iPad revolucionará la política

Uno de cada tres jóvenes accede a Internet desde su teléfono móvil. Aunque sea casi imposible conseguir el dato, cada vez es más frecuente encontrarse a personas con un iPhone en sus manos en cualquier lugar. O de cualquier otro dispositivo móvil con acceso a Internet. Terminales multidispositivo que han están cambiando radicalmente el comportamiento del usuario.

Sí, el titular de este post es un teaser. Pero no deja de ser una realidad: Internet trae (o debería traer, aunque a veces existan dudas) cambios en el modo de comprender, hacer, actuar y vivir la política. Así que si en otros lugares del planeta este tipo de cacharros cambiaron el modo de actuar en política, ¿por qué no debería hacerlo el nuevo juguete de la factoría de Steve Jobs, el iPad?

Mucho se ha escrito ya –pese a la premura- sobre el tablet de Apple, pero mientras veía el excelente vídeo de presentación, no podía dejar de pensar en la de aplicaciones que nuestros políticos no están aprovechando. Un vídeo que, abro paréntesis, estaba lleno de pasión. La que desprendían sus interlocutores. Las pasiones se manifiestan así y se transmiten así. Cierro el paréntesis. Puede sonar a tópico, pero la campaña de Barack Obama no dudó en aplicar su red social al boom del momento, el iPhone. Y tampoco ha dudado su Casa Blanca en disponer de una excelente aplicación con fotos, vídeos, información y discursos en el teléfono de los de Cupertino.

Consumimos la información de forma distinta. Y es el usuario el que nos busca. ¿Por qué no estar presentes? Aplicaciones, pero también podcasts. Por ejemplo la Casa Blanca, tanto bajo la Administración Bush como la actual. Disponen de varios canales, desde el presidencial al que recoge las ruedas de prensa diarias del secretario de prensa. Son especialmente útiles los discursos de Obama, con una calidad de imagen muy buena y sin interrupciones o cortes de la prensa.

Obama ya hizo del podcast uno de sus caballos de batalla en las elecciones: todos sus discursos estaban en iTunes para el que quisiera escuchar lo que él tenía que decir. Y aquí llegamos a la pregunta clave: ¿por qué no podemos encontrar el más reciente discurso de Zapatero, la réplica de Rajoy o las novedades de Mas y Montilla en la campaña catalana?

El punto interesante de los podcasts es la libertad que ofrecen al usuario: sólo debe descargarse aquello que le interesa y sincronizarlo en su reproductor. También con el iPad. A partir de ahí, la escucha o visionado se produce cuando lo considere oportuno, sin interrupciones o mediaciones. Sólo así –o en YouTube, claro está-, puede seguirse con más o menos asiduidad todos los movimientos de Obama y escuchar discursos sus discursos enteros pese a que los informativos ya nos dan pequeñas cápsulas.

Poner en marcha servicios como el de la Casa Blanca, de forma gratuita y actualizados con una elevada regularidad, son básicos para mejorar la percepción de transparencia de nuestros líderes y acentuar su deseo de informar al ciudadano de los temas que trata, sin fisuras. Es evidente que no a todos nos interesa lo mismo, que los medios no siempre tratan lo que como ciudadanos o como administración querríamos… pero cada vez tenemos más medios a nuestro alcance para evitar el lacónico “mi mensaje no llega”.

Según Jobs, «Algunos piensan que los netbook son la fórmula. Son sólo portátiles baratos. Creo que tenemos algo mejor«. Si ese producto mejor se convierte en una nueva manera de consumir la información y el origen de actuación, ¿por qué deberíamos quedarnos de espaldas a lo que ahí se cuece?

No es que el iPad, por sí solo revolucione la política. Pero si lo que se hace a través de los dispositivos móviles pueden revolucionarlos. Ya sea un teléfono o la nueva manera de leer un libro o una revista sin dejar de estar conectado con el mundo. Unos teléfonos móviles concentraron a miles de personas exigiendo la verdad ante las sedes del PP un 13 de marzo de 2004. Ciudadanos de todos los rincones de Estados Unidos donaron dinero, organizaron actos o replicaron correos por Obama desde su iPhone. ¿Por qué no deberían ser una herramienta política más?