened with numerically superior ground forces.

This created a new war and an entirely new situation, a situation not contemplated when our forces were committed against the North Korean invaders; a situation which called for new decisions in the diplomatic sphere to permit the realistic adjustment of military strategy.

Such decisions have not been forthcoming.

While no man in his right mind would advocate sending our ground forces into continental China, and such was never given a thought, the new situation did urgently demand a drastic revision of strategic planning if our political aim was to defeat this new enemy as we had defeated the old.

Apart from the military need, as I saw It, to neutralize the sanctuary protection given the enemy north of the Yalu, I felt that military necessity in the conduct of the war made necessary: first the intensification of our economic blockade against China; two the imposition of a naval blockade against the China coast; three removal of restrictions on air reconnaissance of China’s coastal areas and of Manchuria; four removal of restrictions on the forces of the Republic of China on Formosa, with logistical support to contribute to their effective operations against the common enemy.

For entertaining these views, all professionally designed to support our forces committed to Korea and bring hostilities to an end with the least possible delay and at a saving of countless American and allied lives, I have been severely criticized in lay circles, principally abroad, despite my understanding that from a military standpoint the above views have been fully shared in the past by practically every military leader concerned with the Korean campaign, including our own Joint Chiefs of Staff.

I called for reinforcements but was informed that reinforcements were not available. I made clear that if not permitted to destroy the enemy built-up bases north of the Yalu, if not permitted to utilize the friendly Chinese Force of some 600,000 men on Formosa, if not permitted to blockade the China coast to prevent the Chinese Reds from getting succor from without, and if there were to be no hope of major reinforcements, the position of the command from the military standpoint forbade victory.

We could hold in Korea by constant maneuver and in an approximate area where our supply line advantages were in balance with the supply line disadvantages of the enemy, but we could hope at best for only an indecisive campaign with its terrible and constant attrition upon our forces if the enemy utilized its full military potential. I have constantly called for the new political decisions essential to a solution.

Efforts have been made to distort my position. It has been said, in effect, that I was a warmonger. Nothing could be further from the truth. I know war as few other men now living know it, and nothing to me is more revolting. I have long advocated its complete abolition, as its very destructiveness on both friend and foe has rendered it useless as a means of settling international disputes. Indeed, on the second day of September, nineteen hundred and forty-five, just following the surrender of the Japanese nation on the Battleship Missouri, I formally cautioned as follows:

Men since the beginning of time have sought peace. Various methods through the ages have been attempted to devise an international process to prevent or settle disputes between nations. From the very start workable methods were found in so far as individual citizens were concerned, but the mechanics of an instrumentality of larger international scope have never been successful. Military alliances, balances of power, Leagues of Nations, all in turn failed, leaving the only path to be by way of the crucible of war. The utter destructiveness of war now blocks out this alternative. We have had our last chance. If we will not devise some greater and more equitable system, Armageddon will be at our door. The problem basically is theological and involves a spiritual recrudescence and improvement of human character that will synchronize with our almost matchless advances in science, art, literature, and all material and cultural developments of the past 2000 years. It must be of the spirit if we are to save the flesh.

But once war is forced upon us, there is no other alternative than to apply every available means to bring it to a swift end.

War’s very object is victory, not prolonged indecision.

In war there is no substitute for victory.

There are some who, for varying reasons, would appease Red China. They are blind to history’s clear lesson, for history teaches with unmistakable emphasis that appeasement but begets new and bloodier war. It points to no single instance where this end has justified that means, where appeasement has led to more than a sham peace. Like blackmail, it lays the basis for new and successively greater demands until, as in blackmail, violence becomes the only other alternative.

“Why,” my soldiers asked of me, “surrender military advantages to an enemy in the field?” I could not answer.

Some may say: to avoid spread of the conflict into an all-out war with China; others, to avoid Soviet intervention. Neither explanation seems valid, for China is already engaging with the maximum power it can commit, and the Soviet will not necessarily mesh its actions with our moves. Like a cobra, any new enemy will more likely strike whenever it feels that the relativity in military or other potential is in its favor on a world-wide basis.

The tragedy of Korea is further heightened by the fact that its military action is confined to its territorial limits. It condemns that nation, which it is our purpose to save, to suffer the devastating impact of full naval and air bombardment while the enemy’s sanctuaries are fully protected from such attack and devastation.

Of the nations of the world, Korea alone, up to now, is the sole one which has risked its all against communism. The magnificence of the courage and fortitude of the Korean people defies description.

They have chosen to risk death rather than slavery. Their last words to me were: “Don’t scuttle the Pacific!”

I have just left your fighting sons in Korea. They have met all tests there, and I can report to you without reservation that they are splendid in every way.

It was my constant effort to preserve them and end this savage conflict honorably and with the least loss of time and a minimum sacrifice of life. Its growing bloodshed has caused me the deepest anguish and anxiety.

Those gallant men will remain often in my thoughts and in my prayers always.

I am closing my 52 years of military service. When I joined the Army, even before the turn of the century, it was the fulfillment of all of my boyish hopes and dreams. The world has turned over many times since I took the oath on the plain at West Point, and the hopes and dreams have long since vanished, but I still remember the refrain of one of the most popular barrack ballads of that day which proclaimed most proudly that “old soldiers never die; they just fade away.”

And like the old soldier of that ballad, I now close my military career and just fade away, an old soldier who tried to do his duty as God gave him the light to see that duty.

Good Bye.

The Audacity to Win

El director de la campaña presidencial de Barack Obama ha escrito un libro donde cuenta los entresijos de la carrera que llevó al senador de Illinois a la Casa Blanca. “The Audacity to Win” tiene muy buena pinta. Plouffe tiene una buena pluma y apunta a reflexiones muy interesantes sobre cómo debe ser un candidato, la importancia del tiempo, pero sobretodo, la necesidad de dar con una estrategia adecuada. Y la concepción estratégica de la campaña de Obama asusta de lo adecuada que fue.

David Plouffe nos abre la puerta a una de las campañas más épicas de los últimos años. Y, por si fuera poco, no tarda demasiado en desvelar una de las cartas de la campaña: la importancia de Internet. En menos de 20 páginas, su contribución estratégica se desvela y aparece como lo que fue, una vía ganadora. Algo que deberían entender algunos a la otra orilla del charco…

Lo encontraréis en Amazon y en algunas librerías inglesas, como Come In en Barcelona.

El punto G

El punto G, ese espacio casi sacrosanto de la excitación sexual, puede que exista. O puede que no. Lo que sí existe es el punto G de la política. Y en este, el ginecólogo Ernst Gräfenberg tiene poco que decir.

El punto G de la política es el que nos excita para votar. Es el que nos empuja a las urnas, el que despierta nuestro interés por lo que dicen los candidatos. Es el que nos puede llevar a acaloradas discusiones en una mesa, a militar en un partido o a asistir a un mitin. El punto G de la política está alojado en la amígdala. Porque el punto G de la política está vestido de emociones.

Para encontrarlo, debemos ir hasta el sistema límbico, ya que, en él residen las emociones. Tanto el sistema emocional como el valorativo están ubicados en la misma parte del cerebro y juegan un papel básico en la toma de decisiones. Desde saltar o no al agua en una piscina a evitar el ahogo de un niño a ir o no a votar. Por ejemplo, el sistema valorativo es el resultado de la relación que existe entre los lóbulos pre-frontales y las amígdalas cerebrales en el llamado hipocampo.

El elemento clave del sistema límbico es la amígdala. Esta zona, que toma el nombre por su parecido con una almendra, corresponde al conjunto de núcleos de neuronas localizadas en la profundidad de los lóbulos temporales. Entre sus funciones está la de regular muchos procesos emocionales: identificar y responder expresiones emocionales de otros, crear intensidad de una experiencia emocional, generar y enlazar sentimientos a experiencias que nos asustan, etc. Clave en la inteligencia social y emocional. Juega un papel esencial en enlazar pensamiento y emoción, particularmente en usar reacciones emocionales para guiar el proceso de toma de decisiones. No sorprende que esté situada en una zona neuronal densa, en los circuitos emocionales frontales.

La amígdala no siempre responde de forma consciente a los estímulos que se reciben. Es el caso de los impactos subliminales, ya sea porque percibimos la imagen de algo que nos recuerda a una serpiente sin darnos cuenta y nuestro recuerdo evolutivo nos hace ponernos en guardia a realizar acciones bajo los efectos de la publicidad subliminal.

De hecho, tal y como señala Goleman, el autor de inteligencia Emocional, esta es una rémora de nuestra evolución: nuestro cerebro emocional procesa de forma más rápida la información que nos llega por el hipocampo y predispone nuestro cuerpo a una respuesta mucho más rápida que la que dará nuestro “cerebro pensante”.

Muchas de las decisiones que tomamos en nuestra vida están capitaneadas por nuestras emociones. Por lo que ocurre en esa almendra, en la amígdala. Por ello, si queremos ganar –que esto sí empieza por ge- debemos entender que es necesario excitar ese punto G de nuestro electorado a través de las emociones.

Por ello, es necesario invertir tiempo en entender cómo funciona nuestro cerebro, sobretodo entender qué emociones despliega nuestro candidato o candidata, nuestro mensaje. Nuestra política. La política de las emociones necesita tener un relato que nos lleve al estado emocional deseado y que tenga resonancia en este cerebro político que explica muchas de las acciones que llevamos a cabo en política. Después de todo, el punto G ya no es tan mito. Al menos, en política, sabemos dónde está. Otra cosa bien distinta es saber si los partidos saben excitarlo…